¿No notan que el aire es más puro hoy? ¿No notan que la vida parece más ligera? ¿No notan que el sol es más luminoso? ¿No notan que por fin parece que se disipan las nubes y que todo comienza a refulgir como debiera? ¿No lo notan? ¿No notan la llegada de un nuevo tiempo de esperanza y gloria? ¿No notan que el trino del pájaro suena más claro y que las flores parecen brotar con más fuerza? Efectivamente. Me he terminado el libro. 1688. La Primera Revolución Moderna. Steve Pincus. 845 páginas más unas 300 de notas que no he considerado pertinentes leer. 845 páginas. 1688.
Soy una persona que considera que las bibliotecas no son solo lugares donde uno está fresquito, en silencio, con wifi gratis, sino que son lo que pretenden, es decir, espacios donde se acumula sabiduría. A veces esa sabiduría se encierra en los libros más evidentes, otras veces en volúmenes que parecen vetados para el entendimiento del gran público o bien continentes de saberes ignorados durante tiempo. Un día, hace meses, pasé por la biblioteca del Fondo, buscando algún libro, algo ligero, estaba cansado de leer tratados sobre revolución rusa, ensayos, etc., quería, al fin, algo ligero, algo cómodo, algo manejable. Encontré un libro de Zweig y con la satisfacción del deber cumplido me dirigí hacia las estanterías de los libros de Historia, quizás buscando algo de Veiga de nuevo, no sé. Y lo vi. Y me llamó la atención, un volumen tan grueso para un acontecimiento del que no sé nada. 1688, la primera revolución moderna.
Revolución. Hemos vivido en estos meses, quizás en los últimos años, en un estado de agitación política en el que la palabra revolución se encontraba en boca de todos. Casi todos. Una revolución. La revolución de las sonrisas. La revolució dels somriures. La ruptura, el rompimiento del sistema, al fin el régimen del 78 se tambalea y gracias al empuje del pueblo empoderado, todo avanza hacia la constitución de una República que será, ahora sí, encuentro de personas que trabajen por la justicia social y la dignidad. Una revolución democrática. Una revolución. ¿Qué es una revolución? ¿Sabemos realmente qué es una revolución? ¿Qué implica? ¿Qué te juegas en una revolución y qué surge cuando una revolución triunfa? ¿Una revolución es asaltar el palacio de Invierno o dura algo más de tiempo? Durante todos estos meses me he hartado de discutir sobre si esto era o no era una revolución. Una revolución que implantase un sistema nuevo, otro sistema. Una revolución o una contrarrevolución. No se ha llegado a dar la revolución cuando la contrarrevolución ya se ha formado. Realmente, ¿cuál era la revolución aquí? ¿La que cada 11 de septiembre congrega a miles y miles y miles de personas reclamando un país nuevo o la que rodeó el Parlament para señalar a los representantes políticos como culpables de una situación de crisis que era más bien una estafa? ¿Ninguna de las dos? Posiblemente ninguna de las dos.
Y de esto va el libro. De la revolución. De lo que es una revolución y de lo que se cuenta luego de la revolución. De porqué surge una revolución y porqué con el paso del tiempo esa revolución se cuenta de tal manera que deja de serlo y se convierte en una anécdota dirigida a no ser una revolución sino un reajuste.
Porque el libro tiene como objetivo principal reivindicar este hecho ocurrido en la Inglaterra del siglo XVII, como una revolución en toda regla y en todos los órdenes. Y cómo esa revolución fue luego borrada y reescrita para contarse como un acto de reafirmación y continuidad de lo que 'es y tiene que ser', cuando realmente no fue así. Una revolución que cambió una sociedad que ya no era la misma que en el resto de países de Europa y cuyo Estado necesitaba readaptarse.
Una revolució que surge a raíz de un proceso de modernización. Un Estado que necesita ponerse al día, y escoge un modelo de modernización, que se enfrenta a otro modelo de modernización por parte de un grupo de la sociedad. No es simplemente un grupo caduco y casposo contra otro moderno y transformador. Los dos son transformadores y los dos se enfrentan.
