jueves, 31 de julio de 2014

El poder de la mente del Director del Departamento

Cuidado con esto:
'...y a los pocos minutos de aparecer por la puerta, nuestro amigo Natalicio Oberena comenzó a agitarse de manera frenética, echaba espuma por la boca, gritaba y daba alaridos, a veces parecía querer entonar una especie de himno, movía los brazos arriba y abajo, estaba fuera de sí.
En el despacho todos somos gente normal, menos Natalicio Oberena. Solemos bajar a fumar Delio Laires y yo, casi todos los días, más o menos a las once y media, y comentamos las cosas que hace, lo que dice, cómo se mueve y lo que nos provoca. Natalicio Oberena llegó al despacho hace cosa de un año. Encargado del área de remuneraciones, se mostró desde el primer día como una persona que no entraba en las rutinas habituales de nuestro centro de trabajo. No preguntaba por nada, ni por nadie. No compartía ninguna inquietud. No buscaba compañía para bajar a fumar, porque no fumaba. No desayunaba tampoco. Solamente era capaz de abrir la boca para decir 'buenos días' al chico de Recepción y 'buenas tardes' a la hora de irse a la chica de Recepción, ya que había dos personas distintas para cada turno. El resto del día, Natalicio Oberena se encerraba en su despacho, salía a beber agua, nos miraba, comentaba algo entre dientes y volvía a su cubil.
'Relámpagos', 'asiento trasero', 'bolsa de tela', 'ojos cerrados, ojos abiertos', 'la simiente', 'calor'... palabras que mascullaba, sin sentido alguno, mientras nos iba repasando a todos con la mirada y el vaso de plástico con agua hasta el mismo borde. Quisimos hablar con el Director del Departamento, el señor Mochón, para comunicarle nuestra inquietud. No queríamos que se emprendiera ninguna acción contra Oberena, faltaría más, pero nos parecía que su actitud debía ser estudiada por Regüeldo, perdón, Recursos Humanos, de manera urgente. El señor Mochón recibió nuestra solicitud de reunión, nos citó a Laires y a mí y nos dijo que él no notaba nada raro en Natalicio Oberena y que continuáramos trabajando sin más. Así lo hicimos. Pero si bien durante el trabajo no comentábamos nada, por mor de no entorpecer el normal discurso de la jornada laboral, al salir no podíamos remediarlo. Oberena continuaba con su comportamiento anormal.
Un jueves por la tarde, tuvimos que quedarnos todos un par de horas más porque había habido un follón en un muelle en Tánger y hubo que dedicar plantilla a solucionarlo. Natalicio Oberena no pareció darse por enterado y salió de su despacho a la hora de siempre y se marchó. Al día siguiente fue cuando ocurrió todo. A primera hora del viernes. Oberena venía desencajado. Pensamos que había estallado algo en su cabeza y la locura que presuponíamos se había desatado. Entonces el señor Mochón salió de su despacho, se colocó delante de Natalicio Oberena, le puso la mano en la cabeza durante unos segundos que se nos hicieron eternos y Oberena se calmó. Entró en su despacho y cumplió con su jornada sin más.
Desde ese día sueño con el señor Mochón, con su mano, con un campo de amapolas, con un cerrojo, con una piedra, con un lirio, con crestas... Laires ya no quiere bajar conmigo a fumar.

