viernes, 9 de enero de 2015

El salvaje o éste

Recogiendo un poco esto después de un tiempo sin mirar, hemos visto que nos ha llegado un ejemplar de un curioso libro editado por Grimonia y titulado 'El salvaje o éste', que recoge nuevos relatos de Fruman Koppett, del que extraemos precisamente el primero en la lista, porque no hemos tenido tiempo de leer más y porque con éste creemos que ya está todo dicho.
'Mis antepasados provienen de una legendaria estirpe de salvajes que reinaron en los más agrestes territorios del reino. Todos mis ancestros han sido catalogados como personas sin conocimiento, absolutos animales, bestias sin razón, gente que no contaba si no para asegurarse el resto de que no estaban cerca y podía avanzar la civilización sin la amenaza de su concurso. Unos cafres de cuidado. En nuestros territorios, vivíamos como podíamos. Sí, efectivamente, éramos nosotros los amos del territorio, los reyes, los emperadores. Nos autocatalogábamos con títulos rimbombantes que copiábamos de los que escuchábamos que ostentaban nuestros vecinos, pero no éramos más que brutos sin corazón ni sentimientos que cometíamos todas las salvajadas que el ser humano parecía haber desterrado ya de su acontecer cotidiano. Nosotros todavía... en fin, nosotros todavía todo lo que ya no, mientras que el mundo avanzaba por otro lado. Pero eso sí, nosotros en nuestro rinconcito del mundo, o en nuestro vasto reino, según como fuera la contienda que nos enfrentaba con el resto del orbe, éramos felices. Mis antepasados eran salvajes, pero salvajes contentos. Y viéndonos entre nosotros, nosotros nos entendíamos, y nuestras salvajadas eran asumidas como normales y de padres a hijos nos relatábamos con gruñidos y golpes historias torpes de muertes sin sentido, violaciones, sangrías, orgías infinitas entre familiares, degollinas por diversión, matanzas de entretiempo, incendios, manipulaciones, barbaridades, más carnicerías... al final he tenido que contarlo.
Esos eran mis antepasados. Pero yo no. Yo ya no soy así. Una rama de mi familia salió de todo eso. Vagamos sin rumbo durante muchos, muchos años, atravesando territorios, continentes y yo diría que hasta universos enteros, buscando un lugar en el que empezar de nuevo. Empezar como la gente normal. Desterrando nuestras costumbres bárbaras, nuestro salvajismo que muchos quieren hacernos creer que es genético. Perdidos prácticamente para siempre, finalmente, los supervivientes de nuestro vagar llegamos a una ciudad en la que nos acogieron sin preguntar. Comenzamos a residir en un edificio del extrarradio. Trabajamos como trabajaban los demás, aceptamos todas las normas que nos impusieron, seguimos exactamente todos los preceptos que nos indicaron como indispensables. Incluso aceptamos vestirnos con sus ropas. Nosotros, los salvajes.
Yo ya no soy así. He conseguido el puesto de Director Ejecutivo de una empresa de Consulting para Brands y gestiono los proyectos empresariales como auditor para un grupo de empresas todopoderosas en el ramo del hilado fino de carretes. El otro día fui a un Cocktail con otros directivos y alguien preguntó por una persona que debía parecerse a mí o que se llamaba como yo. Uno de los presentes me señaló y preguntó 'el salvaje o éste'. Años y años de vagar y pulirme.
No quedó ni uno. No queda nadie ya.'

