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sábado, 22 de junio de 2019

Corto Maltés en Can Sisteré. De viaje.

Una exposición en Can Sisteré dedicada a Hugo Pratt y a su personaje Corto Maltés. La exposición estará abierta hasta finales de Julio. Una exposición con un contenido no demasiado copioso, no hay un gran volumen de dibujos que obliguen a una revisión de viñetas y viñetas. Hay una presentación de la misma, una serie de textos del propio Hugo Pratt sobre los viajes, el cómic y una curiosa e inconveniente reflexión sobre el deseo de ser inútil. Una reflexión que ya no nos conviene para nada. Ya está bien. Pero es tan hermoso.
No he leído nunca ni un solo cómic de Corto Maltés. Ha sido hoy cuando he conocido mucho más del personaje. Me interesa más lo que me transmiten los dibujos, cuando los he visto y por lo que los aprecio. Hay en la primera sala una viñeta en grande en la que se presenta al personaje, sentado en la terraza de un bar, encendiendo un cigarro y actuando como si lo hiciera para un público invisible. Me encanta.
Me gustaba utilizar los dibujos de Corto Maltés para una serie de historias sobre un club de viajes, un club de viajeros, imaginario, llamado Círculo Projorelov, en el que se recibía a viajeros que explicaban sus aventuras que podían ser más o menos interesantes.
Me gusta viajar. No me gusta preparar los viajes. Me gusta estar en el viaje en algún sitio que me guste. No me gusta preparar viajes, hablar, me angustia pensar que no puedo viajar.
Hoy he visto los cómics de Corto Maltés, expuestos. Hay uno que transcurre en Samarkanda, me encantaría ir a Samarkanda y posiblemente nunca vaya a ir a Samarkanda, hacer la ruta de la Seda, no sé qué me imagino que debe ser Samarkanda, dónde duermo yo en Samarkanda, qué voy a comer.
Corto Maltés viajando por el mundo, viviendo aventuras que desconozco, pero que me gusta pensar que pudieron pasar realmente.
Creo que llevo bastante texto escrito y no sé si queda claro porqué lo escribo.
Paseando por las salas y viendo los escasos dibujos, escasos pero justos, ya me he sentido a gusto. No necesito viajar, no necesito ni siquiera saber cuál es el contexto de esos dibujos de Hugo Pratt. Corto Maltés me debería caer mal. Seguro que jamás leí nada de él porque de pequeño me caería mal. Demasiado perfecto, su pendiente, siempre sonriendo, demasiado. Y sin embargo, algo tienen esos dibujos que me relaja.
Me estimulan para pensar que tenemos una cabeza para viajar. Para viajar y para estar en los lugares a los que muy posiblemente no vayamos a ir nunca. Incluso para escribir sobre ellos sin que jamás hayamos estado.
En estos días se planifican viajes, planifico viajes, compartimos rutas soñadas, ya hechas, trazadas, las más comunes y las más exóticas. Todos viajamos y tenemos la necesidad de viajar, lejos, durante un tiempo, pero no sé si me gusta. Me gusta viajar y no sé si me gusta viajar así. De esta manera. Y no creo que pueda viajar de otra. Irme al pueblo como si fuera a Samarkanda. Soñar con ir a Samarkanda. Aterrorizarme la idea de ir a Samarkanda.
Una exposición en Can Sisteré que es como una especie de Aleph chiqutín en el que con cuatro dibujos, tres o cuatro textos, has viajado.
Yo ya he hecho mi primer viaje este verano.

lunes, 5 de enero de 2015

Círculo Projorelov XX

Orson Vélez tenía el cariño de todos nosotros. Muchos pensábamos que, ciertamente, Orson jamás había salido de nuestro país. Del país en el que se encontraba el Círculo Projorelov. De aquel país que si no recuerdo mal ya hemos hablado en alguna otra ocasión. No recuerdo. En fin. Sea como sea, Orson Vélez nos gustaba a todos. Era una persona tranquila, calmosa, que explicaba sus viajes de una manera pausada, sin levantar nunca la voz, sin hacer aspavientos o intentar imitar acentos locales. Claro, cómo los iba a imitar si todos pensábamos que jamás salió de aquí. En aquel tiempo habíamos pasado una mala racha con las visitas. Muchos de los viajeros se iban haciendo viejos y no parecía que hubiera jóvenes dispuestos a seguir frecuentando nuestro Círculo. Nuestros últimos visitantes se habían mostrado bastante poco atractivos. Unos contaban historias que nos sonaban a historias contadas. Otros ponían demasiado énfasis en lo ornamental y tenían poco fundamento. Algunas nos sonaban directamente falsas. Y no nos importaba, jamás nos importó, en el Círculo Projorelov, que las historias fueran ciertas. Pero siempre pedíamos un mínimo de cariño por lo que el viaje representa, por ir y moverse y conocer y querer lo que se ve y lo que se siente. Al menos eso. Por eso, nos extrañó que Orson Vélez llegase aquel día un tanto mustio. Bastante mustio. Cuando apareció por la puerta yo mismo pensé, bien, por fin una historia que merece la pena después de tanto tiempo, pero al ver su rostro, algo me hizo sospechar que iba mal. Su sonrisa era forzada. Sus ojos estaban apagados. Algo había pasado. Caminó hacia el estrado pero esta vez prefirió sentarse en uno de los butacones más cómodos. Estaba cansado, repetía con voz casi inaudible. Comenzó su relato diciendo que 'perder la ilusión por lo que más te gusta, es quizás el momento más triste de la vida de cualquiera. También puede serlo de la mía. Me gusta viajar porque siempre pasa algo interesante. Me gusta el preparativo, la compañía, el trayecto, el trazado, pararme, perderme, sentir que no estoy donde debería estar y que, a la vez, estoy donde debo estar. Pero esta vez, algo me ha pasado que me ha hecho sentir espantosamente mal. He visitado un lugar horrible. He estado en ese lugar que habita la Gente que no Merece la Pena Conocer. No me pregunten cómo llegué hasta ahí. No quieran saber de qué manera llegué a esa nación. Ni siquiera les gustaría saber dónde se encuentra ese espacio habitado por personas a las que no quiere nadie. A las que nadie busca. Personas que están en el limbo. Gente de todo tipo y condición, olvidadas de los demás. Olvidadas de sí mismos. Gente a la que nadie reclama. Gente que se perdió, que se fue, que siempre estuvo en el mismo sitio y de la que nadie tuvo noticia. Personas en las que nadie reparó. Amigos a los que nadie preguntó qué les ocurría. Gente en la que nadie se fijó. Los hay buenos y los hay malos. Hay personas que se lo buscaron y que tampoco tuvieron oportunidad par ala redención y otros que no hicieron nada y se quedaron allí. No sé cómo puede haber un lugar tan triste. Juro que no tengo resguardo del billete que me llevó hasta ese lugar. No puedo entender de qué manera me desplacé hasta ese país. Gente que no hacía nada. Gente que hacía muchas cosas y a la que nadie le alababa el quehacer. Gente que pasaba al lado de otra gente y que entre ellos mismos no eran capaces de reconocerse, de estimarse. Gente que había asumido que eran Gente a la que no Merecía la Pena Conocer. Gente olvidada por ellos mismos. No creo haber sabido a qué se dedicaban todos ellos. No puedo hablar de cuál era su sector productivo principal. Es indiferente. A quién le puede importar. Gente así, que no ha podido aportar nada, que no ha sabido hacerlo, que no lo hará ya nunca. Gente a veces triste, si, consciente de su condición, sí, y otra gente alegre, que todavía lucha por recibir algo. Había de todo. Y sin embargo estaban todos allí, nadie se fijaba en ellos. Los viajeros que allí llegábamos a parar, no nos interesábamos por nada. No nos llamaban la atención. No nos parecían interesantes. Qué tenían, por Dios, para que no Merecieran la Pena. Porqué me sentí tan triste cuando me marché de allí. Qué sentí. Porqué tengo la sensación de que tengo que volver y quedarme...'.
Y se quedó ensimismado durante un buen rato. Nos quedamos nosotros también todos callados. Tardó un buen rato en levantarse y con pasos cansados salir del Círculo Projorelov para no volver a verle nunca más. Yo creo que Orson Vélez no puede estar allí. Pero claro, pensando... igual ya estamos allí.  

