miércoles, 27 de julio de 2022

Viajes: Budapest


Me dijeron, vamos, vente a Budapest, que el viaje está barato y dicen que es precioso. Ya sabía yo que era precioso. Ya sabía todo lo que cualquier persona debería saber de Budapest. Ya sabe todo el mundo que mi sueño es el de ser un personaje centroeuropeo del periodo de entreguerras. Todo el mundo lo sabe y por eso me tientan. Saben que Centroeuropa es mi territorio ideal, mi espacio perfecto, el sitio en el que creo que yo debería haber nacido, el lugar donde me imagino las historias, donde crecen mis personajes, donde vivieron los escritores que me han cautivado. Centroeuropa es todo para mí. Cualquiera de sus capitales me parecen evocadoras de un tiempo y de una manera de vivir en la que creo que encajo. Pero también tengo clara una cosa. Ni un puto duro a los húngaros. 

Bajo esta premisa he ido resistiendo durante algunos años al ímpetu con el que quienes me conocen, o creen conocerme, no saben que me dan arcadas de pensar en tener que viajar a Hungría o a Polonia para hacer un viaje de placer. Ni muerto le doy un duro a los fachas esos. Ni de broma voy a ir a blanquear a esos gobiernos de mierda, ni de coña voy a hacer ver que en esos países el gobierno es una cosa pero la gente no tiene la culpa y hay que ir a todas partes y a conocerlo todo. Que no. Pero fui.

Es quizás el viaje más reciente que he hecho y sin duda el peor. Fuimos con unos amigos a los que literalmente les daba igual la situación política y toda la mandanga. Yo iba con la intención de abstraerme del tema. En mi cabeza procuré que solo hubiera violines y el recuerdo de las obras leídas en mi juventud con Budapest como capital. En mi cabeza. 

En cuanto bajamos del avión me empecé a sentir mal. Tan mal que el primer lugar al que fuimos a comer ya me pareció mal, me pareció que era... que era un nido de fachas. No sé porqué pero escuchaba hablar en húngaro y se me revolvía el estómago. Pero no puede ser que todos sean fachas, me decían. Me da igual. Todos me sonaban a Orban decretando mierdas contra los gitanos. O contra la comunidad LGTBI o contra partidos de izquierda. No lo podía soportar. Estaba completamente rebelado. 

Para colmo, y mira que lo sabía, mis amigos dijeron de ir al museo del... es que hasta ahí. Les dije que me volvería al hotel y que sintiéndolo mucho al día siguiente me volvía en tren por Europa chino chano hasta bajar a Barcelona. 

Que sí, que Budapest una maravilla, que si la majestuosidad del Parlamento, que si el castillo de Buda, todo precioso. Que si los cafés, natuaralmente. Que se jodan. 

El viaje en tren una maravilla. Cuanto más lejos de Budapest y de Hungría, mucho mejor me encontraba. Por querer quedar bien, me sentí mal. Moraleja. 

martes, 26 de julio de 2022

Viajes: Grecia


No voy a descubrir nada a quienes me conocen si les digo que me tengo por una persona culta, alguien que ha dedicado y dedica buena parte de su tiempo a enriquecerse con conocimientos y no con bienes materiales y que considera a Grecia, la antigua Grecia, como la verdadera y única fuente de donde mana todo lo que de bueno tiene nuestra cultura. Ya desde los lejanos tiempos del instituto, cuando cursé estudios de Griego, se despertó en mí el amor por este país, mejor dicho, por este conjunto de territorios que conocemos como la Hélade, ya que no es solo la Grecia actual, el estado griego, quien es poseedor del honor de ser 'griega' sino que también son territorios turcos o italianos, por ejemplo, quienes son para mí espacios santos, sagrados. 

Mi viaje a Grecia, sin embargo, tuvo lugar en circunstancias que se alejan bastante de motivos de índole cultural. Mi compañera tenía días libres en Agosto y, naturalmente, pensó en Grecia como un destino posible. Por Grecia entendemos Atenas y las islas Griegas. Todo el mundo ha ido, yo también he ido. Al influjo mágico de lo antiguo, se le unen otros aspectos que hacen de Grecia, de cualquier Grecia, la continental o la insular, un destino atractivo. Un clima, para comenzar, muy similar al nuestro, una gastronomía espectacular y, porqué no decirlo, el influjo que para nosotros, los urbanitas occidentales tiene una cierta idea de Grecia de autenticidad, de vida tranquila, de Anthony Quinn bailando el Sirtaki, de una mesa con un poco de queso, pan y un vaso de vino, de conversaciones sobre la vida y sus misterios con las casitas blancas de una localidad costera viendo cómo los pescadores... 

Nuestro viaje naturalmente comenzó por Atenas. Ciudad descomunal que ya no es, si es que alguna vez fue, como lo que personas como yo tienen en la cabeza. Pero lo que tenemos en la cabeza muchas veces es tan fuerte, tan importante, que destruye la realidad y se convierte en lo único que queremos ver. Así que otros cuenten que Atenas es un monstruo descomunal, caótico, sucio, poco atractivo, cuando está ahí, en mitad de todo eso, la imagen del Partenón y toda la Acrópolis. Es así que, para no destruir ese recuerdo y esa imagen, pasada la visita de rigor, nos apresuramos en abandonar Atenas para pasar el resto de nuestras vacaciones en Santorini. 

Y ahí, pese a la ubicua presencia de colomenses, que también nos encontramos en la isla, me propuse disfrutar de esa idea preconcebida. Preconcebida, tópica, pero sin lugar a dudas real si uno se lo propone. Durante seis días, con un par de libros de Cavafis bajo el brazo para releer y ganas de disfrutar de la leyenda griega, me embarqué en mi particular odisea griega, con una inmersión en el mundo soñado en el que cíclopes, medusas, minotauros, héroes, diosas, colosos, marineros incansables y reinas hijas de Zeus, se agolpaban en mi cabeza de una manera mucho más pura que si eso mismo lo hubiera estado leyendo o imaginando en Santa Coloma. 

Mi conclusión pues de este viaje no puede ser más clara. Grecia es una maravilla. Pero vivir la Grecia que uno quiere en la misma Grecia, sea la Grecia real como esta quiera o deba ser, es mucho mejor. Mi Grecia en Grecia, si pudiera titularse de alguna manera. Volví con mi piel tostada, mis manos agrietadas de la sal, una barba blanquecina que me pintaba estupendamente y miles de historias que contar sobre ese mundo, mi mundo, al que siempre quiero volver. 

Por si alguien tiene interés en cómo se lo pasó mi compañera, me abandonó creo que en el mismo aeropuerto de El Prat, nada más regresar. No lo pudo entender. 

viernes, 22 de julio de 2022

Viajes: Tokyo


Tokyo no está de moda. De ser un lugar de referencia durante décadas, se da la circunstancia de que hoy preguntas si apetece hacer un viaje a Tokyo o a otro lugar de Asia y Tokyo ha perdido caché. Parece que no nos gusta ya ese alarde tecnológico, esa población que conjuga la tradición y la modernidad, esa sobreexposición de la imagen, esa hiperaceleración de la vida moderna, ese futuro infernal en la tierra y parece ser que preferimos ahora esas otras experiencias más 'auténticas' de países en desarrollo o en los que nos podemos encontrar con parajes naturales, personas virginales, lugares que no han sido todavía, oh parguelas, mancillados por la mano del hombre, del hombre blanco por supuesto. 

Fui a Japón solo. Fui a Tokyo solo. De los pocos viajes que recuerdo haber hecho solo. De chaval, cuando era un crío, era un enfermo de las series que daban en la Tv3, los dibujos animados del Son Goku, de la Arale, del Musculator... un enfermo. De ahí di el salto a los cómics, de los comics, al manga y a las pelis como Akira y mi única fijación era viajar a Tokyo. Trabajaba los veranos y sacaba dinero de donde hiciera falta para poder ir a Japón, la cuna de la cultura de referencia, mi referencia. Lo conocía todo y me moría por ir. Finalmente, y a través de unos vecinos que tenían contactos por allí y que me ahorraban el alojamiento, pude consumar mi sueño. Tenía yo 20 años y aproveché las vacaciones de la Uni para hacer el viaje. 

Era la primera vez que montaba en avión y ya desde el primer minuto caí fascinado ante la tecnología. La tecnología que yo había visto en colores, en películas, en los papeles estaba allí nada más subirme al avión. Llegar a Tokyo y caer rendido a todo lo que mis ojos no eran capaces de procesar. En aquellos años, Tokyo era una ciudad brutal, gigantesca, hiperpoblada, en la que lo que parecía... pero menos. Porque fui a dar a un barrio que se encontraba lejos de donde estaba todo aquello que parecía que fuera Tokyo en su totalidad. El barrio se parecía más a lo que reflejaba la serie del Doraemon y la casa donde vívía Nobita o Shin Chan que a lo que yo había visto en Akira. 

