martes, 10 de noviembre de 2020

Citröen

No recuerdo quién tuvo un Citröen, pero a tu tío Narcisse le gustaban mucho. Nunca tuvo coche, pero era un apasionado de la marca. Se conocía toda la historia y todos los modelos. Cuando le íbamos a visitar, tenía miniaturas de todos los modelos de la Citröen, y nos contaba muchas cosas sobre las peculiaridades de cada modelo. Naturalmente, a nosotros nos gustaba sobre todo el Tiburón, porque lo veíamos en muchas películas y nos llamaba la atención el diseño peculiar que tenía. A mí me daba un poco de miedo el tío Narcisse. Vivía solo, tenía ya pasados los cuarenta años, y, tras la muerte de los abuelos, se había quedado con la casa o, mejor dicho, le habían dejado la casa porque no sabían qué hacer con él. Preferían tenerlo controlado. 

Cuando íbamos a verlo, mamá le daba una vuelta a la casa y papá intentaba hablar con él de alguna cosa para que se distrajera. Al principio, al tío Narcisse le daban ataques como de ira. Si papá le comentaba algún tema de su trabajo o de la vida en general, de la política, de lo que fuera, el tío reaccionaba mal. Con el paso de los años se fue calmando. Tanto que pasaba de todo. papá intentaba como digo hablar con él, incluso le provocaba conscientemente, y él ya no reaccionaba. Le daba todo igual. El tío Narcisse solo mostraba algo de interés con los coches y con los Citröen. 

Un día le pregunté por los Citröen. ¿Porqué se llamaban así los coches? ¿Había habido un señor Citröen? En la escuela nos habían hablado de Henry Ford y en seguida me acordé de tu tío. Cuando fuimos a visitarle le hice aquellas preguntas y me contó toda la historia del señor André Citröen, de cómo era un apasionado lector de Julio Verne, de su viaje a Polonia, de los engranajes con las espigas en V, de cómo creó la marca, de los primeros modelos, de la Guerra, de la ruina, de cómo murió enfermo. 

Nos fuimos a casa y papá me dijo que era la última vez que íbamos a visitar al tío Narcisse, que se lo iban a llevar a una casa de reposo y que estaban intentando vender la casa familiar en la que vivía. El tío Narcisse, nos dijo, está contento porque así podrá estar con más gente. No llegó a ingresar en aquella casa de reposo. El día que vino la ambulancia para llevárselo se había pegado un tiro. Había dejado una nota en la que había escrito 'Señores enfermeros, me he informado de que sus ambulancias no forman parte de la gama de vehículos de la marca Citröen y me niego a que mi persona tenga que ser trasladada en otra máquina que no sea la que creó el buen señor André Citroën...'.

Todos entendimos que no había sido por la ambulancia. 

lunes, 9 de noviembre de 2020

Rocheteau


'Y entonces sale el portero de Alemania con las piernas por delante, el hijo de puta de Schumacher, y le mete una patada en toda la cabeza al pobre Rocheteau que lo deja lelo. Al cabrón del alemán ni siquiera le expulsaron y a Rocheteau que era un delantero apañadete pero que tampoco era ninguna figura y que le confundía mucho jugando con Platini porque tenía el pelo así rizadete también'. Me gusta contarle a mi hijo historias del fútbol, de cuando el fútbol era fútbol de verdad y se podían ver entradas escalofriantes y el fútbol era como más auténtico que ahora, donde todo está filtrado, esterilizado, limpio. 

Cuando le explico estas historias a mi hijo me mira embelasado. Le gusta entrar en mi mundo. Noto que ejerzo sobre él un tipo de influjo especial. Mi compañera, su madre, quizás tiene con él una relación más afectiva, pero conmigo creo que es una especie de cosa intelectual. Me parece que, aunque todavía es muy pequeño y no puede jugar al fútbol, va a hacer algo con el fútbol, porque le brillan los ojos cada vez que le cuento historias como esta. Y se queda conmigo a ver los partidos en la tele y me mira absorto cuando le voy explicando que tal jugador me recuerda a Soren Lerby o que no se ha visto un central en el mundo como Goikoetxea. Para que vea que soy una persona plural y tolerante, también le hablo de Maradona o de lo mítica que es la selección del Uruguay o que la Unión Soviética era especialista en decepcionarte. 