martes, 16 de diciembre de 2014

Círculo Projorelov XIX

Las visitas al Círculo Projorelov nos dejaban a muchos la sensación de querer más. Algunos de nosotros no nos contentábamos con los relatos que nos contaban los viajeros y pretendíamos querer saber aún más. Todavía más. Algunos, pocos, no saciábamos nuestra curiosidad con nada. Otros con lo que les contaban, ya estaban listos. Son cosas que pasan. No todos nos contentamos con lo mismo. En fin. El primer día de la Primavera, con lo bonito que estaba todo, llegaron desde un lugar que olvidé apuntar nada menos que Sebastiâo Pinto Barroso y su acompañante impenitente Ludovica Valmaisson. Formaban una pareja peculiar. Pinto Barroso era un personaje que parecía venido de otro planeta. Maravillado por todo y por todos, su cara siempre reflejaba un contento que podía sacar de quicio a quien no le gustase ver ni tener cerca a un optimista irredento. Pinto Barroso volvía de sus viajes siempre contento, siempre feliz. Pinto Barroso contaba algo que él creía que era lo que había visto, pero en realidad, la realidad, parecía otra. Y ahí entraba Ludovica Valmaisson.
Aquel día entraron como siempre, él delante, señalándolo todo y sorprendiéndose por lo que había visto ya unas mil veces, mientras que ella, sin un gesto, avanzaba hacia la sala donde su... ¿qué eran? Nunca nos lo preguntamos. Nunca supimos si eran pareja, si viajaban juntos, si... nada. No importaba. No importa ya ahora. Sebastiâo Pinto Barroso, se acercó al estrado donde realizábamos los relatos de nuestros viajes y comenzó:
'Y qué tiernos eran los bollos que comíamos en aquella pequeña taberna a la orilla del mar, mientras la brisa fresca nos acariciaba el rostro y los lugareños se sentaban a nuestro lado a contarnos bellas historias y leyendas de la isla. Todo era apacible y feliz. Todo era blanco y luminoso. Y con qué gracia los habitantes del lugar nos acogían en su seno y nos agasajaban con comidas fastuosas, que ellos mismos preparaban en sus cocinas, tan dignas y serenas. Qué lugar tan maravilloso. Llegamos allí una mañana limpia y radiante, con un sol bueno y santo, que a todos daba calor y vida. La vida. Era eso lo que allí hallamos. Vida para nuestros corazones cansados y sedientos. Vida buena y limpia. Qué paz en esa isla tan mágica. Qué vino tan fresco. Qué carnes tan sabrosas. Qué paisajes tan bien tratados por las manos de esos hombres y esas mujeres tan cabales y qué asombrosa su capacidad de interesarse por el forastero. Como si no fueran ellos protagonistas de una vida buena y santa (esto lo repetía mucho, Pinto Barroso, bueno y santo, buena y santa...), como si nosotros, impuros extranjeros tuviésemos en verdad algo que aportarles y no fueran ellos, tan angelicales, los que fueran a llenar nuestro recipiente del alma de todo lo grato y sencillo que ellos nos daban. Y qué pueblos tan recogidos, y qué casas tan blancas, y qué personas tan dulces, y qué afán en la labor, y qué alegría en las fiestas, y qué cantares tan sonoros y francos. Qué pueblo tan maravilloso, Qué gozada para los sentidos...'.
En ese momento y como era habitual, Ludovica Valmaisson tomó la palabra para bajar a la tierra.
'Mykonos, isla griega, un crucero, llegamos un día y nos fuimos al siguiente, un par de tabernas llenas de guiris, muchísima gente en todas partes, carísimo, unas playas muy bonitas, pero no pudimos tomar el sol porque yo me quemo enseguida y para pasar fatigas ya eso. Mucho sol, muchas piedras y la gente muy pesada o bien están también hasta los destos de los turistas. Pero bueno, peor es ir a Benidorm, que eso no lo cuenta éste y vaya viaje'.
Sebastiâo Pinto Barroso, entonces, se levantaba, seguía con su cara de felicidad caminando hasta la puerta, seguido por Ludovica Valmaisson y abandonaban el Círculo Projorelov, hasta una siguiente visita.
Dos ojos ven más que uno. No, cuatro ojos ven más que dos.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Círculo Projorelov XVIII

De entre todos los personajes estrafalarios que formaban parte del Círculo Projorelov había uno especialmente singular. Jean Geneviève Ausserbach nos visitaba de manera muy esporádica, aparecía por nuestro Círculo una vez cada año y medio. Todo el mundo sabía que había sido una persona muy importante en otro tiempo, que había vivido en las colonias francesas ocupando un cargo de mucha responsabilidad, pero que algo había ocurrido para que todo su mundo se viniera abajo. No sabíamos dónde vivía, ni a qué se dedicaba, ni qué pensaba de la vida y sus misterios. Porque jamás escuchamos a Jean Geneviève Ausserbach pronunciar ni una sola palabra. Para quienes lleguen a estas páginas sin conocer el funcionamiento del Círculo, decirles que nuestro mayor placer era escuchar las historias de esos viajeros que pululan por el mundo, que lo mismo viajan muy lejos que nos descubren lo que tenemos delante de nuestras narices y que jamás llamó nuestra atención. Y sin embargo, con Jean Geneviève Ausserbach nos ocurría algo extraño, si no era suficientemente extraño todo lo que rodeaba a los personajes de nuestro Círculo. Nos gustaba Jean Geneviève Ausserbach. Con su pelo canoso, algo largo y descuidado, su porte elegante pero con aire cansado y de vuelta de todo, con un rostro anguloso, mal afeitado las más de las veces, pero transmitiendo una sensación de paz... nos tenía en la palma de la mano. Esto es lo que ocurría cuando Ausserbach llegaba al Círculo.
Todos le veíamos llegar, abrir la puerta, saludar con ese gesto tan típico de tocarse la frente con dos dedos y sonreír, colgar su chaqueta de pana marrón en el perchero y caminar lentamente hacia el salón en el que se contaban las historias más increíbles que uno pudiera escuchar, o las más ridículas también. Ausserbach elegía uno de los butacones que estuviera vacío, sin preocuparle si era el que escogía siempre, si había otros mejores, cualquiera era bueno. Y una vez allí sentado, cruzaba las piernas, cruzaba sus manos en torno al pecho y echaba la cabeza hacia atrás. Con una sonrisa en el rostro, Jean Geneviève Ausserbach entornaba los ojos y... todos nos quedábamos mirándole. En torno a él nos juntábamos todos los miembros del Círculo, simplemente mirando como Ausserbach dejaba volar su mente, quizás dormía, quizás imaginaba, quizás simplemente recordaba sus tiempos en lejanos y exóticos lugares. Y nosotros le contemplábamos y... volábamos con él. Sin que nos contara nada, sin que abriera la boca, nosotros estábamos con él. Era una sensación casi mágica. Mística. No encuentro el término. Por ponerme yo mismo de ejemplo, la última vez que Ausserbach nos visitó, mientras él ensoñaba, yo ensoñé. Me vi en una playa inmensa, la arena fina no se me despegaba de la piel, una mano agarraba la mía, era inmensamente feliz. Nada más.
Cuando Ausserbach abría los ojos y volvía en sí, todos nos quedábamos en el sitio esperando que abriera la boca. Nunca ocurría. Recogía su chaqueta, se despedía con el mismo gesto de sus dedos sobre la frente y nos costaba tanto volver a la realidad...

lunes, 13 de octubre de 2014

Círculo Projorelov XVII

Bubianka Nestorova era muy poco asidua a nuestro Círculo. Sus intervenciones eran muy esperadas, porque no contaba nunca nada especial, sus viajes eran bastante convencionales y no solía alejarse demasiado de nuestra ciudad, pero tenía un algo a la hora de contar que subyugaba nuestras conciencias y nos hacía estar horas y horas escuchándola y dejándonos llevar no tanto por lo que decía y lo que nos enseñaba, que todos podíamos disfrutar tan sólo dándonos un paseo por los alrededores, sino por el cómo. Bubianka Nestorova era una mujer de unos cuarenta años, había estado casada con un abogado de la ciudad y al fallecer este por causas desconocidas, se topó con una herencia millonaria ya que el abogado había ligado una serie de contratos y chanchullos varios que cubrieron el riñón de la Nestorova para los restos. Se podía dedicar a lo que más le gustaba, sentarse en su butacón a mirar desde la ventana a la gente pasear y de vez en cuando, ser protagonista ella misma de alguno de esos paseos. 
Aquel día, Bubianka Nestorova llegó algo más tarde de lo que acostumbraba a ser su horario habitual. La Nestorova no acudía nunca después de las cinco de la tarde, pero aquel día apareció a las siete, en un momento en el que nuestro local se encontraba lleno de gente después de que un tal Lucius Begbeller hubiera acudido a contarnos... bah, una historia tan convencional que no merece la pena reseñar. Alguien nos había asegurado que el tal Begbeller... no nos desviemos. 
Bubianka Nestorova fue hacia el atril y tras aclararse la voz con un vaso de agua, comenzó a contarnos su último viaje. 
'Llego ahora mismo de realizar un pequeño paseo, tal y como acostumbro a hacer desde que pasó lo que ustedes ya saben. Mi pequeño paseo de hoy ha sido especialmente interesante. De hecho vengo bastante trastornada con lo que acabo de ver. No sé si han caído ustedes en la cuenta de que en el mundo en el que vivimos hay gente que no es como nosotros. Ya entiendo que la clave de buena parte de nuestros viajes consiste en apreciar las diferencias entre las razas, los pueblos, las costumbres, pero a lo que me refiero y lo que he apreciado en el día de hoy, es que hay gente que, realmente, es muy diferente. Y que está mal. Eso ha sido lo que más me ha llamado la atención. Yo vivo en mi casa, rodeada de comodidades y doy por sentado que todo el mundo, más o menos, tiene cubiertas unas necesidades que permiten que la vida continúe, aburrida, apacible, sin algaradas. Si hubiera realmente una perentoria y alarmante carencia de algo básico, ya nos habríamos dado cuenta, no creen... Y sin embargo, hoy dando mi paseo habitual... 
He decidido no ir hacia los barrios de siempre, pero he vuelto a los lugares que más me gustan y he apreciado algo que me ha trastocado bastante mi percepción de la realidad. Había gente, por ejemplo, esperando a coger comida de unas largas mesas en las que unos voluntariosos jóvenes organizaban paquetes con bocadillos y zumos. Y la gente que recogía esos paquetes no presentaban rasgos demasiado alejados de los que ustedes y yo consideramos decentes. No eran extranjeros. No eran físicamente desagradables. No eran... Ya sé que mi vocabulario puede resultarles ofensivo, pero quisiera que entendieran que me sorprendió ver a personas que en otro tiempo hubieran paseado a mi lado sin que yo las tomara en consideración. Eran personas que estaban recogiendo comida y que, quizás, hace unos meses eran gente con una vida... Sé que las cosas que les estoy contando no son demasiado acordes con este escenario. Pero algo está pasando. No me acabo de creer que realmente la necesidad esté llegando tan lejos. Y que no ocurra nada. Que podamos convivir con la pobreza de la gente sin que se nos conmueva lo más mínimo, que lo demos por sentado, que sea normal. Que junto a nuestro frívolo mundo de viajes y exotismos, de cuentos y copas de coñac exista gente que sólo tiene como objetivo una bolsa con un bocadillo. He sido testigo, lo he visto. Pensaba que era cosa de otros mundos, de otras gentes, de otras latitudes condenadas de por vida a ser víctimas de no sé qué tara que, en otro momento, hubiera llegado a justificar. Pero hoy, lo que he visto me ha hecho pensar. Quizás nada es tan normal. Nada es tan exótico. Nada es nada. Tengo miedo, señores. Tengo miedo de que la vida de un giro. De que mi vida de un giro en un momento, que lo que tengo dado por lo que pasó, un día se pierda y me encuentre en esa fila de gente, ansiando un bocadillo y un zumo. Miedo a dejar de ser una persona normal y respetable. A que nadie tenga que mirarme ni bien ni mal. Qué nos ocurre cuándo nos deja de ir bien en la vida. Lo he visto. A tres manzanas de aquí. Caminando sin más intención que la de airearme y seguir disfrutando de la normalidad. Y he visto eso. Gente pasando hambre. Gente entristecida, derrotada, mustia, sin nada que decir. Quizás lo tengan. Ese algo que decir. No les he preguntado. Quizás en otro paseo les pregunte y venga aquí a contárselo.'