El viaje iba a durar diez días. Me había hecho un plan de actividades, de visitas, de paseos... sobre todo me interesaba pasear y entrar en restaurantes o bares o tiendas, sobre todo las tiendas, quería comprar y traerme cosas de Japón. Quería ir a ese cruce que sale en todas las películas, en todas las fotos, quería ver las luces, quería saber qué era lo último que se habían inventado los japoneses para hacernos la vida más sencilla. Quería ver a gente vestida de la manera tradicional, quería visitar algún palacio, quería todo. 

Y hice bien poco. Como digo, el barrio donde me alojaba y la familia con la que estaba, vivían lejos de todo aquello y eran bastante comunes. Comunes significa que no tenían nada que ver con lo que yo había visto e idealizado. Pero me dio igual. El simple hecho de estar allí y de dejarme llevar por esas calles que no tenían aquel glamour o aquella intensidad de impactos visuales que esperaba encontrar. El impacto de Blade Runner, de aquella imagen de japonesa omnipresente en una pantalla gigante. No era Tokyo aquella ciudad. Pero en mi cabeza iba buscando eso. No lo encontré. 

Comí su comida, bebí cerveza, pero no me pude gastar mucho dinero porque efectivamente era todo muy caro y me tuve que conformar con lo que había cerca, muy cerca del sitio donde me alojaba. Intenté hacerme el simpático con quienes yo pensaba que podrían ser de mi rollo. No me entendía nadie o no me querían entender y lo entendí, porque así era la gente que yo había idealizado. Un viaje que me abrió mucho los ojos respecto a la cultura japonesa real que tenía mucho más que ver con eso que yo había idealizado de lo que parecía. La realidad se parecía a la ficción. 

Continúo siendo un gran amante de la cultura japonesa. Se me llevan los demonios cuando la gente dice que no, que Japón no, que prefieren Vietnam o... pero por favor. 

jueves, 21 de julio de 2022

Viajes: París


Una calle de París... no me gusta esa canción, o no me gusta Duncan Dhu o yo que sé. En definitiva, que fui a París. Ese viaje que es como el viaje que todo el mundo hace alguna vez. París, la nuit, París para vivir, París para olvidar, París la primavera nosequé. Eso era de una canción de Carlos Cano. Digo yo. Fui a París y volvería a París. Esa gente que dice que París es un estereotipo es porque viven en la amargura y en la oscuridad. París es la ciudad, París es una de esas madres de la civilización que te reconcilia con lo que significa la planificación, el orden, la cultura, la música, la luz, la pintura, la literatura, la bohemia, lo monumental, la grandeur, todo. Francia, París. 

Fui a París con mi compañera el primer año que estuvimos juntos. Tópicos nefríticos. Todo junto. El amor, la sensualidad, París. París me enamora desde que el mundo es mundo. Soy un fanático de la cultura francesa y de la fuerza del influjo de las cosas que han pasado allí y que han pasado en París como elementos que han hecho un mundo mejor. La Revolución francesa, La Comuna, Mayo del 68, las vanguardias artísticas, los movimientos literarios, el auge del pensamiento y también, porqué no decirlo, su decadencia. 

Íbamos a París con la idea de ir a un concierto de Air. Pese a que quizás el París de hoy tenga más que ver con el conglomerado de músicas y culturas que han hecho de Francia el verdadero país europeo, donde la multiculturalidad en fricción con el movimiento conservador que siempre late en ese país. Contraste entre lo moderno y lo otro. Pero París. Digo, que me pierdo. Concierto de Air pese a que lo que deberíamos haber visto hubiera sido otra cosa. Pero soy fanático de Air y conseguí que a mi compañera le gustara también de manera completamente insospechada. Como fuere, eran tres días en París. Amor, música, París. 

París es maravillosa. Puede que ya esté trillada, que esté más que pervertida, que al final todas las ciudades se parezcan en lo fundamental, que la verdadera París no la ves porque está en los barrios, que tantas cosas que se han dicho de París. Caminando por París, a orillas del Sena, por Pigalle, tomando unos vinos cerca de Montmartre, callejeando por el Latino, escuchando a unos músicos callejeros africanos en una plaza, París, me chifla. La obligada visita al Louvre, la monumentalidad, la grandeur, la cultura. Es ese viaje que tienes que hacer y que cumple con lo que promete. Es lo que es. Mi compañera estaba enamorada de París. Fue de pequeña con sus padres a Eurodisney y habís ido también de viaje de fin de curso con los del colegio, sabía bastante de París. 

Fuimos al concierto de Air en la sala Bataclan. Conciertazo. Al salir quisimos dar una vuelta por ahí. Y no encontramos nada abierto. Fue raro. Fue como una sensación un poco rara. Después de un día o dos de subidón, la última noche parecía que no iba a pasar nada. Salimos del barrio para otro barrio y a otro barrio, queríamos encontrar como fuera algún sitio interesante que nos hiciera terminar en alto ese viaje soñado. En el hotel nos tomamos un vino de la habitación. Nos dio igual. 

Viviremos del vino y del amor. Le dije a mi compañera. Toda la vida esperando decir esa frase. París. 

miércoles, 20 de julio de 2022

Viajes: Kenya


Yo tenía una granja en África. Qué va, no he tenido nunca una granja en África ni en ninguna otra parte. Pero siempre he había hecho gracia comenzar un relato o una crónica o lo que fuera, un texto en general, con esta famosa frase de Isak Dinesen de sus 'Memorias de África'. En fin. Fui a Kenya con el típico viaje organizado que se organiza por parte de unos amigos y en el que te ves envuelto y con el que te involucras de aquella manera y en el que te ocupas básicamente de la tarea de la contextualización sociopolítico cultural, aprenderte datos, partidos políticos, los Mau Mau, Jomo Kenyatta, la importancia de la población Hindú, los masai, los kikuyu, el Kilimanjaro que no está en Kenya porque está en Tanzania, pero está muy cerca de la frontera... bueno, esas cosas. 

El viaje organizado consistía en llegada a la capital, Nairobi, y visita por los paisajes más emblemáticos del país. Un safari fotográfico era el principal motivo del viaje. Este safari nos llevaría durante unos cuantos días por la geografía keniata o keniana y solo volveríamos a pisar una ciudad para ir a Mombassa y de ahí volver a Nairobi para regresar a Barcelona. Me preparé a conciencia para vivir durante todos esos días a lomos de Land Rover, Jeep o camioneta y para dormir allá donde los compañeros y compañeras de viaje nos hubieran programado. 

Al llegar a Nairobi, coincidimos en el hotel con unos ingleses que habían contratado el mismo viaje. Los ingleses venían de Liverpool y pensé que tendríamos hebra que pegar con el tema musical o futbolístico aunque fuera en un rudimentario inglés, pero demostraron ser unos liverpulianos bastante atípicos o eso me lo parecíó a mí. Venían únicamente a hacer su safari fotográfico y nada más, trabajaban en unas oficinas de una multinacional americana en Liverpool y estaban bastante desconectados de nada que no fuera una afición desmedida por los animales. Por nuestra parte éramos tres parejas incluyéndonos a nosotros. Y añadimos a los liverpulianos. 

Nuestro interés por la ciudad de Nairobi se desvaneció casi en el mismo momento en el que pusimos el pie allí. Ya estábamos escarmentados sobre las ciudades y las capitales africanas y su escaso encanto así que no nos supo mal, lo mejor estaba por llegar. Partimos en tren hacia una ciudad que no recuerdo desde la cual iniciaríamos el safari propiamente dicho. Dormimos allí y muy temprano nos levantamos para embarcarnos en esos vehículos que tanto me gustan, los Land Rover, recuerdos de la infancia, no sé. No sé si fue por eso o por otra cosa pero desde el primer día me dejé llevar por un estado de melancolía bastante prolongado. No sé si fueron las extensiones de terreno casi infinitas de sabana por las que transitábamos, los silencios en la camioneta, el sonido únicamente de los animales, algo había en el terreno que me dejaba en un estado profundamente melancólico. No era tristeza, no era nostalgia, era una melancolía, una suerte de estado en el que pensaba en cosas, cosas que pasaban, cosas que nunca pasaron, cosas que estaban ahí y que estaban lejos, tiempos que se fueron, personas que no estaban. No sé. 

Los días pasaron y vimos cosas maravillosas. Lo que yo pensaba que iba a ser un viaje por un escenario ya trillado y donde los animales estarían ahí de una manera artificial resultó ser una experiencia casi mística. Reflexión aparte merecen los masai y todo lo que me produjo la visita a una de las aldeas en las que vivían. Ya entiendo que todo lo que digo puede sonar a una fascinación artificial, pero yo con cada uno de esos saltos que tantas veces había soñado con ver en vivo, con cada salto, me elevaba. No diré nada más. Y mi estado de melancolía no hacía más que sublimar todo aquello para darle un contenido superior. En lugar de entristecerme, la explosión de vida a mi alrededor, me sumía en una melancolía que luego, tiempo después, cuando tuve que comentar mi situación, no supe describir con las palabras ciertas tal y como me ocurre ahora.