miércoles, 30 de julio de 2014

Karpov

Mientras mueve o no mueve, voy a hacer como que anoto algo. Este está realmente bueno de lo suyo, también. Se le ha metido en la cabeza que la distancia que existe entre el tablero y el borde de la mesa no es lo suficientemente amplia para poder moverse con comodidad. Claro, el hombre mide casi dos metros y está hecho un morcón y todo le parece pequeño. Pues nada, no hay prisa. Mientras va decidiendo y midiendo, yo voy a anotar mis cositas aquí en la libretita y no hay más que decir. Al final acabaré haciendo dibujos de mi cara. El seis y un cuatro de rigor. Que si los ojos, que si la nariz en medio, que si el flequillo... y después de ese dibujo, otro dibujo igual. Que si los ojos, que si la nariz en medio, que si el flequillo... y van pasando las horas. No es la primera vez que juego contra este buen señor. La verdad es que no sé porqué le siguen dejando participar en estas cosas. Porque no juega. Hoy dice que le molesta la distancia entre el tablero y el borde de la mesa. Otro día empieza a descartar las sillas porque unas son muy duras, otras son muy estrechas, las otras no tienen ruedas, aquellas tienen las ruedas muy grandes. Otras veces es un problema con las fichas, que si con estas fichas no hay quien juegue, que si este tablero insertado en el dibujo de la mesa no es legal, que si los colores blancos y negros no se distinguen realmente unos de otros, que si el rey no tiene una cruz encima de la corona, que si la figura del caballo tiene demasiadas aristas y se nota incómodo. El caso es no jugar. Este buen hombre no juega nunca. Se sienta y empieza el ritual. Como no es la primera vez que pasa, yo dibujo mis cositas, hago como que anoto movimientos para hacer tiempo y cuando llega el juez y le pregunta que si va a jugar o qué cojones hace y éste le dice que encima a él con amenazas, que qué se han creído y coge y se larga. Y yo me pregunto, ¿cómo es que este hombre sigue participando? ¿Por qué le siguen llamando? Un organizador me dijo el otro día que es que el mundo del ajedrez es muy dado a acoger a personajes que se acercan demasiado al concepto de 'personaje', propiamente dicho. Y que, a fin de cuentas, a algunos de nosotros nos separa una finísima línea respecto con la pedrada de este buen hombre, cinco segundos, un momento de concentración, cierto sentido de la obligación o que nuestra locura por el ajedrez es más grande que cualquier otro trastorno que pueda haber. Así que, mientras que a este señor bigotón le puede lo otro más que lo nuestro, a nosotros al final, lo que nos puede es el ajedrez. Yo que sé. Yo creo que lo que me dice el organizador lo dice porque es un buena fe o que conoce al bigotes este de tiempo atrás y... a mí no me suena de nada. No sé. Pero ya está. Ya ha llamado al juez. Que el tablero está torcido y que no lo puede enderezar. Pues nada, se levanta y se va. Andando.

