jueves, 20 de septiembre de 2018

The Handmaid's Tale - El Cuento de la Criada

Esta es una serie. Todo el mundo tiene una. Una serie que nos cuenta algo que puede ocurrir, pero que no va a ocurrir. Porque cómo va a ocurrir. Es imposible. Creo que a esto le llaman distopía. Lo contrario a una utopía. Un grupo ultrareligioso, no, perdón, fundamentalista cristiano, algo así como los wahabitas del cristianismo, toma el poder por la fuerza en los Estados Unidos, de manera imprevisible, triunfan e instauran una República que se guía por una lectura particular de la Biblia por la cual las mujeres son cero pelote y los hombres mandan, pero mandan, mandan. Gilead se llama la nueva República.
Al parecer, previamente a esta toma de poder, un fenómeno de caída de la natalidad azota al mundo. Los fundamentalistas lo achacan a una pérdida de moral, costumbres, castigo de Dios, y, ojo, nos estamos cargando el planeta. Sea como sea, los Estados Unidos desaparecen y solo sobreviven en Alaska y por ahí. Las mujeres del país se dividen en Marthas, Criadas y Esposas. Las Marthas son como sirvientas, las esposas son esposas de la gente de bien, pero que no tienen hijos, y las criadas que son mujeres fértiles que sirven para tener hijos. Cada mes, mediante una ceremonia que recrea un pasaje bíblico que tal, las criadas con violadas por el hombre de la casa en presencia de la mujer, para dejarlas embarazadas. Y así.
Y esta es la serie. El retrato de una sociedad que se va a la mierda y la mierda de sociedad que surge. ¿Puede pasar? Eso es imposible.
La serie cuenta la historia de June, de Moira, de la pareja de June, de la hija, de otras mujeres que son criadas y su lucha por la supervivencia. June tiene una hija, de la que es separada. La serie es el seguimiento de la vida de June en casa de los Waterford. Él es un mandamás, el actor que hacía de Shackespeare en Shackespeare in love. Ella, su esposa, no traga a la criada. Él al parecer ya ha tenido criadas antes, a las que ha... porque manda. Y ella no. Ella cree que también es alguien porque es la mujer del mandamás, hasta que se da cuenta de que es la misma mierda que las criadas. Las criadas pierden el nombre. No se llama June. Se llama Defred (Offred en inglés). Porque el comandante Waterford se llama Fred.
Y la primera temporada nos enseña cómo es esta sociedad y cómo se ejerce el control y cómo sería una sociedad en la que las mujeres, de repente, fueran nada. O menos que nada. Y tú, que eres un hombre blanco, colomense, de 43 años de edad, piensas que la serie es una barbaridad. Una dolorosa barbaridad, una cafrada que nos enseña que lo que hoy pensamos que es imposible (y es imposible) puede ser real. Pero no será real. Porque no puede ser.
Pero si eres mujer...
Si eres mujer creo que la lectura será diferente. Y debe ser una lectura que se debe parecer a que cada vez que termina el capítulo te vas a la cama con dolor de estómago.
Y como soy un hombre blanco, de 43 años, de Santa Coloma, me puedo imaginar lo que se siente. Y puedo compartirlo. Y soy capaz de entender la cara de hiper ultra desesperación, impotencia, rabia, cabreo, ganas de matar, morir, huir, quedarte, mandarlo todo a la mierda, quedarte y luchar, que pone June en esos planos cortos que abundan durante toda la serie. Planos cortos con la cara de June. Planos cortos a punto de llorar. Planos cortos cuando la putean. Cuando putean a alguna compañera. Cuando no entiende la hijoputez de la esposa. Cuando todo es una hijoputez.
Dos temporadas de serie. Decir que el final de la segunda temporada, abierto a una tercera, me cabreó un poquito. Porque pareciera que la segunda temporada no ha servido para nada que no sea redundar en el qué mal y en el hijoputismo desenfrenado que poco a poco va extendiéndose y afectando a más y más gente. También para abrir brechas de esperanza.
Decir que en teoría, la primera temporada de la serie es la que corresponde al libro en el que se basa todo y que lo demás es... pero bueno.
Esa segunda temporada. Esa temporada en la que el recital de caras, de situaciones al límite, de probar de primera mano la injusticia, de perder el freno, de perder el miedo. Y aun así, pensar que con esa segunda temporada se ha perdido el tiempo y si va a haber una tercera puede, con las mismas, haber una cuarta y una quinta.
Conclusión. Una serie que hay que ver. Aunque se te revuelvan las tripas, aunque sea una cafrada detrás de otra. Aunque sepamos que eso que se está contando no va a pasar. Que a nadie nunca le van a quitar todos sus derechos por ser... por ser mujer. O por ser 'traidor a su género'. Eso ya no va a pasar nunca y por eso podemos ver la serie con cierta distancia. No va a pasar. Pero hay que ver la serie. Porque igual que en la Guerra de las Galaxias vemos un futuro que no llegará nunca, aquí... pues eso.
Que aquí, bueno, ni aquí ni en ninguna parte, eso no va a pasar. 
Es que seguro que no pasa.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