Y no. Y no se cuenta así porque eso significaría legitimar los procesos revolucionarios como válidos. Porque entonces podríamos hacer una línea de continuidad entre esa revolución y la francesa, la americana, la rusa... y no. No puede ser. Los británicos no hacen revoluciones. De manera aristocrática y civilizada, cambian sus gobiernos sin necesidad de revoluciones. Y sí se escribe la historia.
De tal manera que en el 300 aniversario de una revolución que echó a un rey y cambió la sociedad británica para siempre, ni siquiera se festejó, ni siquiera se hicieron actos de conmemoración. La revolución tapada, porque fue una revolución.
Y por eso a veces nos cuentan que vivimos en revoluciones que no son y otras veces nos dicen que las revoluciones no fueron. Porque siempre estamos en manos de quien no debemos.
Y el libro es un esfuerzo ingente, titánico, de datos, testimonios, de personas, pensadores, comerciantes, políticos, reyes, que hablan en primera persona de lo que ven. Y a veces es increíblemente farragoso. Y otras increíblemente adictivo.
Y aprendes.
Y si tuvieras que hacer una revolución no sabrías cómo. Pero sabrías que tan importante es hacerla como saber contarla.
Y el sol está brillando con una fuerza que no conocía desde hace meses. Y la gente parece diferente, con otra cara. Y la manzanilla en el bar me hace bien. Y todo parece mejor.
Y es que me he acabado el libro. Y ahora qué. Qué hacer.
martes, 19 de junio de 2018
lunes, 18 de junio de 2018
El joven Marx - Raoul Peck
Buscando la imagen para ilustrar el artículo he encontrado una en la que decía una leyenda impresa sobre la foto ¿porqué querría la burguesía hacer una película sobre Marx? No voy a contestar yo. No sé quién querría contestar. De reciente estreno, la película El Joven Marx narra los años de la década de 1840 en los que Marx y Engels se conocen y van fraguando el nacimiento de la Liga de los Comunistas. Una película sobre uno de los personajes más influyentes de la historia de la humanidad y al que nos cuesta ver corriendo, huyendo, discutiendo e incluso cardando, como si fuera Tom Cruise en Misión Imposible. Nos cuesta ver a un personaje totémico, rígido, santificado, actuando como una persona. Y a Engels. Y a la compañera de Marx, Jenny. O a la compañera de Engels, Mary Burns. De hecho, la película es tanto la vida de Marx como sobre todo la de Engles y sus compañeras. De hecho, uno al final de la peli piensa que, si no es por las compañeras, ahí cabeza y algo de realidad... había poco. Teoría, la que quieras y más. Pero sentido práctico y teórico a la vez, pues eso.
Marx y Engels y las compañeras de Marx y Engels. Solo Mary Burns es una obrera, una trabajadora. Engels, Jenny y Marx, por muchas penurias que sufrieran y mucha escasez y persecución, provienen de ambientes que no son los de la obrera del telar. Lo digo porque lo digo. Porque luego resulta que nadie representa a los obreros y a las trabajadoras y somos todos burgueses y antiobreros pero resulta que el bueno de Engels es el hijo del amo, y Jenny es hija del amo. Y ahí vamos. Y no pasa absolutamente nada.
La película está muy bien. Quizás la primera parte es un poco difícil de asumir y recolocar todo ese volumen de datos sobre Marx y su conformación como ideólogo, casi en contraposición con otros teóricos que iban lanzando ideas y proyectos ante la situación que se vive en Europa en esos años. Socialistas utópicos, anarquistas, etc. Proudhon parece ser el teórico que más influye, para bien y para mal en Marx y Engels. Y Bakunin sale como un tarambana más.
Y van apareciendo las diferentes vicisitudes, expulsiones, acciones que van marcando la forma de actuar y de concebir la acción de Marx, que acaba cristalizando en el golpe de mano asambleario en el que Marx y Engels se cargan la Liga de los Justos y forman la Liga de los Comunistas.
