jueves, 26 de febrero de 2026

Nos acordaremos de Yolanda Díaz


Tengo otras fotos con Yolanda Díaz, no todas mejores. Una que es un posado estupendo, yo con una camisa blanca y ella también. Y otra que nos hicieron en un acto de los primeros que hizo cuando empezó su escalada hacia la candidatura, en el Auditori, pero que salió oscura, tan oscura que no sé si la colgué. Lo que está claro es que la he perdido. Así que esta puede valer. Bien. Hablemos de Yolanda Díaz y hablemos de cómo la izquierda es un arcano incomprensible para la mayoría de la población que, cuando ya parece que ha dejado claro qué es lo que quiere, nos empeñamos en retorcer su voluntad. La gente, así a bote pronto, buena parte de la gente, quería a Yolanda Díaz. O nos hicieron quererla, quién sabe. El caso es que nos hicieron quererla y la quisimos. Muchos la seguimos queriendo y creemos que presentaba el perfil necesario para poder plantarle cara a la derecha. No a la derecha, perdón, al monstruo al que nos enfrentamos que va más allá de la derecha. Ese tiempo en el que articuló el espacio que luego se presentó como Sumar, fue tremendamente positivo. Tanto, que durante la campaña electoral, la gente que no era nuestra nos paraba para decirnos que ella era muy buena. Nos dijeron que era buena, comprobamos que era buena y luego nos dijeron que ya no valía. No valía porque no fue capaz de articular el espacio. No valía porque desde Podemos se comenzó una guerra absoluta sin más objeto que dañar su imagen. No valía porque su pretensión de hacer de Sumar un partido fue demasiado rápida y violenta. Violenta porque un día antes de que se hiciera el acto, la primera asamblea de Sumar, en Madrid, a la que fuimos muchos ilusionadísimos, justo el día de antes, se decidió que en Madrid, Sumar era Más Madrid y no IU. IU se enfadó y fue el principio del fin. Yolanda Díaz en su obituario está recibiendo infinitos halagos como Ministra de Trabajo. Como ya saben, los datos y yo nos llevamos mal, así que resumiremos la cosa con un pensamiento que también he leído y vosotros más, y es que con proclamas y con frases y con ideas brillantes no se cambia la vida de la gente, pero con acciones, por pequeñas que sean y las que consiguió llevar a cabo Yolanda Díaz no eran pequeñas precisamente, sí. Y Yolanda Díaz, en un mundo en el que nos dicen que la izquierda es inútil, demostró que podía ser útil. No solo para que no gobiernen los fachas y ya, sino para hacer cosas. Cosas tangibles. Pero eso no podía ser y desde el mismo principio, la proyección de su figura fue atacada por tierra mar y aire desde su propio flanco. Incluso desde el flanco de quienes ahora nos hablan de juntarnos todos o irnos a la cuneta y que en su momento votaron contra la Reforma Laboral porque Yolanda Díaz volaba demasiado bien. Finalmente, cuando aquel proyecto de convertir a Sumar en un partido heterogéneo y poco explicado fracasó, porque se fue muy deprisa y lo que se ha conseguido en Catalunya y se va consiguiendo no sin resistencias era difícil de emular así de buenas a primeras fuera, Yolanda dio un primer paso y desistió del tema de la articulación. Como no quiso liderar más, ya no podía liderar más. Y así, que no iba a ser, porque los distintos actores ya habíamos decidido que no valía, igual que un día nos dijeron que sí valía, no valió. Y ayer, después de todo, anunció lo que todos ya sabían, que ella no iba a ser. Ahora supongo que esperaremos encontrar a alguien que genere lo que generó y que, sobre todo, cuente con los apoyos con los que ella montó, interesados sin duda, pero qué bien vinieron, para que esa propuesta se articule. La cosa no parece estar dirigida a que se pueda articular, pero lo pelearemos y nos pondremos a disposición de quien nos digan y volveremos a decirle a la gente que sí, que se puede, que lo podemos hacer tan bien como lo hizo ella al frente del ministerio de Trabajo, el mejor de la historia. Porque no tenemos otra. Nos acordaremos mucho de ella. 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Crónica del #PleGramenet de febrero. El hombre invisible.

