sábado, 17 de enero de 2026
La empresa de sillas - Tim Robinson
Decíamos ayer que la cosa está fatal. Pero tan fatal como para que haya una serie como La empresa de sillas. Tan fatal como para que la propia sociedad estadounidense se exponga a un retrato tan devastador como el que nos ofrece este despropósito protagonizado por un Tim Robinson dispuesto a hacernos llegar al límite y más allá. No, no he visto nada de su trabajo anterior, no le conozco de SNL ni de las series de Netflix, llegamos a esta serie desde la perplejidad y nos vamos de ella aterrorizados ante lo que puede ser un cúmulo de despropósitos mayor en una segunda temporada. El argumento bien podría ser de una peli de los hermanos Cohen: un ejecutivo de una empresa de una ciudad norteamericana, sufre un percance un tanto idiota durante la presentación de un proyecto de centro comercial. La reacción de este sujeto al percance, debajo de su mesa del despacho, pataleando como un chaval de diez años emberrinchado, así como toda la gestualidad que va desarrollando nos indican que vale, que parece Cohen, pero algo no va bien. De hecho ya nada va bien. El ejecutivo cree que ha descubierto una trama relacionada con las sillas de oficina y a partir de ahí se relaciona con personajes diversos de la ciudad. Hay subtramas relacionadas con su familia, sus hijos, la esposa, una familia bien, pero no alcanzas a entender cómo ese sujeto llamado Ron Trosper (tróspido... es que claro) ha llegado a algo en la vida si es que es profundamente gilipollas, insoportable, idiota y yo que sé. Y la propia familia acaba teniendo también algo raro y si no es la familia son los suegros y si no son los suegros es el jefe de la empresa y si no los amigos del jefe de la empresa y si no cualquiera que aparece en pantalla o que no aparece como esos cómicos que lo único que hacen es gritar frases de película porno o de gente que ve películas porno y si quieres porno incluso hay una felación al final de un episodio de manera absolutamente gratuíta y no sales nunca de tu asombro ni de la estupefacción ni de me cago en la puta nen qué mierdas estamos viendo y quién ha sido el cabrón que nos dijo que esta serie a lo mejor... No, no, lo recuerdo perfectamente, nos dijo: estoy viendo una serie que es rara y llevo tres episodios y dije, venga, y en el Rock de Lux la ponían también de las mejores y te acabas fiando de cualquiera o de quien tú crees que debe tener criterio y deberías tener criterio y la pregunta que te haces es porqué has tenido que aguantar hasta el final de la serie. Por qué has tenido que ver todos los episodios y constatar que era un disparate del calibre de que lo único que te viene a la cabeza es a Homer Simpson dando vueltas sobre si mismo en el suelo durante ocho episodios de media hora. Estamos hablando de algo más o menos así. Y te ríes, claro. Y hay veces que te ríes de verdad. Pero hay muchas veces que te ríes porque no das crédito. Y este es el mundo en el que vivimos. Y la música, esa continua mezcla de canciones de 'padre e hijo', junto a Yacht Rock que todo lo hace todavía más ridículo para combinarlo además con una música entre metal y electrónica para los momentos trepidantes. He echado de menos que sonara I'm Afraid of americans de Bowie. Mucho. Como decíamos ayer, es para no dar crédito.
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