lunes, 22 de septiembre de 2014

Círculo Projorelov XVI

No nos reíamos tanto en el Círculo Projorelov desde... ni nos acordábamos. Apareció como siempre, corriendo, nervioso, dando voces, fumando un puro que se le iba cayendo de la boca porque quería hablar, fumar, comer, dar besos, gritar, todo a la vez. Lorinzo Weirio era un miembro del Círculo que tenía fama de fantasioso. La verdad, es que buena parte de las historias que terminaban siendo consideradas como 'canónicas' en el Círculo tenían una muy buena parte de aportación particular de cada uno de nosotros. Todos poníamos algo de nuestra cosecha particular, pero se aceptaba que el grueso de los relatos de nuestros viajeros eran ciertas y vividas. Ahora bien, con Lorinzo Weirio teníamos la impresión de que nada de lo que contaba era realmente verdad.
Aquel día, como siempre, entró como un torbellino y empezó a gritar 'qué bonito, qué bonito, madre mía, qué bonito'. Venía loco.
Todos congregados en torno a Lorinzo y éste que no se decide a empezar su relato, tan sólo era capaz de decir 'qué bonito, qué cosa tan preciosa, qué maravilla, qué bonito, qué bonito por el amor de dios'. Y así estuvo un rato, con las manos en la cabeza, levantando luego los brazos al cielo, con el puro en la boca. Hasta que consiguió serenarse un poco, y comenzar con su historia.
'Por motivos que no vienen al caso, me vi obligado a aceptar la invitación de Don Federico Hohenstaller, el conde Hohenstaller, al que hace mucho tiempo que no veía y que había construido un palacio del que muchos hablaban maravillas sin haberlo conocido. El conde Hohenstaller y yo éramos amigos de tiempo inmemorial, habíamos batallado juntos en las guerras contra los Terdios y manteníamos un sólido vínculo que no había sido desgastado por el paso del tiempo. El carruaje me dejó en la gran puerta que daba entrada al recinto palaciego. Un magnífico parque que me propuse recorrer caminando para disfrutar de las excelencias de los atributos naturales y artificiales que allí se encontraban. Al poco de empezar a pasear por el sendero que se abría ante mí, oyendo a los pájaros trinar y el agua de los riachuelos correr, me encontré con una bellísima muchacha que se hallaba leyendo un libro bajo un frondosísimo árbol del que no tengo noticia sobre su nombre. La chica, vestida exactamente igual que en un cuadro de Fragonard, tenía entre sus manos el Adolphe de Constant. No he leído este libro, le comenté para intentar entablar conversación. Imaginé que sería hija de mi amigo Hohenstaller. La chica me contestó que... no entendí lo que me dijo. Hablaba en alemán, como es natural. Su padre no la había instruido en las lenguas del ancho mundo. Pero me entendió. Osea, que me entendió, pero me habló en alemán. Le pedí que, por favor, hablase en mi idioma. La chica cambió y en un perfecto francés me dijo que 'el libro habla... la verdad es que no entiendo el libro, porque está en alemán'. No creí haberlo oído bien. Le dije que si estaba en alemán no era posible no entenderlo porque ella era alemana. Me dijo que no. Que ella no era alemana. Era francesa como yo. Yo le dije que no era francés. Ella me contestó en italiano que, su padre, el conde Hohenstaller no se encontraba en el palacio y que sería ella quien haría de mi anfitriona. Le iba a preguntar cómo era que su padre, que me había invitado a pasar unos días con él, no se encontrase... y ella me contestó que su padre estaría muy contento de poder atenderme, que me esperaba. La miré. Me miró y me preguntó si me había leído el Adolphe de Benjamin Constant. Le contesté que no. Ella me contestó que tampoco. Llegaron unos sirvientes que nos trajeron algo de merendar, porque empezó a anochecer. Al parecer, el libro estaba en alemán y ella no lo entendía. Le volví a preguntar por su padre. Me dijo que su padre no era Benjamin Constant. La miré. Ella me miró y comió algo. Yo comí también. El pollo frío estaba excelente. El vino también. Le pregunté de dónde era el vino. Me dijo que ella no bebía vino, pero lo estaba bebiendo ante mis ojos. Es vino del Rin, aventuré. Mi padre está en el Rin. La miré. Ya estaba enamorado. Supongo que me enamoró desde el principio. Desde antes de entrar al recinto. Me preguntó mi nombre. Lorinzo Weirio, le contesté. Me respondió en español que me quedaría mejor el nombre de Lorenzo. Es más adecuado, abundó. Lorinzo es mi nombre. Mi padre no es alemán. Le fui a responder que su padre era el conde de Hohenstaller y que... Hohenstaller está aquí cerca, me dijo la muchacha. Es el castillo colindante, insistió. Venga, venga, me dijo, coja mi mano y acompáñeme. No quería irme. Era noche cerrada ya. Se subió a un pequeño promontorio y me señaló el palacio de su padre, el conde. Es aquel. Mi padre se llama Adolphe, quizás usted lo conozca, volvió a decir la muchacha, mirándome con unos preciosos ojos grises que cambiaban de color con la luz del sol, pero ya era de noche, por lo que grises seguían. Y efectivamente, mi padre se llama Adolphe. Amaneció. No podía apartar los ojos de ella. No le pregunté su nombre. Cuando el rocío goteaba por mi nariz, unos sirvientes vestidos impecablemente de blanco, casi como si fueran empleados de una institución hospitalaria, me acompañaron amablemente hacia la puerta y me indicaron que no molestase más a los residentes. Yo les contesté que mi padre se llamaba Adolphe. Uno de ellos me dijo que el suyo también, que quizás podríamos encontrar a ambos padres dentro de aquel bonito palacio. Pero algo me hizo desconfiar y pude salir de allí.'
Se bajó del escenario, se fue y tres calles más allá de nuestra sede, le vimos subir a un carruaje dentro del cual se vislumbraba una bellísima silueta femenina.

lunes, 16 de junio de 2014

Círculo Projorelov XV

Corrían tiempos convulsos en el Círculo Projorelov. Algunos de los integrantes pensábamos que podríamos darle otro aire al Círculo, abrirlo a otro tipo de personas que quizás no tuvieran tanto que ver con el viajero al uso y hacernos ver el mundo desde otra perspectiva. La verdad es que muchos de los miembros del Círculo nos aburríamos de escuchar y narrar nosotros mismos las mismas historias que se desarrollaban en escenarios diferentes y nos propusimos alguna variación. En esta línea, Boleslao Archipenko, nos habló de una mujer muy especial que en su casa hacía tareas de mantenimiento, y que, desde tiempos de sus padres, pasaba por casa cada día para hacer comidas, limpiezas y 'hacer faenas'. Boleslao Archipenko vivía solo, había demostrado una inutilidad manifiesta para relacionarse con el bello sexo y, jamás, se había preocupado por nada que no fuera leer, escribir y viajar. El trabajo doméstico no le interesaba y por ello contaba con Doña Pruna para que no se lo comiera la mierda, hablando mal y pronto.
Nos habló de Doña Pruna como una persona que tenía una gracia especial para contar las cosas y que, con ella, cualquier anécdota estaba a la altura del viaje más maravilloso que pudiéramos escuchar. Fascinados con su presentación, invitamos a Doña Pruna a venir un día a contarnos lo que fuera. Y así fue. Decir que la expectación que levantó su visita en el Círculo fue bastante escasa, dado que muchos integrantes consideraban deshonroso que un miembro de la plebe iletrada y tan poco viajada mancillara aquel recinto, pero tontos hay en todas partes y era preferible tenerlos en su casa que dando la paliza por allí.
Doña Pruna ocupó su lugar en el estrado en el que hablaban los viajeros visitantes y comenzó a explicarnos que:
'Yo tengo pocas cosas que explicar, porque ya sabrán que no he ido a casi ningún lugar desde que nací en un pequeño pueblo del interior y con pocos años aquí me vine. Trabajar en casa del señor Archipenko me ha servido para ver la casa del señor Archipenko. Y allí se pueden ver muchas cosas, muy interesantes para el que tenga el gusto de detenerse y contemplarlas, pero yo, estando limpiando, poco puedo apreciar. Estar en casa del señor Archipenko es para mí tan bonito como, qué les diría yo, como ir a casa del señor Archipenko. No tiene mayor diferencia estar yendo que dentro, porque como les digo, no es algo que me haga disfrutar de ninguna manera. Alguna vez, con el paso de los años, he intentado fijarme en algún cuadro, en alguna figurita, en la portada de un libro, por si podría yo imaginar cosas que me llevaran a un lugar lejano que se me escapase del entendimiento a mí, pero nada. Que no. Que no podía. Porque yo tenía ganas de acabar de limpiar, de trabajar, de repasar los filos y volverme a mi casa, tan a gusto. Y es entonces que yo pensé para mí, un momento, si a ti lo que te gusta es estar en tu casa. Más aún, a ti, por mí, lo que te gusta es pensar en que vas a ir a tu casa. No sé si me estoy explicando bien. Que más que estar en mi casa, que a fin de cuentas es algo que tampoco me supone un placer especial ya que vivo sola y pocas distracciones me entretienen, lo que me hace ilusión a mí es abandonar la casa del señor Archipenko, escapar, salir de allí, dejar de hacer lo que estoy haciendo y volver a mi casa a hacer lo mismo o peor, pero lo haré porque me da a mí la gana de hacerlo y total, si lo hago bien o mal, pues no se le importa a nadie. Y ese es mi viaje soñado, volver a casa, salir de la casa del señor Archipenko que no me estimula lo más mínimo y soñar con el retorno. No sé yo si eso le pasará a más gente. A veces, en el mercado, cuando voy a comprar para mí o para el señor Archipenko, veo frutos de otras tierras muy lejanas, o bien originarias de la tierra de mis padres o de aquí mismo y sí, no lo voy a esconder, se me va la cabeza y pienso en qué lugares tan así tiene el mundo y el planeta este que es tan diverso y tan bonito y qué cosa sería esa de viajar, pero lo que más me ilusiona es coger uno de esos frutos y llevármelos a mi casa y comérmelo allí. Tan bien. Y no sé. Si quieren les cuento algo más, pero es que al final siempre estoy hablando de lo mismo, de mi casa y de mi casa'.
Y bueno. Ese fue su relato. Que parecerá que no, pero estuvimos debatiendo sobre el relato de Doña Pruna así como dos meses, porque tenía más fondo de lo que parecía. ¿No?