 

¿Te has cortado el pelo? Me preguntan esto a la entrada del pleno municipal cuando ya hace como tres semanas que la Clari me dejó como una cosa redondita y pelada y aún así, cada vez que me ven personas que incluso me han visto y han estado conmigo durante rato largo estos días, me preguntan por el pelo. Dejo una huella imborrable, al parecer, entre mis conocidos y conocidas. Personas que me ven regularmente, de repente, me preguntan una vez más si me he cortado el pelo. Como si hiciera meses que no me ven. El hombre que nunca estuvo allí. Ayer mismo, el Roca, editor del mejor diario de tirada mensual de Santa Coloma de Gramenet, me preguntó si iba a los plenos. Sí, claro, voy a todos los plenos desde hace no sé, once o doce años. No, al de ayer no fuiste. Y al otro tampoco. Sí, sí que fui. Pero no hablaste. Sí que hablé. Nada, que no. Que mi proyección pública es nula, mi impacto comunicativo es cero, mi trascendencia como individuo equivale a nada. No estoy. Pero estoy. Estoy en el pleno para ser testimonio de cómo la basura constante que Vox emite sin descanso, de manera completamente impune, con total alevosía, con el ánimo de distorsionar no solo el debate plenario sino, sobre todo, el transcurso de la vida colomense, esa basura, digo, se convierte en el pleno. El pleno ya no son las decisiones más o menos discutibles de un Equipo de Gobierno que parece confiado en el trantrán de la ciudad para mantener su posición de poder omnímodo. El pleno tampoco son las intervenciones de una oposición que en demasiadas ocasiones parece más empeñada en sacar pecho de unas glorias que nadie conoce en esta ciudad. El pleno no son los nervios de una derecha que entiende que debe hacer de posición cuerda ante el desbarre de la extrema derecha y que se empeña en seguir la estela de una extrema derecha desquiciada cuando lo que se propuso en un principio era asimilarse al partido socialista para captar votantes 'a la badalonesa'. El pleno se convierte exclusivamente en quitarnos las moscas de los exabruptos racistas, machistas, liberticidas, magufos, insidiosos, rabiosos y estercolerizantes de los dos regidores de Vox que, a veces con demasiada laxitud, se permiten contaminar el aire del pleno con sus mierdas. Porque son mierdas lo que lanzan continuamente y ni siquiera el Rom o el decoro o la tolerancia, pueden tolerar salvajadas como las que se sueltan en el pleno, que ya no causan la risa tonta del que ve al tonto decir tonterías. Ya hemos entendido que ni el uno ni el otro son tontos ni sueltan las cosas por soltarlas, ni son unos indocumentados, ni son unos atolondrados fachillas que sueltan sus fascistadas. No, aquí hay un plan y hay una estrategia y hay un sentido. Y hay una claca que aplaude y hay unos vecinos que les siguen y les jalean, y hay quien pone el tono moderado y sesgado para decir las mismas cosas y así nos pasamos los días esquivando sus videos, esquivando sus mentiras, esquivando su realidad paralela. Sí, efectivamente, somos de Santa Coloma, vivimos en Santa Coloma, pero no solo eso. Santa Coloma es esta ciudad porque la hemos hecho quienes nos hemos preocupado por la dignidad y la justicia social desde hace décadas, recogiendo el testigo de tantos y tantas que se dejaron la vida por ello. Que cualquier salvaje nos quiera resituar como ajenos a la realidad no significa otra cosa que, si tuvieran poder, nos resituarían en otro sitio. Y nosotros, Comuns, vamos a hacer todo lo que sea necesario para que eso no pase. 

