martes, 1 de julio de 2014

Grandes Semblanzas VII - Josep Prumol, emprendedor

Crear y crecer. Pensar siempre en que hay algo más. Un beneficio, un costo, un balance. La cuenta de resultados. La carpeta de clientes. Josep Prumol tiene una historia, como todo el mundo. No se engañen por quienes dicen que las historias deben ser siempre entretenidas. Las aburridas también son historias. Pero todo esto ya lo saben. Yo lo digo por decir. Por rellenar. Ya lo saben. Avanzando siempre en un camino trazado por el knowledge y el self investment. Sea eso lo que sea. Josep Prumol tampoco lo sabía. Pero bien sabe dios que lo primero que hizo al editar los primeros folletos promocionales de su empresa 'Prumol Things S.L.', fue incluir estas palabras. Y muchas otras. Palabras bonitas. En inglés. Y una muy trabajada traducción al alemán, por si acaso.
Josep Prumol es el resultado de una formación basada en el capital familiar, la falta de interés por conocer el mundo y saber que si a uno se le pone entre ceja y ceja que eso es así, así es. Prumol desciende de una familia de ferreteros de Sant Fartat Deltot que había hecho una pequeña fortuna, modesta, sin alardes. El padre de Prumol, el señor Prumol envió su hijo a estudiar a una universidad irlandesa muy prestigiosa, pero no habían pasado dos meses del inicio del curso cuando Josep Prumol volvía a casa y le comunicaba al padre que él quería ser un empresario emprendedor, que ya tenía una idea de negocio en la cabeza y que sólo necesitaba un pequeño capital para ponerla a funcionar.
Ese es el espíritu. Y prácticamente ese es el cogollo de la historia. Bueno. Es que es todo así. Heredero que no quiere estudiar, que quiere 'negocio', que quiere estar allí, llamar por teléfono a aquel, reunirme con tal, comprobar si el pedido... y con estos mimbres ir viviendo la vida. Pero bien, ojo.
El negocio que tenía pensado el bueno de Josep Prumol consistía básicamente en una nave industrial, rodeada de otras naves industriales, dado que se situaría en un Polígono. En esta nave industrial habría cosas. Elementos. Cachibaches. Maquinaria elegida al azar. Vistosa. Sin utilidad aparente. Un par o tres de vehículos que fueran saliendo y entrando de la nave. Estos vehículos irían y volverían a la nave y de la nave a ningún sitio. Y harían unos cuantos viajes al día, dos o tres. Josep Prumol, desde su oficina en la nave industrial, controlaría la hora de llegada y la hora de salida, la anotaría en una hoja y al cabo del día tiraría la hoja a la basura.
Los más avispados habrán visto que no tiene sentido alguno una empresa así. Beneficio, coste, producto, material, ganancia, trabajadores. Este es el tema. Los trabajadores. Josep Prumol contrató a cinco trabajadores. Empleados, les llamaba él. Procuraba estar con los tiempos y no llamarles 'mi familia', pero a veces se le escapaba. Bueno. Cosas sin importancia. Sus empleados tenían el cometido principal de la empresa. Llegaban a la nave de 'Prumol Things' más temprano que nadie y tras fichar, se repartían por el Polígono y se apostaban en las puertas de las demás fábricas. Y daban conversa. 'Pues ahí estamos, que tenemos una máquina que lleva parada nosecuanto tiempo y el jefe nos dice que la va a arreglar y yo que sé qué vamos a hacer'. 'Nada, que estábamos pensando en qué hacer luego, si ir a comer al restaurante de la señora Virtudes o ir al chino directamente y me han dicho, pues pregúntales a estos a ver qué van a hacer'. 'Llevamos unos días con el cabrón de mi jefe que yo que sé, está insoportable, el cabrón'. '¿Visteis ayer el Barça?'. 'Estoy preocupado porque tengo a la niña mala con fiebre y la llevo a la Seguridad Social y no me saben decir qué tiene'.
Y así. Conversación. Tema. Producto. El producto era la conversación. Things. Las Things de Prumol. A cambio de una cháchara que no conducía las más de las veces a nada concreto, y por su puesto, a desarrollar un vínculo verdaderamente afectivo y fraternal entre los trabajadores, las empresas pagaban a Prumol un tanto. Una cantidad. Beneficio. Coste. Y así iban tirando.
Premios... los que quieras.
Hoy Josep Prumol no para. Sigue con su Prumol Things y tiene franquicias en nosecuántos países. Una barbaridad. En Princeton se lo rifan. Pero él dice que eso de los aviones, que el Princeton ese... Bueno.

