jueves, 16 de julio de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
El primer año que nuestros padres nos llevaron al mar yo había estado preparándome a conciencia leyendo todo lo que tuviera relación con barcos, marineros, viajes, aventuras submarinas, peces fabulosos y mundos subacuáticos varios. Cuando llegamos al pueblo, después de unas horas de viaje que ya presagiaban una posible decepción, no encontré un gran puerto, o una playa kilométrica, ni siquiera una atestada lengua de arena repleta de turistas que hablasen idiomas desconocidos. Todo lo que aquel pueblo tenía de relación con el mar era su límite físico con el mismo y un pequeño puente que saltaba sobre una lengua de agua que penetraba hacia el pueblo. El resto era costa agreste a la que ni siquiera los intrépidos que siempre existen y que pretenden que allá donde no ha llegado nadie se encuentra la promisión de algo que quizás a nadie le ha interesado jamás, se habían aventurado. Así que con mis hermanas dábamos paseos por el pueblo mientras yo pretendía entretenerlas con lo aprendido en los libros, intuyendo que las aburría tanto o más que el mismo pueblo. Y día tras día acabábamos apoyadas con nuestros bracitos colgando en la baranda del puente. E insospechadamente, quedándome con la mirada fija hacia el mar o bien escrutando el nada profundo lecho de la lengua de agua, vi algo. Y era todo eso.
jueves, 9 de julio de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
A ver, sí que hubo un campo de concentración pero no era aquí mismo, estaba como a 4 kilómetros del pueblo. Y no era un campo de concentración como los demás, que no sé tampoco cómo serían los otros. Por lo que sé a este campo de concentración, que no era de los más grandes, únicamente traían a gente que había hecho algo. No era uno de esos campos en los que había gente al tuntún, porque fueran judíos o gitanos o comunistas o maricas. Los que estaban aquí los traían porque habían cometido algún delito. Era como tener una cárcel en el pueblo y, que yo sepa, hay cárceles en muchos pueblos y ciudades y la gente no lo esconde. Así que nosotros hacíamos vida más o menos normal, todo lo normal que se podía hacer en aquellos años porque cuando lo abrieron ya estábamos en guerra y nada era normal. Yo no conocí a nadie que hubiera estado en el campo de concentración, pero ya te he dicho que es que quienes estaban allí eran delincuentes y yo siempre me he guardado mucho de juntarme con quien no me tengo que juntar. Además yo era un chaval entonces que tampoco se enteraba de mucho y mis padres no hablaban demasiado de política. Solo me acuerdo de mi padre diciendo que el campo estaba demasiado cerca del pueblo y que tenía miedo de que alguno se escapara. Pero de allí no se escapaba nadie. Eso nos lo contaba mi tío, que trabajaba allí.
martes, 12 de mayo de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Cuando se editaron los cinco volúmenes de la Historia de Brêdice, toda la ciudad corrió a buscarlos a los quioscos y a las dos librerías que todavía subsistían a duras penas en unos tiempos en los que apenas se leía. Sin embargo, como suele suceder, todo el mundo buscó en aquellos libros algo o alguien con lo que identificarse, saber si alguien de su familia había sido importante o simplemente confirmar que su rancio abolengo era merecedor de algo que se les debía o que, naturalmente, ya estaban disfrutando. Yo, la verdad, es que no tenía ningún interés en comprar aquellos libros. La historia de Brêdice me daba igual y había desarrollado un odio hacia mi ciudad natal que permeaba en todos mis escritos y acciones públicas. Sin embargo, un amigo me trajo a casa uno de los volúmenes de aquella Historia, el primero concretamente. Dedicado a la Antigüedad y la presencia de famosas civilizaciones en nuestro territorio, un tema por otra parte que no daba absolutamente nada de sí ya que hasta la llegada de pueblos nórdicos o germánicos o eslavos, no recuerdo, a nuestras tierras, todo lo que hoy conocemos como Brêdice era un páramo, como digo que me pierdo, como no había mucho que contar, el libro era un alarde literario de primer orden ya que de la nada hacía un todo y de la no presencia se inventaba un espíritu y leí aquellas páginas con un deleite y admiración hacia quien había sido el encargado de redactar aquel delicioso texto donde nada ocurría, nada absolutamente, nada. Consumí aquel texto con deleite y quise saber quién había sido o quiénes si es que había sido un trabajo colectivo. Y pregunté y no supe encontrar quién o quiénes habían sido. Qué misterio.