Kenya fue para mí una experiencia catártica. Fue uno de esos viajes en los que me replanteé mi relación con lo que me rodea y con lo que soy, sin querer disfrutar del presente y sin querer evitar lo que me molesta, afronté que todo es mucho más amplio, más grande, más extenso de lo que uno puede llegar a abarcar o preocuparse. África y Kenya me enseñaron eso.

De tal manera que cuando el safari acabó y volvimos a Mombassa, incluso llegué a encontrarle la gracia a Mombassa. Ahora es que le encuentro la gracia a casi todo. Y hablando de gracia...

martes, 19 de julio de 2022

Viajes: Marruecos


Sin duda, este es uno de los viajes más breves y menos interesantes y que, al mismo tiempo, más cumplió con las expectativas que me había creado. Desde tiempo inmemorial, desde que yo tengo memoria, son muchos y muchas de mis amistades que han ido a Marruecos y que me han insistido con la experiencia reveladora que representa el viaje a Marruecos. Digo más, mis padres, mis propios padres, viajaron a Marruecos una vez y volvieron encandilados, maravillados. No hablaré ya de las experiencias de mi propio hermano en Marruecos casi de inmersión en la vida popular itinerante. También habré de decir que en muchos de estos relatos, en muchas de estas experiencias, más tarde o más temprano, aparecía el trágico momento de la indisposición gástrica. Siempre maquillado o soterrado bajo la grandísima belleza de los parajes, las gentes, las costumbres, etc., ese pequeño contratiempo aparecía con una frecuencia regular. 

Quienes me conocen saben que me resistí durante largo tiempo al viaje a Marruecos, en cierto modo atemorizado por esos relatos en los que en un momento u otro, pasaba algo que derivaba en cagalera, vomitera, transitoria siempre, pero ahí estaba. Entonces qué. Qué gracia de viaje. Si no voy a poder comer, pensaba yo, idiota, con cierta libertad lo que se me presente por la calle o beber lo que se me apetezca, para qué  ir. Qué gracia tiene esto. Así fueron pasando los años. 

Hasta que te conocí y ya todo el mundo sabe lo que pasó cuando eso llegó y cómo se fueron cayendo y derribando todos los esquemas mentales que yo tenía planteados. Verdades irrefutables. El viaje a Marruecos surgió solo. Tú ya habías estado, naturalmente. Tú lo conocías, serías mi guía. Verás qué bonito. No tengas tanto miedo que eso te puede pasar en cualquier parte. 

Cogimos el barco hasta Tánger. El plan era bastante común. Tanger, intentar llegar a Xauen, visitar algunas de las llamadas ciudades imperiales, Marrakech, bajar hasta Qneitra, volver. Ya lo conocéis todos aquellos que estáis leyendo esto. 

El primer día en Tánger (yo tenía en la cabeza la canción de Tangier de Donovan todo el rato) dejamos las cosas en el lugar donde nos alojábamos y salimos a dar una vuelta. No íbamos a entretenernos mucho. Tuve sed. Dónde puedo beber agua.

Fin del viaje.

lunes, 18 de julio de 2022

Viajes: Buenos Aires. Argentina Primera Parte.


Que soy un apasionado de la cultura argentina, creo que ya ha quedado claro en más de una ocasión. Lector empedernido de Borges, de Bioy, de Sábato, de Mujica Láinez, estudioso de la historia argentina, entusiasta seguidor del fútbol argentino y de las andanzas en los torneos internacionales de su selección, tremendo fan de bandas como Los Fabuloso Cadillacs o los Ilya Kuriaky & The Valderramsa, sin duda Buenos Aires era una de esas ciudades que tenía apuntadas en mi cabeza y en mi corazón desde mi juventud primera. Sin embargo, era uno de esos viajes caros para los que requería tiempo y dinero y no conseguí ir hasta hace relativamente pocos años. Finalmente, mi pareja y yo conseguimos ahorrar lo suficiente para poder hacer este viaje que colmaba mis deseos desde chaval y por parte de mi pareja, le servía también para reencontrarse con algunos amigos que había conocido durante el desempeño de su profesión. Se sorprenderán si les digo que mi compañera es psicóloga. 

Así que conseguimos planificar el viaje. Buenos Aires durante diez días, juntando puentes de la constitución y días de Navidad, justo cuando en el hemisferio sur hace mejor tiempo. Verano Austral. Días antes de ir, con el viaje planificado, tuve un encuentro por los pasillos de mi trabajo con una compañera, Rosario. Loco de contento con mi viaje, le comenté a esta compañera que iba a viajar a Buenos Aires. Sé que ella también es amante de los viajes y me sorprendió 'no me jodas, Molina, yo viajo a Buenos Aires para el puente de la Purísima'. Qué bien, qué casualidad y todo eso que se dice cuando alguien te anuncia algo que te sorprende pero a lo que tampoco das importancia. Buenos Aires es muy grande, tenemos planes diferentes, seguro que no tenemos tiempo de vernos, ya si eso nos vamos diciendo y a ver si eso. 

Mi plan era el siguiente, compaginar los encuentros con los amigos y amigas de mi compañera, segmentados en una serie de días, con la visita a algunos lugares para mí emblemáticos como el Barrio de la Boca, y todos aquellos barrios o calles que me sonaran de las novelas y cuentos de los autores antes referidos. Chacarita, Recoleta, Palermo, Liniers, Junín, el Obelisco, Avellaneda, la Bombonera, el Monumental, la Biblioteca, mil lugares, no sé. Sabía que el viaje se me quedaría corto. Así que me lo tomé con calma, donde llegues, llegarás. Visitamos nada más llegar a los amigos y amigas que nos iban a alojar durante esos días y salimos a cenar con ellos. Durante el camino no me pude contener y les pregunté sobre el peronismo. Quería asegurarme una conversación para el resto de la cena. Claro que fuimos de saque a un restorán que nos dijeron que era 'el mejor de Buenos Aires'. En todas partes... y allí estaba Rosario con su pareja de entonces y otros amigos. Qué casualidad. Rápidamente fuimos a saludarnos, qué cosas, cómo habéis llegado, qué plan tenéis, lo pusimos lo suficientemente complicado como para que no se pudiera cuadrar y no tener que estar pendiente de nadie. Ella hizo lo mismo. 

Al día siguiente quise ir al cementerio de la Recoleta. No es la mejor manera de empezar, pero tampoco quería iniciar un tour futbolístico junto a alguien que sabía a ciencia cierta que detestaba el fútbol. En el cementerio de la Recoleta están enterrados algunos personajes de la historia argentina como Facundo Quiroga, que inspiró a Domingo Sarmiento, también enterrado allí el libro Facundo. Civilización o Barbarie. La hermana de Borges, Macedonio Fernández, Bioy, hasta Evita Perón, entre otros muchísimos y muchísimas personalidades políticas del país. Me hacía ilusión ir. Borges quiso ser enterrado allí. Hicimos las combinaciones necesarias y entrando por la puerta me encuentro con Rosario y su pareja de entonces. Qué casualidad. Qué cosas. Hicimos la visita juntos. Rosario es un pozo de sabiduría y creo que hubo cierto pique a la hora de demostrar quién conocía a más gente. Fue un poco ridículo ir buscando entre las lápidas nombres conocidos y anunciar que sabíamos quién era Roca, o Alem, o las hermanas Ocampo. 

Para comer decidimos separarnos. Habíamos quedado. La cena la quisimos hacer visitando el barrio de la Boca y en algún lugar en el que hubiera música en directo. Nuestros amigos nos aconsejaron un lugar genial, muy cerca de Caminito. 

Buenos Aires me pareció alucinante. Respondía perfectamente a lo que me había imaginado. Todos esos lugares, pese a que yo había leído sobre ellos a escritores del año catapún, seguían conservando un espíritu auténtico, especial. Todo me llevaba a esos relatos de Borges donde puede pasar cualquier cosa, o quizás nada, o quizás te ves envuelto en una pelea con unos malevos en un lugar que en principio no pintaba como peligroso. 

Juro que no habíamos quedado en nada. Allí estaba Rosario junto a su pareja de entonces. Decidimos cenar juntos y compartir las experiencias del día. Justo en ese momento una mujer bellísima anunció que para amenizar nuestra velada el conjunto Riachuelo iba a interpretar algunas canciones y que ella misma y su compañero Marcelo ilustrarían la música con su baile. Qué bien. Cuando salió el guitarrista Rosario nos advirtió. 'Ahí sale el payador'. No me pude contener y le contesté 'Venir a Buenos Aires para acabar comiendo con Paellador'. 

Qué corto se me hizo ese viaje. Me compré una camiseta de Boca que aborrecí al poco por otro tema que no viene al caso.  