Una historia que es historia y que como todas las historias nos sirven para aprender y hacer las lógicas comparaciones. Cómo se forman los grupos políticos, cómo cristalizan, cómo para hacer una cosa tienes que separarte de otras, etc.
La película está bien. Esas escenas de Marx y Engels jugando al ajedrez, mientras Jenny está en casa cuidando a la prole... bien. Momentos como en los que Marx se da cuenta de que no vasta con interpretar la realidad sino que hay que actuar sobre ella. Los discursos tremendos del iluminado Wilhem Weitling, uno de esos primeros piquitos de oro que tanto bien nos hacen.
Como digo, la peli sirve para hablar de Marx, para humanizar la figura del ilustre pensador y activista, para ponerle cara y ojos, para reivindicar la figura de Engels también como persona con los pies en el suelo, para saber de dónde viene todo lo que sabemos y lo que deberíamos saber y a quién nos gustaría parecernos. Y para saber también no repetir errores. Que es algo que nos gusta mucho y por lo que sentimos pasión.
¿Por qué querría la burguesía hacer una película sobre Marx? Digo más, ¿porqué un trabajador no debería ver una película sobre Marx? Yo que sé.
Marx y Engels y las compañeras de Marx y Engels. Solo Mary Burns es una obrera, una trabajadora. Engels, Jenny y Marx, por muchas penurias que sufrieran y mucha escasez y persecución, provienen de ambientes que no son los de la obrera del telar. Lo digo porque lo digo. Porque luego resulta que nadie representa a los obreros y a las trabajadoras y somos todos burgueses y antiobreros pero resulta que el bueno de Engels es el hijo del amo, y Jenny es hija del amo. Y ahí vamos. Y no pasa absolutamente nada.
La película está muy bien. Quizás la primera parte es un poco difícil de asumir y recolocar todo ese volumen de datos sobre Marx y su conformación como ideólogo, casi en contraposición con otros teóricos que iban lanzando ideas y proyectos ante la situación que se vive en Europa en esos años. Socialistas utópicos, anarquistas, etc. Proudhon parece ser el teórico que más influye, para bien y para mal en Marx y Engels. Y Bakunin sale como un tarambana más.
Y van apareciendo las diferentes vicisitudes, expulsiones, acciones que van marcando la forma de actuar y de concebir la acción de Marx, que acaba cristalizando en el golpe de mano asambleario en el que Marx y Engels se cargan la Liga de los Justos y forman la Liga de los Comunistas.
Una historia que es historia y que como todas las historias nos sirven para aprender y hacer las lógicas comparaciones. Cómo se forman los grupos políticos, cómo cristalizan, cómo para hacer una cosa tienes que separarte de otras, etc.
La película está bien. Esas escenas de Marx y Engels jugando al ajedrez, mientras Jenny está en casa cuidando a la prole... bien. Momentos como en los que Marx se da cuenta de que no vasta con interpretar la realidad sino que hay que actuar sobre ella. Los discursos tremendos del iluminado Wilhem Weitling, uno de esos primeros piquitos de oro que tanto bien nos hacen.
Como digo, la peli sirve para hablar de Marx, para humanizar la figura del ilustre pensador y activista, para ponerle cara y ojos, para reivindicar la figura de Engels también como persona con los pies en el suelo, para saber de dónde viene todo lo que sabemos y lo que deberíamos saber y a quién nos gustaría parecernos. Y para saber también no repetir errores. Que es algo que nos gusta mucho y por lo que sentimos pasión.
¿Por qué querría la burguesía hacer una película sobre Marx? Digo más, ¿porqué un trabajador no debería ver una película sobre Marx? Yo que sé.
jueves, 14 de junio de 2018
Marwan Ibn Yyaqub. Cuento.