El rincón de la Victoria

Tan temprano, tan tarde, tan hoy, a veces. El tiempo y el transcurso del mismo. Lo que hiciste ayer, procurando que no se parezca a lo que pasará mañana. El continuo combate contra la rutina, creernos que somos especiales, que nos merecemos algo diferente cada día, a cada momento. Delante de la pantalla del ordenador, apuntando en una libreta, Marcelo Súliban pasaba las horas y los días teorizando sobre este y otros aspectos de la vida. Una vida que pasaba entre cafés, tabernas, su propia casa.
Piensen en la última oración. Una vida que pasaba entre cafés, tabernas, su propia casa. En principio pudiera parecer que es algo fantástico, nos prepara para un relato en el que una persona pasa su vida de manera bohemia, alocada, sin orden ni concierto, trabajando, escribiendo, pensando, apurando hasta altas horas de la madrugada, ante a pantalla del ordenador, bebiendo y vomitando ante la hoja en blanco las verdades del barquero. Voy a contar la verdad. Estas son verdades como puños. La gente tiene que saber.
Marcelo Súliban no salía nunca de su casa sin lavarse ni afeitarse. Pasaba la vida entre cafés y teorizando sobre estos temas, mientras a su alrededor la gente se afanaba por desayunar, almorzar, debatir sobre el programa de televisión de la mañana, el fútbol y sus infinitos misterios y miserias, alguna discusión sobre política que jamás nadie recuerda y sobre todo, problemas de oficina, de departamento, de Administración contra Recursos Humanos, de logística contra ese nuevo... Y Marcelo Súliban permanecía ante todo ello impasible. Escuchando y tomando notas, claro. Teorizando sobre si aquello era la vida, sobre qué era lo que podía hacerse, en ese momento, para alterar el curso de la historia. Marcelo Súliban no era ningún bohemio. Tampoco trabajaba para vivir. Había recibido de joven una esperada, perdón, esmerada educación y cuando alcanzó la edad de ponerse a trabajar para ganarse el sustento se hizo el tonto. Sus padres no. Como quiera que su familia tenía más corazón que él, podría decirse que era un mantenido.
Una mañana, mientras apuraba una caña de cerveza en una tarde de calor, se dio cuenta de que los tiempos no cuadraban. Si era por la mañana no podía ser por la tarde. Demasiados errores en la línea temporal. Quiso hacer balance de lo que había bebido y desarrollado intelectualmente aquel día. Otra vez le había vuelto a pasar. No pasaba nada extraño. Los folios en orden. El ordenador portátil, con batería suficiente. La música de fondo. Las palabras mágicas. Tengo un poco de prisa.
Aquella tarde hacía calor. Y no debía ocurrir. Porque nunca hace calor. Marcelo Súliban creía vivir en otra parte, donde las calles son húmedas, la gente fuma y es un año de finales del siglo XIX lo que marca el calendario. Como en un libro. Como en una novelita corta.
Marcelo Súliban considera que debería registrar todos esos pensamientos de una manera organizada, reunirlos, ordenarlos. Marcelo Súliban cambia de ambiente cada mañana. Siempre visita un café. Se queda en casa escuchando música de un viejo tocadiscos que le regalaron cuando cumplió 30 años.
¿Cuántos años tienes ahora, Marcelo?
Creo que tengo 50 años, pero aparento alguno menos. No he tenido mucho desgaste.
Esas palabras no son tuyas, Marcelo. ¿Qué te ocurre?
Creo que alguien me mira desde aquella mesa.
Es una mujer. Marcelo Súliban nunca ha teorizado sobre el ser humano. Sobre el tiempo, la vida, la organización de las especies, el aprovechamiento de recursos, los horarios de trabajo, la necesidad de los letreros luminosos, el papel doblado. Pero nunca sobre el ser humano.
Aquella mujer le miraba desde el otro lado del bar. El bar Victoria. El rincón de la Victoria, pensó.
Son muchos años ya engañando a la gente, Marcelo Súliban.