Mi hijo se llama Txomin, precisamente en honor a Rocheteau. Cuando yo era pequeño mi padre también se pasaba conmigo las horas, hablando, charlando, comentándome las cosas que le pasaban, y también le encantaba el fútbol. Además de las anécdotas que tenía por haber jugado al fútbol él mismo, aunque de manera amateur, también se sabía muchas historias. Era un placer escucharle contar sus partidos de fútbol contra los de otros departamento del trabajo. Te reías mucho. Y sabía además mucho de fútbol. Le encantaba. Tanto le gustaba que me puso Patricio de nombre, que mi madre casi se divorcia de él porque se empeño en ponerme el nombre del jugador al que el portero de Alemania casi le revienta la cabeza en el Mundial 82.

Espera un momento.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Lautréamont


Volvíamos de jugar a fútbol, como todos los jueves, Pascal y yo. Desde el campo de fútbol hasta nuestras casas, que estaban muy próximas, había una media hora caminando y, después de tomar una cerveza con los compañeros del equipo, siempre volvíamos caminando, hablando del partido o de otras cosas. A Pascal le gustaba introducir algún tema de conversación elevado. Le gustaba parecer especial respecto al resto de compañeros del equipo y, cuando ya nos quedábamos solos, comentaba alguna cosa sobre política o me preguntaba qué estaba leyendo. Eso pasó aquella noche. Le contesté que no estaba leyendo nada, que con la niña chica estábamos como locos y ya era un milagro que pudiera venir a jugar los jueves. Él, que no estaba interesado en absoluto en mi vida, rápidamente me contestó que estaba leyendo a Lautréamont.

Lautréamont, le contesté yo. Es un poeta ¿no? Sí, es un poeta, me afirmó Pascal e inmediatamente me comenzó a contar cómo le estaban impresionando Los cantos de Maldoror, estaba fascinado por la oscuridad, por lo tenebroso, que le estaba abriendo los ojos a la existencia horrible que llevamos los humanos. Cuando se ponía así, Pascal era muy divertido. Los hombres, decía, están llenos de mediocridad por culpa de un Dios que nos hace peores. Si somos a imagen y semejanza de Dios, Dios es patético y debemos buscarlo y matarlo. No merecemos ser habitantes de la tierra. ¿Tú has visto como está el mundo? ¿Tú has visto la miseria y el hambre y no somos capaces más que de seguir con la rapiña, la codicia, en nombre de un Dios o de varios dioses y del más pérfido de todos los dioses, el dinero? Por un momento pensé que había comenzado a llorar.

Estábamos a punto de llegar a casa y Pascal seguía hablándome del libro y de lo que se estaba despertando en él. Así que le pedí que cuando se lo acabara, que me lo dejara. Me dijo que se lo estaba leyendo en Kindle y que si eso me lo enviaría para que me lo descargara. Le dije que yo tenía otra aplicación, que ya lo buscaría. 

jueves, 5 de noviembre de 2020

Girard


Entré en el bar y no esperaba encontrármelo. Yo le reconocí desde el primer momento. Él a mí no. Fui a la barra y pedí una cerveza. La barra estaba pegajosa y detrás de las botellas de licor había un retrato del general Girard. Debajo del retrato había un texto en el que se contaba la historia de este general, que murió como consecuencia de las heridas recibidas en la batalla de Ligny, la batalla hermana de la de Waterloo, en 1815, cuando Napoleón fue derrotado. El general Girard fue condecorado como barón del Imperio. En otro texto, se decía que la familia propietaria del bar descendía del famoso general Girard y que, aunque el apellido se había perdido, el bar seguía llamándose Girard. 