jueves, 8 de enero de 2015

Riéndonos de todo hasta morir

¿Podemos hacer broma de todo? ¿Podemos reírnos de las creencias de los demás? ¿Deben aceptar esos otros que sus creencias son susceptibles de ser tomadas a chufla?
Doce personas han muerto en el asalto de ayer a Charlie Hebdo a cargo de dos franceses que no aceptaban que se rieran del profeta Mahoma. La revista Charlie Hebdo lleva años riéndose de todo tipo de creencias y de personas e ideologías. Aceptar que haya gente que no comparta nuestro credo es la base de una sociedad tolerante. Aceptar que haya gente que se ría de nuestro modo de vida, es fundamental para que haya convivencia. ¿Tenemos que aceptar también para que haya convivencia que hay temas de los que no debemos reírnos porque son demasiado sensibles para una porción de la población? Supongo que personalmente me decanto por aceptar que nos podemos reír de todo y de todos. Que si quiero poder criticar a alguien por su acción, por su forma de actuar, por su forma de pensar, tengo que aceptar que otros se rían de lo que yo hago y pienso. Es lo que hay. La libertad de expresión.
No estoy demasiado suelto en este tema. Yo también soy Charlie Hebdo. A mí también me gusta reírme de los demás. A veces de forma muy directa, otras veces de forma velada. Me encanta. Porque normalmente el común de los mortales se ha reído de los que piensan como yo. Si hay algo que les jode, como decía la canción, es el vernos bien contentos. Riéndonos. De ellos. La risa es otra forma de enseñar los dientes. Y hace daño. Hace tanto daño que hay gente que es capaz de matarte sólo por que te ríes. De ellos, de él, de lo que sea.
Doce personas han muerto en un atentado en París. Un ataque a la Europa civilizada y crítica. A la Europa que se ríe. Los que han matado también son Europeos, nacidos en Francia, y sin embargo, en su escala de valores no entra aceptar que se rían de su religión. Aquí, hasta hace poco, tampoco hemos aceptado esto de buena gana. En algunas partes de Europa todavía se ha estado matando gente por un motivo de orden nacional hasta hace bien poco. Importan tan poco esos muertos que no sé si sigue habiendo combates en Ucrania o no. En Yemén acaban de decir por la tele que ha habido un atentado y han muerto treintaytantas personas. Un desastre. Pero son otros muertos.
Informan de represalias, de ataques a centros de culto, de que detrás de estos dos cabrones que rematan a sangre fría al policía francés y musulmán en el suelo, hay más. Y sale Le Pen y dice que basta de eufemismos. Y sale un francés con sombrero y dice que algo hay que hacer. Y a mí me da terror que aprovechando una cosa y la otra, nos prohíban reírnos. Que tengamos miedo de reírnos. De ellos. De nosotros mismos.

martes, 6 de enero de 2015

Llorando en la masa


