Nueve años desde el día del ictus. Como han pasado nueve años y uno tiene la sensación de que se hace pesado explicando una y mil veces cosas de su padre de uno y del ictus y de lo que nos cambió la vida y de lo que le cambió la vida a él principalmente y de aquellos días en Jaén y del Hospital Neurotraumatológico y de las idas y venidas de Vilches a Jaén y de los pequeños avances que se iban dando y de mi prima Juli hablándole y él mostrando las primeras señales de que volvía a sintonizar con el mundo y todo eso como que ya lo he explicado muchas veces sino para su aniversario del ictus, para su aniversario o para el aniversario de su fallecimiento, pues el día 11 de abril me dije, bah, Antonio, déjalo correr, no seas pesado, tú te acuerdas y ya está. Pero. Ayer fui a un entierro, el entierro del padre de una compañera, en Can Ruti. Bueno. Vamos, los recuerdos, etc. Pero. Resulta que al entrar en la sala donde van a hacer la ceremonia de despedida, reparten el tarjetón de recuerdo y ese tarjetón de recuerdo es una foto de un campo de amapolas. Suficiente para mí. Tengo que hablar de mi padre y de mi condición de padre. Porque en casa, en la habitación, tenemos un cuadro de mi padre, tenemos dos, pero es uno el que llama la atención del Martí. Cada vez que sale de la cama señala el cuadro. Y tienes que ir al cuadro y él señala el cuadro y se queda mirando el cuadro y entonces tú le vas diciendo con el dedo. El cuadro del abuelo Paco. Una cereza, un níspero (o un albaricoque según me da, no soy biólogo), una ciruela, una margarita, una cereza, un níspero, otra cereza, una ciruela, una amapola, otra amapola, una margarita, una cereza, un níspero, una margarita, una amapola, otra amapola. Martí atiende pacientemente la explicación del cuadro como si se estuviese enterando de algo. Y así un día y otro día. Justo al lado hay otro cuadro, mucho más expresivo, más expresionista perdón, en el que bajo un fondo aparece una suerte de explosión de amapolas. Pero a Martí el que le interesa es el del jarrón con la fruta alrededor y las margaritas y las amapolas. Las amapolas, cómo le gustaban a mi padre los campos de amapolas, y pintar los campos con amapolas, y los jarrones con amapolas. Lindísima amapola. Y empiezas a pensar que han pasado nueve años y crees que es muchísimo tiempo y qué pasará cuando pasen diez años, que es una cifra redonda, son muchos años, y nueve ya digo que es mucho tiempo también y en fin. Que no iba a escribir nada por no hacerme pesado y al final, las amapolas.
Civilización o Barbarie
lunes, 13 de abril de 2026
miércoles, 8 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Vivían a las afueras de Brêdice. Decir a las afueras es una manera de hablar, claro. En realidad vivían lejos de Brêdice, en un lugar que nunca había sido Brêdice propiamente y al que había que acceder mediante una carretera que se construyó para albergar aquel conjunto de bloques que cuando se construyeron y en la foto promocional parecían una buena cosa pero luego se transformó en otra. Alguien, no sé porqué, llamó a aquel barrio Zlatansgrad. Pero el barrio se llamaba Novo Brêdice. Todo era por Zlatan. Zlatan vivía en aquel barrio y había nacido ya en aquel barrio y creció en aquel barrio y él y su familia y sus amigos vivían en aquel barrio y ellos creían que eran de Brêdice como nosotros, pero no lo eran. Nunca lo fueron. Zlatan coincidió conmigo en un curso que hicimos sobre literatura nórdica. A mí me extrañó ver a Zlatan, nos habíamos visto creo que por cosas del fútbol, alguna vez habíamos jugado algún partido en contra. Él jugaba en el equipo de Novo Brêdice y yo, en fin. El caso es que me extrañó verle en aquel curso de literatura. Hacía tiempo que no nos veíamos. Le pregunté por cómo estaba. Le pregunté por su trabajo. Sus respuestas fueron nuevas preguntas hacia mi estado de ánimo y mi situación laboral. Mientras aquella profesora llegada de la Universidad de Skalda impartía su conferencia, yo no dejaba de mirar a Zlatan. Ni Zlatan dejaba de mirarme a mí. El cuento se está enturbiando. Me gusta.