Y llegó a aquel lugar y entre unas cosas y otras tuvo tiempo de buscar un sitio para descansar. Marwan Ibn Yyaqub llegó a una plazuela que le pareció fresca y poco concurrida y se sentó un rato a entornar los ojos. En un momento, llegó un grupo de gente, a ese grupo de gente se le unió otro. Y a ese otro, otro. Y prácticamente llenaron la plaza. Y al cabo de un rato apareció una mujer que fue aupada por el grupo hasta un lugar donde era visible para todos. Y la mujer comenzó a contar una historia que Marwan Ibn Yyaqub comenzó a escuchar. Y la historia decía lo siguiente. Contaba la historia de un hermano que había cruzado el río. Cuando esto llegó a los oídos de Marwan Ibn Yyaqub comenzó a prestar atención. El hermano, contaba la mujer, cruzó el río y marchó por el mundo. Y en el mundo se encontró con todo. Y todo le daba lo mismo, por lo que podía darle la vuelta al mundo durante toda la vida porque todo siempre era lo mismo y diferente. Y podía verlo, podía tocarlo, podía escucharlo y todo podría ser de hecho visto dos veces el mismo día, que podía ser apreciado de dos maneras diferentes, o la misma pero nueva. Siempre. Y la mujer contaba cómo una vez apareció en una ciudad moderna e infiel y a él le pareció que era una ciudad antigua ya vista. Y cómo vio el hermano que alguien quiso ser su amigo y él no quería amigos y al final tuvo un amigo pero no se enteró de que había hecho un amigo hasta que no dejó el lugar en el que se encontró con el amigo. Y otra vez, aquel hermano, llegó a una ciudad en la que había un gran río y buscando dónde descansar se sentó en una plaza y escuchó la historia de un hombre que vivía una historia que se parecía mucho a él, que estaban contando su historia. Que estaban contando su vida. Que su vida era la que se estaba contando. Y entonces la mujer cesó de contar la historia y se bajó del lugar en el que estaba aupada y el grupo desapareció. Y a Marwan Ibn Yyaqub le pareció que aquello tenía que tener un significado. Y buscó a la mujer y la encontró mientras se la llevaba un grupo de gente hacia otro lugar. Y ese lugar era una plaza. Y cuando la mujer era aupada para contar de nuevo una historia a un grupo de gente, se dio cuenta de que la mujer había cambiado y ahora era un hombre. Un hombre que se parecía mucho a él. Tanto que miró sus propias ropas y vio que eran las mismas que las de aquel hombre. Era él. Él mismo contando una historia. Una mujer entraba en una plaza y contaba la historia de un hombre que estaba en aquella misma plaza. Ni la mujer ni el hombre se conocían de nada. Ni sabían uno la historia del otro. Y son historias que se cuentan y que no conducen a nada, pero tienen de extraordinario el hecho de la casualidad y poco más. Muy poco más. Y se bajaba él mismo del lugar y se perdía entre la gente. Y Marwan Ibn Yyaqub buscó otra plaza. Y no encontró otra plaza. Y decidió abandonar la ciudad y buscar otra ciudad. Y vio un libro. Un libro con la historia de los viajes de Marwan Ibn Yyaqub. Que ya te los he contado.
miércoles, 13 de junio de 2018
Marwan Ibn Yyaqub. Isfahán.