lunes, 27 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Fue un acto absolutamente involuntario. Vi un perro caminando solo por la calle y de manera instintiva lo llamé. No sabía su nombre, claro, así que simplemente le llamé la atención de la manera en la que se llama la atención a los perros. No era un perro pequeño, no era un perro joven, era un perro que debía tener dueño pero que andaba suelto. Nunca he tenido ningún tipo de cariño hacia los perros. Aquel día estaba contento, yo, era feliz por algo que he olvidado y sentía una suerte de comunión con el mundo que me llevaba a tomar decisiones irreflexivas, creyendo que el universo se encargaría de acompañarme para seguir siendo feliz. El perro vino hacia mí, dejé que me lamiera las manos, dejé que me lamiera incluso la cara y le invité a acompañarme durante un tramo de mi paseo. Yo no calculé entonces qué edad podría tener el perro. Yo no calculé nada. El paseo se transformó en convivencia y Augustus y yo compartimos el camino de nuestra vida durante diez años. Ahora que ya se ha ido, me ha quedado un vacío que me cuesta imaginar cómo voy a rellenar. Otro perro, dirían y diréis todos. Que salga a la calle y que pruebe a ver si una nueva conjunción cósmica trae a mi vida a un nuevo animal con el que convivir. Pero es que no puedo. Porque siento que alguien o algo me está llamando. Disculpad.
miércoles, 22 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Me gusta imaginar a la señora Daniewska paseando por las tardes camino del parque Miroslav y quedándose dormida, sentada en un banco, mientras el sol se va poniendo y sus últimos rayos calientan su rostro. Me gusta imaginar todo eso mientras estoy en el taller, lleno de grasa hasta los ojos. Me gusta imaginarlo también en la taberna de Janisek, mientras el olor a muerto se filtra por mis fosas nasales y bebo cerveza que no está ni fría ni caliente y miro de reojo por si alguien a su vez me mirase de reojo a mí también. Me gusta imaginarlo también en casa, en ese pequeño lapso de tiempo que transcurre desde que llego de la taberna hasta que me da sueño y voy a dormir. Me gustaría soñar con la señora Daniewska, pero casi nunca puedo. La señora Daniewska no era amiga de mi madre. No coincidí con la señora Daniewska a la salida de la iglesia. Las hijas de la señora Daniewska hace tiempo que se casaron y se fueron de Brêdice. Una de las hijas de la señora Daniewska se casó casualmente con un tal Daniewski, supongo que intimarían debido a esa casualidad, y ella también pasó a ser señora Daniewska, allá donde viva. A veces, alguien comenta que la señora Daniewska ha salido del edificio donde vive, pero nadie sabe dónde va. Brêdice es aburridísimo.
miércoles, 15 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Yo ya no sabía cómo decírselo. Que si Budapest era una ciudad preciosa. Que ya habían conocido a otras parejas que habían ido y que les contaban maravillas. Que era una ciudad que no se hubieran imaginado. Que estaba todo limpísimo. Que había cafeterías. Que la gente era amable pero no era pesada. Que había unas cafeterías. Que una parte de la ciudad se llama de una manera y la otra parte de la ciudad es la otra y que el río. Que el río y los palacios. Que visitaron el Museo del Terror y que fíjate. Que estaba todo muy limpio. Que no salieron de Budapest. Que fueron a los baños. Que hacía mucho frío porque fueron en invierno. Que cuando no es invierno no debe hacer tanto frío. Que no notaron nada especial en el ambiente. Que no hablaron con nadie de allí, así en plan de hablar. Que no conocían ningún equipo de fútbol, ni ningún jugador y no se pudieron traer ninguna camiseta. Que habían visto el documental de Judit Polgar. Que vieron gente jugando al ajedrez. Que les habían dicho que había gente tocando el violín en las calles y en algunos restaurantes, pero ellos no vieron nada. Que al lado del río está lo de los zapatos de los que tiraron al río en la Segunda Guerra Mundial. Que hay una marca de zapatillas deportivas que son carísimas. Que se lo pasaron muy bien. Bueno, bien. Y yo ya no sabía como decírselo. Que no pienso ir.