martes, 7 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Una ráfaga de viento. Un cierto olor a cabello mojado. Las calles de Brédice después de dos semanas seguidas de lluvia y el sol que se refleja en ellas. El olor a muerte impregnado en las paredes de la taberna de Janisek. El olor a vida impregnado en las paredes en la taberna de Florianne. La cara avejentada de aquel compañero de pupitre. Tu cara reflejada en un cristal y la pregunta que te asalta. El calzado deportivo que compartes con un compañero de trabajo. Las marcas de mordidas de perro en un libro. El director de la Biblioteca Municipal mirándote con mala cara porque llevas un libro a devolver con un retraso intolerable. El calor de abril. El frío de abril. Un comentario en la televisión sobre un escritor fascista que se utiliza como descripción de la gastronomía local. El aire despreocupado de la gente en el transporte público porque ya todo da igual. Un cierto olor a quemado. Los platos sin recoger en el fregadero. Los botones que no sabes para qué sirven del lavavajillas. Aquel partido que jugó el equipo local contra la Universidad de Craiova y que terminó con un empate que nos supo a gloria. El amarillo de los dientes de Janisek. Tu padre comprándote una magdalena grande. Tú buscando una pastelería en la que vendan esas magdalenas grandes para comprárselas a tu hijo aunque tu hijo todavía no coma magdalenas ni grandes ni pequeñas. La amenaza de una guerra mundial. La palabra conflagración. El relato que construyes sobre tus decisiones. Cómo un libro te parece que está escrito de manera que parece una novela centroeuropea. Una ráfaga de viento. Un estornudo.
miércoles, 1 de abril de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Todos los días terminaba paseando con él por las calles de la ciudad y acudiendo a reuniones, charlas, eventos, conciliábulos. Ella escuchaba siempre muy atenta todo lo que él le iba contando. Cada día había un nuevo motivo para verse. Y ella acudía a la llamada creyendo que él solo la convocaba a ella, cuando la realidad es que solo ella respondía a unas citas que él quería ecuménicas y siempre estaban abocadas al fracaso. Ella escuchaba y asentía, le daba la razón, le seguía a todas partes y él no asumía que solo ella seguía pensando que su causa tenía razón. En Brêdice todo el mundo les conocía. Todo el mundo. Ella le era tan fiel que ya nadie se acordaba de que ella estaba casada y que cuando volvía a casa su marido le contaba, como entre delirios, viejas hazañas de reuniones, charlas, eventos, conciliábulos que ocurrieron hace tiempo, cuando ambos eran jóvenes y solo conocían de reuniones, charlas, eventos, conciliábulos que se produjeron cuando reuniones, charlas, eventos y conciliábulos eran importantes, trascendentes, iban a cambiar el curso de los acontecimientos y a forjar una nueva Brêdice. Esa nueva Brêdice era la que él seguía explicándole a ella cada día, mientras acudían a reuniones, charlas, eventos, conciliábulos en los que nadie les esperaba. Ella, a veces, como si algo hiciera conexión, lo sentía como cierto. Nadie les esperaba. Pero algo la llamaba cada día a seguir acudiendo al mismo sitio, a encontrarse con él, a salir de casa y dejar a su marido recordando para seguir viviendo el sueño. De él ya hablaremos en otro momento.
lunes, 30 de marzo de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
Pongamos por caso Brêdice. La ciudad de Brêdice tiene aproximadamente unos 15.000 habitantes de los cuales aproximadamente la mitad te aseguro que desconocen que su Castillo fue construido por unos monjes teutones que se preocupaban por la amenaza que suponían los eslavos, eslavos que precisamente acabaron ocupando estas tierras y que le dieron nombre a la ciudad de Brêdice y que gobernaron desde este mismo castillo los designios de la Humanidad entera de los últimos siglos. Quizás estoy exagerando un poco, pero lo que quiero decirte es que no deberíamos contar con que todo el mundo debe saber de todo, ni siquiera debe estar interesado por su entorno, o por el lugar en el que vive, o por quién es el vecino con el que comparte cola en el puesto del mercado o asiento en el colectivo que le lleva a la fábrica. Ni siquiera saber qué es o qué fue Brêdice. El castillo de Brêdice no fue construido por monjes teutones, sino por un noble local para controlar a sus siervos. Tampoco me has dicho lo contrario, así que debo pensar que tú, siendo de Brêdice, tampoco tenías ni idea de lo que te estaba hablando. Me pasa mucho que hablo y hablo y no sé si estoy con el interlocutor adecuado o me he confundido y me siento como fuera de todo. No conoces nada de Brêdice. Absolutamente desubicado. Perdóname.