El otro día, en una conversación que iba y venía y en la que me encontraba un poco con el gancho intentando ver dónde podía meter baza, una de las personas que se encontraba en la mesa interpeló a otra a cuento de que iba a ver la Cabalgata de Reyes Magos o no. Las circunstancias en las que iba a ir a ver la Cabalgata no son de nuestra incumbencia, pero sí que me llamó la atención lo que contó sobre su comportamiento en las celebraciones multitudinarias, concretamente en las manifestaciones.
'Lloro, no lo puedo evitar. Lloro en las manifestaciones, lloro cuando veo a gente que tiene un sentimiento compartido, que está en un mismo sitio reclamando algo en conjunto, lloro. Sea la manifestación que sea, no lo puedo evitar, la emoción empieza a embargarme y lloro. No hace falta que esté yo presente, que forme parte de los manifestantes. Me ocurre, por ejemplo, en manifestaciones de estudiantes. No hay nada que odie más que los adolescentes, y, sin embargo, hace unos meses pasó a mi lado una manifestación de estudiantes y a los pocos minutos ya estaba llorando. Es algo que no puedo evitar. Sólo me ocurre en estos casos. Por ejemplo, cuando voy a festivales o conciertos, no me pasa, porque ahí no hay gente que esté compartiendo esa emoción, esa defensa de algo. Y claro, tampoco me pasa en la Cabalgata de Reyes'.
Inmediatamente, como soy una persona que se precia de captar las conversaciones y anécdotas interesantes y con ello sacar algún tipo de historia, registré para mí que esa era una buenísima manera de enganchar algún tipo de relato. Que quizás lo podía también combinar con algo que extrajera de la propia Cabalgata de Reyes a la que pensaba acudir.
Así que ayer fui a la cabalgata pensando que de cualquier cosa podría yo obtener algún dato, alguna cosa que me ayudara a hacer algún relato en el que el o la protagonista también alcanzase algún tipo de clímax emocional viendo llegar a los Reyes Magos a la plaza del pueblo o algo así.
Y allí estaba yo, plantado en la plaza de la Vila, con la cámara del móvil echando humo, enviando fotos espantosas como ésta mismo sobre lo que estaba ocurriendo y la llegada de los diferentes personajes de la cabalgata cuando de repente, al otro lado de la valla, vi algo que me llamó la atención.
Al otro lado de la valla, en el otro lado, en el lado opuesto al que yo me encontraba, estaba yo también. Pero era yo de pequeño. Al otro lado de la valla estaba yo con ocho años, con siete años, con seis años quizás. Mis padres me llevaban a la Cabalgata y me animaban a que cogiera caramelos. Y yo, con ocho años, con siete años, con seis años quizás, lloraba completamente emberrinchado porque no quería coger caramelos, porque no quería que me dijeran nada, porque no quería que los otros niños me vieran llorar.
Y yo, en este lado de la valla, con el móvil en la mano, no lloré, pero me faltó poco.  