martes, 29 de julio de 2014

Sisa - Galeta Galàctica

¿De dónde soy o de dónde vengo? ¿De dónde me siento o qué siento? ¿Tengo que ser o debería ser? No soy yo quien ha abierto la veda de las preguntas incómodas, pero me he sentido interpelado y creo que debo contestar.
Galeta Galàctica es el tercer disco de Sisa como tal. El primero es el Orgia, del 71, el segundo es el Qualsevol nit pot sortir el sol, del 75 y el año siguiente saca este Galeta Galàctica. El disco comienza con El cabaret Galàctic. Correu, correu, que el temps pot no ser etern... dice la voz de Dolors Palau, voz que le hace coros y que interpreta frases trascendentales a lo largo de todo el disco. No tingueu por dels morts, cal tèmer els vius. Galeta Galàctica es un disco de guitarra, bajo, batería y coros. Un disco sencillísimo, de vez en cuando punteado por algún piano que suena muy de fondo... y muchos coros. Después de cierto barroquismo instrumental en el Qualsevol nit, aquí Sisa parece apostar por un formato más convencional. Hay un directo en la sala Zeleste de esta época en el que se le ve empuñando una Telecaster que es una gozada. Esta primera canción nos hace el habitual retablo de personajes que podríamos encontrar en un cabaret imaginado. Chururuchu uachuuaaaaaa. Empezamos con un ritmo calmado que es el que nos irá acompañando a lo largo de todo el disco.
¿De dónde vengo? De la misma manera que Daevid Allen se inventa un mundo alternativo, el planeta Gong, Sisa se escapa hacia una dimensión galáctica en la cual lo que pase aquí, aquí mismo, parece importarle un huevo. No es verdad y Sisa siempre tiene una opinión, que no suele coincidir con la mayoría, pero bajo ese aura de 'Galáctico', se le consiente. Hasta que los que verdaderamente se sienten concernidos le tachan de no sentirse. En el planeta de Sisa las cosas son tan habituales que parecen de aquí. Idéntico a lo autóctono, que diría el otro. Deixa-hi a fora la noció del temps.
A sota l'alzina parece ser algo más dura, pero no se asusten. El violín de Xavier Riba, el hermano de Pau Riba, le quita hierro a la cosa. Y la cosa va de hacerlo. Hacerlo de una vez. Doneu-me sorpreses i novetats. Un amago de rock duro por parte de Sisa, que no es tal. Pareciera una canción de los Fairport Convention, de esas que parece amenazar con ser pero en realidad va de otra cosa. Después de El Cabaret Galàctic, A sota l'alzina parece algo menor, pero tiene unos coros que ya quisiera más de uno poder hacer. Uno vive para hacer coros.
Y si hablamos de coros, El comptador d'estrelles, ya comienza con unos coros y la Telecaster rascando llevándonos a un mundo entre la siesta y las dos de la mañana en el que no hay nada que hacer. Bueno, puedes contar las estrellas. Que ya es bastante. Otra canción perezosa que va avanzando lentamente mientras nos cuenta quién es ese contador de estrellas, que tiene un aura incierta de estrellas. Ojo, que Sisa empieza a hacer voces. Tiene uno de los estribillos más formidables que uno ha escuchado jamás. Con ese violín que dan ganas de... llorar. El comptador d'estrellas rega la ciutat, amb l'aigua clara d'una xifra que no sap. El comptador d'estrelles rega la ciutat, amb un sol número que mai no heu calculat. Y le sigue una coda con violín de nuevo... que transporta. Así, despacio. Despacito. Tranquilamente. Que no tenemos prisa. Que tampoco estamos aquí.
Taronges i arròs prosigue con el esquema de Sisa a la Telecaster y el ritmo sandunguero. El batería aquí al menos hace cosas más raras, pero sin pasarse. La letra aquí oscila entre la cosa surrealista y directamente el 'esta letra es para rellenar'. No sirva como crítica a la canción que está la mar de bien. Uno imagina que Sisa fue a Valencia, o al Delta y de la experiencia sacó una canción. Y aquí paz y después gloria.
¿De dónde soy? ¿Yo no soy de aquí? Yo no soy de aquí, yo no tengo amor. Yo soy de Bahía. I vosté que ho escolta es una canción que, como siempre, tiene que estar en todos los discos. Es esa canción que uno escucha unas mil veces y que nunca recibe la importancia que se merece. Igual es porque no merece la pena. Puede ser. Lo que pasa es que lo que viene después es demasiado.
Tarda solitària vora el port d'un tenor italià, es la canción rara que te encandila. Aquí Sisa se transforma en un cantante italiano que nos ofrece sus impresiones sobre el tema. El tema es que io sonno il trovatore de l'ostia. Y sanseacabó. La la la la la la. O sole mio. O cuore ingrato. Santalucia... Y así. Si va da dar todo lo mismo y estar aquí va a ser más bien un muermo, vamos a pirarnos al planeta de la Galleta. Vamos a ponernos un gorro chungo y a correr.
Así se limpia la democracia. Ya está la tele puesta.
Òrbites blaves es una canción simple, que comienza con un piano y acaba siendo una canción de reivindicación de la vida. Aquí uno es malpensado y piensa en el daño que está haciendo entre la peña el quedarse colgado y cómo Sisa dice que habrá que espabilar. Largarse, sí, pero sin hacernos daño. No facis viatges si no tens el vol segur. No hagas viajes si no tienes el vuelo seguro. No hace falta decir nada más.
Y nos vamos con la Primera Comunió. Cancionaza de las cancionazas. Esta es una canción que tiene tanto sentido como el que se le quiera dar. Sentirse con sentido. No teniendo problema en asumir que no tiene porqué tener sentido, todo parece mejor. Primera Comunió. Hem de fer, la primera comunió, al balcó, disfressades de cavall. Como el que no dice nada. La canción empieza despacito, con un órgano, con Sisa evocando otro tiempo, otro espacio. Esto no mola. No voy a cambiar yo, que cambie todo. Y si no, me lo invento, que es mejor.
Hem de fer, la primera comunió. Un final que puede durar horas, días enteros. Disfressades de cavall. Claro que sí. No insistiremos demasiado más en el tema. Pero molaría que quedase claro este concepto. Hem de fer la primera comunió, al balcó, disfressades de cavall. Y así hasta el infinito. Con la voz más Sisa de Sisa. Al balcó, disfressades de cavall.
Galeta Galàctica no contesta las preguntas, propone una idea. Si esto va a ser como me figuro que va a ser, yo me piro. No sé a dónde, pero desde luego no va a ser por aquí cerca. Quizás sea al pasado. Yo tenía cinco años, tú quizás no habías nacido.
Rentat les mans amb jocs d'infants.