Izquierda arraigada al territorio
Falta poco poquísiimo para que se den las elecciones andaluzas y volvamos a comprobar el estado de salud de la izquierda a la izquierda del PSOE. Faltando poco poquísimo para saber si se reeditará cualquier tipo de coalición, confluencia, unidad o lo que fuere, sabemos que hay un debate interesantísimo en la izquierda sobre la conveniencia o la mejor disposición del electorado de izquierdas a la izquierda del PSOE de dar su confianza a izquierdas arraigadas al territorio or not. Por izquierdas arraigadas al territorio se ha dado a entender que entendemos que son esas izquierdas que reducen o concentran su ámbito de representatividad a un territorio concreto, con aspiraciones nacionales propias o con aspiraciones... bueno, aspiraciones propias. Una izquierda que pareciera más ligada a lo que piensa la gente del territorio, formada por personas del territorio, que estarían más en consonancia con lo que pide el territorio. Algo que, por lo visto, las izquierdas que no se encuadran en estas ofertas, las que digamos que tienen un marco de referencia estatal, no cubrirían de la misma manera. Este enfrentamiento o distinción entre unas izquierdas y otras izquierdas está llegando a un punto de bonito debate en Andalucía, donde el partido de izquierdas que se pretende arraigado al territorio, considera mesetario a todo aquel que no sea de su agrado, lacayo o vasallo de Madrid, o que no siente o representa lo que quieren ser los Andaluces. Lo que son. Tengan o no tengan razón, el daño ya está hecho y la izquierda de referencia estatal, digamos Izquierda Unida y sus acompañantes en Por Andalucía, ya son vistos y percibidos como algo que no está en lo que se lleva, en esa izquierda arraigada al territorio que representan en otros espacios ERC, Bildu, BNG (los tres referentes principales de esta corriente a la que muchos se quieren sumar, perdón, quieren replicar), la Cha o Compromís. Y en Andalucía Adelante Andalucía. Bueno, podría prácticamente dejar el texto aquí, pero avanzaré en lo que no es otra cosa que una opinión que nace del desconcierto. ¿Qué son mis compañeros y compañeras de Izquierda Unida de Jaén, por ejemplo? Lacayos, mesetarios, castellanos... Gente que lleva toda la vida con Andalucía dentro, que son Andalucía, que son además otra Andalucía, pero que ahora se enfrentan a la etiqueta de 'menos andalucistas' que otros porque... ¿por qué? Porque al no ser andalucistas de carnet no están arraigados al territorio. Pero, ¿Adelante Andalucía en este territorio concreto, en Jaén, qué arraigo territorial tiene y qué Andalucía representa? ¿Y en Granada? ¿Y en Almería? El peligro de utilizar etiquetas y exacerbarlas nos lleva a hacer analogías que son bastante chungas. Comuns, por ejemplo, al no ser independentista, (pero tiene independentistas dentro, soberanistas muchos), ¿es una izquierda menos arraigada al territorio que Cup? ¿o que ERC? Que las reivindicaciones o aspiraciones nacionales que quiere alcanzar sean unas no les hace menos que otras. Tendrán otras reivindicaciones, pero no son menos. Lo mismo pasa, creo, en Andalucía, y lo mismo le pasará a mis compañeros y compañeras en Aragón o en Euskadi. Sí que entiendo, porque eso es fácil de entender que, el mensaje impugnatorio que toda izquierda debe tener (aunque en este momento histórico la impugnación a veces pasa por la defensa de lo poco que tenemos, ese es un debate y quizás es el debate), lo encarna mejor quien pretende culpabilizar de la situación de la clase trabajadora a la estructura estatal que no a otras condiciones más profundas y tienen que ver con gentes con banderitas andaluzas en la pulsera. Es más creíble ahora mismo el Puta España, matizado en muchos aspectos, caracterizando a España con la derecha, que otras formulaciones que no son tan creíbles o no causan tanto impacto. A todo esto, la pertinaz y sangrante obsesión del espacio de la izquierda que tiene el Estado como referencia en buscar los peores o más inanes mensajes posibles, contribuye a que eso que parece que no tiene otro atractivo que el 'nosotros somos otra cosa', sea más atractivo que el 'yo te voy a explicar que tenemos razón aunque no haga nada por parecer que vivo en el 2026'. Veremos qué pasa en Andalucía y esperemos que unos y otros consigan los mejores resultados posibles y que no acabemos como en nuestra amada Portugal, peleando por los puestos de descenso mientras otros parten el bacalao. Y así vamos avanzando hacia un panorama en el que será mucho mejor tener unas izquierdas confederales que no importunen el tranquilo curso del gobierno progresista en caso de que se vuelva a dar y unos y otros contentos porque la residualización de la izquierda estatal limpia el escenario de compañeros de viaje incómodos. Todos ganan.