lunes, 5 de enero de 2015

Círculo Projorelov XX

Orson Vélez tenía el cariño de todos nosotros. Muchos pensábamos que, ciertamente, Orson jamás había salido de nuestro país. Del país en el que se encontraba el Círculo Projorelov. De aquel país que si no recuerdo mal ya hemos hablado en alguna otra ocasión. No recuerdo. En fin. Sea como sea, Orson Vélez nos gustaba a todos. Era una persona tranquila, calmosa, que explicaba sus viajes de una manera pausada, sin levantar nunca la voz, sin hacer aspavientos o intentar imitar acentos locales. Claro, cómo los iba a imitar si todos pensábamos que jamás salió de aquí. En aquel tiempo habíamos pasado una mala racha con las visitas. Muchos de los viajeros se iban haciendo viejos y no parecía que hubiera jóvenes dispuestos a seguir frecuentando nuestro Círculo. Nuestros últimos visitantes se habían mostrado bastante poco atractivos. Unos contaban historias que nos sonaban a historias contadas. Otros ponían demasiado énfasis en lo ornamental y tenían poco fundamento. Algunas nos sonaban directamente falsas. Y no nos importaba, jamás nos importó, en el Círculo Projorelov, que las historias fueran ciertas. Pero siempre pedíamos un mínimo de cariño por lo que el viaje representa, por ir y moverse y conocer y querer lo que se ve y lo que se siente. Al menos eso. Por eso, nos extrañó que Orson Vélez llegase aquel día un tanto mustio. Bastante mustio. Cuando apareció por la puerta yo mismo pensé, bien, por fin una historia que merece la pena después de tanto tiempo, pero al ver su rostro, algo me hizo sospechar que iba mal. Su sonrisa era forzada. Sus ojos estaban apagados. Algo había pasado. Caminó hacia el estrado pero esta vez prefirió sentarse en uno de los butacones más cómodos. Estaba cansado, repetía con voz casi inaudible. Comenzó su relato diciendo que 'perder la ilusión por lo que más te gusta, es quizás el momento más triste de la vida de cualquiera. También puede serlo de la mía. Me gusta viajar porque siempre pasa algo interesante. Me gusta el preparativo, la compañía, el trayecto, el trazado, pararme, perderme, sentir que no estoy donde debería estar y que, a la vez, estoy donde debo estar. Pero esta vez, algo me ha pasado que me ha hecho sentir espantosamente mal. He visitado un lugar horrible. He estado en ese lugar que habita la Gente que no Merece la Pena Conocer. No me pregunten cómo llegué hasta ahí. No quieran saber de qué manera llegué a esa nación. Ni siquiera les gustaría saber dónde se encuentra ese espacio habitado por personas a las que no quiere nadie. A las que nadie busca. Personas que están en el limbo. Gente de todo tipo y condición, olvidadas de los demás. Olvidadas de sí mismos. Gente a la que nadie reclama. Gente que se perdió, que se fue, que siempre estuvo en el mismo sitio y de la que nadie tuvo noticia. Personas en las que nadie reparó. Amigos a los que nadie preguntó qué les ocurría. Gente en la que nadie se fijó. Los hay buenos y los hay malos. Hay personas que se lo buscaron y que tampoco tuvieron oportunidad par ala redención y otros que no hicieron nada y se quedaron allí. No sé cómo puede haber un lugar tan triste. Juro que no tengo resguardo del billete que me llevó hasta ese lugar. No puedo entender de qué manera me desplacé hasta ese país. Gente que no hacía nada. Gente que hacía muchas cosas y a la que nadie le alababa el quehacer. Gente que pasaba al lado de otra gente y que entre ellos mismos no eran capaces de reconocerse, de estimarse. Gente que había asumido que eran Gente a la que no Merecía la Pena Conocer. Gente olvidada por ellos mismos. No creo haber sabido a qué se dedicaban todos ellos. No puedo hablar de cuál era su sector productivo principal. Es indiferente. A quién le puede importar. Gente así, que no ha podido aportar nada, que no ha sabido hacerlo, que no lo hará ya nunca. Gente a veces triste, si, consciente de su condición, sí, y otra gente alegre, que todavía lucha por recibir algo. Había de todo. Y sin embargo estaban todos allí, nadie se fijaba en ellos. Los viajeros que allí llegábamos a parar, no nos interesábamos por nada. No nos llamaban la atención. No nos parecían interesantes. Qué tenían, por Dios, para que no Merecieran la Pena. Porqué me sentí tan triste cuando me marché de allí. Qué sentí. Porqué tengo la sensación de que tengo que volver y quedarme...'.
Y se quedó ensimismado durante un buen rato. Nos quedamos nosotros también todos callados. Tardó un buen rato en levantarse y con pasos cansados salir del Círculo Projorelov para no volver a verle nunca más. Yo creo que Orson Vélez no puede estar allí. Pero claro, pensando... igual ya estamos allí.  

