miércoles, 1 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Todos los días terminaba paseando con él por las calles de la ciudad y acudiendo a reuniones, charlas, eventos, conciliábulos. Ella escuchaba siempre muy atenta todo lo que él le iba contando. Cada día había un nuevo motivo para verse. Y ella acudía a la llamada creyendo que él solo la convocaba a ella, cuando la realidad es que solo ella respondía a unas citas que él quería ecuménicas y siempre estaban abocadas al fracaso. Ella escuchaba y asentía, le daba la razón, le seguía a todas partes y él no asumía que solo ella seguía pensando que su causa tenía razón. En Brêdice todo el mundo les conocía. Todo el mundo. Ella le era tan fiel que ya nadie se acordaba de que ella estaba casada y que cuando volvía a casa su marido le contaba, como entre delirios, viejas hazañas de reuniones, charlas, eventos, conciliábulos que ocurrieron hace tiempo, cuando ambos eran jóvenes y solo conocían de reuniones, charlas, eventos, conciliábulos que se produjeron cuando reuniones, charlas, eventos y conciliábulos eran importantes, trascendentes, iban a cambiar el curso de los acontecimientos y a forjar una nueva Brêdice. Esa nueva Brêdice era la que él seguía explicándole a ella cada día, mientras acudían a reuniones, charlas, eventos, conciliábulos en los que nadie les esperaba. Ella, a veces, como si algo hiciera conexión, lo sentía como cierto. Nadie les esperaba. Pero algo la llamaba cada día a seguir acudiendo al mismo sitio, a encontrarse con él, a salir de casa y dejar a su marido recordando para seguir viviendo el sueño. De él ya hablaremos en otro momento.
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