miércoles, 8 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Vivían a las afueras de Brêdice. Decir a las afueras es una manera de hablar, claro. En realidad vivían lejos de Brêdice, en un lugar que nunca había sido Brêdice propiamente y al que había que acceder mediante una carretera que se construyó para albergar aquel conjunto de bloques que cuando se construyeron y en la foto promocional parecían una buena cosa pero luego se transformó en otra. Alguien, no sé porqué, llamó a aquel barrio Zlatansgrad. Pero el barrio se llamaba Novo Brêdice. Todo era por Zlatan. Zlatan vivía en aquel barrio y había nacido ya en aquel barrio y creció en aquel barrio y él y su familia y sus amigos vivían en aquel barrio y ellos creían que eran de Brêdice como nosotros, pero no lo eran. Nunca lo fueron. Zlatan coincidió conmigo en un curso que hicimos sobre literatura nórdica. A mí me extrañó ver a Zlatan, nos habíamos visto creo que por cosas del fútbol, alguna vez habíamos jugado algún partido en contra. Él jugaba en el equipo de Novo Brêdice y yo, en fin. El caso es que me extrañó verle en aquel curso de literatura. Hacía tiempo que no nos veíamos. Le pregunté por cómo estaba. Le pregunté por su trabajo. Sus respuestas fueron nuevas preguntas hacia mi estado de ánimo y mi situación laboral. Mientras aquella profesora llegada de la Universidad de Skalda impartía su conferencia, yo no dejaba de mirar a Zlatan. Ni Zlatan dejaba de mirarme a mí. El cuento se está enturbiando. Me gusta.
martes, 7 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Una ráfaga de viento. Un cierto olor a cabello mojado. Las calles de Brédice después de dos semanas seguidas de lluvia y el sol que se refleja en ellas. El olor a muerte impregnado en las paredes de la taberna de Janisek. El olor a vida impregnado en las paredes en la taberna de Florianne. La cara avejentada de aquel compañero de pupitre. Tu cara reflejada en un cristal y la pregunta que te asalta. El calzado deportivo que compartes con un compañero de trabajo. Las marcas de mordidas de perro en un libro. El director de la Biblioteca Municipal mirándote con mala cara porque llevas un libro a devolver con un retraso intolerable. El calor de abril. El frío de abril. Un comentario en la televisión sobre un escritor fascista que se utiliza como descripción de la gastronomía local. El aire despreocupado de la gente en el transporte público porque ya todo da igual. Un cierto olor a quemado. Los platos sin recoger en el fregadero. Los botones que no sabes para qué sirven del lavavajillas. Aquel partido que jugó el equipo local contra la Universidad de Craiova y que terminó con un empate que nos supo a gloria. El amarillo de los dientes de Janisek. Tu padre comprándote una magdalena grande. Tú buscando una pastelería en la que vendan esas magdalenas grandes para comprárselas a tu hijo aunque tu hijo todavía no coma magdalenas ni grandes ni pequeñas. La amenaza de una guerra mundial. La palabra conflagración. El relato que construyes sobre tus decisiones. Cómo un libro te parece que está escrito de manera que parece una novela centroeuropea. Una ráfaga de viento. Un estornudo.