viernes, 20 de febrero de 2026

Salvador - Daniel Calparsoro


La serie del momento, la serie de la polémica, la serie de la controversia. Salvador es una serie hecha con toda la intención del mundo. La intención es que la veas. Que te sientas mal viéndola. Que la dejes, que hables de la puta mierda de serie, que quizás la sigas viendo. Que hables de ella. Salvador es una serie que no deja indiferente y eso en muchas ocasiones es buena señal. Pero aquí no sé si es buena señal. No deja indiferente porque te cabrea y te cabrea tanto que puede que ya en el segundo episodio pienses que tu estómago no aguanta tanta mierda y que no merece la pena seguir. Pero sigues, porque quieres acabarla para poder decir, efectivamente, esta serie es una mierda. Y es cierto que la premisa inicial de la serie, esos dos primeros episodios, mejor dicho, ese segundo episodio que es un panegírico de la acción benefactora de esos pobres nazis te puede llevar a quemar la tele. Es cierto que ese segundo episodio en el que unos antifascistas que parecen una guerrilla yihadista siria te da ganas de quemar la tele. Luego la serie no es que mejore, no es que los argumentos mejoren. No es que la premisa mejore. Pero se suaviza y lo hace con un desenlace tramposo por el cual, el héroe, un Luís Tosar que debe tener un estómago a prueba de bombas, se redime de acciones pasadas y de un tonteo extraño causado por la enajenación que supone ver morir a tu hija casi en tus propios brazos, y no solo desenmascara (spoiler) a los nazis sino que hace lo que se supone que tuvo que hacer con su hija. En fin. La serie es de dolor de estómago. Da dolor de estómago el papel de Leonor Waitling. Pero dan más dolor de estómago las tres apariciones de los antifascistas, el incidente en Lavapies, el antifascista grotesco, la historia de la pobre Julia, que es una nazi porque sus padres son progres, el encuentro buscado entre el personaje de Salvador y el padre de Julia, que da una vergüenza que no sé cómo Luís Tosar no dijo en el rodaje que esa escena es de vomitar. Porque lo que parece al final es que los pobres nazis son nazis porque les engañan, porque son seres que no han recibido el cariño que se merecen, la culpa es de otros, el incel, el nazi, el otro y el de la moto, en realidad son títeres de unos abogados, empresarios y policías que son los malos y que se van de rositas. No hemos contado de qué va la serie. Un grupo de nazis, ultras de un equipo de Madrid, que es el Real Madrid, se dan de palos con los ultras del Marsella. La hija de un sanitario, que es nazi porque su padre era alcohólico y no la cuidó, participa en los altercados y es herida, la salva otra nazi, y la lleva al hospital su padre. Pero ya en el hospital, entran unos ultras y la matan. Y el padre se chala queriendo encontrar al asesino y los nazis parece que le quieren ayudar y él se deja querer, pero hay una poli que investiga y tal. En definitiva, una serie que busca la carnaza, que busca que te sientas mal y que llegues al final para ver si la cosa se encarrila. Se encarrile o no, ya la has visto. Y los nazis pues nada, pues pobre gente y que al final los otros tampoco es que... Yo que sé. Mal.

jueves, 19 de febrero de 2026

Minutos de zozobra


Camino por la calle y me asalta constantemente la sensación de que todo se tambalea, todo está cambiando, la zozobra me embarga sin remedio. Vivo con el teléfono móvil enganchado a mi mano y, pese a que únicamente escucho y leo aquello que he seleccionado, no soy capaz de escapar de una sensación de peligro, de que lo que yo soy y pienso está bajo amenaza. Y no es únicamente la amenaza de quienes han declarado y han manifestado su voluntad de devolvernos a una suerte de cuneta metafórica en la que nos van a relegar para los restos. Es también la sensación de que hay una voluntad de reordenamiento y recálculo de las posibilidades de existencia de los míos y de mí mismo bajo mis banderas y mis preferencias. Es este sinvivir el que me tiene cual pescadilla que se muerde la cola, enganchado a una fuente de información que me calma y desasosiega de la misma manera. Qué está ocurriendo que en momentos en el que deberían florecer, como esas mil flores, propuestas e ideas, se esté germinando la simiente (¿se esté germinando la simiente? ¿qué clase de paparruchas estoy escribiendo, sin duda atontado por los acontecimientos?), por la cual yo ya no seré y tendré que ser otra cosa. Yo y otros y otras como yo. Y en ese tránsito hacia nosequé, no sé qué pasará, porque por una vez desde que la llamada de la rebelión populista asaltó nuestros cómodos cenáculos no todo consiste en buscar fórmulas sino apartar lo que estorba para maximizar esfuerzos, rentabilizar posibilidades, reconfigurar el mapa. Yo no puedo vivir así, con esta congoja, con este tremendo esfuerzo intelectual al que me someto todos los días buscando el porqué a mí no me gusta, a mí no me parece bien, yo no. Yo no. Seré yo. Seré yo que me he convertido en una suerte de recalcitrante vejestorio que se encastilla en sus mierdas de identidad y de memoria y de antes. Seré yo que me he convertido en un, ay, seguidor del Partido Comunista de Antes, aquel que ganó batallas sin cuento y que estableció un mundo que, sólido en lo imaginado, nunca será destruído y que nos pesa como patatín y patatán. Seré algo así. O quizás es que presumo que hay algo en mí que se resiste, sin duda por mis gafas equivocadas de la realidad y porque yo esperaba otra cosa o creo que sé que esto es otra cosa y que una cosa no es lo que me dicen sino lo que yo veo y he visto y no sé, es que no lo puedo digerir, que no me lo creo, vamos, que esto es una patata y no me va a decir que es un pomelo. Yo ya no entiendo de casi nada y me he quedado muy atrás y no sé quién ha hecho la banda sonora de Cumbres borrascosas y me veo pidiendo la palabra el primero porque tengo que decirlo y no me sobra el tiempo y camino por la calle y solo veo mierdas en el suelo. Este es otro tema del que ya hablaré en otro espacio, pero los delincuentes que no te dejan bajar a la calle no tienen perro. Yo ya no puedo más con esta sinrazón y con este caminar con el hielo bajo los pies como Yoko Ono. Ya estoy mayor para casi todo, pero hay elementos gimnásticos a los que no voy a apuntarme a mi edad. 