domingo, 29 de marzo de 2026
El fútbol moderno y Ernesto Valverde
Siempre me gusta contar que, la primera vez que vi al Athletic Club en San Mamés, me di cuenta de que nosotros, los aficionados que veníamos de fuera de Bilbao, veíamos y sentíamos el fútbol de forma diferente. Fue un Athletic Club - Racing, con Luis Fernández en el banquillo y el Athletic comenzó perdiendo cero a dos a los veinte minutos del encuentro. Mi padre, que era la primera vez que iba a Bilbao, estaba sulfuradísimo, enfadadísimo. Su primera vez en San Mamés y el Athletic, su Athletic, perdiendo. Y la gente a su alrededor, viéndolo tan enfadado le decían 'tranquilo, esto está ganado'. Los aficionados del Athletic bilbaínos, lo celebraban todo, un despeje, un patadón parriba, lo que fuera. Aupa chaval. Nosotros lo mirábamos todo de otra manera. Nos enfadábamos, no entendíamos nada. El Athletic acabó ganando 4 a 3. Eso era el fútbol de antes. El fútbol moderno, parece otra cosa. No sé si han sido las redes sociales, la sobreexposición a la información de los equipos que ganan siempre, que el éxito sobre todas las cosas es el único baremo de las nuevas generaciones, lo que sea, pero parece que la afición del Athletic, ha cambiado. O al menos, una parte significativa. El Athletic Club terminó la temporada pasada en el cuarto puesto de la Liga, accediendo a jugar la Champions. Pero es que además, llegó a jugar la semifinal de la antigua UEFA. Una semifinal que disputó con el equipo muy diezmado, ya limitadísimo después de una temporada de mucha tralla a la que el Athletic llegó tocadísimo. Un éxito de temporada absoluto, el Athletic jugando la Champions. Casi como un título, celebramos que Nico Williams decidiera quedarse en Bilbao desoyendo la campaña por su fichaje por el Barça. Pero. La temporada comienza con una plaga de lesiones a la que el Athletic responde ganando los tres primeros partidos de Liga. El propio Nico se descubre con una lesión de esas que no sabes qué tiene que hacer para recuperarse, quizás no jugar por ejemplo. Después de esos tres primeros partidos, coincidiendo con el primero de la Champions, el Athletic empieza a perder. Su juego es pobre, su rendimiento flojo, no llega el nivel para disputar una Champions contra equipos muy, pero muy fuertes y en Liga la cosa se va trampeando. Regular, mal. En Copa el Athletic llega a semifinales perpetrando partidos inenarrables y cayendo ante la Real de manera inapelable. Un par de malos partidos desembocan en un anuncio por parte de Ernesto Valverde, el entrador que nos ha llevado a ganar una Copa del Rey y a clasificarnos para una Champions, a anunciar que se va a final de temporada. Podemos considerar si el ciclo se ha acabado, si Valverde ya lo había dado todo... o si el fútbol moderno nos ha convertido en una afición más. Una afición que creía que había material como para disputar una Champions, que creía que la temporada pasada iba a salir gratis en cuanto a esfuerzo de una plantilla justa no, justísima, que cree que su entrenador es aburrido, soso, que no es rockandroll, que no genera polémicas, que no da contenido, que no está a la altura de unos tiempos en los que el impacto de treinta segundos es fundamental, un entrenador que ya conoces, un entrenador que ya tienes visto, un entrenador que te aburre porque su sistema es conocido, que no innova, que no te sorprende, que no saca chavales nuevos como ese chaval que debería jugar y que no juega, que siempre recurre a los mismos. Una afición que se encabrona porque el Athletic no le gana a todo el mundo. Una afición como las demás. Y ahora todo son o llantos porque perdemos a nuestro Ferguson, y le queremos poner una estatua como a Ferguson a quien nunca fue Ferguson porque siempre hubo athleticzales que vieron que Valverde no era suficiente y viven encandilados con ese entrenador del Manchester City, ese alemán como Heynckes que venga a, con ese relumbrón relumbronoso que va a venir al Athletic y se va a enamorar de la ría y del txakolí y le cambiaremos el nombre y le llamaremos de alguna manera euskaldunizada y le colocaremos una txapela y será 'uno di noi'. Y le daremos mil vueltas a Iraola y lo que Iraola puede hacer y decir y si viene. Y nos acabaremos quedando con Íñigo Pérez y lo acabaremos cesando en noviembre porque la cosa hace aguas. Y yo seguiré prefiriendo al Txingurri. El fútbol moderno da asco.
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