miércoles, 1 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Todos los días terminaba paseando con él por las calles de la ciudad y acudiendo a reuniones, charlas, eventos, conciliábulos. Ella escuchaba siempre muy atenta todo lo que él le iba contando. Cada día había un nuevo motivo para verse. Y ella acudía a la llamada creyendo que él solo la convocaba a ella, cuando la realidad es que solo ella respondía a unas citas que él quería ecuménicas y siempre estaban abocadas al fracaso. Ella escuchaba y asentía, le daba la razón, le seguía a todas partes y él no asumía que solo ella seguía pensando que su causa tenía razón. En Brêdice todo el mundo les conocía. Todo el mundo. Ella le era tan fiel que ya nadie se acordaba de que ella estaba casada y que cuando volvía a casa su marido le contaba, como entre delirios, viejas hazañas de reuniones, charlas, eventos, conciliábulos que ocurrieron hace tiempo, cuando ambos eran jóvenes y solo conocían de reuniones, charlas, eventos, conciliábulos que se produjeron cuando reuniones, charlas, eventos y conciliábulos eran importantes, trascendentes, iban a cambiar el curso de los acontecimientos y a forjar una nueva Brêdice. Esa nueva Brêdice era la que él seguía explicándole a ella cada día, mientras acudían a reuniones, charlas, eventos, conciliábulos en los que nadie les esperaba. Ella, a veces, como si algo hiciera conexión, lo sentía como cierto. Nadie les esperaba. Pero algo la llamaba cada día a seguir acudiendo al mismo sitio, a encontrarse con él, a salir de casa y dejar a su marido recordando para seguir viviendo el sueño. De él ya hablaremos en otro momento.
lunes, 30 de marzo de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Pongamos por caso Brêdice. La ciudad de Brêdice tiene aproximadamente unos 15.000 habitantes de los cuales aproximadamente la mitad te aseguro que desconocen que su Castillo fue construido por unos monjes teutones que se preocupaban por la amenaza que suponían los eslavos, eslavos que precisamente acabaron ocupando estas tierras y que le dieron nombre a la ciudad de Brêdice y que gobernaron desde este mismo castillo los designios de la Humanidad entera de los últimos siglos. Quizás estoy exagerando un poco, pero lo que quiero decirte es que no deberíamos contar con que todo el mundo debe saber de todo, ni siquiera debe estar interesado por su entorno, o por el lugar en el que vive, o por quién es el vecino con el que comparte cola en el puesto del mercado o asiento en el colectivo que le lleva a la fábrica. Ni siquiera saber qué es o qué fue Brêdice. El castillo de Brêdice no fue construido por monjes teutones, sino por un noble local para controlar a sus siervos. Tampoco me has dicho lo contrario, así que debo pensar que tú, siendo de Brêdice, tampoco tenías ni idea de lo que te estaba hablando. Me pasa mucho que hablo y hablo y no sé si estoy con el interlocutor adecuado o me he confundido y me siento como fuera de todo. No conoces nada de Brêdice. Absolutamente desubicado. Perdóname.
viernes, 5 de diciembre de 2025
El sueño americano
Yo y tú viviríamos en Massachussetts. Nos habríamos ido a vivir a una casa en el bosque, porque necesitábamos espacio y tranquilidad. Yo necesitaba tranquilidad para escribir y tú podías seguir enviando artículos para la revista desde allí. Yo trabajaría como profesor de Literatura comparada en la Universidad. Yo no sabría manejar los tiempos verbales y mezclaría el pretérito imperfecto con otros verbos al tuntún. Tendríamos dos hijos, un niño y una niña, con nombres irlandeses. Educaríamos a nuestros niños en la absoluta desconfianza hacia los desconocidos pero les enseñaríamos a tener un gran corazón. No llevaríamos a los niños a la escuela porque el sistema les educa para que sean herramientas y en casa les formaríamos como personas y les trataríamos como adultos. Yo tendría una camioneta, una Buick. Tú tendrías un coche de esos familiares que parece que por fuera son de madera. Por las noches saldríamos a leer al porche. Invitaríamos a una pareja de amigos para cenar, no asiduamente, siempre me dirías tú que hoy vendrán a cenar y yo me haría el sorprendido o el fastidiado. Nuestra pareja de amigos somos nosotros mismos pero con otras caras, no excesivamente diferentes. Nos importaría una mierda lo que pasa en el mundo. Tendría, yo, una buena colección de discos, supongo que de jazz, pero no obligatoriamente, sería muy tópico lo del jazz, digamos que una buena colección de discos de folk, de música de los Apalaches. Me gustaría mucho escuchar música mientras escribo, pero estoy atascado en la producción literaria y pienso que si escucho música me desnorto. Tengo una motocicleta guardada en el garaje, no la monto nunca, pero la limpio y la cuido como si fuera no sé, algo muy valioso. Mis padres murieron hace tiempo en un accidente de coche que me dejó bastante traumatizado. Creo que estoy escribiendo una novela que, en cierto modo, se basa en ese hecho trascendental para mi vida. Pero no sé cómo expresar el dolor y la rabia y me frustro. Tú me ayudas y eres muy comprensiva y te ocupas de todo porque yo soy un desastre. En la Universidad no he conseguido hacer amigos. Los amigos esos que vienen a cenar por las noches son amigos tuyos. Creo que en la Universidad me odiarín. Nuestros hijos me odiarían. No conocemos a nadie que no sea como nosotros. No tenemos televisión en casa. Consumimos muchos productos culturales gracias a Internet. Vemos mucho cine clásico. Nos sabemos Breve encuentro y El padrino de memoria. Tú habías estado casada antes, tu ex madiro, perdón, marido, murió en Honduras haciendo un reportaje sobre una guerrilla cristiana fanática. Nos conocimos en un café. Charlamos y me contaste que tu marido había muerto haciendo un reportaje sobre una guerrilla cristiana fanática. Yo te dije algo sobre un autor centroamericano. Te sorprendió que supiera algo sobre esa parte del mundo. Te prometí que nunca volvería a ocurrir.