martes, 17 de febrero de 2026

Yo y el marido de Sarita Lauper


Seguramente, los habituales lectores de este espacio se habrán echado las manos a la cabeza cuando han visto que sitúo el Yo por delante del otro elemento e incumplo esa regla que dice que el burro delante, no. Pero es que hablaré principalmente del burro y utilizaré la imagen referencial del marido de Sarita Lauper como una imagen que está allí, situada en un nivel superior hacia el que mi actividad como padre se dirige sin que en ningún momento alcance ni de lejos su brillo y temple. Para quien no la conozca, Sarita Lauper es un personaje de las redes sociales, una mujer gaditana que opina siempre con mucho sentido de temas diversos, principalmente política, y que ha sido madre recientemente, casi coincidiendo con las fechas de la llegada del jovencito Martí a nuestras vidas por lo que sus apreciaciones y comentarios sobre la maternidad ejercen una influencia manifiesta en el manejo de la situación concerniente a cómo estar en el mundo con el Martí. Soy el padre del Martí desde hace casi siete meses y no soy el marido de Sarita Lauper. Mi forma física, mis idiosincráticos bracitos cortos de toda la vida, mis esquifidos brazos que jamás se distinguieron por su fortaleza y resistencia, me duelen. Decir esto, que me duelen los brazos es antitodo. Anti paternidad responsable, anti crianza lo que sea, anti todo. Comentar que mis 50 años pesan y que mi natural poco dispuesto se resiente ante una cascada de obligaciones, retos, presencias y horarios, ya me invalida como un interlocutor válido para quienes lleguen hasta estas líneas. No soy el padre referencial. Ya lo sabíamos. Pero lo intento, a manera, lo intento. Y mi manera no es la manera, ya lo sé. La llegada de Martí ha supuesto el cataclismo que esperaba. Intentar hacer encajar la vida anterior con la vida con Martí es imposible, es otra vida, es otro mundo. Otro mundo al que el esencialismo sobre el que he pretendido pivotar mi vida, intentando mantenerme fiel a una serie de pensamientos sobre mí que me ayudaran a crear una identidad más o menos útil para moverme por esos campos del diablo, ya no responde. No puede responder. El mundo gira alrededor de un muchacho que cuando te mira se ríe. Esto es importante. Martí, cuando divisa mi careto asomando por el pasillo, al otro lado de la cama, mientras está jugando en el suelo, se ríe. Le hace ilusión verme, infiero. Deduzco que debe hacerle gracia que esté allí, que aparezca. Y esto es muchísimo. No sé si al marido de Sarita Lauper le sucederá algo parecido, pero yo nunca he tenido la sensación de que mi llegada a un lugar despierte ningún tipo de pasión. Martí desmiente este autoflagelo con un entusiasmo hacia mi persona que me desarma absolutamente. Martí se ríe y es cuando se ríe así como se ríe, con la boca muy abierta, cuando menos se parece a mí. Cuando duerme, según mi madre, es como yo. Pero si se ríe, la cosa cambia muchísimo y el parecido pasa a otro sitio, a su madre, naturalmente y claro. No sé el marido de Sarita Lauper qué imagen de si mismo tiene o tenía antes de y después de. Yo antes de la llegada de Martí estaba aterrorizado ante la cascada de cosas, cosas incontables, que se venían encima. El impacto emocional quedaba eclipsado ante todas esas cosas, cosas que iban a pasar, cosas que ya no iban a pasar, cosas que tengo que manejar cómo pasan, cosas que tengo que negociar, transigir, aceptar, adaptar, modular, saber, conocer, olvidar, yo que sé. Hablo de mí. Si queréis hablo de la madre del Martí. Alba, es mucho. Reconocer en este texto que Alba es mucho y que yo, oh dios mío, no llego a Alba, puede sonar a canción de los Planetas si los Planetas le cantasen a la paternidad. No me entero de nada, qué desastre soy, menos mal que estás ahí. No, no es así. Yo lo intento y no me paso la mano por la cabeza para decir las cosas. Yo simplemente resoplo, bufo, se me hace cuesta arriba. Yo no me despierto por las noches, yo no voy a calmar a Martí cuando Martí se despierta o inquieta antes de que nos vayamos a dormir, interrumpiendo película o serie, yo no tengo eso que calma a Martí, yo no soy capaz de dormir en la cama a Martí. Yo no tengo en la cabeza absolutamente toda la vida que tenemos que tener prevista dentro de quince minutos con Martí. Yo. Alba. Yo nunca lo he tenido presente y se nota. Lo de vivir con cierta previsión. Martí te obliga a la agenda, te obliga a poner por delante, te obliga. Te obliga. El marido de Sarita Lauper raramente aparece en las publicaciones de Sarita Lauper. Yo, en cambio, escribo aquí lo que me va pareciendo esto de ser padre cuando casi se cumplen siete meses de la llegada de Martí. Martí es más bonito que todo. Yo lo miro y se me pone cara de gilipollas. No sé definir el estado en el que me encuentro salvo comentar que nunca he tenido tal cara de gilipollas. Nunca he salido en tantas fotos riendo con los dientes fuera. Jamás se me conoce expresión de arrobo semejante a la que tengo desde hace siete meses. El texto realmente no sé de qué iba. De los riesgos de escribir un texto presentando cómo está uno con esto de ser padre durante siete meses y afrontando que la escalada de tensión no ha hecho más que comenzar. Y las caras de gilipollas feliz. Los riesgos de escribir algo manifestando cómo estás sabiendo que tú aquí no eres el que está dando el callo como se supone que el marido de Sarita Lauper debe hacerlo. Si el marido de Sarita Lauper leyera esto me daría un par de hostias. Voy a recoger al Martí a l'escoleta. Me recibirá llorando con un puchero y se calmará poco a poco. Hoy voy a probar para darle la leche en vaso. Supongo que se saldará con un fracaso. Fracasa otra vez, fracasa mejor. Esto tampoco lo diría el marido de Sarita Lauper. Avanzando. Siete meses. 