lunes, 30 de junio de 2014

Francisco Fernando muere por nosotros

Y entonces, asesinan al Archiduque Francisco Fernando en Sarajevo y este hecho desencadena la Primera Guerra Mundial. Estamos de aniversario. Un aniversario que es especialmente triste para quienes, ejem, nos consideramos, ejem, ejem, clase trabajadora. Clase trabajadora. Resulta que hace cien años sufrimos una derrota pasmosa. Una derrota sin haber combatido. Una derrota por la cual  nos enviaron al combate. Al gran matadero que fue la Primera Guerra Mundial.
Francisco Fernando, según cuenta el gran Stefan Zweig, no era precisamente el ojito derecho del Emperador Francisco José. Al parecer Francisco Fernando era un tipo un poco agrio y que iba bastante a su bola. Además, cielos, se casó con una plebeya contra la opinión de todo pichichi. Una plebeya que tampoco es que fuera un encanto. Dice más Zweig, que cuando asesinan a Francisco Fernando, no todo el mundo se lo toma como una mala noticia. Incluso las muestras de dolor de la propia corona no parecen demasiado sentidas. Pero, eso qué más iba a dar, si la Guerra era algo que estaban deseando las grandes potencias porque... porque la estaban deseando.
Leyendo a veces cosas sobre los años previos a la Primera Guerra Mundial, uno pudiera pensar que, realmente, era un asunto que podrían haberse jugado los zares, kaisers, emperadores, reyes y presidentes de la república francesa al parchís y se hubiera arreglado la cosa en un nada. Pero no. Era necesaria una guerra. Y uno, que es malo y tiene el rencor incorporado a los genes porque vivo nada más que para la maldad y para pensar que todo el mundo conspira contra mí y contra los míos, piensa... estos se montaron una guerra nada más que para demostrar y demostrarse que todo el movimiento obrero, -que era principalmente pacifista-, se lo podían cargar de un plumazo nada más que agitando la banderita.
Así es. Esta es la derrota. La banderita. Soy un trabajador, soy un obrero afiliado al partido socialdemócrata de mi país, por la paz y por la dignidad, pero amigo... me calientan la sangre diciendo que los franceses son unos cabrones malnacidos y... me cago en... a quién hay que matar. Y ahí te ves al partido socialdemócrata votando a favor de la guerra y todo al garete. Y los trabajadores, que durante décadas han visto crecer en su interior el espíritu del pacifismo, del internacionalismo, del proletarios del mundo uníos... son enviados como carne de cañón a las trincheras del frente de Bélgica, los fangales del frente ruso... carnicerías como las de Armenia... en fin. Una historia bastante triste.
Una guerra que tiene como objeto principal... demostrar quién manda. Demostrar que se puede enviar a la muerte cierta a millones y millones de personas tan sólo agitando sus instintos más profundos de miedo, odio al diferente, ardor guerrero, crueldad y falta de empatía por los demás. ¿Han visto la peli Senderos de Gloria? Yo tampoco. En ella Kirk Douglas comanda un batallón que se niega a cumplir unas órdenes suicidas. Órdenes que se dan sin motivo concreto, tan sólo para demostrar quién manda. Sí, mucho socialismo, mucho amor fraternal hacia los trabajadores y los pueblos enteros el mundo, pero como te toque un poco las palmas, bailas fandango por mis muertos.
Una guerra que sirve como válvula de escape. Una guerra que queda en nada. Una guerra que destroza un continente y que prepara la siguiente, que será más ideológica, pero aún más atroz. Una guerra por el Emperador. Una guerra por el Kaiser. Una guerra por el Zar. El Zar cae. No termina la guerra en su puesto. El Kaiser acaba cayendo también. Finalmente en Alemania hay una revolución y se obliga al Kaiser a pirarse. Lo que ocurre después es quizás la oportunidad perdida más grande para la clase trabajadora mundial. En Rusia aprovechan esa oportunidad. Con la promesa de la Paz, triunfa una revolución que para consolidarse tendrá que vivir en guerra permanente.
La paz. Demostrar quién manda.
Y la pregunta que sobrevuela estos días... ¿volveríamos a hacerlo? ¿volveríamos a agitar las banderas en la plaza del pueblo clamando contra el enemigo imaginario? ¿volerá a estar Hitler en la plaza de Munich esperando su oportunidad? Da miedo responderse.