domingo, 4 de enero de 2015

Deportivo 1 - Athletic Club 0. Fiebre del sábado noche

El balón viaja por el aire. El balón describe un recorrido por el aire, pasando de ser golpeado por una cabeza de origen vasco a otra cabeza que puede ser de otra persona de origen vasco o navarro o bien de cualesquiera nacionalidad. El balón viaja por el aire. El balón ahora lo tiene el equipo vasco, ahora lo tiene otro jugador del mismo equipo vasco que no se entera de que tiene que hacer algo con el balón. El balón lo tiene de repente un jugador del equipo gallego. El balón se desplaza por el aire. El balón vuela. El valón vuela. El balón es golpeado con furia hacia delante. El balón lo tiene ahora el equipo gallego. El balón vuela de nuevo por el aire. El equipo vasco lo recibe y lo vuelve a enviar hacia delante. Pero con menos fuerza. El balón va por el aire. Desplazándose de forma poco armoniosa. No suena la música cuando el balón viaja por el aire de Riazor. El balón surca los cielos. Los jugadores saltan y chocan entre sí. El balón golpea otra cabeza de un jugador. A los pocos minutos de comenzar ya no hay orden y no hay concierto. El balón se muestra indomable. Parece que hay poco césped en el campo. Parece que el balón no debe tocar el suelo. Los jugadores vascos hacen ver que combinan entre sí, pero es mentira. Los jugadores del equipo gallego chocan entre sí, entre ellos mismos. Con los jugadores vascos, también. Chocan, saltan, cabecean. El balón sale despedido a veces hacia un área o hacia el otro área. Borja Viguera se encuentra dos veces con el balón en posición de marcar gol. Pero por motivos que no hemos conseguido desentrañar no lo consigue. El balón se mantiene siempre en el aire. A veces cae, pero Borja Viguera no lo sabe. El balón sigue flotando. Ander Iturraspe no ha venido a jugar, aunque esté de cuerpo presente. Óscar de Marcos pugna por parecer que, pero en realidad no. El balón no deja de botar y rebotar. El balón salta, los jugadores saltan, el fútbol es algo que parece que alguna vez ocurrió en otra parte. El balón no deja de saltar. De repente, un jugador portugués del Deportivo sale corriendo celebrando un gol. El árbitro considera que si eso ocurre es que ha marcado un gol y entonces el Deportivo va ganando. El Deportivo ha marcado un gol sin que nadie se haya enterado. El Athletic continúa intentando saltar y chocar y rebotar como lo hacen los demás. La segunda parte sigue siendo igual de entretenida. Si acaso, algo más, ya que el Athletic decide que 'hay que dejarse de romanticismos' e ir a por el partido. Más balonazos. Más saltar, más chocar, más rebotar. El equipo gallego no sabemos qué está haciendo en el campo, pero chocan más, saltan más y rebotan bastante mejor. Nadie tira a puerta. Nadie parece saber qué pasa. No suena la música celestial. No suena nada. El campo parece que está peor porque todo el mundo decide que el balón debe ir aún más arriba. Saltar, saltar, chocar. Sale casi al final Iñaki Williams. Parece que va a marcar un gol pero algo ocurre que en vez de picar el balón lo tira arriba. Y ya está.
Y habrá gente que se quede en su casa viendo La Sexta Noche y piense que está perdiendo el tiempo.