Estaba leyendo todo esto cuando noté que se colocaba a mi lado. Me dijo, yo te conozco, tú eres Gerard, tío, hace mil años, qué haces por aquí, te habías marchado a América. Me giré y me hice el sorprendido, pero luego le sonreí, claro que te conozco, Martin, dame un abrazo. Le pedí al camarero un par de cervezas más, le pregunté por su vida, cómo le había ido, si se había casado, hijos, etc. Me lo contó todo, que no era mucho y además ya me lo sabía todo. No se había casado, seguía enamorado de mi hermana, se había quedado en paro, el puto Gobierno se había llevado la empresa a China, ya no se podía vivir en el pueblo, estaba cobrando una pensión por nosequé. Pedí dos cervezas más. 

Le pregunté si tenía algún plan para el día siguiente. Me dijo que no. Le dije que si me quería acompañar a visitar la granja de Michelle que quería llevarme unos corderos preparados para llevármelos de vuelta a mi casa. Me miró un poco desconfiado y se disculpó, no me podía acompañar porque... le dije que no pasaba nada. Ya sabía que no vendría. Pedí dos cervezas. 

Nos quedamos sin conversación. 

Le pregunté al camarero si conocía a Pascal, Ricochet, que había trabajado en el bar hacía algunos años. Me dijo que no. Le pregunté si conocía entonces a Rosalinne, que también había trabajado en el bar durante mucho tiempo, cuando Martin y yo éramos jóvenes. Íbamos cada día a ese bar, el bar Girard, y le preguntábamos a Rosalinne si se acordaba del general Girard y Rosalinne nos decía que sí, que le recordaba como si fuera ahora, en una esquina, ahí en esa mesa, bebiendo una copita de aguardiente y hablando de la guerra. El camarero me miró de la manera que se mira a la gente cuando se sabe que saben. Me preguntó quién era yo. Yo le dije que era Gerard. Y me preguntó si también era familia del general. 

Le contesté que sí y él me dijo que entonces éramos primos. Como los números, le contesté yo. Y Martin se rio. 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

The Good Fight - Michelle King y Robert King


¿Qué sabemos de los Estados Unidos? Creo que me repito una vez más si digo que lo que sabemos de los Estados Unidos es poco, pese a que todo lo que consumimos y todo lo que somos ya como sociedad es frut del influjo de la cultura norteamericana. Pese a eso, no sabemos demasiado de los Estados Unidos. No sabemos nada de los americanos y nos preocupan los americanos, como decía David Bowie. Sabemos mucho de los americanos, pero lo que sabemos es algo sesgado. Por eso nos preocupa que los americanos no sean luego como los vemos en las películas y en las series. Nos enfada que luego voten a Bush, a Trump, a Reagan. Nos enfada luego que Clinton, que Obama, que Biden, no sean tan progresistas como nos imaginamos que deben ser. 

The Good Fight es la secuela de otra serie que no he visto, The Good Wife. Una serie de abogados, una serie de abogadas, en la que durante cuatro temporadas, si no recuerdo mal, ubicada en Chicago, durante los años de gobierno de Trump, en la que nos cuentan cómo el sistema va virando hacia algo asfixiante gracias a las argucias que utiliza la administración de Trump. Una serie muy didáctica que nos explica cómo el sistema legal norteamericano se ve atacada y modificada por poderes oscuros, republicanos casi siempre, que lo amenazan. 

Si vemos The Good Fight, o si vemos La Voz más Alta, por ejemplo, nos damos cuenta de que es impensable que cualquier persona de bien, cualquier persona con dos dedos de frente, pueda votar a los republicanos. Los demócratas, especialmente las bases de los demócratas, se corresponderían con la izquierda progresista europea. Luego nos llevamos las sorpresas que nos llevamos y las intentamos capear de la manera que podemos. 

Las elecciones de este martes nos han dado una nueva muestra de lo poco que conocemos o nos gusta conocer a los americanos. Trump apesta. Todo el mundo lo sabe. Y sin embargo, ha aumentado el número de votos que obtuvo en las elecciones pasadas y para ganar Biden va a tener que superar el rsultado que obtuvo Obama en 2008. Cómo puede ser. Si todo el mundo ve que Trump es un racista, clasista, maleducado, machista, faltón, abusón, cómo puede ser que la gente le siga votando.