viernes, 27 de junio de 2014

Miscelánea

Willy Meyer, Willy Meyer, Willy Meyer. Digo yo que alguno de estos será Steve Mason, porque no lo sé reconocer. Será el del jersey blanco y negro. En fin. The Beta Band tiene varios discos, pero como el recopilatorio de los tres EP's, no tiene nada. En los discos encontramos a veces canciones bestiales, pero suelen ser un poco... que se diluyen. En cambio el de los tres EP's, aunque tenga sus momentos también de 'y ahora nos vamos un poquito de la pinza y ya volveremos', tienen sus canciones buenas. Aquí vemos en solitario a Steve Mason, que, insisto, debe ser uno de estos de la foto, cantando Dr. Baker. Si en el disco el ritmo lo marca un piano, digamos latino, aquí está sólo con la guitarra. El mantra bien pudiera ser Willy Meyer, Willy Meyer, Willy Meyer... ohm.
https://www.youtube.com/watch?v=sHoqZdZ9xoI

Como sepa Dios hasta cuándo no vamos a poner nada más de los Beta Band, vamos a poner otra canción más. Esta se llama Simple Boy y es del segundo disco, que en realidad es el primero. La canción tiene bien poca cosa, pero se te mete dentro. El estribillo, My mother of love where are you when we need you, como otro mantra. Es lo que tiene este grupo, que cuando engancha esas repeticiones rítmicas o lo que sea te hace entrar en un trancecillo muy majo. Y es lo que pide el cuerpo. No tanto encenderse y eso. Más bien tomarse las cosas con calma y esperar a que la Madre Divina ilumine nuestro entendimiento para el largo camino que nos espera. Madre del amor, dónde estás cuando te necesitamos. A veces necesitamos eso, que algún ente, algo, nos toque así la cabecita por encima y nos diga, déjalo un momento que a ver si vas a meter la pata.
https://www.youtube.com/watch?v=DUiztDzLW8k

El otro día, en el Cachitos de Hierro y Cromo especial por el Día de la Música, aparecieron como quien no quiere la cosa, Belle and Sebastian. Qué grupo tan así. Los débiles. Los que me conozcan ya sabrán mi teoría sobre el débil y el pop. El pop débil. El cantante de Belle And Sebastian, Stuart Murdoch (hoy la cosa va de escoceses), como epítome de los débiles. El tipo flaquillo, con el polito que le queda estrechín, flequillito, poquita cosa... pero oigan, qué canciones. Escucharemos una del Fold your hands child, you walk like a peasant, que traducido debería ser algo así como, recoge tus brazos chica, que andas como una campesina. Uy lo que ha dicho. Discriminaciones por clase social. Bueno. Este disco lo ponen bastante a caldo porque, precisamente, no canta todas las canciones el Stuart Murdoch. Esta canción sí. Se llama The Model y es bien bonita.
https://www.youtube.com/watch?v=Kc74AVWprmc

Cambio de tercio. Hace poco apareció un colega de mi hermano diciendo que Decibelios tocan en diciembre y que había que darse prisa para pillar entradas. A ver, Madre Divina, ilumíname. ¿De verdad voy a ir a un concierto de Decibelios? Ojo. Que esto no es lo mismo. Que un concierto de Decibelios no es un concierto de Madness o de los Specials. Ojo. Que aquí estamos hablando ya de otro nivel. No por nada, pero es que... no sé si me pilla ya demasiado lejos esto. Claro, escuchar canciones como la de Ningún nombre de mujer... en directo... puede ser una experiencia muy fuerte pero... es que... cómo decirlo... el ambiente igual es muy duro para un anciano como yo, que, además, tampoco tiene excesiva relación con el mundo skinhead, más allá de lo tangencial. Pero es que claro... escuchen. El vídeo es de La Bola de Cristal.
https://www.youtube.com/watch?v=mhH29FAG4J4