El resto de días no volvimos a ver a Rosario ni a su pareja de entonces.


viernes, 15 de julio de 2022

Viajes: Valle del Jerte


Se puso de moda hace algunos años y no sé si seguirá estándolo. Ahora hay gente que se va a Cuenca, por ejemplo. El Valle del Jerte es de esos rincones que no te esperas porque uno supone que en Extremadura no va a encontrar nada que merezca la pena y el Valle del Jerte merece la pena. Jugamos a eso. A considerar que un lugar es un páramo, un desierto, sin encanto, sin civilización, sin nada reseñable, no hay una cordillera ni una cultura particular, ni un idioma diferente, ni un sustrato ideológico que justifique la visita, ni su historia es sinuosa o es un emporio económico. Todo eso. Como no lo es y sí que nos encontramos con algo realmente bonito, en este caso el Valle del Jerte, pues nos ponemos estupendos y vestimos a ese paraje de toda una serie de encantos que justifiquen nuestro viaje. 

Fuimos al Valle del Jerte porque teníamos unos amigos que eran de la zona. Eran de un pueblo de Badajoz pegando ya a Huelva, pero como eran extremeños o de origen extremeño, pensamos que lo conocían. Eran de la zona. El caso es que les liamos para que nos llevasen allí, que otra gente había estado y tal. Se notaba que a nuestros amigos extremeños no les hacía mucha gracia pero al final se sumaron. Cogimos una casa rural en un pueblo de la zona, Jaraiz de la Vera creo recordar, una casa espectacular que llevaba una gente de Madrid que tenía otras casas por la zona. Eran una pareja más maja que todas las cosas. Nos dieron todo tipo de facilidades y sin duda, de volver, repetiría en el mismo sitio. Pero no sé si volveré. 

Íbamos nosotros, otra pareja de Barcelona, unos conocidos del pueblo y estos amigos extremeños. Cuatro parejas y cinco niños. En mi bendita inocencia pensé que mis amigos extremeños se dejarían a los cinco niños en casa, al cargo de sus abuelos o algo. Una escapada de parejas, qué menos. Pues no, se trajeron a los cinco niños. 

Y poco más tengo que contar sobre este viaje. Nos trajimos un licor de nosequé, comimos cosas de caza, por las noches refrescaba. No sé si llegamos a tiempo para la floración de algo, me parece que no. 

Cinco niños.  

jueves, 14 de julio de 2022

Viajes: Tailandia


A lo tonto, he estado en todos los países del Sudeste asiático. Por unas cosas o por otras, he visitado estos países y en todos ellos he disfrutado de algo especial. Tailandia fue el primero que visité y fue el que me enamoró. Entonces yo estaba trabajando en una empresa que tenía contactos con diversos departamentos de Turismo y en una de estas nos ofrecieron una estancia de cinco días que mis jefes no pudieron aprovechar, así que se hizo una especie de sorteo entre los de la empresa y me tocó a mí. Podía llevar acompañante y te llevé a ti, que estás leyendo esto y que supongo que querrás olvidar aquel viaje, aunque a mí me pareció revelador. 

No acogiste la idea de ir a Tailandia con mucho entusiasmo, si te digo la verdad yo tampoco estaba muy ilusionado. Ambos estábamos en esa etapa mística en la que todos los recursos están destinados a planear un viaje a la India y cuando me surgió esta oportunidad, a ti te pilló un poco a contramano. Pero yo no me lo pensé, lo hablamos, creo que lo llegamos a discutir, y finalmente nos fuimos. Cinco días. El viaje consistía en una estancia en Bangkok básicamente para recuperarnos del viaje en avión y de ahí pasar a Phuket. Me informé previamente un poco de la historia del lugar y de su cultura, cuatro retazos. Descubrí que el país era mayormente budista o que el budismo lo impregnaba todo. Yo, en esa fase un poco boba que todos hemos tenido en la vida y que algunos continuamos arrastrando, pensé que la India o Tailandia daba igual. Pero a ti no se te iba de la cabeza que con Tailandia nos quedábamos sin la India. 

Bangkok me pareció una ciudad alucinante. Yo nunca había visto una ciudad tan bestia y tan lejos de lo que son nuestras ciudades, nuestro modo de vivir, nuestras costumbres, nuestro ritmo de vida. Era todo un marasmo de sensaciones, de cosas, de sonidos, de gente, de olores nuevos, de verte inmerso en un lugar que se te escapaba a cada segundo, que no podías hacerlo tuyo y sin embargo, no podías dejar de pensar que menuda puta mierda que solo pudieras estar un día allí. Alucinante. Una sensación que he tenido muy pocas veces en mi vida. Una ciudad en la que sientes que estas de verdad en otra parte y al mismo tiempo, la sensación que no te abandona de que eres un elemento extraño, un elemento violento, una persona, un ser humano, que no tendría que estar allí. Esa sensación no me abandonó en todo el viaje. A ti también. 

Cuando fuimos a Phuket nos llevaron al hotel y nos quedamos maravillados esta vez con el paisaje que se nos ofrecía. Aquello era el paraíso. Yo estaba como hipnotizado y tú estabas empezando a perder algo. Estábamos en las playas más maravillosas que jamás hubiera podido imaginar y me encontraba realmente en paz, después de mucho tiempo de intentar encontrar cuál era un poco mi sentido, de alguna manera aquel entorno me estaba diciendo que había algo trascendente, que el contacto con aquel paisaje y con aquellas personas tailandesas que me transmitían una sensación de bondad pura, de bondad sin artificio, una tranquilidad de espíritu por la que te hacían sentir a veces un tanto culpable por estar allí con una idea primitiva de disfrute y de relajo cuando quizás la experiencia podía ser mucho mayor. 

Visitamos unos cuantos templos, majestuosos, impresionantes, lugares donde realmente te sientes conectado con algo más. Y sobre todo, ver a aquella gente que con tan poco son capaces de dar tanto. Siempre que he podido he intentado volver ya no a Tailandia sino a esos países del entorno, que comparten un poco una misma filosofía. Es en estos lugares donde me desconecto de lo que arrastro durante la vida aquí y que tú no supiste entender. Tú querías ir a la India. Y lo jodiste todo. 

miércoles, 13 de julio de 2022

Viajes: Cuba


Este viaje tiene una previa. Esa previa tiene que ver con Cuba. Mi grupo de amigos y amigas de la adolescencia eran gente militante. Esa gente militante generó un vínculo especial con Cuba y su revolución durante años y todos ellos y ellas acabaron participando en las brigadas que se organizaban desde mi ciudad para colaborar, aprender, participar de la manera que fuera de la experiencia revolucionaria cubana. Yo participaba de la experiencia pero desde aquí. Cuando hablaban de sus vivencias allí, de lo que habían aprendido, de las personas que habían conocido, de lo bien que les había sentado conocer de primera mano lo que era Cuba y no lo que contaban los medios, yo me sentía identificado al máximo con ellos. Participaba de su excitación previa a los viajes, de los preparativos, luego de los mensajes que enviaban, los correos electrónicos, las contadas llamadas, los relatos de la vuelta. Pero había algo que me empujaba a quedarme en casa cada vez que se organizaba una nueva brigada. Quizás, lo suelto ahora así a voleo, todo me recordaba a cuando mi madre quería apuntarme a un esplai durante los meses de verano para que no me aburriera en casa después del colegio y yo me negaba en redondo. No quería pasar el tiempo que era para no hacer nada, haciendo algo. Una posición egoísta pero que siempre trataba de maquillar diciendo que si el viaje, que si el avión, escudándome en mi fama de débil y torpe para los trabajos manuales como excusa infalible para que no contasen conmigo para trabajar... así que nunca fui a Cuba.

Pero fui a Cuba. Todavía conservando aquel viejo grupo de amigos y amigas, por motivos de trabajo hicimos un grupo de colegas del que salió una especie de pequeña banda de cinco personas, tres chicos y dos chicas. Cenas, vermuts, bocadillos, excursiones, visitas a pueblos, nos vamos a Cuba o qué, venga, vamos, pero... pero es que yo Cuba.. pero tú Cuba qué. Es que yo ir a Cuba... y les contaba mi teoría de que en realidad lo que me pasaba es que no quería decepcionarme con Cuba. Que no quería que la imagen que yo tenía o la que me había construído, los relatos de mis amigos, todo aquello, luego no fuera la realidad. Que la realidad no exclusivamente militante fuera otra. Vamos, que me daba palo. Y que tampoco me molaba el rollo de ir a 'un país pobre' a aprovecharme de la necesidad de la gente. Yo que sé son muchas cosas. 