lunes, 14 de abril de 2014

Círculo Projorelov XIV

Las jornadas avanzaban de forma plácida en el Círculo Projorelov y no había nada que nos hiciera pensar en que debido a un malentendido, todo podría haberse ido al garete. Un viernes por la tarde, un mensajero nos anunció que el viajero Emmeric Roger nos vendría a visitar para exponernos su relato sobre una serie de viajes que había estado haciendo a lo largo de los últimos años. Emmeric Roger era conocido por muchos de nosotros puesto que durante un tiempo había sido parte de nuestro Círculo, mas había abandonado nuestra entidad por motivos que sólo él conocía. Derelindo Obrario, un viajero italiano que se había asentado entre nosotros, nos contó un día que Emmeric Roger había coincidido con él durante un viaje por el Caribe y que habían terminado enemistados ferozmente dado que Emmeric Roger tenía la extraña virtud de señalar constantemente los defectos tanto del país que visitaban como del propio compañero de viaje, por lo que su presencia durante el mismo y pese a que Emmeric Roger era una persona extremadamente inteligente y válida, se hacía insoportable.
Así las cosas, Emmeric Roger se presentó el sábado siguiente en la puerta de nuestro Círculo Projorelov. Nada más ver el portal, dijo a viva voz que en todos los años que habían transcurrido desde su partida, no había cambiado nada en la construcción misma del edificio y que las cosas que no cambian en tanto tiempo, por fuerza, tienen que estar mal. Que se planteaba la propia validez de ir a contar sus viajes en ese espacio que, a todas luces, desde fuera, parecía totalmente inapropiado para acoger nada que tuviera un poco de cara y ojos. Sin entrar siquiera en el espacio del recibidor, insistió en que antes las cosas en el Círculo Projorelov, de aquella manera en la que se funcionaba, tenían un sentido y una razón, pero que mantener ese mismo lugar, con las mismas señas de identidad, le parecía evidentemente un churro. Emmeric Roger todavía no había traspasado la puerta del salón principal y, viendo a alguno de nuestros socios más eminentes que le salían a saludar, volvió a insistir que eran las mismas caras de siempre, que no había movimiento, que había viajado por todo el mundo visitando sociedades y círculos de viajeros de aquí y de allá y todos ellos incluían entre sus bases fundacionales, el cambio, el mantenimiento y regeneración constante. Derelindo Obrario, que le estaba esperando, le espetó que allí se iba a contar historias, a relatar viajes, y que se dejase de observaciones inoportunas sobre nuestro Círculo.
Y ya en el salón, en la tarima en la que los viajeros se mesó el bigote y comenzó su relato que consistía básicamente en contar lo que había visto desde que llegó a nuestra ciudad, adjuntando la visita a nuestro Círculo Projorelov, como parte del mismo relato. Todo lo puso de vuelta y media. Ciudad triste, sucia, antigua, desfasada, con aires de decrepitud, decadencia, sin identidad, anclada en un provincianismo inerte, ajada, maldita, fea, mal. Y nuestro Círculo fue calificado como un digno representante de una ciudad que ese iba al garete, que se perdía, todo era purulento y sucio, que no merecía la pena salvar nada, que todo debería hundirse. Que durante sus viajes había entendido que antes era todo mejor que ahora y que cada vez que viajaba a un lugar, fuera en el tiempo que fuera, siempre lo encontraba peor.
Entre nuestros socios, cundió el pánico. Algunos de ellos se adhirieron sin medida a las palabras de Roger, mientras este iba hablando y derribando nuestra institución. Claro, claro, tiene razón, él ha visto cómo está todo, él lo sabe mejor. Y nos miraban a algunos con cara de recriminación. El Círculo corría peligro. De repente Rogier, entró en un estado de silencio inquietante. Rompió a llorar. Recogió sus papeles y se fue.  

miércoles, 26 de marzo de 2014

Círculo Projorelov XIII

Una fría y ventosa tarde del mes de marzo, acudí al Círculo Projorelov con la intención de recoger unos papeles y acompañar a un par de socios que habían decidido acometer una serie de reformas en el Salón de los Durmientes de la entidad. Era éste un salón al que acudían algunos de nuestros socios a leer y quedarse traspuestos al cabo de cinco minutos. Socios de edad que acudían al Círculo sin más pretensión que soñar con aquellos lugares mágicos que habían visitado en persona o bien guiados por la lectura. Allí estábamos haciendo mediciones y cálculos cuando nos dimos cuenta de que había un personaje que no estaba dormido. Sebastián Delaseta, uno de los socios que menos se prodigaban por el Círculo Projorelov, estaba sentado en uno de los butacones, con el semblante serio y circunspecto. No tenía ningún libro entre las manos y miraba con severidad a los que estaban allí medio endormiscados pero también a nosotros nos dirigía una mirada de reconvención. Me dirigí a él y le saludé. 'Sebastián Delaseta, nada menos, hacía tiempo que no sabíamos nada de usted. Creo que su último viaje le llevó a...'. No me dejó acabar. Se levantó del butacón y me dijo 'rápido, no perdamos el tiempo. El tiempo no debe perderse cuando puede aprovecharse para cosas realmente importantes. El tiempo, el tiempo debe ser aprovechado para actuar, para hacer. Rápido, no me deje hablar, déjeme contar, déjeme que le cuente mi viaje, no me deje que empiece.'.
Sin dudarlo, acondicionamos nuestra sala para los invitados y Sebastián Delaseta pudo comenzar su relato:
'Salí de mi ciudad hace ya mucho tiempo. Mi intención era la de viajar, pero no por el mero hecho de conocer el mundo y sus maravillas. Yo quería ayudar. Soy, era, una persona de espíritu jovial, y los que me conocen saben que soy, era, un entusiasta partidario de la alegría, de la vida, de la chanza, de la jocosidad y de hacer la vida algo más agradable a los demás. Quería ayudar y contagiar mi sentido de la vida a los demás. Partí sin rumbo fijo y sin saber cómo me encontré alojado en un barco que surcaba un mar que desconocía para atracar en una ciudad portuaria de un país que quisiera olvidar. Puse pie a tierra en aquel lugar y al encontrar a un grupo de lugareños me dirigí a ellos con una sonrisa en la boca para preguntarles dónde me encontraba, qué podía hacer y... no me dieron tiempo a responder cuando me dijeron que mi entusiasmo jocoso y frescachón, que la ironía con la que les miraba, que mi afán divertido denotaba que no conocía en absoluto las condiciones del mundo o las condiciones de su diminuto país, que a todas luces ignoraba el signo de los tiempos y que, sin duda, no tenía en cuenta que perder el tiempo con el absurdo de una visión de la vida lúdica era atentar contra el beneficio de los seres humanos que de verdad estaban porfiando tanto en aquel lugar como en muchos otros por todos los bobos que todavía vamos haciendo gracias por la vida. Me sorprendió la circunspección, pero me ganó la decisión y el aplomo con el que me dijeron aquellas palabras. Había que actuar. Y actuamos. Me uní a aquel grupo y estuvimos haciendo cosas y programando soluciones para los muchos problemas que en el mundo existían durante muchos años. Sin duda, a nuestros ojos, el mundo parecía mejorar. El beneficio para el país en el que me encontraba era evidente. Sin alegría, sin perder el tiempo en ocios vanos, simplemente preocupándonos mucho por todo y mostrando unas enormes ganas de ser productivos, estábamos consiguiendo grandes avances. Prohibimos sonreírnos entre nosotros hasta que no alcanzáramos un beneficio determinado para el conjunto de una parte o de un segmento del sujeto que conocíamos como... Estoy empezando a olvidar. Todo era perfecto y serio. Y severo. Y efectivo. Hacíamos cosas que servían, sin detenernos a considerar y mucho menos perder el tiempo en otras cosas. Reduciendo el tiempo empleado en las sandeces varias, es claro que todo resulta. Una vez que conseguimos aquellos beneficios programados, se decidió seguir sin conceder ni una ventaja a quienes pretenden que giremos nuestra cabeza hacia las músicas, los cantos de sirena, los ríos de tinta, el flautista de Hamelín, un tren sale de la ciudad de Cracovia a una velocidad constante de 80km/h y cuando llega a Lodz se ha convertido en un enorme pastel de carne como el que hacía mi madre... y me empecé a reír yo solo con una cosa que había pensado y muy amablemente me dijeron que casi mejor que si no estaba centrado que podía marcharme, libremente. Me presentaron una cuenta de beneficios que se podían perder si dedicábamos tiempo a reírnos de las gracias interiores, junto a otro gráfico en el que se señalaba lo espantoso que era reírnos de nosotros mismos y no tuve por más que abandonarles. No era bueno para nadie. Y ahora estoy aquí y estoy triste porque por mi culpa el gran beneficio para aquel país diminuto estuvo a punto de truncarse y te veo con ese metro en la mano y ese lápiz en la otra y me dan ganas de decirte que se empieza midiendo un portón por hacer algo y se acaba empeñando los fines de semana en una obra sin fin y... no quisiera reírme, pero es que hay cosas que... y está mal... pero... bajadme del estrado que quiero refrescarme la cara.'
Sebastián Delaseta estaba agotado. Le llevamos a un cuarto de baño, se refrescó la nuca y luego le acompañamos al Salón de los Durmientes. Pobre hombre.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Círculo Projorelov XII