Otra de las que apareció en el programa aquel del otro día, fue esta canción de Los Pasos. Ojo por ojo. Una canción de esas que empieza con una cosa y acaba con un estribillo poderoso. Uno de los ejemplos de psicodelia patria que tan poco acostumbrados estamos a reivindicar. Nos perdemos entre discos británicos, yankis, incluso nos da la venada y nos ponemos tontos con franceses y alemanes de pelo largo, pero a lo de aquí los despreciamos de forma vil. Y a la mínima, les tachamos de música pachanga. Pues no. Aquí tenemos esta cancionaza de unos señores con pinta de formales, con sus trajes y tal, cantando vete y no vuelvas nunca jamás vete y no vuelvas. Qué pedazo de estribillo y qué pedazo de canción.
https://www.youtube.com/watch?v=V6jgHoKHneI

Murió la semana pasada Gerry Goffin y no hemos dicho nada de nada. Gerry Goffin era marido de Carole King y ambos compusieron algunas de las canciones más molonas de los años sesenta. Se separaron y siguieron componiendo. Hace poco dedicaron un programa a Carole King en la radio y ya pusimos una cancionaca de The Animals, que no vamos a repetir, lamentablemente. En ese programa pusieron muchas canciones muy buenas, pero investigando, nos encontramos con una canción de esas de película de los años 50 y 60. Tina Robin cantando Please mr Dj play it again. Oh, qué bonita. Canción de bailar amarradete ahí. Claro que sí. No todo va a ser...
https://www.youtube.com/watch?v=ofLoWfobaAg

Y nada más. Que tengan buen fin de semana todos y cada uno de ustedes. Sin más.

jueves, 26 de junio de 2014

El feo

Entonces, ¿el feo era yo? Lo podría dejar aquí, en la pregunta. En el aire. Pero creo que merezco una explicación. ¿Yo era el feo? ¿No podía ser el feo otro? De todos los calificativos, el de feo es el más duro. Puede uno ser tonto, puede ser malo, puede ser mezquino... pero pocas cosas duelen más que te llamen feo. Feo. El feo. Y yo, la verdad, siempre pensé que el feo era otro. Que no podía ser yo. No por nada. Sé mirarme a un espejo y reconocer que uno, la verdad, no está para salir en las revistas. Pero, feo, lo que se dice feo, reconocer uno que es feo. Eso no. Hay gente que lo hace, no lo niego. Hacerse el feo. Dar pena como feo. Soy tan feo, quiéreme. Soy feo, pero soy gracioso. Soy feo, pero. Soy feo, pero. Como si aceptándolo fueras a llegar más lejos. Si eres feo, lo demás qué más dará. Eres feo. Soy feo. Qué feo eres. Debe ser lo peor que le pueden decir a uno. Es lo peor, creo. Eres muy feo. Qué feo eres. El feo, el bueno y el malo. El bueno, el feo y el malo. El feo era yo y yo no lo quise reconocer. Siempre pensé que le feo era el otro. El que hacía de malo. Al menos aquel era calvo. No, si ya sé que eso tampoco tiene nada que ver, que uno puede ser calvo y no ser feo. Pero déjenme vivir mi película. El malo era el feo. Porque además en las películas el que no es guapo guapo, que tiene una belleza retorcida, acaba siendo malo. O no. Yo que sé. Hay tantas películas de tantos tipos. Esa es otra discusión. Las películas. El cine. El cine para guapos. Yo soy feo. Quizás soy incluso demasiado feo para que sea malo. En otras circunstancias sería el amigo del bueno. El feo que es tan feo que debe ser amigo del bueno, porque para otra cosa no debe valer. El feo. El amigo del bueno. Pero ni siquiera eso. Puede que ahí estribe la confusión. El feo no puede ser malo, tiene que ser el amigo del bueno. El que tiene cara de malo no tiene cara de feo. El feo no es malo. El feo soy yo. Eres muy feo. No te va a querer nadie. Ese es el drama. Eres muy feo. No te va a querer nadie. Alguien te querrá, pero seguro que es igual de feo que tú. No te va a querer nadie. Bueno, también dicen eso de que la suerte de la fea, la bonita la desea. La suerte. Qué suerte ni qué suerte. Yo me muero. El bueno no muere. El bueno y guapo. Nadie sabe si el guapo y bueno es finalmente tan bueno como parece. Es tan malo como el malo. El feo. Vivir de ser feo. Ese es el futuro. Algo habrá que hacer para vivir de ser feo. Que te quieran siendo feo. El feo. El bueno. El malo. Yo quiero ser el malo. Yo era el malo. El feo, no. No puedo ser yo.