martes, 10 de diciembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
Era tan tonto que cuando estaba contento se ponía a silbar la Marcha Radetzky. Le salía solo. Salía del trabajo, por ejemplo, que era su momento de máxima felicidad y le veías coger la chaqueta, quedarse parado esperando el ascensor, silbando. Alguna vez quise hablar con él y preguntarle por el tema. Supongo que no sabía que la Marcha Radetzky no solo era un bonito vals, sino que había sido compuesta en honor a un general austriaco que había sido el encargado de reprimir los movimientos revolucionarios del 1848 en Italia. ¿Y si lo sabía? El cuento, breve, podría acabar aquí. Pero le tuve que preguntar. Un día, precisamente delante del ascensor, le pregunté y me contestó que sí, que lo sabía, que lo sabía perfectamente, que su padre le había explicado la historia, que había leído sobre el tema, que no era la primera vez que alguien le venía a decir que porqué silbaba la Marcha Radetzky. El cuento seguirá siendo breve aunque continúe unas pocas líneas más. Me dijo que silbaba la Marcha Radetzky precisamente porque conocía la historia, porque se la había contado su padre, porque había leído sobre el tema y porque le gustaba el pan de Viena. Qué tonto.
lunes, 9 de diciembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
Uno de los momentos que más placer me proporcionan llega cuando puedo perderme por los callejones de la ciudad antigua de Praga y espero a que a la vuelta de cualquier esquina me sorprenda encontrándome con alguien que me coja del brazo y me diga qué es lo que tengo que hacer. No me ha ocurrido en demasiadas ocasiones, de hecho solo recuerdo que me haya pasado dos o tres veces. Sería bueno concretar, así que han sido dos veces. La primera vez fue una casualidad, no podía ser de otra manera, nadie hace estas cosas pensando que le van a pasar. Ni en Praga ni en cualquier otra parte. La segunda sí que fue intencionada. La primera vez que me ocurrió era yo muy joven y mataba mis días de soledad deambulando por las calles, consumiendo horas paseando y evitando concentrarme en nada. Un día, alguien una desconocida, me salió al encuentro en un pequeño recodo, bajo un soportal y me aleccionó sobre diversos aspectos de lo que debía ser mi futuro. Impresionado, no me quedó otra que hacer lo que eran unas instrucciones precisas. El efecto de lo que me dijo aquella desconocida duró unos cuantos años. Llegada la treintena, otro momento de crisis y el recuerdo de aquel paseo me llevó de nuevo a las calles de Praga. Recuerdo que una vez sorteé una presencia descomunal que presentí que no me iba a llevar a nada bueno. Y llegó, cruzando una callejuela oscura, alguien que me agarró por detrás y en un portal, delante de una tienducha de muñecos de madera, me aleccionó sobre qué era lo que yo necesitaba y qué tenía que hacer. De hecho, ya estaba hecho. Solo tenía que ir y presentar un par de papeles. Ya estaba. Todo tan fácil. Como un sueño. Si es que en los sueños alguien te dice que entregues un papel que ya está cumplimentado. En orden. Tal día a tal hora. Allí. Qué placer. Qué inmenso placer. Sin voluntad y sin complicaciones. Todo está en esos callejones de la ciudad antigua de Praga, al alcance de quien quiera verlo o el que haya sacado el tiquet o quien de la suficiente lástima o el que pise la baldosa adecuada que accione el mecanismo que posibilite que ese alguien que maneja los hilos desde los callejones de Praga atienda a tu momento de incertidumbre. Y qué placer.