La Cena - Manuel Gómez Pereira


Cuando hace un tiempo salieron los trailers y anuncios de esta película, los recibí con cierta indiferencia. Bueno, no sé si indiferencia, los recibí con prevención. Me parecía una película de otro tiempo. Una película de años 80 o 90, de aquellas de reparto coral, de secundarios gloriosos, de mala leche pero sin hacer demasiada sangre porque al final vivimos en un Estado en el que tenemos que convivir todos y, como precisamente ya dice uno de los protagonistas de esta película 'La Cena', ¿no hemos tenido suficiente guerra ya?. Sin embargo, a pesar de no tener ningún interés en verla, la lluvia de premios recibida en los Feroz, así como sus nominaciones múltiples a los Goya (a mejor película incluso, oiga), y críticas de amistades que entiendo que entienden, me animaron a pensar que, a lo mejor, la película merecía la pena. Y la verdad, la película no es una gran cosa. Una comedia con el fondo de la postguerra inmediatísima a la instauración del régimen franquista, en la que se propone una cena para Franco que han de preparar unos presos republicanos. Los conflictos con los militares, con los camareros fachas, una historia de amor y la presencia del responsable del Hotel (Alberto San Juan, sin duda lo mejor de la película), intentan retrotraernos a películas berlanguianas o guionizadas por Azcona en sus tiempos, pero no. La película intenta mezclar eso del drama de la derrota, la dignidad de los vencidos, lo grotesco de los vencedores, y las situaciones ridículas o las patochadas o astracanadas o lo que sea, pero hay algo de forzado, de acartonado en todo ello, que acaba haciendo que pierdas interés en lo que pasa, porque más o menos, sabes lo que va a pasar. Si todo consiste en ridiculizar la figura de Franco, que ya es ridícula de por sí, o bien al personaje falangista de Asier Etxeandía, la cosa se queda bastante corta. Si lo que hay es la dignidad de los republicanos, con la gran Elvira Mínguez al frente, la verdad es que los personajes no acaban de destacar en ningún momento, ni por el acento, ni por su inocencia, ni por su simplicidad. Todo parece pensado para un público digamos mayor, nostálgico de ese cine. Incluso la ambientación y decorados y vestuarios nos recuerda a esas series de sobremesa de la Primera donde todo es correcto, pero emociona lo justo. El remate final de lo que acaba siendo una película que quiere parecer pero no llega, es una broma final absolutamente fuera de todo, sobre un pueblecito de Polonia muy bonito llamado Auswitz, que uno piensa, ¿en serio? Pues este es el nivel. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Queen of Chess - Rory Kennedy