miércoles, 25 de junio de 2014

Jorge Luis Borges - El Aleph

Hace unos días, un colomense se me acercó y me dijo: 'Malo es que vayas al Primavera Sound, pero peor es que luego hagas esas mierdas de crónicas que haces'. Bien. Respetuoso como soy con las críticas, sobre todo si son hacia mi persona y mucho más si son hacia mi... ¿trabajo?, qué menos que seguir adelante haciendo lo que más me gusta, que no es otra cosa que teclear y ver reflejado el resultado en la pantalla del portátil. Y qué mejor ocasión para volver a quedar en evidencia que aceptar el reto lanzado por la señorita Sevilla.
Yo me leí El Aleph de Jorge Luis Borges hace casi veinte años. Con la tontería. Estaba yo en la Facultad (como Pablo Iglesias) y me gustaba ir hasta la Biblioteca de Letras a pillar libros. Empecé con la Historia Universal de la Infamia, porque me pareció llamativo el título. Y a partir de ahí, la fascinación. Una bonita historia personal, que posiblemente no le interese a nadie.
Pasemos al libro. El Aleph, realmente, no se diferencia demasiado de otros libros de Borges, como Ficciones, El libro de arena, El informe de Brodie... Cuentos. Cuentos en los que Borges hace gala de su saber enciclopédico que le hace ambientar sus relatos entre gauchos y pampas, entre vikingos y anglos, en salones intelectuales, en palacios árabes, en el decadente imperio Romano... donde sea. Cuentos fantásticos que a veces no lo parecen tanto. Cuentos en los que el comportamiento de las personas, a veces elevado y sublime, se tuerce en un momento de debilidad y aparece la mezquindad... o lo maravilloso. Todos los cuentos que aparecen en este libro son memorables. El Inmortal, Deutches Requiem... da igual el cuento que elijamos. Se pueden leer una y mil veces y todas ellas te trasladan a un mundo que cambia de escenario, pero que parece inmutable. 'Borges es difícil de entender'. Esta es una de las principales excusas que ponen muchos para no leer a Borges. Complicado, demasiado culto, elitista... incluso algunos piensan que, por ser un tipo bastante conservador y haber apoyado en un principio la Dictadura de Vileda, digo, Videla, hay que arrinconarlo.
Bueno. El cuento que da nombre al libro, El Aleph, podría hacer que uno quedase enganchado a Borges de por vida. Y, como todo, está sujeto a interpretación. Veamos. Dos escritores enamorados de una misma mujer. Enamorados o al menos engatusados por ella. Los dos escritores, uno de ellos el propio Borges, la visitaban frecuentemente y, a pesar de la muerte de ella, siguen acudiendo a la casa de ella. Ninguno de los dos escritores simpatiza con el otro, se detestan. El otro, Carlos Argentino Daneri, se presenta en palabras de Borges como un escritor vulgar, mediocre, sin el estilo que tiene Borges que, sí, es elevado, cita sabiendo a quien está citando, era verdaderamente merecedor del amor de Beatriz y no Daneri. Un día, ya pasados los años, Daneri convoca a Borges porque quiere anunciarle algo maravilloso. Porque Daneri, al fin, pese a las pullas, siempre tiene algo de fe en Borges. Situado en un escalón concreto de la escalera que baja a un almacén, está el Aleph.
El Aleph. Hacerse cruces con el Aleph. Un punto que recoge todo el universo. En presencia del Aleph, uno está ante todo. Todo lo conocido, todo lo que hay, todo lo que está, lo podemos contemplar sin necesidad de movernos. Que sí, que si la metáfora premonitoria de Internet, que si la fantasía, que si... Carlos Argentino Daneri, pese a la enemistad, confía en que Borges sabrá apreciar su hallazgo. Y Borges, efectivamente, también contempla el Aleph. Esa maravilla. En ese escalón, en ese punto de una casa de Buenos Aires, se encuentra todo el Universo. Una auténtica experiencia que va más allá de...
Pues no. Borges tiene en su mano la posibilidad de apuñalar a su amigo/enemigo. Daneri espera que le diga qué ha visto, si también lo ha visto... y Borges prefiere hundir a su amigo/rival, que disfrutar del Aleph.
La mezquindad. Preferimos perder algo maravilloso, no disfrutar de una fantástica casualidad, por no favorecer y alegrar a alguien a quien detestamos. Preferimos hundirnos todos y seguir viviendo en la mediocridad antes que ser generosos con lo que otro tiene. Escogemos el movimiento táctico y calculador antes que apreciar de manera sincera lo que el otro pueda tener de bueno. Me estoy desviando.
El Aleph es el cuento. En un hecho maravilloso, en realidad, nos está hablando de la vida más común. Y bajo un lenguaje tan culto, unas citas tan intelectuales, y unas localizaciones tan inverosímiles, de lo que no es está hablando siempre Borges es de cómo nos movemos en el momento de la verdad. Cuando hay que mojarse, cuando hay que actuar. Cobardes, traidores, mezquinos... De eso va todo.
Espero haber pasado el reto Dixan.        