Fuimos a Cuba, pero en plan completamente alejado de todo lo que sonara a política. Una semana. Varadero. Hotelazo, pulsera, toda la pesca. Nos hicieron un tour por la Habana, visita a La Habana Vieja, la bodeguita de enmedio, perdón, La Bodeguita del Medio, el Malecón, estuvimos en algunos sitios así donde se bailaba y tocaban músicos y muy buen ambiente. La Habana me pareció una ciudad encantadora y yo al final también caí enamorado de esa especie de decadencia orgullosa que presentaban sus edificios y sus gentes. Una decadencia superficial porque me pareció que aquella gente estaba viva y bien viva. Al final no lo pude resistir y me fui a ver la plaza de la Revolución con el Che gigante y me hice la foto de rigor allí. 

Hicimos excursiones también a otros puntos de la isla. Fuimos a Santiago, Matanzas, Camagüey... estuvimos en una especie de espectáculo de esos en los que se recrea la antigua música de los esclavos en los ingenios y me quedé maravillado. No todo era música y baile, también finalmente hablamos de política. Pero como mis amigos y amigas no estaban por la labor no entramos mucho en discusión. Cada día hacíamos una excursión y solo una noche dormimos fuera del hotel, en Santiago de Cuba. Si La Habana me gustó, Santiago tenía algo que no sabría explicar. Si me tienen que buscar algún día que me pierda, que me busquen en Santiago. En una especie de tugurio, una tabernita que no estaba ni en la zona turística ni en ninguna parte y no sé cómo fuimos a parar allí, escuché a unos chavales cantando una especie de hip hop que me pareció inclasificable. La gente era súper amable y muy cariñosa.

En Santiago les pregunté a unos tipos que iban vestidos con uniforme y que parecían guardias de los CDR sobre si se acordaban de la gente que iba a las Brigadas. Claro, me decían, y me contaron lo contentos que estaban de recibir a gente y el trabajo que les daban porque los españoles, decían, eran muy.... Pregunté si conocían a alguien de Santa Coloma y me dijeron que sí, claro. No quise preguntar más. Tampoco es plan de chafarle ni siquiera los recuerdos a alguien que seguro que tiene en su cabeza una impresión y la que dejó fue otra. 

Volvimos de Cuba. Éramos cinco y de los otros cuatro salieron dos parejas. Ellos han seguido yendo con cierta regularidad. Yo ya he cumplido.   

martes, 12 de julio de 2022

Viajes: Hamburgo


Siempre me ha atraído Hamburgo. Así como otra gente se vuelve loca con Berlín, a mí me hacía gracia Hamburgo. En primer lugar por ese espíritu mío de resultar especialito, de no situarme en los gustos de la mayoría, de hacerme el interesante. En segundo lugar porque Hamburgo tiene dos o tres cosas que me atraían, como el hecho de ser una ciudad portuaria alemana, que son tres conceptos que me encantan, ciudad portuaria alemana, un puerto alemán, no sé. Luego porque The Beatles hicieron sus primeras armas en Hamburgo y para un beatlemaníaco como yo, esas cosas importan. Y luego también por el tema futbolístico, tanto por el San Pauli, naturalmente cómo no, pero también por el propio Hamburgo, que es un equipo que me suena de mis años de chaval, años ochenta y bueno. Ciudad portuaria alemana. No sé, ese rollo años veinte, ese rollo como de ciudad bohemia, ese rollo. 

A Hamburgo fui solo. Naturalmente, después de intentar convencer a propios y extraños sobre lo guay que sería ir a Hamburgo, nadie quiso venir porque todo el mundo quería ir a Berlín, repetir ir a Berlín, porque Berlín tal y Berlín cual. Pues me fui solo a Hamburgo y listos. Como iba ya a tumba abierta, me fui en tren. Desde aquí hasta París, de París hasta Amsterdam y de Amsterdam a Hamburgo. No vi París ni Amsterdam en ese vieja. De Amsterdam ya os contaré. Había encontrado un pequeño apartamento que estaba sorprendentemente bien situado y que era absolutamente caro, pero yo ya no podía bajarme del burro. 

Hamburgo es una ciudad que me encantó. Me encantó ir a las cervecerías, me encantó el rollito de ciudad portuaria alemana y me encantó moverme por algunos sitios de rollo alternativo que me habían dicho algunos colegas que quizás me podrían interesar. En una cervecería me encontré con unos asturianos que habían ido a ver un partido del San Pauli, pegamos la hebra. Ir solo a los sitios es una mierda. Terminas hablando con gente por necesidad cuando posiblemente no lo harías de ninguna manera si no fuera así. Estuvimos hablando de fútbol, eran del Oviedo, y me dijeron que habían estado también en Berlín. Que venían de Berlín porque Berlín tal y Berlín cual. Que si el muro, que si la parte del Este, que si había una movida guapísima, que si cantidad de garitos, que si Kreuzberg, que si Neukoln, que si uno de ellos era fan de Bowie y que además toda la movida berlinesa de Bowie, estuvieron en la casa de Bowie. Me dieron una chapa guapa. 

Estuve cuatro días en Hamburgo. Mi encuentro con los asturianos fue el primer día. Me compré un póster de Bertolt Brecht el segundo día en una biblioteca alternativa, donde me pillé también una camiseta del San Pauli que todavía me pongo de vez en cuando. En la biblioteca trabajaba una chica de Barcelona, Ona, que me caló rápido y que me contó que Hamburgo era genial y que me recomendaba tal sitio y el otro, que no podía dejar de pasear por los canales, que de noche eran geniales. Me dijo que ella había vivido antes en Berlín, que no se podía comparar con Hamburgo, porque en Berlín vivía un montón de gente de todo el mundo y que el ambiente de Berlín era como el de Hamburgo pero a lo bestia. Que ella se había venido a Hamburgo con un chico chileno, pero que la cosa no funcionó. Ni se me ocurrió decirle de quedar a tomar algo cuando acabara de currar.

El tercer día iba a un partido de fútbol. Del San Pauli. Me lo pasé bien. No había mucha gente. En aquel entonces no sé en qué categoría militaba el San Pauli pero no iba muy bien. Unos argentinos con los que hablé me dijeron que el Hertha Berlin iba peor. Al salir nos fuimos de cervezas y me encontré con Ona. 

El último día quise pasear por el puerto. Me compré una camiseta del Hamburgo que no me he puesto nunca porque me da cosa.  

lunes, 11 de julio de 2022

Viajes: Menorca


No voy a dejaros con la hiel partida esperando a ver qué pasó con mi viaje a Menorca. Con la chica aquella de la que os hablé, después de volver de Formentera en una escapada que si no recuerdo mal y no lo dije el otro día debió ser en Semana Santa o Sant Joan, seguimos quedando y me propuso esta vez ir a Menorca. Pensé que el repertorio de gustos no era muy variado, pero ya os dije que no estaba para discutir ni nada así que me fui para Menorca con ella. Aquí ya me aseguré que no iba a haber sorpresas, no íbamos ni con amigas, ni con amigos, ni sabíamos que iba a ir nadie para allá, cosa rara porque todo el mundo va a Menorca y siempre hay alguien de Santa Coloma en Menorca en la fecha que tú quieras, da igual, eso es así. En fin, que fuimos yo creo que sería a principios de Agosto. Esta vez también fuimos en un barco y creo que viajamos directamente. Eso de ir en avión no entraba en nuestros cálculos por entonces. Ahora con la edad, y perdonar que introduzca esta reflexión un tanto fuera de tiesto, lo de viajar en barco me parece una mamarrachez. Lo hice y seguramente lo volvería a hacer, pero la verdad, qué ganas de hacer el canelo con la experiencia y todo eso. Como fuere, íbamos a estar en Menorca ella y yo, seis días. 

Menorca, llegar a Ciutadella y desplazamiento hasta Son Bou donde teníamos un no sé cómo llamarlo que era también de una amiga de la universidad de mi compañera. El trayecto me pareció enriquecedor, iba yo con otro espíritu y no quería amargarme como me pasó en Formentera. Menorca es muy bonito y las playas que se veían a lo largo del trayecto me parecieron espectaculares. Mientras no tuviera que ser yo el que estuviera en ellas, naturalmente. Vean la foto por ejemplo, es espectacular, y hay fotos mejores que pueden consultar en Google, o si quieren otras yo creo que hice bastantes. Llegamos al nosequé que teníamos y tal y como llegué que me quedé dormido. Y por la noche nos fuimos a un garito que conocía mi amiga o del que le habían hablado que estaba, como no podía ser de otra manera, a pie de playa. 

Aquel garito, Boxi, creo que se llamaba, la verdad es que me encandiló. Nada más llegar tenían puesto en el reproductor de Cds uno de Bob Marley pero de la época esa de Bob Marley de antes de ser Bob Marley, de la época del All in one, One in two, Keep on skanking y todo aquello. Qué musicón, le dije a mi compañera, que también se puso contenta por verme más animado e integrado que la otra vez. Nos pedimos algo para beber y para comer. No quise ponerme quisquilloso con el ambiente, pese a que veía bastante postureo y creí reconocer a gente de Santa Coloma. Al ir a pedir una segunda ronda me fui a la barra y allí me encontré con Picar.

