miércoles, 10 de junio de 2026

Viejos cuentos centroeuropeos


Soy una persona de esas que creen que no les pasa nunca nada. No tengo la sensación de que sea alguien a quien conozca demasiada gente, pero sí que tengo la certeza de que esa gente que me conoce no me quiere bien. Si repaso las cosas de mi vida, los hechos relevantes, los momentos en los que mi cabeza ha asomado entre la multitud, no ha sido para recibir el aplauso, sino más bien para generar controversia. Así que prefiero siempre mantener un perfil bajo, no destacar, estar al margen. Hace unos días, volviendo de una representación teatral en el Salón Jaruszelski de la singular obra del maestro Bondarek 'Las moscas del recuerdo', sentí una cierta indisposición. Indisposición que ya había notado nada más salir de casa y que se fue acentuando a mi pesar durante la representación y que de manera salvaje creció dentro de mí hasta ser realmente insoportable. Y ahí se desarrolló en mi cabeza una idea, totalmente fuera de lugar, pero que consideré plausible porque es que no podía más. Cagar en cualquier sitio. No era tarde, tampoco temprano, no estaba lejos, pero no pasaba nadie. No era de recibo, pero no podía arriesgarme a hacérmelo encima. Pensé en ti. En ti presentándote delante de mí y pillándome en cuclillas y yo muerto de vergüenza siendo tú, precisamente tú, quien me atrapara en esa situación. Pero tú, era imposible que tú aparecieras por allí, pese a que si lo piensas pasa y que en mi cabeza estaba pasando cuando me quise dar cuenta estaba más o menos oculto junto a aquella escalera por la que de repente te vi bajar. 

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