lunes, 23 de junio de 2014

Chaco


Qué contentos estábamos. Nos dijeron... 'la patria, la patria os necesita, tenéis un deber con ella y vuestra sangre debe ser derramada para defendernos de los bárbaros que vienen a quitarnos lo que es nuestro. Nuestro y de la patria.'. Y claro, algunos más convencidos que otros, nos tuvimos que alistar, no nos quedaba otra. La patria nos necesitaba, eso lo teníamos muy claro. Así que nos pusimos en marcha, o nos pusieron en marcha, hasta llegar a la capital de la provincia. Allí se encontraba el capitán Serriugarte. Este capitán era un señor muy atildado, para nada indio, rubio, de unos cuarenta años, que nos miró a todos con un desprecio infinito antes de decirnos. 'Vamos a marchar para salvar a la patria, esa patria que os lo da todo y que vosotros, negros, no sois capaces de entender'. Nos rebajó el rancho a la mitad para que nos acostumbrásemos a saber que la patria se defiende por amor y no por comida y nos dispuso en posición de marcha.
Marchamos hacia el frente. El capitán Serriugarte, misteriosamente, convenció al Estado Mayor para que su columna, la que comandaba, siguiese su propio recorrido, a su juicio 'para que esta indiada de mierda sepa lo que es servir a la patria'. De donde nos encontrábamos hasta el Chaco, había casi mil kilómetros que nos hizo recorrer andando. Caminando. Marchando. 'Así nos íbamos a enterar, muertos de hambre, de cómo se defiende a la patria y de cómo se lleva en el corazón cuando se sufre por ella'.
Marchamos durante tanto tiempo... no dejábamos de marchar y de sufrir. Cada vez con menos rancho. Los oficiales instaban al capitán Serriugarte a que apremiara el paso, porque los combates arreciaban y la situación era cada vez más desesperada para los bolivianos. Teníamos que ir más deprisa. Y sin embargo, el capitán Serriugarte se negaba. Decía que la primera lección de la guerra era 'amar a la patria sobre todas las cosas', y por eso nos hacía marchar tan penosamente.
El capitán Serriugarte no cejó en su empeño. Marchamos caminando, pasando fatiga tras fatiga, pero sin disparar un sólo tiro, hasta que llegamos a la línea del frente, cuando hacía tres meses que la guerra había finalizado.
Y bueno, amar a la patria no sé si la amo más ahora o antes de la marcha, pero por el capitán Serriugarte sentimos todos un muy grande afecto.

domingo, 22 de junio de 2014

Gran Biblioteca Universal del Pensamiento IV

Son muy conocidas las palabras del famoso escritor alemán Klaus Asherberg durante la ceremonia en la que recibió el premio Príncipe de Cambria, ya saben, el exabrupto que le hizo famoso: 'Desde luego, vaya coñazo de ceremonia'. Pero han sido menos aireadas las reacciones de la Princesa de Cambria a tales palabras, quizás para salvaguardar el buen nombre de la princesa, que le espetó al osco escritor germano: 'pues si quiere le meto el diploma por el culo y así hacemos esto más así'.