Picar era un hippie con todos los aditamentos de hippie. Lo normal, vas a la barra y están poniendo una canción de Soft Machine y la tarareas y el hippie te dice, Soft Machine. Picar era un hippie de Barcelona pero no era el hippie mayor requemado, era un hippie más o menos de mi edad, de nuestra edad, estaba allí viviendo desde hacía unos años porque pasó de estudiar y se vino aquí y trabajaba haciendo cosas para los turistas, como en plan mantenimientos y cosas. Pero era un hippie del carajo. El caso es que pegamos la hebra y casi me olvido de mi compañera. El tío era un puntazo. 

Al día siguiente fuimos a una playa que estaba en cal deu y al volver por la noche, le dije a mi compañera de tomar algo antes de irnos a dormir en el Boxi y allí estaba Picar. Nos pusimos a hablar de música otra vez, me había traído un cd de los Gong que tenía, un directo que le pasó un tipo francés hacía años y que se notaba cascadete pero era de la época buena. Y allí estuvimos de palique pero que un buen rato. Me dijo que si no tenía nada que hacer le podía acompañar a Ciutadella que iba a encontrarse con una pareja de alemanes que venían todos los años con vinilos de coleccionista por si quería ver el material que traían. Joder, claro. Pero se lo tenía que comentar a mi compañera. Mi compañera me dijo que fuera si quería, que ella iría a buscar otra playa y que nos veríamos por la noche. 

Menorca mucho mejor que Formentera, al menos para mí. Más allá de las playas. Ella buscó otra playa ese día y otros días, yo busqué otros planes con mi colega Picar y hoy no tengo contacto ni con aquella amiga ni con Picar. 

Más o menos periodismo


Minuto de juego y resultado. A estas horas estamos en vilo esperando a que Pablo Iglesias entre en directo en el programa de Ferreras. En este momento, la izquierda, su futuro, el progreso, todo, depende de ello. Si no lo hace, se demostrará. Si lo hace, se lía. Si se lía, el periodismo no sale vivo. Si no sale, el periodista puede que haya enterrado su carrera, al menos en primera línea. Seguro que en segunda sigue teniendo su papel. El periodismo. Cuando yo estudiaba periodismo, no sé si es porque entendí mal, ya me quedó claro que el periodismo está muy bien si eres un buen periodista y te interesa contar historias que ayuden a la gente que las lea, vea, escuche, a ver el mundo de una determinada manera. Ojo, no la manera correcta. Sino la que te interesa. Bueno, da igual. El periodismo y todo eso. De qué estamos hablando aquí, pues de las relaciones entre periodismo y poder. Los políticos periodistas y los periodistas políticos. Los políticos que son herramientas de los medios de comunicación, los políticos que buscan desesperadamente hueco en los medios de comunicación, los periodistas que juegan a hacer política desde los medios de comunicación. Los políticos y los periodistas. Si los vemos por la tele, no los distingues. Unos van vestidos de una manera y otros de otra, quizás, en algunos casos, no siempre. A Pablo Iglesias y a Podemos y a todo el espacio del cambio en general, se le acabó la árnica cuando dejaron de ser un nicho de mercado sobre el que hacer pivotar un producto televisivo o mediático en general. Su transformación en un aparato de poder en sí mismo, alcanzando alcaldías, poniendo en peligro al principal partido legitimador del sistema de alternancia, incluso obligando a este partido a hacer variar sus cabezas visibles para poder sobrevivir y llegando a aceptar, dios y la virgen, un gobierno de coalición, supuso la cuenta atrás para su salida del foco. Ya no salida del foco, su presencia como elemento tóxico. Ya no interesaba. Ahora, conocemos conversaciones, conocemos estrategias, conocemos lo que se intentó y se llevó a cabo para enviar al carajo a todo ese espacio que ahora mismo, lucha por recuperar algo de vida gracias al proyecto de Yolanda Díaz. A Yolanda Díaz ya la están esperando. Quizás incluso todo este gran pepinazo mediático no sea otra cosa que minimizar el tema de la Yolanda y volver a recalentar a las masas dándole de nuevo foco a una figura que, en teoría, ya no tiene papel político que jugar. Quién sabe. Esta gente ha ido a escuelas de negocio, a universidades extranjeras, saben mucho y nosotros somos tan sencillos, que caemos en todos las trampas que nos ponen. Esta reflexión, última frase, tampoco es mía. La estrategia de los medios y de ese gran chantaje quizás nos distraerá del tema principal al que deberíamos dedicarnos. ¿Hay una alternativa desde la izquierda a toda esta mierda? ¿Nos centramos únicamente en decir que todo está fatal, que los medios y la cloacas no nos quieren? ¿Nos han querido alguna vez? Y otra pregunta, esta de carácter personal, ¿desde dónde estamos denunciando que los medios y las cloacas tal? Es indudable que el papel de los medios y de las policías varias no son inocentes. No van a permitir jamás que un espacio mínimamente transformador pueda alcanzar algún tipo de éxito. Pero ¿Y? ¿Y qué? ¿Debemos implorar que las cloacas dejen de ser cloacas si fueron creadas para ser cloacas? ¿Acaso no están para eso? ¿Acaso no es todo tan complicado que finalmente la gente no puede pensar que nada merece la pena y que bah, pasando porque esto al final lo apañan o te lo apañan? Son preguntas. No espero respuestas porque ya las tengo yo solito. Los medios de comunicación, Inda, el Villarejo en el Faqs que cuando nos conviene bien y cuando no nos conviene mal, el Inda, el otro y el de la moto. Más periodismo, más información, ya te lo dije, lo hablé, lo comenté. Le damos mucha importancia a los periodistas. Los periodistas, por ejemplo, somos capaces de escuchar una historia, de tener los datos, de tener lo que ha pasado y de tener un esquema claro de los hechos y luego, por un yo que sé, contar lo que nos sale del chumbo, lo que nos interesa, lo que nos haga parecer por encima de la simple transcripción de los hechos, que se note que nosotros tenemos nuestra propia interpretación, y luego sale lo que sale. ¿Verdad? En fin, que nada. Que pese a todo, se estuvo a puntito de darle la vuelta a esto. Y que Ferreras sigue haciendo su programa y hablando del calor y que Laura Borràs sigue sin dimitir. 

viernes, 8 de julio de 2022

Viajes: Formentera


A las puertas del fin de semana y como sé que son días sensibles, quiero contaros uno de mis viajes más breves, lo que hemos dado en llamar escapadita de puente, una escapadita que hice a Formentera. Que no soy un ser humano muy inclinado a pasar mis días en la playa es algo que ya no hace falta que remarque, porque ya lo sabe todo el mundo. Que si alguien determinado me dice que vaya a la playa con ella y yo vaya diligentemente, es algo que también todo el mundo ya conoce. Y esto ocurrió. La conocí en un festival de música, ella era amiga de unos amigos y yo era amigo de mis amigos por mi parte. Hablamos, nos tomamos unas birras, lío, teléfonos, etc. A los dos meses me propuso ir a Formentera. No me lo pensé. Por su puesto. 

¿Qué conocía yo de Formentera? Nada. ¿Qué conozco a día de hoy? Nada. Hicimos el viaje siguiendo el procedimiento que yo creo habitual, ferry hasta Mallorca, y luego hasta la isla. Ella conocía a una gente que tenía una casita y se la dejaban. La gente en teoría se había ido. La gente no se había ido. Bueno. Fascinado, obnubilado, atontado, no pensaba en tener ningún plan más que ella, contemplarla, escucharla, etc. La gente aquella parecía tener el mismo plan que yo. Todos y todas se conocían desde hacía mucho, o poco, pero daba igual. Eran súper amigos y súper amigas, ella feliz porque qué bien que no se habían ido. Yo no sé. 

Formentera es ciertamente bonito. Desde un punto de vista de observador, objetivamente, es bonito. Las playas, los rincones, esos pequeños pueblecitos, sus gentes, las gentes que vienen de otras partes y que son como una marca de Formentera, todo eso. Todo eso ya lo saben todos los que han ido a Formentera y todo eso que se siente al ir a Formentera y estar allí sin hacer nada más que comer, beber, dormir, la playa, pasear, la bicicleta, etc. Todo eso. Todo eso que a mí me resultó francamente insoportable. Porque yo había ido allí a estar con ella, todo estaba planeado y planteado para una escapadita de rollo romántico erótico y lo que fuera y resultó otra cosa absolutamente diferente. Encima una de las parejas tenía niños. Dos niños pequeños, rubitos, preciosos, dos angelitos de fotografía, uno de tres años y otro de dos años. El infierno. 