jueves, 5 de diciembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
Siempre decía 'esta ciudad es insoportable'. O 'esta ciudad nos va a matar'. Con esto último yo le contestaba que 'por la tarde ya iba bien mamado'. Él no entendía la referencia porque venía de fuera, pero a mí me hacía gracia decírselo por si alguna vez escuchaba la canción. Bueno, que la canción tampoco dice eso, pero no sé, a mí me hacía gracia decirlo. Estábamos juntos tanto tiempo, pasábamos tantas horas uno con el otro, que al final yo esperaba que fuera como un amigo total, como una pareja sin serlo. Yo estaba casado y él también, pero intentaba que él fuera, no sé, como mi conexión especial. Ya he dicho que él no era de aquí, era bielorruso, hacía años que había venido a nuestro país y hablaba todos nuestros idiomas posibles estupendamente. Casi no parecía de fuera. Pero lo era. Pasábamos muchas horas juntos, pero no sabía muchas cosas de él. No sabía qué música le gustaba. Yo no dejaba de poner música a cada rato. Esperaba siempre una reacción, un gesto, un mohín de disgusto, que de golpe se pusiera a tararear. Nada. Ni qué programas de televisión había visto. Ni sus ideas políticas. Siempre creí que era de derechas, porque venía de Bielorrusia y si fuera de izquierdas se habría quedado en Bielorrusia ¿no? Leer libros tampoco sabía si leía libros, no traía libros al trabajo y no sé si leería en casa. Hablábamos de fútbol y creí entender que era del Real Madrid. Pero no mostraba sus cartas. Conocí a Jensi, que empezó a trabajar limpiando en la oficina, me enamoré de ella, dejé a mi mujer. Jensi era húngara. Él no dijo nada durante todo aquel tiempo, que fue muy complicado. Simplemente un día no vino a trabajar, me dijeron que había pedido la cuenta. Y no lo volví a ver.
miércoles, 4 de diciembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
La verdad es que todo era un poco ridículo. Éramos un grupo de cinco o seis amigos, todos éramos de la misma ciudad, todos éramos del mismo barrio, todos nos habíamos criado juntos, todos teníamos padres que jamás habían salido del país, todos teníamos familia que únicamente hablaba checo, todos teníamos abuelos que jamás habían conocido otra cosa que a checos y si habían conocido a otra gente no guardaban buen recuerdo de ello. Todos teníamos nombres checos o eslavos. Todos, sin excepción, hubiéramos sido reconocidos como perfectos hijos de la gran madre eslava. Todos hablábamos entre nosotros exclusivamente en checo. Únicamente Marek había viajado una vez a Berlín, durante un programa de su escuela, que aunque estaba en el barrio no era la misma escuela porque a esa escuela sólo iban los hijos de una empresa muy antigua. El caso es que fueron a Berlín y cuando Marek volvió, todo cambió. Fue el primero en querer ser inglés. No sé qué vio en Berlín, pero solo hablaba de Inglaterra, de su música, de su cultura, comenzó a vestir como si fuera un modelo de la Fred Perry. No sabíamos de dónde sacaba esa ropa. Nos contagió a todos. Éramos un grupo de cinco o seis amigos, todos de la misma ciudad, que nos creíamos ingleses. ¿Os ha pasado también a vosotros?