Marwan Ibn Yyaqub pasando el control en el aeropuerto. Marwan Ibn Yyaqub cogiendo el avión. El avión despega y aterriza en Isfahán. Y Marwan Ibn Yyaqub baja del avión y pasa otro control. Y ya está en Isfahán. Y en Isfaján se encuentra con una persona, de manera casual, que se llama Ismail Isphahani. Se toma un té con él. Se despiden. Pero Ismail Isphahani se pega a su espalda. Le persigue. Se hace el encontradizo y conversa con él. Le acompaña. Le quiere hacer de guía por una ciudad maravillosa. Marwan Ibn Yyaqub habla con él y le dice que no necesita de guía. Que su filosofía de viaje no es la de conocer los lugares y aprender cosas sino que lo único que le mueve es simplemente estar, contemplar, hacerse ollas. Hacerse ollas. Ismail Isphahani comprendió de inmediato. Recorrió las mejores caldererías de la ciudad para llevarle las mejores ollas, los mejores cazos, vasos, cacerolas a Marwan Ibn Yyaqub. De todo se aprende. Y Marwan Ibn Yyaqub descubrió que no era fácil desprenderse de alguien que está dispuesto a todo por seguirte. Y Marwan Ibn Yyaqub hizo otra serie de descubrimientos de diversa índole a lo largo de su vida. Porque la vida de la gente está plagada de saberes nuevos, de conocimientos que van llenando el vaso. Y podríamos discutir si esos conocimientos realmente aportan algo o simplemente son adornos a un tronco básico. O podríamos discutir sobre cualquier cosa mientras la luna se pone sobre los impagables edificios de Isfaján. En Isfaján hay monumentos preciosos y otros edificios que son más ramplones. Pero en la cámara de fotos de Marwan Ibn Yyaqub solo hay lugar para cosas bonitas que a él le parecen bonitas, porque es importante para uno lo que para uno es importante y no para otros. Y el escritor que recoge las andanzas de Marwan Ibn Yyaqub lo hace porque considera que hay una obligación inherente a la de todo amante de las letras que no es otra que la de poner negro sobre blanco las vivencias de alguien. Tenga importancia o no. Y podría contarles que el otro día fui a una carnicería a la que no he ido en la vida y que está en mi misma calle y que compré carne para hacer albóndigas y que tuve la sensación de haber viajado mil kilómetros sin haber hecho otra cosa que cruzar la calle. Y aquella gente hablaba mi idioma y algunas caras incluso me eran conocidas y sin embargo una inevitable sensación de exotismo me invadía continuamente. Y no sabía pedir la carne y tuve que pedir mezcla de cerdo y ternera. Y esto son cosas que cuentan los escritores de muchas maneras. Unas más líricas y otras más disfrazadas de algo. Y supongo que volveré a esa carnicería. Porque no sé. Y Marwan Ibn Yyaqub quiso entrar a orar a una mezquita de Isfaján y se encontró de nuevo con Ismail Isphahani y este le comentó que en las mezquitas de Isphahán... y Marwan Ibn Yyaqub se hizo un lío. isphahan. Isfahan. Isfaján. Todos aprendemos cosas y todos nos hacemos líos.
martes, 12 de junio de 2018
Marwan Ibn Yyaqub. En sal.
Mirad cómo corre Marwan Ibn Yyaqub de puntillas atravesando el desierto de Atacama. Mirad cómo pasa como un rayo, desesperado, sin zapatillas de trekking ni calzado adhoc, volando parece. Mirad cómo jura y perjura que nunca más iba a atravesar un desierto y está aquí, ahora, ante nosotros, corriendo como un antílope, sin chanclas abiertas, ni fresquitas, ni cerradas. Mirad cómo huye del desierto y el desierto siempre le vuelve a alcanzar. En todas partes hay un desierto. En todos los lugares que imaginemos, hay un desierto. Son inevitavles. De vez en cuando, el desierto nos atrapa, nos engulle, nos encoge, nos elimina, pero los desiertos tienen un principio y tienen un final. Se sale. Del desierto se sale. Mirad cómo Marwan Ibn Yyaqub pega su cara al suelo y prueba, con la punta de su lengua, la sal del desierto salino de Atacama. Mirad cómo saborea con cara de asco el desierto, cómo chupetea el desierto, cómo lo lame. Cómo pasa su lengua por el desierto de Atacama. Cómo corre por el desierto de Atacama, salino, blanco, ardiendo. Marwan Ibn Yyaqub quiere tener un momento para pensar, para reflexionar sobre los desiertos. Otra vez. Nos pasa que no sabemos hacer otra cosa que reflexionar una y otra vez sobre lo mismo. Desiertos arenosos, desiertos pedregosos, desiertos salinos, desiertos asfaltados. Marwan Ibn Yyaqub por una carretera que recorre una zona arbolada en Wisconsin. Marwan Ibn Yyaqub leyendo los carteles de las señales de tráfico que indican lugares con nombres preciosos, americanos. Marwan Ibn Yyaqub no distingue entre los nombres preciosos, los letreros de gasolinera, los anuncios que indican que desde 1833 ahí se sirve ponche, le dan igual. Escribo esto pensando en esas carreteras de larguísima extensión, emocionado. Emocionado y feliz por saber que hay coches que pueden recorrer largas distancias y que dentro de ellos la gente habita confortablemente y el viaje no se les hace desagradable en absoluto. Un viaje desagradable. Un viejo desagradable. No tenemos la más mínima noción de lo que hacemos aquí. No sabemos nada. Algunos sí. Marwan Ibn Yyaqub pertenece a aquel grupo de personas que se conforma con cualquier cosa. Le da igual si el viaje es agradable o desagradable. No quiere desiertos. No quiere y no quiere. Quiere el viaje. Y quiere atravesar ese desierto al que ha llegado por error y del que ha de salir. Pero antes, antes quiere probar. Es de esos. Es de esos que lo quiere probar. El desierto. Probar el desierto. La sal. El pan y la sal. A veces nos liamos. No sabemos parar, nos ponemos a decir cosas y no sabemos poner el freno. Marwan Ibn Yyaqub ya ha llegado donde quería llegar. Pisa el cesped de un jardín bien cuidado. Se estira en el suelo. Mira al cielo. No sabe discernir si esas nubes son de lluvia o no. Alarga la mano para probarlas.