viernes, 2 de enero de 2015

Dues dones i una ciutat assetjada - Pere Riera

Incontinencia, pocas ganas de hacer lo que realmente tengo que hacer, llámenlo como quieran. Pere Riera es el director de esta obra teatral que emitieron ayer por la tele. Una obra que en su momento tuvo mucho tirón mediático por aquí y que, adivinen, no fui a ver. La oferta televisiva ayer la hacía competir con Underground de Kusturica, El Método Gronholm... pero no sé porqué me enganché a ver esta obra. Y eso que no tenía yo muchas ganas de teatro y menos de teatro con Guerra Civil de por medio. Normalmente el tema Guerra Civil me pone de mal humor, así que prefiero ahorrármelo. Pero amigo, sale Emma Vilarasau y contra eso no se puede luchar.
La obra va de lo siguiente. En la Barcelona de la Guerra Civil, bajo los bombardeos alemanes e italianos que ayudan a Franco a machacar a la población civil para mermar la moral y sobre todo, hacer carnicerías sin cuento y sin responsabilidad jamás nunca, una familia intenta sobrevivir. Una familia digamos bien. Nos enteramos que al pater familias lo han matado al inicio de la guerra al quemar la fábrica que dirigía, todo y que era una persona progresista y tal. Así que los designios de la casa los rige Núria, inconmensurable Miriam Iscla, actriz a la que conocemos de series como Jet Lag, por ejemplo. Pedazo de actriz. Ella, como decimos, es una mujer dura, poco dada a las alegrías y que intenta que su hijo adolescente, su hija, su suegro y lo que venga no se desmanden demasiado. No se hacen demasiadas preguntas ideológicas. En la casa vive también un pintor, que no sé porqué vive allí, la verdad, debe estar realquilado o algo, que sí que es republicano y tiene ideales y tal. El resto de la familia, pues sí, los franquistas son unos cabrones, pero los otros también han hecho mucho daño. Hay un personaje que lo tiene más claro, el novio de la hija, Simó, interpretado por Joan Carreras, que tiene un hermano que va a perder una pierna por los bombardeos y se muestra ya cansado de guerra y pensando que los republicanos son unos inútiles y han provocado todo este ruido y que la guerra tiene que acabarse ya y que ganen los otros y se acabe esto de una vez. Todo este follón.
En estas llega Elena, personaje de Emma Vilarasau, que fue muy amiga de Núria hace un tiempo pero que se las tiran a matar. Elena quiere ser cariñosa con Núria, pero esta no se deja. A Elena la quiere todo el mundo, porque se hace querer. Es actriz, viene de triunfar en Francia, y canta y baila y tiene a la familia contenta. Anima a la hija de Núria a que toque el piano y cante. Anima al hijo a que escriba. Anima a la gente a que haga cosas. No es fácil encontrar a gente así. Durante toda la obra hace esfuerzos para animar el cotarro y, al mismo tiempo, para convencer a Núria de que deben irse de la ciudad, que así no se puede vivir, bajo los bombardeos, con la escasez del racionamiento, con el miedo en el cuerpo. Pero Núria no quiere irse.
La obra está muy bien. Porque las dos actrices principales, junto con Nati, interpretada por Pepa López, lo bordan. El resto de actores y actrices muy bien también. Joan Carreras no sé cómo lo hace que tiene la virtud de caerme mal en todos los papeles que interpreta sea donde sea. Es una cosa a tener en cuenta. Como decimos la obra avanza y los bombardeos se suceden. El suegro, el Senyor Vila, tiene un amago de infarto, el hijo se quiere alistar, la hija tiene movidas con el novio que está cada vez más desequilibrado. Al final el hermano de éste se suicida y lo acaba de chalar del todo. Cuidado.
Elena y Núria siguen con el tira y afloja. No sabemos qué pasa entre ellas, qué tienen, porqué se fue una, porqué le tiene tanta tirria la otra. Más o menos vamos desentrañando las cosas, pero no queda claro. Se quieren, se nota, se tienen aprecio, pero la una no puede entender que la otra no haga lo que debe hacer. Una, haberse quedado en Barcelona con ella, la otra, que no se vaya con ella.
El bombardeo final. Ambas bailan un tango y se nota que se quieren mucho pero que una no puede convencer a la otra de nada. El chalado del yerno se zumba del todo, como decimos y en un arrebato aplasta los dedos de la novia mientras toca el piano, agrede al hijo, quiere mandarlos a todos a la mierda y que ganen ya los franquistas y que... antes, mucho antes, Elena da una clave. Ella había sido republicana, lo sigue siendo, muy activa y luego se tuvo que ir. Dice la frase 'riure és una altra forma d'ensenyar les dents'. Reír es otra forma de enseñar los dientes. Lo dice porque no sólo se combate con las armas y dando mítines, si no también con la risa y haciendo feliz a la gente. No es mala. De hecho es la mejor. Es la idea. No es otra cosa.
Al chalado no le sirve, como digo, la arma de tal manera que se vuelven todos tarumba, justo en un momento en el que estaban todos felices intentando pasarlo bien. Bombardeo de nuevo. Recio. Elena hace la última advertencia, vámonos, vámonos todos. Sí, no, no nos vamos, yo me quedo, yo no me puedo ir, vente conmigo, etc.
Elena se confiesa. Mi casa eres tú.
Y las dos esperan abrazadas la llegada de la última bomba.
Qué final más bonito.
Merece la pena quedarse tres horas viendo la tele. Merece la pena aplicarse el cuento.