No recuerdo bien cómo fue, pero aprovechando que estaba de visita por la ciudad, a uno de nuestros socios se le ocurrió que sería interesante contar con la presencia del viajero profesional, el periodista Amadus Triclini-Johnson, autor de toda una serie de libros de viajes que, a juicio de muchos, entre quienes me incluyo... uy, qué párrafo con tantas comas y tantos qués. Vamos, que a mí no me hizo mucha gracia contar con aquel petulante Triclini-Johnson en nuestro Círculo Projorelov, pero hubo quien dijo que sí y uno no es de discutir. Cada vez hago esto peor. Qué primeras líneas, madre mía.
Bueno, Amadus Triclini-Johnson vino con la condición autoimpuesta de no romper con las normas del Circulo y prometiéndonos que no iba a hacer publicidad de sus trabajos, si no a comportarse como uno más de los integrantes de nuestro 'queridísimo club', tal y como lo llamó. Triclini-Johnson dijo que el Círculo Projorelov era uno de los lugares más respetados por los viajeros de todo el mundo y que, de no ser por su trasiego continuo y 'profesional' -recalcó-, sería muy gustosamente socio. Bueno.
El caso es que, en casa del herrero, cuchillo de palo. O cuchara de palo. Como se diga. Triclini-Johnson vino a contarnos su último viaje, que le había llevado a recorrer la Baja Sajonia durante una semana, hospedándose en toda una serie de hoteles magníficos y comiendo en los restaurantes más representativos de la zona. En cada pueblo que iba atravesando se encontraba con uno de los cronistas locales, que le ayudaba a conocer cada rincón del pueblo, su tipismo, sus costumbres, algunas leyendas de interés para el lector, el porqué de las onomásticas, el esto y el lo otro de cada pueblacho sajón.
Y, tengo que decir, y no sólo lo dije y lo aprecié yo, si no que también lo apreciaron el resto de asistentes a lo que fue una de las fechas más concurridas del Círculo Projorelov, que aquello fue un auténtico coñazo. Triclini-Johnson se eternizaba contando como filetes de ternera se deshacían en su boca, cómo el vino de aquel restaurante le recordaba a cuando en otro local de París, patatín patatán, que el verde caminar por los caminos y las pistas de... media sala mirando para otro lado, que si el simpatíquísimo alcalde de Froposwerthaus o como fuere le enseñó cómo cordar botas de vino como no se hacía en otra parte del globo, que entró en una casa y una señora de nombre que todos olvidamos inmediatamente le enseñó unas gachas riquísimas y él se las comió y todo le parecía fabuloso, y todo era magnífico, y todo era una oportunidad para los ojos, y que se enriquecía uno conociendo a gente tan agradable, y que la Baja Sajonia era el lugar más bonito que había visto, y que el alcalde de otro pueblo, y venga con el alcalde, y con el cronista, y que su querido amigo tal, y su querido amigo, y su querido amigo, y su querido amigo. Un coñazo. Un coñazo mortal.
Murmullos, vistazos al reloj, y el hombre encantado de escucharse. Tres horas tres, tres horas tres, como un parto o sepa Dios lo que dure un parto. A la señora Quiñones, que se había leído todos los libros de Triclini-Johnson y que estaba emocionada cuando le vio llegar, casi nos la dejamos dentro cuando cerramos el local del Círculo, porque se quedó dormida en un rincón y nadie hizo caso de ella hasta que no la oímos chillar 'que me dejen salir, que me dejen salir'.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Círculo Projorelov XI

La tónica habitual de los viajes relatados en el Círculo Projorelov era positiva. Créanme. Prácticamente todos los viajeros que acudían al Círculo a contar su peripecia dejaban un eco de buen rollo, experiencias agradables, paisajes magníficos y amistades perdurables. Si en el transcurso de los relatos que han ido apareciendo quizás se ha dado otra impresión... quizás ha sido por una cierta querencia del que transcribe por las historias un poco extrañas. Aquí les presentamos, por ejemplo, el relato de Doña Ulrike Sanchidrián. Esta impetuosa mujer, aventurera y de carácter independiente (pincelada que suele decirse siempre de las mujeres, no se dice por ejemplo, 'era un hombre independiente', no crean que no me he dado cuenta), decidió emprender un viaje a la Patagonia argentina y chilena. Por una ventolera. Sin motivo aparente, sin ninguna excusa, por que sí.
Doña Ulrike Sanchidrián contaba por entonces con la utilísima edad de 36 años y se embarcó en un crucero que tenía como objeto única y simplemente conocer la Patagonia y tal. El viaje del crucero, una vez embarcados en Cabo Verde, según contó de manera segura y directa Doña Ulrike, fue muy placentero. Un galán maduro, de nombre Humberto Thibaudi, le dio conversación, amena conversación, durante todo el trayecto. Al llegar a Buenos Aires, Thibaudi desembarcó y no volvió a verle. Los paisajes australes la impresionaron mucho, el frío, extremo, la soledad, el carácter duro pero amable de los lugareños, la sensación de estar alejada absolutamente del mundo tal y como lo conocía...
Tan sólo un hecho perturbó el viaje. El galán maduro Thibaudi no volvió a embarcar, pero en su lugar apareció un rufián llamado Thibaut Uberti que guardaba un parecido asombroso con el maduro de antes. Sin embargo, si uno era educado, atildado y un tanto anticuado en sus modales, el otro era un gañán que miraba a Doña Ulrike con ojos viciosos.
Afortunadamente, según Doña Ulrike, no ocurrió nada que tuviese que lamentar, ya que ella, simplemente había acudido al viaje para disfrutar de esos paisajes tan impresionantes. El relato de Doña Ulrike, como decimos, resultó ameno y muy visual. Doña Ulrike es una gran contadora de historias y sus relatos siempre han sido muy apreciados en el Círculo Projorelov.
Pero a más de uno se nos quedó cara de saber más sobre lo que ustedes ya imaginan.

martes, 12 de noviembre de 2013

Círculo Projorelov X

No siempre las reuniones del Círculo Projorelov eran proclives a la ensoñación, al viaje glamouroso, a la evocación de lugares míticos, exóticos, lejanos y misteriosos. Como ha quedado claro en alguna ocasión, también a veces los viajes resultaban esquemáticos, rutinarios, planos, decepcionantes. Y había veces en los que nada era previsible. Esto ocurría especialmente cuando nos visitaba Ceferín Ceferinovich Priaskovnik. Era este un viajero de lo más curioso. Acudía al Círculo regularmente, se sentaba en uno de los butacones más cercanos a la ventana y, mirando en lontananza, comenzaba a reír por debajo de la nariz. No paraba hasta que se iba. Cuando algún otro viajero nos relataba alguna de sus andanzas, él, siempre situado en ese mismo lugar, seguía riendo 'por lo bajini'. Nadie se lo tomaba a mal, puesto que todo el mundo consideraba al bueno de Ceferín Ceferinovich como un 'cachondo mental', sin malicia alguna. No se reía de nadie, simplemente se reía. Algunos, sin embargo, porque de todo hay en un grupo humano, contaban que había sido un agente doble durante una guerra lejana, otros que en realidad, bajo su nombre ruso, se escondía un gallego socarrón, otros que era un policía secreta que nos estudiaba a todos y que se reía de nuestras historias. En realidad, Ceferín Ceferinovich era realmente ruso, y había hecho fortuna con un negocio de envasado de fruta que traía desde Crimea. Asentado entre nosotros, y atraído por lo eslavo del Círculo Projorelov, participaba en nuestras reuniones y de vez en cuando, cuando realizaba un viaje por motivos de su negocio, nos hacía partícipes de su peripecia. O no.
Por que las intervenciones de Ceferín Ceferinovich eran como siguen. Anunciaba por correo su llegada a la ciudad, y por ende al Círculo Projorelov, con un día de antelación y la totalidad de los socios se daba cita en el local. Realizaba un viaje o dos al año y, como una cita mítica, todos considerábamos que era uno de los mejores momentos del año, de asistencia casi obligatoria. Ceferín Ceferinovich llegaba a la sala, todos nos apartábamos y le saludábamos muy afectuosamente mientras Ceferín Ceferinovich iba avanzando, con su cuerpo chaparrete y su cabeza gorda y rubiona. Ya, al entrar a la sala, presentaba esa sonrisa de quién se está acordando de algo, o está preparando alguna. Ceferín Ceferinovich se sentaba en su butaca y uno de nosotros le colocaba al lado una botella de orujo blanco prácticamente helado -por lo que muchos consideraban que era gallego realmente- y sin haber probado una gota del licor, comenzaba a querer explicar su viaje. Pero no podía, porque inmediatamente después de abrir la boca, comenzaba a reír. No paraba de reír. Le entraba la risa y la risa nos entraba a nosotros. Una risa contagiosa, nada carcajeante, una risa sorda de quien se aguanta y se aguanta y estalla. Lloraba de risa sin haber empezado a contar nada. Y el ser humano, si hay algo que no puede evitar en ningún momento, es reír con quien se ríe. Y venga a reír. Todos ji ji y ja ja. Y Ceferín Ceferinovich, rojo como una sandía, sin parar de reír. Y de vez en cuando hacía un gesto con las manos queriendo decirnos que parásemos por favor, que le dejásemos que iba a empezar y no podía. Así podíamos estar una hora aproximadamente. Hasta que Ceferín Ceferinovich, cogía el vasito con el orujo, se lo bebía y decía 'vaya, ya se me ha calentado otra vez', se levantaba y se iba. Y eran las únicas palabras que decía. Y sin acento gallego ni nada.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Círculo Projorelov IX