martes, 18 de septiembre de 2018

No malgastes tu juventud

Y cuando te digan algo no preguntes 'quién viene'. Ve, directamente. O también puedes preguntar 'quién viene', y no hacer el tonto. Y pregunta, o haz lo que te parezca. Pero no malgastes tu juventud, porque un día llegará en el que echarás la vista atrás y ni siquiera lo verás bien. Ni medio regular. Y te dolerá la espalda de estar todo el día haciendo como que no estás haciendo nada, pero estás haciéndolo. Y verás en los ojos de los demás que ya no eres como ellos. El más viejo de la mesa. ¿Quién viene? Quien sea. No vayas, no merece la pena ir. Selecciona, filtra, no digas que sí a todo. No digas que no a todo. No te conviertas en uno de esos que van luego por los bares buscando conversación, dando la paliza a la gente. No digas que sí siempre. No digas a todo, vale. No malgastes la juventud haciendo siempre lo que te toca hacer. Filtra. Selecciona. Dile a esa chica que no llame más. Dile tú algo. No vayas en el metro pensando que es la mayor experiencia que puedes vivir. No empieces a pensar que las reuniones, las asambleas, pasar frío o calor delante de algo o alguien que no es digno, es lo mejor que te está pasando. No malgastes la juventud produciendo, pensando en producir, no vegetes, no intentes entenderlo todo, no vale la pena pasar la juventud viendo series de mujeres que están pariendo o hablando de parir o pensando en tener hijos o algo parecido. No aborrezcas a los niños. No aborrezcas a nadie. No te quedes enganchado en un algo que va a estar pesándote toda la vida. Me gustaría sangrar por ti. No te pongas a hacer el tonto por nadie. No malgastes tu juventud. No vayas por ir. No te quedes en los sitios porque a lo mejor pasa algo. Nunca pasa nada. No alargues las bromas. No lo tengas todo apuntado. No pierdas los papeles. No tengas papeles encima de la mesa. No muestres entusiasmo. Vive la vida al límite. No te pierdas nada. No digas que no si has pensado de primeras que no. Filtra, selecciona, confúndete. No malgastes la juventud pensando que ya vendrá un tiempo mejor. Te dolerá la espalda mientras escribes. Te pesarán los ojos. Descubrirás que no tienes edad y que todo el mundo te dirá que no digas tonterías que tienes edad para hacer cualquier cosa. Me gustaría sangrar por ti, como en esos días. No malgastes la juventud yendo y viniendo sin sentido. Ve, pero con sentido. Siente. Los sentimientos. Si ves venir a alguien como yo, corre, huye, no le escuches, no te hará ningún bien. Si ves venir a alguien como yo, dale algo de conversa, seguro que no tiene ni idea, pero de todo se saca algo. Si te crees que cortándote el pelo, hablando bien ahora de aquel que un día te trató mal, acercándote a la gente para ver qué puedes obtener, puedes ser mejor persona, estás equivocado. No te hagas líos. No cambias nada. No se cambia nada. Todo el mundo está esperando a que lo hagas medio regular, nadie espera nada de ti. No te esfuerces. No hagas que los demás se esfuercen. Me acuerdo de aquellos días, en Santa Coloma, parecía que nada de lo que hiciéramos estaba bien. Nada de lo que nos iba a venir estaba bien. Nos íbamos a quedar todos como estábamos. Y no era verdad. No malgastes la juventud. Que no se vaya por el arroyo. No veas tanto la tele. Aprende de fútbol. No juegues al fútbol. No hagas símiles con el ajedrez. No hagas nada. No te quedes callado cuando haya algo que tienes que decir, y sobre todo no digas nunca eso de 'le iba a decir que' o 'le tendría que haber dicho' o 'me quedé con las ganas de decirle que'. Porque no hay más oportunidades. No te preocupes. Mañana seguro que tienes de nuevo la oportunidad de cagarla. Nada cambia. No hay mucho más. No malgastes la juventud. Levántate y mira el móvil.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Paxton