martes, 3 de diciembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
Yo tengo más o menos las mismas vivencias que todo el mundo. Algunas cosas las he hecho, otras no, otras solo las he hecho yo o pienso que solo las he vivido yo pero estoy convencido de que son compartidas por el resto del entorno en el que me muevo. Si te cuento mi vida, verás que, aunque intente adornarla o tenga recursos que la hagan parecer más interesante, coincide con lo que ya habrás visto o escuchado en otros amigos nuestros, incluso en ti misma. Por ejemplo, aquella vez en la que saliendo de un concierto nos pilló la policía meando en la calle. A todos nos ha pasado. Yo la cuento de una manera que puede parecer graciosa, pero en realidad es la misma historia siempre. Yo estaba meando en una esquina, no demasiado escondido de la gente, entre dos coches, y los colegas estaban allí, algunos meaban también o ya habían meado y levanté la vista y vi un coche de la policía municipal en la esquina opuesta. Estaban lejos, pensé. Me concentré en la meada y cuando levanté la vista allí otra vez, los policías estaban delante de mí y lógicamente me recriminaron, me pidieron el carnet y yo asumí la derrota y como estaba borracho intenté mostrar mi sorpresa y recuerdo que un amigo quiso salir en mi defensa pero ya daba igual. Lo cuento de una manera en la que parece excepcional, una anécdota vistosa, pintoresca, los policías no estaban y de repente estaban. Y nos fuimos de allí a otro sitio y a ese sitio no habíamos ido nunca y estuvimos bailando y creo que sentí algo especial. Ese algo especial no sabía lo que era, era algo que no sentía que me hubiera pasado antes. Ahora podría decir otra cosa, pero estoy convencido de que a todo el mundo le ha pasado que ha tenido 'esa noche' en la que parece que algo va a pasar. Naturalmente, no pasó nada. Eso también le pasa a todo el mundo.
lunes, 2 de diciembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
Aquellos cuentos que había escrito casi inconscientemente, sin pensarlo, como un pasatiempo simplemente, le habían dado la popularidad que siempre había ansiado y que con sus ensayos e incluso sus dos novelas no había llegado ni a imaginar. Cuentos escritos como a salto de mata, sin otro interés para él que mantener viva la cosa de la escritura. Eran cuentos en los que quería emular a sus referentes más queridos, los escritores centroeuropeos que siempre le habían entusiasmado. Incluso había escritores de su tierra que habían adoptado claramente aquellos referentes y también a él le habían influido. Así, sin proponérselo, fue escribiendo estos cuentos de manera un tanto desordenada y, cuando vio que ya había reunido un volumen suficiente, los ofreció para su publicación. El libro se publicó y fue todo un éxito. Pero no fue hasta que pasó un tiempo que, un día, revisando unos volúmenes en su casa, no se dio cuenta de algo que, quizás, tuvo que ver con el éxito de aquel volumen que él había titulado 'Pequeños cuentos centroeuropeos' y que, por algún motivo, quizás por ese poco cuidado y ligereza, había entregado como 'Pequeños centros europeos'.
Pequeños cuentos centroeuropeos
Todos nos conocíamos pero no nos conocíamos por lo mismo. Algunos éramos y otros no, unos venían y otros no, otros se sentían y aquellos no, pero estábamos allí y hablábamos entre nosotros, nos reíamos, comentábamos y Zdenek me tocó la espalda y me preguntó si podíamos hablar un momento. Nos apartamos un poco del resto de la gente y empezó a contarme que no estaba en un buen momento, que había dejado el trabajo y que tenía un proyecto en la cabeza pero necesitaba un poco de ayuda y si yo le podía prestar al menos un poco de atención porque tenía en mucho mi opinión. Su idea era mi idea. En cuanto comenzó a decirme qué es lo que tenía pensado hice repaso de las veces que había hablado de mi deseo con el resto de colegas. Quizás a alguno de ellos, o a alguna de ellas, en alguna ocasión y con alcohol de por medio, les había dicho que en realidad, la ilusión de mi vida era... pero no tenía conciencia de haberlo hablado alguna vez con Zdenek y no creo que alguien hubiera llegado a Zdenek y le hubiera comentado eso. Aquí me acordé del cuento aquel en el que alguien descubre un hecho maravilloso y se lo comenta a una persona que cree su amiga pero que en realidad es un competidor y este, en un arranque de egoísmo, no da importancia al hecho. Pensé en hacer lo mismo. Pero no lo hice. Le dije a Zdenek que me parecía una idea muy original y que no se preocupara, que seguro que le iría bien. No le fue bien.