lunes, 11 de junio de 2018
Marwan Ibn Yyaqub. Atrás.
De todas las cosas que puede hacer el ser humano, una de las más insospechadas es la de ir hacia atrás. De manera inopinada, uno puede ir hacia delante, pero también puede ir hacia atrás. Incluso cuando piensa que va hacia delante puede, en realidad, retroceder. Marwan Ibn Yyaqub también lo probó. Recordemos que Marwan es originario de la tribu que no avanzó y que él quiso avanzar y realmente lo hizo, pero también volvió hacia atrás. No solo recorrió los espacios que su tribu no había conocido por no haber avanzado sino que revisitó los espacios de los que provenían y que no habían vuelto a visitar desde hacía generaciones. Marwan Ibn Yyaqub lo hizo sabiendo o sin saber. Sabiendo que estaba viajando, pero desconociendo que estaba viendo sitios que los suyos consideraban como suyos también. Marwan Ibn Yyaqub cruzó el río y lo volvió a cruzar de nuevo para volver. Es algo que hacemos todos y que Marwan Ibn Yyaqub experimentó, como experimenta cada día algo nuevo, porque todos experimentamos algo nuevo cada día, siempre, a todas horas, la vida es eso que nos pasa a cada momento que es diferente y novedoso cada vez. La vida es eso tan bonito que tenemos entre las manos y que consiste en cruzar el río o no cruzarlo cada día. La vida es eso que le pasa a Marwan Ibn Yyaqub cada día y que te pasa a ti también cada día. La vida es un mapa de colores que señala los países que existen en el mundo y es también el resto del aceite de una sartén aunque le hayas quitado todo el aceite. La vida son una gran cantidad de cosas que tienes en cuenta y otras cosas que tiene en cuenta el resto de la gente y todos en común hacemos una vida o hacemos varias vidas. La vida de Marwan Ibn Yyaqub parecía definida por la idea de avance, pero en algunos momentos regresamos. A veces te regresan y tú crees que estabas avanzando, pero como suele ser bueno, todo suele ser bueno, todo está bien y todo es porque es, lo asumes y dices que es así. Y avanzar o retroceder es indiferente. No avanzas nunca. No retrocedes jamás. Es mejor no retroceder jamás, dirán algunos, es más valiente. Es mejor huir y estancarse y esconderse y apalancarse y aburrirse y vivir la vida sumando cero. Es mejor un traje de color gris que un traje de colores. Un pantalón de chándal o correr en pelotas por los campos. Cuando Marwan Ibn Yyaqub llegó de nuevo a su aldea provinente de atrás, de donde había venido y alcanzó de nuevo a sus congéneres, a sus paisanos, no les reconoció y estuvo con ellos durante unos cuantos días, compartiendo con ellos las cosas que ya conocía. Muchos considerarán que eso es un atraso, que no se puede seguir compartiendo con quien se compartía exactamente lo mismo como si fuera algo nuevo. Pero Marwan Ibn Yyaqub lo hizo y no sabemos si le importó mucho o no. Si no lo sabemos será que no. Queremos saber mucho. Siempre estamos queriendo saber. Hay muchos que también quieren ignorar. Todo el rato. Ignorar y saber. Avanzar e ir para atrás. La vida, en definitiva, es movimiento. Aunque los de la tribu que no avanzaron estaban vivos también. Qué controversia. Y mientras tú estás de controversia, la vida sigue.