Podría haber estado en una taberna cerca del puerto de Amberes, practicando algo de flamenco con alguien de su pueblo. Reconocía a la gente de su pueblo incluso a miles de kilómetros y miles de años de allí. Pero estaba en Paxton, en la frontera entre Arizona y otro estado de la Unión y hacía un calor de mil demonios. Entró en la cantina que regentaba un buen mozo, de aspecto también germánico, y se fue a sentar directamente en la barra, sin mirar a los lados. Sabía que mirar a la concurrencia le iba a prodigar conversación indeseada y él lo que quería era algo de líquido para continuar la marcha que le llevaba... ¿a dónde le llevaba?
Estaba en la barra, mirando al dueño del bar, que servía copas de aguardiente a un grupo de granjeros, intentando descifrar si era realmente europeo o no era más que otro escocés perdido por el desierto, cuando alguien se sentó a su lado. No hizo caso hasta pasados unos minutos, no quería que alguien pensara que estaba inquieto por nada.
Finalmente, el dueño del bar se dirigió a él. ¿Qué quiere, señor? Un bourbon. No parecía tener acento de ninguna parte. Desde que salió en busca de aquello que el señor Ryjks le había encargado, parecía alegrarse si encontraba a alguien que pudiera recordarle a su tierra natal. No se acostumbraba al bourbon, pero en aquellas tierras era difícil encontrar nada que no fuera whisky o bourbon. El aguardiente era una suerte de veneno no apto para todos los estómagos. Y no quería despertar sospechas. No quería que nadie supiera que era extranjero, pensaba que a los extranjeros europeos no se les respetaba, se les consideraba blandos, y no quería problemas.
- Yo te conozco, y ya es casualidad. Sé quién eres. Y has venido hasta aquí y no sé porqué, pero te juro que no vas a salir de este bar.
Esa voz correspondía a quien se sentó a su lado. Se giró para mirar por encima de sus gafas. Era un hombre de su edad, que, aunque vestía como un vaquero, tenía ese aire inconfundible de neerlandés, algo, en su nariz, algo, en sus pómulos. Y que se dirigió a él en neerlandés, naturalmente.
Como ya se había girado, se había delatado. Le contestó, sin embargo, en inglés.
- No me digas, ¿y quién soy?
- Eres tú. Y has venido aquí a buscar tu muerte. Pero crees que vas a cobrarte la mía, es lo que te han encomendado. Qué pena que no lo vas a conseguir. Estás muerto.
Se lo quedó mirando. Efectivamente, creyó reconocer aquella cara. Probó suerte.
- ¿Jan Pieters?
- Sí.
- Jan Pieters. Tu madre tenía un secadero de pescado y tu padre tenía una borrachera perenne. Lo sé porque mi padre era su compañero de juergas. Soy hijo de Van Kieft, Albert.
El otro se asustó y sacó su pistola.
Se oyó un disparo. Pieters cayó derribado. Alguien le había disparado desde atrás. Alguien entró por la puerta del bar con una escopeta recién disparada humeante. Pidió al dueño del bar en neerlandés que se llevasen a ese buscaproblemas del bar. Se refería a mí.
Podría haber estado en Amberes. Pero estaba en Paxton.