En la serie The Good Fight, buenísima, nos enseñan cómo puede ser todo eso y más, porque legalmente puede serlo. Y cómo la última palabra siempre corresponderá a la gente que tiene la responsabilidad de elegir su futuro. Esto último me lo acabo de inventar. 

Hay un episodio en el que a la protagonista se le va la pinza y se despierta en un mundo en el que ha ganado Hillary Clinton. No cabe en sí de gozo. Hasta que poco a poco se va dando cuenta de que el hecho de que haya ganado Hillary no significa absolutamente nada y que, al contrario, su enojo es mayor. 

Ahora, como pasa siempre, nos tocará enojarnos con Biden. Esperemos que nos toque cabrearnos con Biden y preguntarnos qué les pasa a los americanos. 

martes, 3 de noviembre de 2020

Trump apesta


Yo ahora, desde una posición íntegra y de izquierdas tan inmaculada como una camiseta del Ché Guevara, podría decir que realmente, que gane Joe Biden no es desde luego ninguna garantía de nada y que, llegado el caso, ambos candidatos, el republicano y el demócrata representan las dos caras de la misma moneda, aunque no sé si serían las dos caras de la misma moneda porque representaría que, bueno, que vas a llegar al mismo sitio votando a uno u a otro y que realmente, lo de las elecciones norteamericanas no son más que un negocio, un espectáculo y el mayor engañabobos que existe ya que, a ver, únicamente se presentan los ricos, los dos partidos que se presentan defienden el capitalismo como único modelo a seguir y a fin de cuentas, demócratas y republicanos llevan gobernando ese país desde siempre y ese país es así y el mundo que dirigen como un imperio es el que es porque ambos partidos han gobernado como han gobernado y los demócratas tienen bajo sus espaldas o como se diga la responsabilidad de haber sido ellos, y no los republicanos, un montón de guerras que luego se han ido arrastrando a lo largo de los años, porque todo el mundo sabe que lo de Vietnam ya lo empezó Kennedy y no lo pararon hasta que llegó Nixon que era republicano y negoció la paz, porque tenemos muy mitificados a los demócratas y tendemos a asimilar que los demócratas son un poco como los socialistas aquí y si aquí ya se te hace difícil identificar a los socialistas como socialistas o como gente de izquierda, pues imagínate allí que cualquier brizna de socialismo o socialdemocracia es que ni la entienden ni les interesa, porque todo el mundo sabe que allí todo funciona por el dinero y que si tienes dinero puedes ir a un hospital y si no lo tienes te mueres en la calle y eso ha pasado con demócratas y con republicanos, por lo que siendo coherentes, no deberíamos estar tan a favor de que Joe Biden fuera el ganador, además, ya hablando de todo Joe Biden no es el candidato demócrata que de verdad hubiera podido cambiar el país, me gusta mucho más Bernie Sanders, que claramente tenía que haber sido el candidato pero se lo quitaron de en medio porque es socialista o eso dice él, que luego habría que haber visto qué hubiera hecho de haber ganado porque una cosa es lo que se dice y otra cosa luego es lo que se hace y si no tienes el poder financiero de tu lado y mucho más en un país como los Estados Unidos, qué quieres hacer, y también podría haber sido candidata, que a lo mejor lo es algún día pero que ya te digo ahora que le harían lo mismo que al Sanders, la Ocasio, que es muy cañera pero que no te engañes tampoco porque pertenece al partido demócrata que ya te digo que no es ninguna arcadia feliz, que en las películas y las series se empeñan en pintar como malo siempre al republicano sea de la época que sea, pero que los demócratas tampoco tienen mucho de lo que fardar, lo que pasa es que aquí nos tragamos muy fácil el anzuelo y los americanos son especialistas precisasmente en eso, en vender las cosas muy bie, ya verás lo que tardamos en arrepentirnos de ser tan cándidos con el Biden, que ya fue vicepresidente con Obama, que fue un fracaso y que la gente acabó hasta el gorro de él, fíjate lo que pasó con la clase obrera que votó a Trump...