El piano - Jane Campion

En realidad de lo que voy a hablar es de media película. Empecé a ver El Piano cuando ya llevaba creo que más de media hora de película, por no decir una hora de película, empezada. Sin embargo, lo que vi me gustó tanto que me dije, qué narices. El Piano es una película de la directora Jane Campion y tiene ya unos cuantos años. Es una de esas películas que se convierten en un fenómeno de temporada, que todo el mundo tiene que haber visto y que, sin embargo, servidor jamás había visionado, ni disfrutado en consecuencia. ¿Por qué? Pues porque yo que sé.
Cuando empiezo a ver la película, la historia va por donde sigue. Están en un teatro, viendo una representación donde suena un piano, precisamente. Está sentado Harvey Keytel con su cara rayada como un maorí y dos asientos más para allá, Holly Hunter y Sam Neill a su lado. En un momento, Sam Neill coge de la mano a Holly Hunter, Harvey Keitel se da cuenta, se levanta y se va. Yo en ese momento me hago la composición de lugar. Parece que el personaje de Keitel, que se llama Baines, debe ser algo rudo, o tosco, o asilvestrado y se ha enamorado o le gusta Edda, que es como se llama el personaje de Holly Hunter. Pero Edda está con Sam Neill. Edda es muda. No habla, aunque Sam Neill y Baines hacen esfuerzos para que hable. O creen que no habla porque no quiere. No recuerdo cómo se llama el personaje de Sam Neill. La escena sigue con la representación teatral, dándose una situación curiosa, ya que los maorís presentes entre el público no distinguen entre realidad y ficción. Así, cuando uno de los personajes dice de matar a su mujer adúltera, los maorís se lanzan al escenario a liarla parda.
Edda va a casa de Baines a tocar el piano. Al cabo de un rato, Baines le propone, en pelotas, a Edda que quiere echarse con ella desnudos los dos y que le pagará por ello. Muy bonito. Ella accede. A ver que me entere yo.
Resulta que, según dice el argumento, Edda viene de Escocia a casarse con Sam Neill en Nueva Zelanda. Ella viene con su piano, pero el piano no se lo puede llevar a casa con Neill y éste se lo vende a Baines, que más o menos contrata a Edda para que le toque el piano y él a cambio la pueda tocar también. Claro, ya está el lío montado.
A Edda le gusta Baines. Está casada con Sam Neill, que parece una persona trabajadora y eso, pero que no le toca el cuore realmente a Edda. Edda tiene una hija pequeña, que hace de intérprete de ésta con el mundo, Flora, una chica que lo hace muy bien, y ésta mete la pata con bastante facilidad. Debe preferir a Sam Neill antes que a Baines, porque Neill parece más formal y a los niños no les gustan los problemas. Con Baines la cosa va creciendo y Edda está contenta. Neill intenta que ella le quiera a él, pero no lo consigue. Neill se entera de lo de Baines y le prohíbe seguir viéndose con él, además Baines le da el piano, ya no tiene que ir a su casa para nada. Ella intenta estar bien con Neill, tocándole y poniéndole como una moto, pero la cabeza la tiene en otra cosa. Baines decide irse de Nueva Zelanda. Edda le manda un mensaje. 'Mi corazón te pertenece'. La hija, encargada de enviar el mensaje, con toda la mala idea, se lo entrega al marido y éste monta en cólera. Coge el hacha y le atiza al piano, pero además... uf. Qué escena. Se la lleva y parece que le va a cortar la cabeza, pero no, le corta un dedo o dos o los que pilla. Para que no toque más el piano, claro. Pobrecita.
Que se vaya con él. Que se vaya con Baines, con el piano, con todo. Se van. Aquí hay un doble final. Se van y los maorís dicen que el piano pesa mucho, que mejor dejarlo. Baines no quiere. Finalmente, en mitad del mar, Edda quiere tirar el piano. Lo tiran, pero ella hace que la cuerda con la que está ligado se anude en su pie y así la arrastre a ella también al mar. Al fondo del mar. Y es lo que pasa. Parece que el final va a ser este, que prefiere morir a dejar de tocar el piano (en una escena interesante, una mujer dice que Edda toca el piano como si hablase, como si sólo ella entendiese lo que dice, no como otra chica que toca el piano que sí que se le entiende todo), pero reacciona y se desata el nudo.
Al final, vive con Baines, le hace un dedo mecánico para que siga tocando y tan felices.
Una media película muy buena, la verdad. Los actores son bestiales, Holly Hunter lo hace de miedo sobre todo. Y la música de Michael Nyman, también hace lo suyo.
Una pena no ver la película entera. Pero tantas cosas son una pena que no le vamos a dar importancia a esto, precisamente.