sábado, 15 de septiembre de 2018

Dogville - Lars Von Trier

La gente. La gente alta, baja, de esa calle, de ese pueblo, tu familia, la de ese, yo. La gente. Somos buenos. Somos los mejores, tú. Somos malos. Nos merecemos todo lo que nos pase. No me fío de nadie. No me fío de mi sombra. No te fíes. Es mala. Es muy mala. Se merece todo lo que le pase. Es buena. La gente. La gente, al final, es buena y no tiene culpa de nada. No tiene culpa de nada, es el sistema el que hace que la gente sea mala, condiciona completamente. Son las religiones las que influyen. La ultraderecha avanza en Suecia porque hay muchos musulmanes radicales y nadie lo dice, excepto Pilar Rahola. Si la ultraderecha avanza no es culpa de la gente, la gente no tiene culpa de nada. Está todo podrido. Mi calle, tu casa, tu concejalía, tu ministerio del tiempo, tu coche, mi vida. El color de tus ojos es como el del mar. Te quiero pero no sé si es el momento ahora mismo en el que estoy preparado para decir que te quiero. Te quiero ahora que te viola todo el mundo. Ahora yo también te quiero. Somos todos culpables, estamos condenados, no hay solución. Mátalos a todos y a todas.
Una mujer llega a un pueblo que se llama Dogville y que no tiene nada más que una entrada y una salida. No tiene cura, son pocos habitantes, todos se conocen. La mujer llega huyendo de algo que no se dice. Gángsters. La policía. El pueblo discute si le da cobijo. Un gilipollas que quiere ser escritor y va de algo que no sabe ni entiende. El gilipollas quiere dar ejemplo, un ejemplo, quiere ayudarla. Es gilipollas. Ella confía en el pueblo, en la gente. El miedo se va apoderando de la gente. El miedo. El miedo a todo. El miedo a ellos mismos. El miedo a ser buenos. No queremos ser tan buenos. No somos tan buenos. Ella confía y ayuda. Y quiere ayudar y pagar lo que le dan. Y ayuda.
Y abusan de ella. Y llegan a esclavizarla. Y llegan a todo.
Y somos buenos. Somos muy buena gente. Si yo pudiera, ayudaría a todo el mundo. Todo el mundo tiene sus motivos. De buenas somos todos muy buenos, pero a las malas. No sé. No sé cómo reaccionaría si eso me pasara a mí. Ya te digo. Yo, tú, él. El perro. El gilipollas que se duerme pensando en cómo será el futuro, un futuro esplendoroso en el que todo está hecho.
Queremos viajar hasta la luna, pensamos en colonizar la luna, pero entre todos no sabemos sumar dos más dos. Y no es que no sepamos, es que no queremos sumar dos más dos con todos. Y priorizamos discutir sobre la colonización de la luna.
Y la película no es más que un ejemplo. Un ejemplo, con sus calles pintadas en el suelo, y la casa pintada en el suelo. Y no le hace falta nada más. Y es suficiente con que medio te lo sugieran para que te hagas una idea.
La gente es buena, por naturaleza, ayudamos al prójimo cuando este lo necesita. Cuando se necesita. Somos desconfiados. Se van a aprovechar de nosotros.
Oiga, lo que pasa es que yo no tengo ganas de problemas. Que yo no molesto a nadie ni quiero que me molesten a mí.
Eso es lo que pasa.
Lo que yo quiero es que me dejen tranquilo. Y no me metan en líos.
Fuego a tope.
Peliculón.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Rachid Taha, para siempre.