Pero es que el otro es Trump. Y Trump apesta. 

lunes, 2 de noviembre de 2020

Todo irá bien


 '¿Dónde están ahora los del todo irá bien?' Finalmente la hora de los mamporros ha llegado y los que se pasaron el confinamiento recelando del optimismo del Resistiré y del 'de esta salimos mejores', han visto como sus augurios se cumplen. Finalmente, llegan los disturbios callejeros, la frustración de un segmento de la población llega al límite, el hartazgo por medidas arbitrarias que ahora dicen esto, ahora lo otro, ahora cierran esto pero mira aquellos trabajando y nosotros aquí y ese sí y lo que me diga aquel a mí qué me cuentas. Finalmente llega el comentario del momento: apocalíptico. Finalmente lo que tantos estaban esperando se va a cumplir. Las calles arden, nos lo merecemos. 

Estaba claro que el mensaje optimista cándido y naif no era realista. Está claro que la situación es peliaguda para un montón de gente que está viendo cómo su vida se está quedando en stand by y que la maquinaria administrativa del Estado no está siendo lo suficientemente eficiente para poder dar respuesta a todo lo que ocurre. Que la maquinaria no sea más que una cosa sujeta con palillos y goma de pollo y que se ha visto superada por una situación como esta no se soluciona queriendo quemar lo que quede del Estado, sino aumentando el Estado, sus integrantes, su fortaleza, sus recursos y su presencia en nuestra vida atendiendo las necesidades de la gente. Que los servicios sociales, los gestores de los subsidios de desempleo, de los ERTOS, de las rentas mínimas, funcionen y sean eficientes, ha de ser una prioridad y para ello hay que cambiar el paradigma con el que nos hemos movido en este país desde tiempo inmemorial. Los funcionarios son una lacra. Hoy vemos que los funcionarios, los servidores públicos, los trabajadores públicos, dan la medida de un país. 

Los trabajadores públicos no son los políticos. Los políticos hacen política y se supone que designan las líneas que se han de seguir. Si la gente no ve diferencias entre la gestión de unos y de otros, es cuando las derechas encuentran su espacio. Todos son iguales pero yo soy más igual. Por eso se tienen que hacer políticas que signifiquen cambios, cambios para la gente común, para los trabajadores, para quienes tienen más riesgo de verse en la intemperie. Todo este párrafo está muy bien, dirán, pero no se está haciendo. Pero se está haciendo, contesto yo. En la medida que se puede siendo el país que somos y teniendo la correlación de fuerzas que se tiene. Es difícil de entender, pero cada cuatro años hay elecciones y de las elecciones se obtienen resultados que marcan la línea que sigue un país. Los míos llevan en el Gobierno quizás menos de un año. Y en un año, vaya si se nota el cambio.

Este párrafo anterior le importará una mierda a quien lleve cuatro meses sin cobrar el paro o no haya recibido ni un yen del ERTO. Todo el texto le importará una mierda para quienes consideren que la presencia de los míos en el Gobierno es causa bélica. Eso ya lo sé yo también. Lo que deberíamos tener claro, los míos, es que hay que hacer lo que sea  necesario para que los primeros no nos pierdan la fe. 

Siempre pongo la misma teoría sobre la mesa y no dejo de pensar en ello. Si hace 12 años de una situación de cambio de paradigma o ajuste de tuercas del capitalismo (que no de crisis), este país o buena parte de la población descontenta de este país buscó respuesta en la impugnación del sistema o al menos una respuesta de izquierda que hablase en el mismo idioma de quienes estaban viendo como su presente y futuro no iba a ser como el que pensaban, ahora corremos el riesgo de que la moneda caiga para otro lado. Y no lo podemos permitir. 

Así que toca hacer lo que sea necesario para que, realmente, nadie se quede atrás y para que nadie busque respuestas donde solo ofrecen más miseria y odio. Y todo saldrá bien.