Edelbert Austenmayer se las tenía tiesas con su antiguo ex amigo y competidor Albert Hohensteiner. Ambos pretendían ser el escritor más revolucionario del panorama literario internacional. Si Austenmayer se enrolaba en una guerrilla latinoamericana, Hohensteiner se solidarizaba con la lucha de los mineros de una región olvidada. Si Austenmayer firmaba un manifiesto a favor de los presos políticos, Hohensteiner apoyaba la campaña electoral de algún partido de la extrema izquierda. Si Austenmayer publicaba un libro de versos en honor a algún poeta desaparecido en las cárceles fascistas, Hohensteiner dedicaba todo un volumen al genocidio de pueblos exterminados en aras de la civilización. Pero algo pasó. Austenmayer casó con una heredera de postín y, quizás involuntariamente, cambió su discurso para quedar alineado entre las posiciones más acomodadas del espectro político del momento. Un liberal convencido, demócrata europeista, etc. Paradójicamente, Hohensteiner, sin motivos graves, decidió seguir compitiendo con Austenmayer en ver quién se había vendido más.

Terrible la crítica de Jean Marc Abellier acerca del ensayo del emérito pensador Paul Wassermann 'Sobre la economía de nuestro tiempo', publicada dicha crítica en el diario 'El Atolón de Mururoa'. La crítica dice lo siguiente: 'Válgame la virgen si yo he entendido algo de todo lo escrito. No diré que uno sea especialista en la economía, en la sociedad, en la política. No diré que, aunque periodista, sea especialista en nada. Pero uno pide, al menos, que el que escribe lo haga pensando en que el receptor es un ser humano, una persona, un individuo que, ay, puede cagarse en la madre que parió al demonio a la tercera línea y, ay, desear males inenarrables al escritor de lo que ahí aparece'.

Mi padre me regaló hace tiempo un libro precioso llamado 'Andanzas del caballero Peter Von Vansterden', que recogía las aventuras del famoso caballero renacentista por las cortes centroeuropeas. En uno de los episodios Peter Von Vansterden hacía esta consideración. 'Ardo en deseos de contarle a alguien que, si yo pudiera, quisiera ser el que escucha mis cantos y andanzas, sin tener que protagonizarlas. La presión es mucha y la edad avanza'.

En su recopilación de versos 'Lágrimas de los ojos de otros', la poetisa Ludmila Frodonovskaia, hacía la consideración que sigue: 'De mi boca salen palabras que te conmueven, y me alegra, amor. Pero debo informarte que también han conmovido al caballero de tu derecha y, amor, ya son dos amores'.

Klinstofer Detévez publicaba un libro por año. Sin pararse en mientes, entraba el año 1978 y Klinstofer Detévez ya tenía dispuesto el tema y argumento de su nueva novela. Iba a dedicarse a investigar y narrar las peripecias del prócer uruguayo Rivera, cuando su mujer le abandonó. Padeció una crisis muy fuerte, depresión, intentos de suicidio y no pudo concluir la obra en el tiempo que él consideraba habitual. Y eso le acabó de rematar.

El estudioso sobre artes orientales Gedeón Ferlinguetti quiso salirse de su ámbito fe estudio en el libro de cuentos 'Ploff, el niño que se caía', y paradójicamente tuvo éxito. De ahí, valientemente, saltó al género dramático con la obra 'Nyec, la silla que se quejaba', y de forma inopinada, tuvo éxito otra vez. Por probar, lanzó un recopilatorio de versos titulado 'Plam, golpes en la mesa'. Más éxito. Era una de las personalidades literarias más alabadas y portada de varias revistas. Su siguiente trabajo volvió a tratar sobre artes orientales, y se llamó 'Khmer, una civilización', y la cagó bien cagada.