El ajedrez, amigos y amigas. El ajedrez es lo más grande, lo más bonito que hay. Saber jugar, entender el juego, apreciar su complejidad, disfrutar de una buena partida, meterte en todo lo que significa el juego más allá del juego, las implicaciones que se derivan, las circunstancias añadidas, los personajes, sus vidas, sus hazañas, sus idas de olla. Ay, las idas de olla en el ajedrez. Vidas ejemplares, vidas apasionantes, vidas de cerebros fritos. Con lo que podría dar de sí el ajedrez y lo poquito que se prodiga el cine, las series, los documentales, en tratar a estos personajes como seres especiales, seres que dedican su vida a lo que parece un juego sencillo y es más grande que la vida. Bueno, o no. Nos encontramos, después del boom que supuso la serie Gambito de Dama, con un documental sobre la vida, o una parte de la vida, de Judit Polgar. Nada menos que la mejor jugadora de la historia del ajedrez. Y una de las y los mejores jugadores del mundo. De la historia. Jugar al ajedrez es bonito, es divertido, no para mí, que he llegado a la conclusión de que lo paso tan mal que prefiero mirar a jugar y es que, como dicen en un momento del documental, cuando pierdes contra alguien jugando una partida de ajedrez, lo estás perdiendo todo. Y no me gusta perderlo todo. Lo que cuenta el documental es cómo llega Judit Polgar, una niña húngara criada por unos padres que se empeñan en criar genios, a ser la mejor jugadora del mundo. Junto a ella, sus hermanas Susan y Sofía, una más mayor y la otra más pequeña. Su andadura en los torneos locales, sus primeros enfrentamientos con hombres, la llegada al circuito de grandes maestros... el incidente de Linares. Yo no recordaba ese incidente al que le dedican tanto tiempo en el docu. Ficha en la mesa, presa. Esa es una regla sagrada del ajedrez que el Ogro de Bakú, Garri Kasparov, incumplió rectificando una jugada en la que perdía una torre. Nadie se dio cuenta, Judit Polgar perdió la partida y parece que ese lastre le acompaña el resto de su carrera hasta que finalmente vence a Kasparov, el mejor jugador de la historia, en una partida y ya. Vemos durante el documental el machismo absoluto explicado sin ambages por el mismo Kasparov y por otros jugadores y por expertos y por periodistas. Y en qué señor se ha convertido Garri Kasparov. En el documental no sale hablando Karpov ni una vez. Una mujer no puede jugar como un hombre. No sabe competir, no es agresiva, no aguanta, no puede. Y puede, claro que puede. Los jugadores hombres, en su mayoría son personas que viven única y exclusivamente en un mundo en el que se les permite ser jugadores de ajedrez, cosa que habitualmente no ha pasado con las mujeres. Una mujer jugando es algo extraordinario. Lo ordinario es que algo pase para que la mujer no juegue. No es que no sepa, no pueda, no quiera. Es que el hombre puede ser ese rarito que solo piensa en su cosa de ajedrez y la mujer, pues no. Pero el caso de las Polgar demuestra que eso es falso y que más allá del método obsesivo de sus padres, con la preparación y el entrenamiento que tienen los profesionales, pueden jugar tan bien como cualquier hombre, naturalmente. El documental es una maravilla porque si te gusta el ajedrez te vuelve a enganchar a un juego, a un mundo, de personajes rarísimos, a un juego que es apasionante y te conmina a volver al ajedrez en la medida que se considere. Yo, ahora que tengo un hijo, me siento obligado a comprometerle con el ajedrez de alguna manera, a introducirlo en su vida, a que se interese por ello. Los impedimentos son miles, las distracciones son millones, no se trata de que llegue a gran maestro ni a nada, simplemente que cuando vea un tablero diga, ah, yo sé jugar. Y eso ya es mucho. Grande Judit Polgar.