Formentera debe ser precioso. Salíamos poco de aquella casa, una casa situada al final de un camino que daba a los pocos metros a una cala y que era una casa de esas antiguas enormes donde cabía toda esa gente. Y esos dos niños. Dos niños que no dejaron de hacer sus cosas de niños y de ser el foco de atención de todos los seres de la casa. Dos ángeles que merecían, naturalmente, que pasáramos el fin de semana viéndoles comer, viéndoles jugar, viéndoles caerse, viéndoles vivir en definitiva. Creo que fui a la playa un día. Por escapar. Me quedé dormido en la playa y me quemé. Dormíamos poco, porque alguien trajo una guitarra. Otra leía poemas. Otra cantaba y leía poemas. Otro no dejaba de hablar y explicar proyectos sobre cosas. Otra y otro discutían de manera amistosa sobre temas de clima y de escasez de alimentos. Yo escuchaba y pensaba en volver de Formentera urgentemente. 

Tres días en Formentera sin disfrutar de ninguno, de absolutamente ninguno de los motivos por los que uno o una pueda ir a Formentera. Al menos he de decir que mi relación con la chica no se fue a la mierda por esto. Todavía fuimos a Menorca. 

jueves, 7 de julio de 2022

Viajes: San Petersburgo


Leningrado. No, San Petersburgo. Pues yo le voy a llamar siempre Leningrado. Bueno, pero es San Petersburgo. No llamas a las cosas por su nombre romano, por ejemplo, las llamas por su nombre de hoy. Ya, pero es que yo lo hago por un tema ideológico. Ah. Amigo. Ese era yo. Fue mi primer viaje al extranjero, era yo un jovencito rebelde, con ideas muy así, que estaba loco por ir a Rusia y conocer los escenarios de la Revolución. Estuve trabajando durante todo un año juntando pasta, con un colega que también tenía la misma pedrada que yo y finalmente pudimos montarnos el viaje. A Leningrado. Montamos un viaje complicado entre trenes por Europa y luego en una especie de barco que viajaba desde un puerto alemán y que hacía escala en varios países hasta llegar a San Petersburgo. El viaje con mi colega fue complicado porque nos comenzamos a pelear desde un cuarto de hora después de salir de Barcelona en tren. Por cualquier cosa y no recuerdo ninguna concreta. El viaje hasta el puerto alemán (¿Bremen? ¿Bremen tiene puerto?) fue un desastre y el viaje en barco fue un espanto. Cuando llegamos a San Petersburgo estábamos hasta las pelotas mi amigo de mí y yo de mi amigo. 

Teníamos un hotel a las afueras de San Petersburgo. Las afueras de San Petersburgo con como Bellvitge. Las afueras de San Petersburgo son prácticamente como toda tu vida. Las afueras de San Petersburgo parecían no acabar nunca. Las afueras de San Petersburgo eran toda Rusia. Yo entonces era de los que quería viajar a Rusia por la parafilia. Pensaba que los rusos, los soviéticos, vivían en un estado de enajenación transitoria y que si íbamos unos cuantos camaradas a refrescarles la memoria, volverían por la correcta senda. Las afueras de San Petersburgo te quitaban las ganas de todo eso. No había escenarios históricos, no había palacios que tomar, no había grandes avenidas por las que discurrieran las masas manifestantes. Las afueras de San Petersburgo fueron nuestras vacaciones. 

Las vacaciones consistieron en cinco días. Nos costó la vida salir de las afueras de San Petersburgo. Nos encontramos con un montón de problemas, con el idioma, con el dinero, con no tener ni puta idea de cirílico, con no tener ni puta idea de nada. No os diré la edad que tenía para que no os riais de mí. Pillamos un taxi el primer día, no sé dónde nos llevó. Creo que a un pueblo 'a las afueras de San Petersburgo'. No entendía ni el inglés ni el ruso ni ningún idioma. Nos llevó donde quiso. Nos dejó allí. Tuvimos que pagarle a un tipo para que nos llevase en su camión de vuelta a San Petersburgo. A los dos días conseguimos llegar al Hermitage. La entrada valía una pasta y no pudimos entrar. Fuimos a ver el Aurora, el crucero que anunció la revolución de octubre. Lloré. Nos pusimos los dos a cantar la internacional delante del barco y unos turistas alemanes nos tiraron monedas. Las cogimos.

San Petersburgo, lo que vimos, era apabullante, pero era tan apabullante que, con todo lo que habíamos pasado hasta llegar allí, nos abrumó de tal manera que no supimos digerirlo. Así que después de dedicar un día a ver la parte digamos 'imperial', decidimos que nos quedábamos en 'las afueras de San Petersburgo' a pasar los días que quedaran y a intentar hacer alguna amistad por allí. Fue inútil. 

Empezaban a abrir establecimientos de comida rápida por allí y menos mal. No conocíamos la gastronomía local. El viaje de regreso lo íbamos a hacer más o menos siguiendo el mismo esquema. Pero finalmente llamamos por teléfono a nuestra familia y nos volvimos en avión. A mi colega aquel todavía lo veo. Ahora trabaja en el Ajuntament. 

miércoles, 6 de julio de 2022

Viajes: Costa Rica


Pura vida. Habían ido a Costa Rica todas las parejas de amigos que tenía y todos y todas las compañeras de trabajo, bien en solitario o bien con grupos de amigos o de amigas. Costa Rica. Tenía que ir a Costa Rica porque Costa Rica, verde, naturaleza, verde, increíble, verde, naturaleza, impresionante, verde, Costa Rica, naturaleza, verde. Pura vida. Así que el segundo año que tuve una pareja estable nos animamos para ir a Costa Rica. Como todo el mundo había ido a Costa Rica antes que nosotros, nadie vino. Nos dio igual, contratamos todo tipo de actividades, hicimos una rutilla, los colegas nos fueron diciendo dónde teníamos que ir, los bares a visitar, etc. 

Costa Rica es un país precioso, que no desmerece en absoluto con las descripciones que se leen y con las impresiones que comparten quienes han viajado hasta allí. Su capital, San José, me defraudó un poco, pero he de decir que tampoco tenía yo mucha idea de lo que me iba a encontrar y pretendía que San José se pareciera un poco a esas ciudades que los norteamericanos representan en sus películas cuando el protagonista se traslada a América Latina. La ciudad no se parecía a eso y me dio la impresión de ser un poco impersonal. Pero no había ido hasta Costa Rica para evaluar la ciudad más importante ni para otra cosa que no fuera disfrutar de ese paraíso de Pura Vida. Así que desde el segundo día de las dos semanas que pasamos allí, nos adentramos en la naturaleza y todo lo que parecía ser solo fruto de la exageración, era realidad. Qué espectáculo de la creación, qué maravilla de verdes, de sensación de estar en lugares donde no había llegado la mano destructora del hombre, aunque por el camino o en los lugares que visitáramos nos encontráramos con mucha gente. De hecho, hicimos amistad con una pareja de Zaragoza, Pilar y Roberto, majísimos, que estaban en Costa Rica de viaje de novios y más o menos tenían contratadas las mismas actividades que nosotros.
Me monté en tirolina, atravesé un río de aguas salvajes, dormimos un par de noches en unos vivacs colgados de unos árboles gigantescos, bebimos nosecuántos tipos de zumos de frutas, comimos nosecuantas variedades de tipos de fruta. Al volver de Costa Rica fue cuando pasé por mi fase vegana, me negaba a probar la carne, solo quería verdura, fruta, plantas. Pilar y Roberto ya eran vegetarianos antes de venir a Costa Rica. Mi compañera de entonces no tuvo un viaje tan agradable, en una de esas ingestas de zumos al parecer bebió algo que no le sentó bien y enfermó. Tuve que hacer solo todas las actividades. Ella se quedó primero en un hospital y luego haciendo reposo unos cuantos días en el hotel que habíamos contratado. 
Me acuerdo de una fiesta que hicimos en un pueblecito donde habíamos llegado surcando un río donde nos recibieron con música y había un barecito muy mono, con muchos extranjeros, y ponían una música de allí buenísima y nos lo pasamos en grande. A mi compañera le envié un montón de vídeos aquella noche. 
Costa Rica es alucinante, de los mejores viajes que hecho y que repetiría sin dudarlo. Mi compañera se reincorporó al cabo de una semana o casi diez días de convalecencia y pudimos disfrutar juntos de la estancia en la playa Naranjo, que fue brutal. Pilar y Roberto estuvieron con nosotros ya que se pudieron cambiar la última semana de ruta para hacerla coincidir con la nuestra. Mi compañera por lo visto volvió a comer algo que no le sentó bien y se tuvo que quedar otra vez en el hotel, no era tan grave como la anterior, pero no pudo disfrutar de la playa. Maravillosa playa. 
Cuando volvimos seguimos estando en contacto con Pilar y Roberto, sobre todo yo. Mi compañera de entonces empezó a distanciarse de mí nada más volver y lo dejamos a los quince días. 
Pero siempre recordaré Costa Rica como un viaje sensacional, qué verde y qué naturaleza. Pura Vida. 

martes, 5 de julio de 2022

Viajes: Nueva York


Es muy posible que el viaje a Nueva York sea, ahora mismo, el objeto de deseo de mucha gente que esté leyendo esto. Mi viaje a Nueva York lo hice acompañando a un colega que ya había ido alguna vez a la ciudad por temas de curro y finalmente nos lo montamos para ir juntos. Yo iba a aquel viaje bastante mediatizado por lo que me contaba mi colega. Que si esto, que si la gente, que si ya verás. Y por los libros que había leído sobre Nueva York. Yo me había leído el libro de Enric González sobre su estancia en la ciudad. Y quería ir al barrio donde vivían los Lubavitch, de hecho quería, y se lo decía a mi colega, que me quería quedar a vivir durante un tiempo en el barrio donde vivía esta especie de secta judía. Era una época en la que también estaba muy interesado en la religión judía y claro, ir a Nueva York era como ir a una segunda Jerusalén. Todo eso además sumado al influjo del cine y del cine sobre todo de mafiosos y el de Woody Allen, yo quería ir un poco a todos esos restaurantes, el mejor restaurante italiano de la ciudad, al mejor restaurante nosequé de la ciudad, a algún bar de copas, a alguna sala de concierto, cómo no ir al CBGB, bueno todo eso. Todos los tópicos posibles, más el de los Lubavitch que ya entiendo que no es un tópico que interese a todo el mundo. 