La temporada estaba siendo bastante insulsa. Pocos eran los viajeros que venían al Círculo Projorelov para contar sus historias y los que lo hacían, contaban más o menos las mismas experiencias. Viajar se había convertido en algo anodino, insulso, programado. Algunos incluso planteaban la posibilidad de clausurar el Círculo Projorelov y dedicar el espacio a otras actividades. Y apareció Gulba Frenández.
Gulba Frenández inició un viaje con el objetivo de encontrar algo que se le había escapado, decía, en su juventud. Al parecer, Gulba Frenández había sido policía y no había tenido una vida demasiado clara. Nunca contaba demasiadas cosas sobre los años anteriores a su aparición en el Círculo Projorelov. Tenía el aspecto de quien quiere olvidar algo y no sabe cómo. Al principio, se conformaba escuchando los relatos y leyendo las peripecias de otros viajeros. Un día, quiso ser él el protagonista, como suele ocurrir, y nos anunció que partía hacia el lugar que había perdido.
Volvió al cabo de muchos años y el día que apareció por el Círculo Projorelov, hubo que hacer un esfuerzo enorme para congregar a los socios que habían perdido un tanto la fe en la labor del Círculo. Se dejó descansar a Gulba Frenández un día y, como siempre, se le citó para que contase su historia en presencia del resto de socios. Se invitó incluso a personas ajenas al Círculo para así revitalizar su actividad, y acudió mucha gente, ávida de escuchar historias de quien hacía tantos años que había partido.
Gulba Frenández llegó y rápidamente se acomodó en uno de los sillones principales. Pidió un bourbon y comenzó su relato diciendo que sería breve. Esto nos dejó algo confundidos. No esperábamos que después de tanto tiempo... ¿cuánto tiempo? Un socio, Enedino Loscertales, que no sé si recordarán de otras peleas, dijo que concretamente llevaba fuera siete años. Todos le miramos con asombro, y nos dijo que es que llevaba una cuenta con los viajes... bueno, lo normal en el Círculo Projorelov.
¿Siete años y una explicación breve? Pensamos que sería algo irónico. Gulba Frenández no había sido nunca demasiado simpático, pero pensamos que quizás el viaje le había dulcificado el carácter sacando a relucir cierta ironía. Comenzó su relato y lo terminó de la siguiente manera:
'Partí hace muchos años buscando algo que había perdido. No sólo no lo he encontrado en un sentido concreto, ni siquiera he hallado rastro de ello en todo el viaje. Ni siquiera aquí encuentro lo que perdí. Ya digo que ni en un sentido figurado, ni en un sentido más abierto. En ningún sentido. No hablaré más con medias palabras. Me fui por un desengaño. Enfermo de celos, abandoné a la mujer que amaba. Le dije que no quería volver a verla. No la pude olvidar. Decidí venir aquí para soñar con otros mundos, a medias lo conseguí. Decidí completar la evacuación y partir yo mismo, viajar. Quizás encontraría otra vez lo que perdí. Pues bien. No he encontrado a una sola mujer en todo el viaje. Siete años. Ni una mujer. Nada. Casualidad, maleficio, que no las he sabido ver... opinen lo que quieran. Ni una mujer en siete años. Ni de lejos, ni de cerca. Quizás nunca vuelva a ver a ninguna. Los que no lo crean, les aconsejo que no me acompañen si no quieren vivir este martirio. Del resto del viaje, ya se imaginarán que no guardo recuerdos principales, porque solo un pensamiento me absorbe. No he encontrado nada.'
Y nos dimos cuenta de que sí, que era verdad. Y no se sabe si por una cosa o por otra, pero ni Gulba volvió por el Círculo, ni nosotros le invitamos más.

miércoles, 12 de junio de 2013

Círculo Projorelov VIII

No son muy numerosas las ocasiones en las que puedo explayarme con alguno de mis viajes. Hace unos días, tuve la oportunidad de contar un viaje muy querido para mí, en la sede del Círculo Projorelov, pero no quise hacerlo en el salón principal, donde habitualmente contamos nuestras experiencias. Aprovechando que el día era bueno y que estaba uno de cuerpo tranquilo, decidí trasladar mi narración al patio del edificio. Allí me senté en un banco y esperé a que llegasen mis compañeros del Círculo Projorelov. Ya estábamos todos. Podía empezar.
'El viaje que os cuento ahora lo realicé en compañía de mi entonces esposa, doña Frolinda Premiantes, hace ya casi unos treinta años. Decidimos planificar unas vacaciones diferentes, tranquilas, y nos fuimos a Santo Adriano. Santo Adriano, está aquí al lado, ya os veo las caras. Pero estoy seguro de que nadie, o muy pocos de vosotros ha pasado más de unas horas en Santo Adriano. Santo Adriano, como ya os imagináis, no tiene absolutamente nada que la diferencie de nuestra población. Es exactamente igual. Totalmente calcada. Un poco más pequeña, a lo mejor. Tiene realmente puerto de mar, naturalmente. Pero en todo lo demás, no podemos decir que haya muchas diferencias. ¿Y qué?
Fuimos a Santo Adriano planificando el viaje concienzudamente. Queríamos vivir la experiencia de Santo Adriano tal y como la viven los mismos habitantes de Santo Adriano. Como miembro del Círculo Projorelov, me documenté al respecto, estuvimos mi esposa y yo en la sala de la Biblioteca consultando todo lo que sobre Santo Adriano había y establecimos un plan de visitas a los principales punto de interés de Santo Adriano, y establecimos el día de salida, el lugar de alojamiento y todo.
Estuvimos en Santo Adriano cinco días. Los tres primeros días estuvimos muy entretenidos buscando las diferencias que insistíamos en encontrar entre nuestra población y Santo Adriano. No las encontramos. Menos en lo del mar, todo lo demás era igual. El calor húmedo y pegajoso. La gente, los animales, los niños, los automóviles, establecimientos, bares, granjas, bares. Más bares. Hubo un día en el que nos introdujimos a las nueve de la mañana en un bar cuyos propietarios eran de origen gallego, y ya no salimos de allí hasta las doce de la noche. Una jornada inolvidable. Los dos días que nos quedaron quisimos ir al mar, pero por hache o por b, nunca pudimos ir. A veces, pensábamos que el mar no existía. Esto nos ocurrió ya el último día, este pensamiento. Pensamos que realmente querer ir al mar y no encontrar el momento, ni el camino, ni nada, igual significaba que no había mar. Y si no había mar, no estábamos en Santo Adriano. Y si no estábamos en Santo Adriano es que no nos habíamos movido realmente de nuestro pueblo. Y en eso tiramos el último día, en pensar y pensar.
Cuando volvimos, sin embargo, y pese a haber estado en un sitio en todo idéntico a nuestro pueblo querido, enseñamos múltiples fotografías que sacamos, las cuales las tienen ustedes aquí a su disposición, camisetas que compramos, un recuerdo del lugar y qué cosas, hasta unas chanclas que compramos por si veíamos el mar. Mi señora me dijo entonces que había sido un viaje maravilloso y que incluso le estaba costando encontrar de nuevo el ritmo una vez llegados al pueblo. Yo, todo hay que decirlo, nunca me quité de encima la sensación de que no nos habíamos movido realmente de Santo Adriano. Y que todos nuestros souvenirs eran iguales a los que se venden en nuestro pueblo. Miren, miren...'

lunes, 10 de junio de 2013

Círculo Projorelov VII

Las historias que han sido contadas durante todos estos años en el Círculo Projorelov iban siendo recopiladas por parte de Augustín Porferionov. Augustín Porferionov era el único miembro de nuestro Círculo Projorelov que nunca había viajado.
Augustín Porferionov llegó a nuestra ciudad y no se llamaba todavía así. En realidad, venía de un pequeño pueblo del interior y no había visto nunca el mar. Se llamaba José Pablo Arnáldez y había tenido que dejar las pequeñas tierras que nunca daban para nada y venirse a trabajar a un taller que un familiar había montado. Apenas sabía leer y escribir. Para ir de su casa al taller tenía que pasar siempre delante de la sede de nuestro Círculo Projorelov y en la puerta se encontraba siempre con uno de los fundadores del Círculo, el insigne Felisiano Adorante, que salía a la calle siempre que podía a fumarse un cigarrillo y a evocar. Evocar. Eso es lo que decía siempre Felisiano Adorante, 'lo más bonito, lo que más me gusta hacer y quizás lo que mejor me sale, es eso, evocar'. José Pablo Arnáldez, que todavía no se llamaba Augustín Porferionov, veía a aquel hombre con la mirada perdida y le llamaba la atención. Sentía curiosidad por aquel figurón de otro tiempo, con su cigarrillo displicentemente consumiéndose entre los dedos, mientras él iba con prisas y cansancio a trabajar. También lo veía cuando volvía del tajo.
Un día, Felisiano Adorante, viendo venir a José Pablo Arnáldez, le pidió fuego para encender el cigarrillo y de ahí surgió una amistad consistente en saludos, observaciones sobre el tiempo, el paso de los días, climas de interior y de cerca del mar, familiares que se parecen a otros familiares, trabajos manuales y trabajos de cuello blanco, el café y si hay que tomar mucho o poco o lo mal que nos sienta, vacaciones en casa o fuera, y finalmente Felisiano Adorante le invitó a entrar un día a tomar una copa, un refresco, una cerveza o lo que quisiera. José Pablo Arnáldez pasó entonces todas las tardes a tomar algo después del trabajo y a escuchar las narraciones de aquellos personajes inverosímiles. Pero, aunque conseguía memorizar todas las historias, deseaba que alguien las pudiera copiar, transcribir de alguna manera, para que su hijo pequeñito Chuí Arnáldez, las pudiera aprender y viajar sin necesidad de... viajar. Vamos, lo que es leer.
Aprendió a leer así José Pablo Arnáldez, al que le pusieron un nuevo nombre, Augustín Porferionov sin que tampoco nadie supiera el motivo, aunque Felisiano Adorante, autor de la nueva nomenclatura, dijo que le recordaba a un personaje que había conocido en la Siberia. ¿Siberia extremeña? ¿Siberia rusa?
Aprendió a leer Arnáldez, a escribir, y a reproducir los viajes y recuerdos de los que se acercaban al Círculo Projorelov a cumplir sus obligaciones como miembros del mismo.
Arnáldez, ya Porferionov, dejó su empleo en el taller y se convirtió en el único empleado remunerado del Círculo Projorelov. Su hijo Chuí, no aprovechó en nada lo que leyó y pasó un tiempo entre rejas por robos menores, hasta que entró a trabajar en el taller como su padre hiciera.