domingo, 10 de junio de 2018
Marwan Ibn Yyaqub. Marwan Ibn Yyaqub.
El resto del texto lo dedicaremos a hablar de otras cosas, pero lo que vamos a hacer ahora es describir a Marwan Ibn Yyaqub. No es posible que hayamos llevado a cabo una aproximación a un personaje y no digamos cómo es. Que le pongamos una cara, que destaquemos algún rasgo de su carácter, si alguna tara física le define, si alguna vez estuvo tentado de rizarse el pelo o dejárselo liso. Si era o no era. Si lo hacía o no lo hacía. Dedicaremos estas primeras líneas del texto a hablar de eso y luego hablaremos de otras cosas. Marwan Ibn Yyaqub respondía básicamente a las características básicas de una persona de su origen. Era alto, tan alto que podía alcanzar perfectamente los dos metros. Era fibroso, espigado, con la tez especialmente morena pero de un moreno sobrevenido, un moreno de quien es blanco de tez pero se ha vuelto moreno por la exposición al sol. El sol, a Marwan Ibn Yyaqub, ha quedamos que el sol le parecía de aquella manera, porque hay quien viene del sol y el sol no le gusta. Marwan Ibn Yyaqub se vestía con las ropas del lugar que visitaba. Informal cuando necesitaba ser informal, elegante cuando disponía de medios para serlo, pero siempre conservando algo distintivo de la tierra que le vio nacer. Qué bonito es todo cuando conservas algo de eso. Qué bonito cuando conservas. Ser conservador. Conservador. Conservador. Que nada cambie. Finalmente podría ser ese el sentido de este texto. La historia de alguien que viaja y que acaba percibiendo de que nada cambia. Que todo es igual en todas partes. Ese podría ser el bonito resumen de todo. Y no lo será porque no es así. Paseando una tarde por las estribaciones del monte Fuji se paró a pensar en el desierto de Atacama, donde había pasado algunos años. Y cayó en la cuenta de que no se parecía en nada al desierto del Takla Makan. Y nada se parece a esa sensación que como ya la hemos contado la vamos a obviar. Lo que ya hemos contado, no hace falta repetirlo. No hace falta estar todo el tiempo explicando las mismas cosas. A Marwan Ibn Yyaqub, sin embargo le gustaba que las cosas se las explicaran varias veces, deleitarse en los pequeños matices que diferenciaban un relato de otro. Las pequeñas cosas. A Marwan Ibn Yyaqub le gustaban las pequeñas cosas, los cambios de clima, los helados de vainilla, el pollo a l'ast. Le encantaba el agua fría. Fresquita. Qué buena. No le gustaba nada el vino. No soportaba la cerveza. Pero le encantaba ir a sitios concurridos donde hubiera personas bebiendo o hablando. Le gusta todavía. Le está gustando en estos momentos. Le gustaba el calzado cómodo pero ahora le gusta el calzado incómodo. Le gustaban las camisas verdes y le gustan las camisetas en tonos fríos. El tono frío, dice Marwan Ibn Yyaqub, le hace estar más fresquito. No es cierto que Marwan Ibn Yyaqub fuera una persona que gustase de ir vestida como si estuviera en su tierra. De hecho Marwan Ibn Yyaqub no era una persona que supiese nada de su tierra, porque no tenía conciencia de que hubiera una tierra suya.
Y ahora, si queréis , si quieren, nos apeamos del trato y hablamos de otra cosa.
Y ahora, si queréis , si quieren, nos apeamos del trato y hablamos de otra cosa.
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