Bueno, planeamos el viaje, una semana, más o menos los sitios los teníamos medio apalabrados, nos pillamos un hotelito que no estaba ni muy cerca ni muy lejos, aunque luego vimos que estaba lejos, pero nos daba igual y vale, todo genial. Qué pasó, que llegamos a Nueva York, nos plantamos en el hotelito ni muy lejos ni muy cerca y mi colega recibió una llamada de una amiga que resulta que había hecho durante sus viajes a Nueva York y me dijo que si quería ir con él que había quedado en 'el mejor restaurante nosequé de la ciudad' y le dije que no, que no quería hacer de aguantavelas y que me buscaría la vida. El caso es que mi colega no apareció en toda la semana. Y yo me tuve que chupar el viaje a Nueva York solo. 

No digo que Nueva York solo no esté bien, pero sientes un poco esa especie de sensación de estar rodeado de todo el mundo y a ti te falta algo. No sé porqué no conseguí hacer ni una simple amistad en una ciudad en la que se supone que todo el mundo es tal y cual. Qué vi. No vi una mierda de lo que tenía pensado. Iba un día a ver lo del barrio judío que era mi ilusión y me perdí en el metro y acabé en la playa esa de Coney Island y me comí un frankfurt que me sentó como una patada en los huevos, luego tuve que volver en el metro y me volví a perder y me vi en la otra puta punta de nosedonde, yo que sé. 

Vi el CBGB como desde fuera porque el local estaba cerrado y quise encontrar Broadway por lo del teatro y eso y me pareció que era como muy grande y luego quise comer en un restaurante italiano y no sabía en qué sitio estaba nada y comí en un restaurante italiano un bistec con patatas pero de cocina italiana nada de nada. Yo llamaba a mi colega de vez en cuando y él me decía que tío, que me están liando, que te digo algo y por poco nos vemos para coger el avión de vuelta. Pillé un taxi una vez para hacer la gracia del taxi en  plan Jo, qué noche y ya os digo que me costó una pasta que flipas ir del hotelito al sitio donde se supone que estaban las movidas de Gang of New York, que ya no queda absolutamente nada, claro, y me pegó tal hostia que me tuve que comer un trozo de pizza que era otra puta mierda y ya no me quedó nada para gastar durante dos días. Otro día me quedé en el hotel viendo la tele y no sé. 

Supongo que Wenders o el otro, el Jarmusch, hubiera hecho una buena peli con mi viaje. No me compré ni una camiseta de recuerdo. Encima el otro, volviendo, me dice que con la colega una mierda, que no hicieron nada. 

Viajes: Kirguizistán


Aprovechando estos meses de verano y que muchos de vosotros estáis programando viajes, vacaciones, experiencias y aventuras voy a dedicar unos cuantos días a relatar algunos de los viajes que he hecho y contar lugares que he visitado, por si os pudieran servir de inspiración. Comenzaré por Kirguizistán. Este fue un viaje grupal en el que invertimos un tiempo bastante prolongado para tratar de su preparación. En primer lugar, pensamos en ir a Uzbekistán, pero uno de los integrantes de la aventura, consideró que Uzbekistán estaba demasiado explotado y nos convenció para ir a Kirguizistán. Una vez con el viaje montado y las rutas confeccionadas, el amigo no pudo venir. Nos llamó la atención sobre todo el carácter montañoso del país, por lo que fuimos preparados para largas excursiones y para perdernos por ahí en busca de algo que en nuestra pequeña vida mundana no podríamos encontrar. Así las cosas llegamos a Beskrek, la capital, después de haber hecho un viaje en avión con diversas escalas. Al llegar a la capital, localizamos el hotel y nos dispusimos a trazar el plan de viaje de aquellos quince días. Éramos finalmente cuatro parejas las que nos plantamos en Kirguizistán. 

Kirguizistán es un país maravilloso pero con poco que ofrecer para el viajero que sea neófito en esto de recorrer el mundo lejos de los destinos occidentales al uso. Yo mismo, puedo deciros que, poco acostumbrado a las largas caminatas y paseos, sufrí como un conejo. Una de las jornadas más duras fueron aquellas en las que nos propusimos hacer una ruta por unas gargantas por las que bajaba un río de aguas congeladas. Tropecé y me caí infinidad de veces, lo normal para alguien poco avezado, como digo a tal. 

Mi impresión general sobre el país es que no está mal, pero que no es lo que buscas. Intimamos poco con la gente, quizás porque íbamos muchos, ocho personas, y no hablamos mucho con otra gente. Puede que tuviéramos en la cabeza Uzbekistán y lo de Kirguizistán ya nos llegó un poco a trasmano. Sea como sea, no aconsejo el viaje si no es que se tiene un espíritu de aventura y de amor por el medio natural. Hay ciudades, naturalmente, hay vestigios, hay ruinas, hay historia, claro que sí, pero si se quiere viajar a un sitio que ligue con la Ruta de la Seda o con cosas del imperio mongol y tal, pues es mejor ir a Uzbekistán. Me hubiera gustado mucho ir a Uzbekistán y no he podido ir todavía, porque claro, ahora cuando propongo ir a Uzbekistán la gente ya me dice que bueno, que ya estuvimos en Kirguizistán. 

No puedo dejar de contar que, efectivamente, dormimos en una yurta y bebimos leche de tal y bueno. Yo ya lo he hecho y ya está, pero que si eso, pues otra cosa. Ah, también nos montamos en uno de esos camiones soviéticos antiguos, el tema de las cosas soviéticas también nos dio mucho juego, por el tema de la parafilia y tal, pero una vez allí nos dimos cuenta de que a aquella gente se la bufaba bastante el tema soviético y tal y me quería haber traído un montón de cosas y al final creo que me traje un reloj y no sé ni siquiera dónde lo tengo. 

viernes, 1 de julio de 2022

RockFest Barcelona


¿Pero entonces no vas a ir? No, no voy a ir. Aunque me veáis esta cara de rockero impenitente, de persona que hace del rock su forma de vida, aunque penséis que soy de esos que de lunes a viernes tienen su aspecto civil y los fines de semana saca la artillería de camiseta negra, no voy a ir al RockFest. No voy a ir al RockFest porque no le encuentro la gracia al elenco de artistas que viene, no voy pese a que la pulsión antropológica me empujara a ir y conocer y así poder juzgar, no voy porque las cosas son como son y pienso que si estamos peleando por un parque verde, no queda muy bien que uno ¿no? Quedar bien. Quedar bien es también ir por ir, por estar, por hacer la foto. Quedar bien también pienso que es no ir y no querer ni siquiera que exista la posibilidad de ir. Querer no ir al RockFest y no querer ir a ningún tipo de festival que se asemeje a este festival. El Rockfest es un evento cultural o es un negocio. Es un negocio que hipoteca a la ciudad entera durante unos pocos días, cortando accesos a un parque, poniéndola al servicio y comodidad de la empresa que organiza este evento. Festival. Es un negocio y es un evento cultural único en la historia de Santa Coloma que ve como su nombre se cuela en los informativos aunque no se cuele en ningún otro sitio ya que el cartel es el que es. Es un festival que se celebra en nuestra ciudad y que deja dinero a comercios locales y que emplea a personas locales en algunos aspectos. Es un festival por el que no podemos tener el parque que una ciudad de 120mil habitantes necesita. Es un evento, es un negocio, es la música, es el metal, yo no voy a ir, va a ir cantidad de gente, gente de Santa Coloma que espera el festival como agua de mayo y otros que no somos capaces de conjugar la manera de que el parque sea verde y frondoso y que tenga árboles con que la gente pueda pasárselo bien y que esto se entienda. Y así otro año más. Yo no voy a ir.