Yo recuerdo una noche, qué noche. Recuerdo una noche en casa de la Marinetis. Era un piso que le habían dejado, una especie de arrendamiento, algo, no lo sé. La dueña se iba a trabajar en un barco pesquero o algo así y le dejaban el piso para que se quedara allí unos meses. Era un piso pequeño, nada. Eran los tiempos aquellos. Los tiempos en los que la fiesta iba por barrios. En los que unos estaban muy abajo y otros muy abajo también. Y nos contaba Marina, Matilda, que había ido a cenar con los marineros y que se habían puesto de Barbadillo hasta más allá de Pamplona. Y nos dijo que un día viniéramos a su nuevo piso a cenar. Y nos fuimos a su casa y creo que como siempre se nos olvidó cenar. Pero no se nos olvidará nunca esa noche.
Y recuerdo que en aquellos días quedar con Marinetis era ir a la Concha y escuchar Ya Rayah hasta la saciedad. Y descubrir gracias a Marinetis, la peor persona de la tierra, a Rachid Taha. Y descubrir el Diwan y creo que por entonces sacó el Diwan 2. Y tenerlo todo el rato. Y quedarte con dos o tres canciones. Y recuerdo haber hecho eso de ir poniendo canciones al tuntún. Y recuerdo como un momento de catarsis. Recuerdo que sonó el Hebina. O Habina. Y no sé porqué, esa canción, me tocó. Y yo que no sabía bailar como Marinetis, dando pataditas así al aire, que no sabía bailar nada, bailé. No sabía qué decía la letra. Habina, como Habibi, debe significar algo de 'amor'. Y solo eso ya nos valía.
Y hay un momento en que la canción para. La canción se para y Rachid Taha hace un llamamiento a Dios para que respete a los locos por amor, para que tenga piedad, para que nos queramos todos de una vez. Y yo me acuerdo que me puse de rodillas, como en trance. Allah, allah... pidiendo a alguien que pasara algo que cuando pasa te troncha. Y la canción vuelve luego y sigue implorando que nos queramos, que nos amemos, etc. Y fue como una catarsis. Estábamos la Nuri, el Abel, la Marineta, no sé si el Paco vino. Al final la Marinetis se quedó a vivir en el piso aquel. Qué tiempos. Pidiendo a gritos que Manuel nos llevase con él, que estirara, que nos subiera con él allá arriba. Rachid Taha sonando a toda ostia, Habina, Ya Rayah...
Recuerdo ir en coche, volviendo de Linares, o de Jaén, o de Granada, mes de agosto, tierra roja, calor salvaje y sonar en el coche Gana el hawa y sentir algo. Algo. No sé qué. Como que esa música estaba más cerca de lo que nos pensamos. De que esa música y los aguilandos de mi pueblo tienen un extraño hilo conductor. Y golpear el volante al ritmo de la percusión. Y escucho Gana el Hawa y se me erizan los pelicos de atrás.
Recuerdo una fiesta de esas de ex telefónicos que acababa en mi casa. Y a mi padre y a mi madre le acabó gustando Rachid Taha, los dos Diwan, se los llevaba mi padre para pintar. Y recuerdo verlos a todos bailando, Liébanas, Robin, Basilio, Martín, bailando el Yah Rayah, que ellos no sé si sabían de que iba la letra, pero es la canción del emigrante. Del que se va de su tierra. Todos ellos se habían ido de su tierra y allí estaban en una cochera de Vilches, felices, contentos, recordando y bailando, con Liébanas con un trapo en la cabeza.
Y recuerdo a la Pepa, otra fan de Rachid Taha, advirtiéndonos de todos los conciertos de Rachid Taha. Y recuerdo una fiesta de la Mercé que conseguí verle. Pasado como siempre. Pero tocó las que tuvo que tocar.
Y los vídeos cantando ya sus canciones con toda la desgana del mundo porque no parecía persona que le gustase repetir lo mismo todo el rato.
Los Diwan, colecciones de canciones de la música magrebí, antiguas, clásicas, y que te ponen los pelos de punta.
Recuerdo actos de EUiA, campañas electorales de la coalición, que comenzaban siempre con el Escúchame Camarada, de Rachid Taha, una antigua canción argelina de emigrantes. Ecoute moi, camarade. Ella no te ama. Religiosamente. Era la canción que abría el pen drive con músicas para amenizar. Escúchame, camarada.
Recuerdo una carpa de EUiA, una caseta un verano. Qué verano. Habíamos tocado en el vermut y nos pusimos a poner música para pasar la tarde, la sobremesa. Y pusimos creo que todos los Diwan enteros. No te acordarás. Venía la gente a bailar, la madre de Marina, la Rosario nos miraba desde la caseta de Iniciativa. La Pepa, la tropa, todos bailando. Agatha. Agatha. Agatha. Horas, al sol. Qué sensación.
Se ha muerto Rachid Taha. Toca beberse lo que él deja. Y no olvidarnos de lo que somos. 