jueves, 28 de noviembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
Llegó a Praga después de una serie de vicisitudes que por poco le cuestan la pellica. Pero llegó a Praga y en Praga encontró un trabajo. El trabajo era lo de menos, el caso es que encontró algo. Ese algo ya era algo, porque el viaje hasta llegar a Praga había sido tan duro que no os podéis imaginar lo que es llegar a Praga, por ejemplo, y que Praga te parezca maravilloso. Incluso barrios alejados del centro, del puente de Carlos, de la iglesia de San Wenceslao, del cementerio judío. Todo le parecía bien. Mutawakkil no era demasiado exigente. Por las tardes, muy tarde, cuando terminaba de trabajar, no sabía que hacer en Praga, porque en Praga, en esa parte de Praga donde vivía, no había nada que hacer. Un tipo que era de algún lugar que parecía tener algo que ver con su lugar de origen, pero que ni él mismo sabía precisar con seguridad, había montado una peluquería. Y Mutawakkil pasaba allí el rato. Cuando se aburría de las conversaciones que tenían entre gente a la que consideraba paisana, se volvía a su casa. Veía vídeos en el móvil. Un día entabló conversación con un checo que sabía algo de francés. Era comercial de la empresa donde trabajaba. El checo se llamaba Karel. Mutawakkil se lo encontró por la empresa algunas veces, hicieron buenas migas. Se encontraron alguna vez en una taberna, una cafetería cercana a la empresa. Mutawakkil ya hablaba algo de checo. Los amigos de Karel miraban a Mutawakkil con reparo. Los compañeros del turno de Mutawakkil pensaban que Mutawakkil quería ascender en la empresa. Mutawakkil dejó de ver al checo durante unos meses. Un día, en la peluquería, escuchó una historia que contó el propio peluquero, sobre alguien que había viajado desde África a Suecia y que siempre decía que en Suecia hacía frío, pero el mismo frío que hacía en su tierra y que los suecos no eran tan distintos a sus vecinos y su familia allá en... Mutawakkil escuchaba y pensaba que esa historia era verdad. Hasta que lo dijo en voz alta.
miércoles, 27 de noviembre de 2024
Pequeños cuentos centroeuropeos
Pensarás que nadie nos tiene en cuenta. La mayoría de nosotros no sabemos a qué hora aparecimos aquí, no sabemos tampoco cuándo nos vamos a ir. Algunos recordamos estar casados, tener hijos, hijos que a veces nos encontramos también en la barra, les reconocemos, o no, seguimos mirando hacia otra parte. Otros ya no recuerdan nada. Saben que han venido a una hora, era temprano, salen de vez en cuando a la puerta, la gente hace como que no nos ve. Nos huele la ropa pero nosotros ya hace tiempo que no olemos nada. Nos huele todo. Venimos limpios, nos vamos sucios. Hablamos cosas entre nosotros, cosas que no entendéis, tampoco a nosotros nos importa lo más mínimo. No miramos el fondo de la botella, al final del vaso no estás tú, no hay ningún mensaje, no existe. Hay una televisión encendida. Tenemos una opinión. Yo casi nunca digo nada. De vez en cuando gruño, o levanto una ceja si veo a alguien en la calle que reconozco. No sé porqué comencé a venir. No me gusta jugar a las máquinas, no me gusta distraerme viendo jugar a otros. Soy de los que les gusta leer el periódico, el diario deportivo. Me gusta que piensen que soy un intelectual. Que no tendría que estar aquí. No tenemos una opinión formada de las cosas, pero sabemos cómo son las cosas. A veces opinamos. Y esa opinión vale, cuenta. Estamos aquí, al fondo, sentados, o de pie en la puerta tomando el sol, hablando con la hija del dueño del bar, preguntándole cuántas le han quedado. La hija del dueño del bar es muy lista y nunca le queda nada. Seguramente no trabajará en el bar cuando sea mayor. Ya no nos asusta. Asustan otras cosas.
















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