jueves, 6 de junio de 2013

Círculo Projorelov VI

La primera vez que tuve que contar mi viaje en el Círculo Projorelov se dio con motivo de mi regreso por tierras en las que el calor, la luz y la vida podrían haberse juntado para formar un todo precioso y lleno de armonía, mas una mierda como un pan, por que allí el calor, la luz y la vida, habían decidido correr por separado para establecer por su cuenta un infierno negro. Estoy hablando de Almería.
Y no fue un viaje común. Mi entrada en el Círculo Projorelov fue como la de tantos otros miembros. Un familiar me habló de un grupo de zumbados que se reunían en un caserón muy bien acondicionado, que había pertenecido en tiempos a los Condes de Cualquiera, y que a saber qué asuntos tratarían los allí presentes, que en nuestra ciudad nunca hubo gente de tanto copete desde que los Condes cerraron la casa y que allí había mucho emperifolle y que a ver qué. Yo fui. Entré. Pregunté. Me apunté. E hice mi primer viaje.
Almería. Yo había ido a Almería después de un sonoro fracaso amoroso. Un estruendoso fracaso. Un rimbombante fracaso. Mi compañera, mi novia, mi amiga, vino un día a mi casa ataviada con un uniforme de la banda municipal y con el bombo y el platillo a cuestas se plantó bajo el balcón para comunicarme que se había enamorado de un italiano y que ambos se iban a Almería, al Cabo de Gata, a vender pulseras en Las Negras. Mi compañera, mi novia, mi amiga.
Yo decidí ir a Almería, pero no a Las Negras, no al Cabo de Gata, a otra parte, a la montaña, unos meses después de aquel fracaso. Sabía que ella seguía allí aún, o no, no lo quería saber, pero sin saber cómo estaba informado de todo. Ella estaba allí. Con el italiano. Yo fui a Almería por otra cosa, lo juro. A la montaña, al monte, a la cara almeriense de la Alpujarra, a un pueblo pequeñito, con todo el solano delante, con un paisaje en el que nada sobresalía más allá de las rocas, de las pendientes, de las casitas blancas de los pueblos. Del calor del infierno. De la luz tremenda. De la vida... que se escapaba al sol. Sol. Llegué allí sólo, sin compañía de nadie, a lomos de un Citröen GS que me había comprado de segunda mano y que cuidaba como a un niño chico. Allí me planté. La excusa era el retiro espiritual. Quería leer. Quería escribir. No quería relacionarme con nadie. Quería estar cerca de ella sin estar con ella. Las cosas suelen ser así, sobre todo cuando estás como estás. Y sobre todo, si eres del Círculo Projorelov.
Allí llegué, a Instinción. Agosto cuando empieza. Tremendo calor. Y llegué a una casa que había alquilado durante un par de semanas. Y allí estaba la dueña de la casa, que me dejaría las llaves. Y ella era como mi amiga, como mi novia, como mi compañera. Qué dos gotas de agua. Qué historia tan tópica. Y me dijo que con tanta ropa yo iba a tener calor, pero que por la noche refrescaba. Y ella era igual que aquella otra, pero con el pelo más cano y algunas arrugas en torno a los ojos y más ancha de caderas, y el mismo vestuario ancho, vaporoso, pero mucho más vello en su bigote. Y me fue enseñando la casa y ocurrió lo que siempre me ocurre. Me tocó.
Los miembros del Círculo Projorelov asintieron sin dudarlo cuando lo contaba. Ellos sabían que pasaba en esas ocasiones. Qué ocurría si alguien, de repente, te tocaba. Te ibas. Me tocó y me fui. Y era Almería, y hacía calor, y la luz, y la vida. Y me tocó y me fui. Lo contaba y los del Círculo Projorelov me entendieron. Noté que me iba. Me tocó en el brazo. 'Acompáñame por aquí'. Y la acompañé. Nos fuimos los dos. Y los dos salíamos de la casa sobrevolando la sierra. Saliendo de Instinción. Estábamos muy cerca de Cabo de Gata. Y ella me guió y me enseñó a mi novia, a mi amiga, a mi compañera. Y ella ya era vieja. Y no se parecía a mi acompañante de los cielos. Y se me acercó ésta al oído y me dijo 'no soy como ella, ella no será como yo'. Y al italiano no lo vimos. Y volvimos a la casa. Y yo me lié con la casera que no era como iba a ser mi novia, mi amiga, mi compañera. Y volví aquí y lo conté en el Círculo Projorelov. Y el entonces Presidente del Círculo, el señor Chisinau me dijo que mi relato había sido fascinante y que él conocía muy bien esa sensación, pero que tuviera cuidado de no volar sin camiseta en Almería, que te quemas.

miércoles, 5 de junio de 2013

Círculo Projorelov V

Nuestro querido socio y miembro del Círculo Projorelov, Don Gogomilo Frentesfrescas, anunció su llegada después de un larguísimo viaje y nos consultaba la posibilidad de dedicar unas jornadas a evaluar su experiencia. Don Gogomilo Fuentesfrescas es uno de los miembros más peculiares del Círculo Projorelov, en primer lugar porque nadie jamás le había visto en persona y todos pensaban que era una leyenda o la invención de algún socio imaginativo. Sus viajes nos llegaban siempre narrados a través de misteriosas cartas, o paquetes en los que encerraba manuscritos ciertamente enigmáticos. Tan sólo la señorita Welinda Vanderaerden había conseguido ver una vez a Fuentesfrescas, hacía casi treinta años, mientras ella intentaba atravesar el desierto del Kalahari y, en un receso del camino, encontraron a un viajero que se hacía llamar Fuentesfrescas y que asimismo decía ser miembro del Círculo Projorelov. Fuentefrescas parecía contar entonces con unos setenta años y se presentó como un anciano barbudo, vestido con túnica y turbante y absolutamente fuera del lugar en el que se encontraban. Comenzó a hablar en kanjobalano y la señorita Vanderaerden, que no conocía el idioma, no pudo entender qué decía Fuentesfrescas. Reemprendió su camino y ahí quedó la cosa.
En segundo lugar, Don Gogomilo Fuentesfrescas siempre enviaba la relación de sus viajes escritos en los idiomas más remotos e incomprensibles, por lo que traducir y descifrar el sentido último de sus peripecias, se hacía siempre arduo e, incluso, se había formado un Departamento Fuentesfrescas, dedicado exclusivamente a sus asuntos.
Así, que el día indicado, hubo mucha expectación en la sede del Círculo Projorelov para recibir al que pensábamos centenario Gogomilo Fuentesfrescas. Y de repente, apareció un apuesto varón de unos cincuenta años, con el pelo cano peinado a la última moda neoyorquina, atildado, perfumado, con un traje hecho a medida en Milan y unos dientes perfectos hechos quién sabe dónde que adornaban una sonrisa encantadora. Nos saludó a todos por nuestros nombres y se dirigió hacia la sala donde debía dar repaso a sus andanzas sabiendo perfectamente dónde estaba todo, qué puertas debía abrir y a quién debía saludar.
Tomó asiento en el butacón que le teníamos preparado y pidió una copa, un whisky de malta, sin hielo.
- Ya. Os entiendo. Estáis preguntándoos todos quién soy yo, cómo es que os conozco si nunca me habéis visto, veo la cara de la señorita Vanderaerden, mucho más bella que cuando me la encontré en el Kalahari y leo en sus ojos una sorpresa infinita... yo he ido y he vuelo. Este es mi viaje. Mi fabuloso viaje. No tengo mucho tiempo para contaros todo lo que me ha ocurrido y si me he permitido presentarme aquí simplemente ha sido para volver a estar donde siempre he estado, y al mismo tiempo, contaros en pocas palabras mi alucinante viaje. ¿Cómo decirlo? Yo ya he ido y he vuelto. He estado. Lo he visto. No he estado en un punto, como cuenta el famoso relato, desde el que se vea todo. No, yo lo he visto in situ. He estado. En cualquier parte, en todo el mundo. Al mismo tiempo. A la vez. No una vez. Siempre. De hecho, he tenido que parar, que forzarlo todo para que todo esté quieto, y poder estar aquí con vosotros, queridos amigos del Círculo Projorelov. Mi viaje, mi verdadero viaje, comenzó cuando la vi, cuando ella, la maga Sucumbe me miró a los ojos y me dijo... 'y dices que viajas'. Desde entonces no he podido parar. Desde entonces, el reloj se volvió loco, no he estado en ningún sitio. He estado. Estoy. Ahora estoy aquí y ya noto como vuestras caras ya no son las que conozco y saludo, si no que siento que estoy trasladándome a otro lugar, a otra parte. La maga Sucumbe me dijo 'tu viaje será mejor'. Y me besó. Yo esto os lo cuento con pocas palabras porque no tengo tiempo. Siento que ya me estoy yendo otra vez. Quisiera apurar mi copa. Estoy a punto de tener que irme. Os escribiré, como os escribo siempre. Disculpad las molestias que os causo. Quisiera mirar de nuevo a la señorita Vanderaerden. Mucho más hermosa que cuando la conocí en el Kalahari. Ni siquiera en el Kalahari pude mantenerme fiel a una posición, a una coordenada. Me encanta, otra vez. Me encanta. Lo siento, pero no puedo contenerme. Estoy yéndome. Ya noto el frío, se me están empezando a congelar los miembros. Estoy aquí con ustedes y siento que ya se me van de la vista. Lo tengo que hacer. Me voy. Estoy aquí....
Y ante nuestra mirada asombrada, se levantó y se dirigió hacia uno de los cuadros en los que representábamos una escena de vida esquimal y todos le perdimos de vista. Todos dejamos de verle. Las últimas palabras que salieron de su boca parecían dichas en innuktitun...