miércoles, 12 de septiembre de 2018

La Virgen Santa

No hace falta que no sepas de qué escribir, este país es inagotable. Inasequible al alemán, que diría el himno aquel. O no era así. Es igual. Dios sabrá. Nos reíamos mucho, cuando hablaban de la historia del heavy metal, o la historia del rock, o la historia del rap, cuando salía la esposa de Al Gore, Tipper Gore, acusando a Dee Snyder de blasfemo o grosero o nosequé. Y de esos polvos salieron las pegatinas aquellas de parental advisory. Y nos reíamos mucho. Los americanos, qué gente más rarita.
Luego llegaron a nuestro país casos 'aislados'. Que si lo de César Strawberry, que si lo del otro rapero, que si lo de Valtonyc... la libertad de expresión, la libertad de opinión. La libertad.
Willy Toledo ha sido detenido finalmente por la Policía. Que si lo iban a detener o que si no. Lo han detenido, pero el daño ya estaba hecho. Finalmente, en este país, en el año del Señor de 2018 y nosecuántos de la Hégira, cagarte en Dios te lleva al talego. Según como se ponga el tema, te comes un poco de maco por blasfemar. Así están las cosas por aquí.
Lo mismo te llevan a la cárcel por rebelión, así, por rebelión, como si la cosa hubiera sido en plan... una rebelión, como que te llevan a la cárcel por cagarte en Dios. Ya tiene razón Willy Toledo al meter el nombre de Polonia de por medio.
Y hasta aquí es lo que uno tiene que escribir en este sinsentido de país extraño que nos está saliendo. Que por un lado parece avanzar inexorablemente hacia un cambio generacional en el que lo que quedaba del postfranquismo y de la reserva espiritual de occidente y de toda esa historia quedaba atrás, porque una nueva generación de gente joven, que ya no confiaba en lo que era lo de siempre y todo eso, iba, al menos, a dejar atrás todo eso, y por otro lado, cosas y reacciones que nos dicen que ojo, que este país sigue siendo extraño, antiguo, risible, casposo.
Que seguimos sacando por la tele a franquistas convictos y confesos defendiendo lo que en otros países es ilegal, que seguimos sacando por la tele a curas y laicos ultramontanos defendiendo una especie de sharia católica, y lo sacamos en plan 'mira estos frikis que risa dan', y es una risa tan risa que te pueden llevar al talego.
Que Willy Toledo está en el talego por cagarse en dios. La virgen santa. La virgen de Rute. La virgen del Castillo madre mía. Por cagarse en dios en 2018. Y hay un juez o quien sea que admite a trámite todo esto y considera que sí, que es que eso de cagarse en dios...
Normalmente uno cuando hace un texto de estos debería poner soluciones o el clásico 'esto se arregla'. Esto se arregla así. Esto se arregla de esta manera. Tal y como lo estamos haciendo. Forzando la máquina.
Me cago en el copón bendito. Y no nos va a hacer falta ni lazo ni nada. Con cagarnos en su puta madre, va a valer, que parece que les duele tanto como para que te denuncien. Me cago en Dios. Así como concepto.
Adelante, compañero! Y que el omnipotente y único y verdadero Baal, te haga algo de caso.