martes, 4 de junio de 2013

Círculo Projorelov IV

'Cuando la luz de los cafetales se mueve en las sombras..., narananiro naniro se vuelven a sentir..., titititi tititi titi de la vieja molienda...'. Así entró en la sala principal del Círculo Projorelov aquel día de Mayo el bueno de Vancio Doscármenes. Cantando y silbando, feliz y contento. Pidió una botella de vino tinto y un platito de queso y se dispuso a contar lo que había visto en su último viaje.
'No os podría decir dónde estuve ni dónde dejé de estar. Sólo sé que cuando llegué vi a gente con perro. Todo el mundo tenía un perro. No eran más altos que nosotros, algunos de ellos eran rubios, otros morenos, no eran más altos que nosotros de ninguna manera. Eran más delgados unos y otros desmesuradamente gordos. No conocían las mangas. Al menos no las conocían todos. Todos ellos pugnaban por llevar la camiseta con el escudo bien visible de alguna entidad que no conseguí dilucidar a qué podía dedicarse para conseguir tal grado de adhesión. Todos tenían perro. Si no lo tenían todos, al menos todos acompañaban al que tenía perro. Algunos perros eran fieros, otros no tanto. Pero eran más los que parecían destacar por su fiereza. Eran perros grandes, de aspecto terrible. Todos tenían perro. Y pocos de ellos conocían las mangas. Algunos de ellos parecían ir vestidos como en la capital del imperio, pero no como los que son los grandes magnates de esa capital, no. Todos se esmeraban en imitar el comportamiento y la vestimenta precisamente de las clases más bajas de esa capital del imperio. Qué diablos ocurre en todos los lugares que visito, que nadie conoce las mangas. Al menos no la mayoría de la gente que avisto. No pude, ni supe, ni quise entablar conversación con nadie del lugar. Me limitaba a observarlos de la misma manera que ellos me observaban a mí. Ellos con aire amenazante. Algo parecían haber hecho mal, o estar escondiendo, por que me miraban como si yo supiese algo que ellos habían hecho. Todos parecían haber tenido perro, o tener perro, o querer tener perro. Algunos de ellos, no pocos, también llevaban tatuajes y abalorios que tachonaban sus caras. Ninguno de ellos parecía tener mayor interés por quienes les rodeaban. De vez en cuando, en las noches más benignas, cantaban y daban palmas sin ningún ritmo. No parecían saber ni cantar ni dar palmas, pero se afanaban en hacerlo como si fueran gitanos, más no lo eran en absoluto. Algunas de sus mujeres pretendían parecer féminas de infarto, más no lo conseguían por mucho que mostrasen poco pudor en el vestir. Tampoco ellas parecían tener interés alguno en las mangas. Las mangas yo las considero muy importantes y las he llegado a considerar como un baremo de civilización. Este queso está muy bueno y si pudiera ser me comería otro plato. Todos tenían perro y parecían no querer cumplir con ninguna ley establecida. Iban al margen de todo. No eran tampoco especialmente contrarios al sistema. Este sistema que reinaba a su alrededor les importaba muy poco. No tenían interés por nada. Pero algo ocultaban, algo que no era sano. No llevaban mangas, casi ninguno de ellos. Ropa deportiva, sin mangas, cabello corto, maneras de ídolo deportivo, sin mangas, con un perro muy grande y muy fiero que muchas veces tiraba de ellos con violencia. Ellos me dieron miedo en alguna ocasión pero no podía yo dejar de mirarlos. El tiempo durante el que estuve con ellos quise hablar de alguna manera con quién yo pensé que podía ser el jefe, pero no me atreví. Tampoco parecía que el que hacía gala de mayores dotes de mando tuviese más dotes que esas. No hablé con ellos. Me lo pusieron difícil pero finalmente conseguí quitarle a uno de ellos una camiseta sin mangas que aquí muestro. En cuanto la veáis todos, la podemos quemar'.

lunes, 3 de junio de 2013

Círculo Projorelov III

El día 8 de febrero recibimos una invitación para asistir nuevamente al XV Congreso de Clubes Viajeros de Europa. Reunidos en comisión, decidimos enviar una delegación de cinco miembros a dicho encuentro, al que solíamos acudir desde nuestra fundación. Este XV Congreso se iba a celebrar en Astrakán e iba a versar sobre el espíritu viajero, sobre la vocación del aventurero y sobre si el viajero nace o se hace.
Los delegados al congreso éramos Venancio Orantes, Horacio Veredas, Vardas Chocras, Cerúleo Dorivas y yo mismo. Arribamos a la ciudad tras un interesante viaje en ferrocarril, que mereció múltiples comentarios por la cantidad de vicisitudes que se dieron y los sucesivos problemas que tuvimos que superar, pero finalmente allí llegamos y el presidente del Club de Amigos del Viajes ruso nos recibieron entusiasmados, como siempre. Vadim Federovich Artamelov, el dicho presidente, nos preguntó, como hacía cada año, por el origen de nuestro nombre y, como todos los años, todos dimos versiones contrapuestas, sin llegar a ningún acuerdo y dejando nuestra denominación como todos los años, sujeta a misterio.
Así que llegamos al lugar del encuentro, el Palacio de Congresos de Astracán y saludamos a nuestros colegas y compañeros de vicio de todos los lugares del mundo. Con muchos de ellos manteníamos contacto, correspondencia, amistad y buena armonía. Con otros, una cortés indiferencia, derivada más de una ausencia de puntos en común y de que no había surgido la oportunidad, que por cualquier otra cosa. Y finalmente, allí estaban los de la Asociación Robert Louis Stevenson.
Ya en los dos congresos anteriores habíamos tenido algún que otro roce con ellos, sin que ni ellos ni nosotros supiéramos a qué se debía esa cierta inquina que nos manifestábamos. Quizás porque veníamos de ámbitos geográficos cercanos, porque algún miembro de nuestro grupo había sido el fundador de su club, porque nos tocaba siempre sentarnos unos cerca de otros, o simplemente, porque eran unos completos hijos de puta.
Dicho esto, y llegado el día, nos encaminamos tras un esplendoroso desayuno en el Hotel Pushkin hacia el dicho Palacio de Congresos y doblando por Shevchenko nos encontramos con los de la Asociación, con sus característicos parches en el ojo, como vulgares payasos, y decidimos transitar cada uno por una acera para no mezclarnos. Al llegar a la puerta del Palacio de Congresos nos dispusimos a entrar toda vez que saludamos al presidente señor Artamelov, al vicepresidente señor Ponomeriansky y al presidente de la Asociación Mundial de Viajeros el señor Hamed Ahmad ben Trebzen. Íbamos a entrar cuando justo en ese instante, por la misma puerta, quisieron entrar los de la Asociación. Que si perdone usted, que si no es necesario empujar, que si está usted siendo algo insoportable, que si no le importa a su excelencia apártese un poco, que si no haga tapón, que si a quién has llamado tapón, que si al final me voy a tener que cagar en su puta madre de usted.
Y liamos una que nos tuvieron que dejar fuera del Congreso y no pudimos asistir ni ellos ni nosotros, y el señor Artamelov nos echó un broncón en ruso que para qué.

jueves, 30 de mayo de 2013

Círculo Projorelov II

No lo conocí entonces y lo conozco ahora. Veladio Urceta. Cuentan que fue uno de los fundadores del Círculo Projorelov y que se desvinculó de él hace tiempo por serias desavenencias con alguno de los miembros del mismo que posiblemente tuvieran origen en una desmedida afición a contar viajes que otros habían hecho atribuyéndoselos a él mismo. Él juraba y perjuraba que no, que esos viajes eran suyos, que él había estado y que él había vivido exactamente aquello que contaba pese a que los oyentes eran, realmente, los protagonistas de una historia que ya habían vivido en sus carnes. Los mismos caminos, los mismos puertos, los mismos labios carnosos de mujer morena, todo igual. Siendo yo ya miembro activo del Círculo Projorelov, se nos presentó un día un señor mayor, muy mayor, que de ninguna manera parecía un posible candidato a pertenecer al Círculo Projorelov. Era Veladio Urceta, que venía a preguntar ‘para volver a apuntarse’. Como quiera que hacía ya muchos años de su turbulento abandono, decidimos hacer borrón y cuenta nueva e inscribirlo nuevamente como miembro. Incluso le pedimos que dedicase un día, qué narices, una semana a contar qué aventuras había vivido durante todos esos años que había estado apartado. El señor Veladio Urceta estuvo de acuerdo y quedamos en que a la semana siguiente vendría a darnos una serie de conferencias sobre sus viajes.
El día convenido, Veladio Urceta, apareció muy atildado y con una vieja agenda o bloc de notas bajo el brazo y tras pedir que durante todo su relato estuviera siempre a mano una botella de vino blanco bien fresquita, se dispuso a contar sus historias. 
Abrió aquel bloc de notas y:
- El primer día nos contó que había intentado atravesar andando el desierto del Taklamakan, sin más ayuda que un par de camellos que llevaba para transportar vituallas varias y sin compañía humana, pero se dio cuenta de que, en llegando al punto de partida, aquel era un desierto frío y que los camellos iban a servir de poco. Vendió los camellos a un grupo de gitanos y se dispuso a la travesía, en la que empleó dos años, se casó con una nativa, estuvo con ella seis meses, vivió con los lugareños y sin saber cómo un día se encontró andando de nuevo hasta que llegó al punto de llegada. Exactamente el mismo relato de viaje nos había hecho Dorada Feriantez, esposa del señor Feriantez, pero ella sin boda con lugareña sino tórrido romance con un uigur de dientes de oro. Todo lo demás era igual. Nos escamó.
- El segundo día narró con todo lujo de detalles una estancia de meses en Djibouti, con sus excursiones a Etiopia, a Somalia, su búsqueda del Arca de la Alianza, una pelea a muerte con un descendiente de la reina de Saba, su iniciación en los ritos de los judíos etíopes y toda suerte de viajes en barquito velero por el océano Índico gracias a haber trabado amistad con un pirata arábigo de nombre difícil de recordar. Su relato era, punto por punto, igualito al que nos contó en su tiempo y está registrado como todos en nuestra biblioteca, la señora Frederica Frederiquez, viuda del magno y emérito miembro del Círculo Projorelov, don Frederico Gómez. Dos escamaciones seguidas.
- El tercer día, churrepeteando desaforadamente la copa de vino, nos contó con los ojos encendidos, un viaje terrible por la baja Andalucía, a lomos de una mula torda, durmiendo entre olivos, platicando con los serranos, trabajando en cortijos, toreando desnudo a la luz de la luna lunera, tocando la guitarra junto a unos gitanos y enamorándose de una morenilla de nombre Conchuela y escapando por los caminos con ella mientras la Guardia Civil los perseguía sin descanso. Ni que decir tiene que excepto por lo de la Conchela, que en el caso del relato de la señora Pomponia Feréstega se llamaba Inmaculado, el cuento era el mismo que el de dicha señora nos contó en su día. 
. El cuarto día, y definitivo, don Veladio Urceta nos estaba contando que había congeniado con una tribu de tuaregs que le iban a enseñar las ruinas de una antigua ciudad romana construída casi en el Senegal cuando entre el público doña Serralada Felgueras se levantó hecha una furia y le gritó 'ladrón!', y tuvimos que suspender la conferencia. 
Don Veladio Urceta, cuando doña Serralada Felguera le espetó lo que le espetó, entornó sus viejos y cansados ojos y susurró... 'qué hermosa está doña Serralada'. 
Cogió su bloc de notas y se largó y nunca más lo vimos en el Círculo Projorelov.