lunes, 28 de julio de 2014

El saludo

No sé cuánto tiempo hace que nos saludamos. Yo creo que debe hacer alrededor de veinte años. Él es conocido de la familia, de una forma tangencial, es del pueblo y siempre va sólo. Más de veinte años paseando solo. No nos engañemos, la mayoría de las veces en las que nos hemos visto, yo también iba solo. Como él conoce a mi familia, creo que tengo la obligación de saludarle, el compromiso de saludarle, aunque nunca haya hablado con él, jamás me haya parado a preguntarle cómo le va, qué hace, qué es de su vida, si está bien, si trabaja, si vive solo, si está cansado, si está contento, si... nada. Sé cómo se llama, sé lo que le pasó en su día, y poca cosa más.
La mecánica es la siguiente. Yo paseo por el pueblo, preferiblemente por el centro del pueblo, porque allí es donde tengo el radio de acción. Lo veo a lo lejos. Se acerca. Hago como que no lo he visto. Pienso, no le voy a saludar. ¿Para qué le tengo que saludar? ¿Qué importancia tendrá que yo le salude o no? Total, no sé si sabrá quien soy. Y aunque lo sepa, quién coño soy yo para saludarle o no saludarle. Todo esto se piensa mientras se le ve venir. Imagino que él debe pensar lo mismo. Ahí está otra vez este tío. El gafitas este que es el hijo de este... no me acuerdo de como se llamaba. Mi intención primera es siempre la de no saludarle, como digo. Hacer como que no le he visto, hacerme el despistado, mirar hacia delante, simulando estar pensando en algo. Lo hago mucho, no sólo con él. Mirar así como hacia delante, con cara de enfado, como si estuviera desentrañando un asunto de vital importancia y me hubiera venido la inspiración para resolverlo en mitad de la calle, justo cuando te estabas cruzando conmigo. Efectivamente. Eso es, ya ha pasado, ya puedo volver a mirar. Y entonces, cuando está a punto de cruzarse conmigo, le miro y le saludo.
A veces es él el que se hace el despistado, o realmente no me ha visto y mi saludo es al aire. Es como disparar al vacío. Saludas, dices 'hola' con la voz medio apagada, simplemente moviendo los labios, levantando las cejas, o bien simplemente levantando las cejas y apretando los labios en señal de 'eh, te he visto, qué tal, venga, adeu'. Y él no te ha visto. Ha pasado de largo y, aunque sabes que te ha mirado, que sabes que te ha reconocido, que le vas a saludar, en el último momento ha mirado hacia otro lado, o le ha dado un chispazo, o una ventolera y ha cambiado el rumbo de su mirada y tu saludo se ha ido a ningún sitio. Le has dicho hola a nadie. Esa sensación. Ese mirar hacia los lados para que nadie vea que has saludado a alguien que ha pasado de ti. 'Que no piensen que voy saludando a peña sin que me hagan caso...'. Lo disimulas sonriendo. 'Vaya, no se ha dado cuenta nadie'. Le has saludado, ha pasado por delante de ti y no te ha visto... y cuando ya ha pasado, de repente gira la cabeza y te mira y dice... 'hola'. Y sigue caminando.
Y así más de veinte años.

viernes, 25 de julio de 2014

Miscelánea Funesta


En los carteles han puesto un nombre para quien lo quiera mirar. Y yo llorando por él, con la boquita cerrá. Ya ha llegado el verano y TV3 lanza su canción del verano. No se lo van a creer, este año la mezcla entre rumba, ska, reggae, vuelve a llevarse. Otra vez un grupo de jóvenes con aspecto combativo y desenfadado a la vez, que no queremos asustar a la yaya, nos recuerdan que el verano es maravilloso, que se han comprado un ukelele para enlazar con sus primos hipsters que viven upperdiagonal y que, además, sienten una fuerte vinculación con el territorio. Pepet i Marieta son los encargados, un año más, de recordarnos que en este país, el verano, l'estiu, es para las camisetas de tirante ancho, el pantalón bermuda por los tobillos, el lucimiento de tatuaje, hablar de la playa, de la playa, de la playa, de las vacaciones, de la escapadita, y del copón. Y luego vienen esas familias felices en los spots promocionales cantando el uoioio, que somos todos muy bobmarleys. Empiezo a calentarme. Si alguien tiene tiempo, que se mire también el vídeo y la canción que hicieron para la Via Catalana. Combativos y revolucionarios y populares. Et volem a tu.
https://www.youtube.com/watch?v=fiGE8DdHWBg

¿Que no se parece esta canción de Coldplay a unas dos millones de canciones que podrían haber hecho Coldplay? Sky... stars. My heart. En el vídeo vemos al cantante de Coldplay, quizás una de las personas más guapas que uno haya tenido la oportunidad de ver en un vídeo (y él no lo sabe), paseando por la ciudad como si fuera el Jairo con la guitarra y el bombo, y ya luego al final se junta todo el grupo en una esquina y hacen que tocan. Y la música es como de discoteca, de como cuando vas a una discoteca y no te gusta la música. Y de repente suena una canción de esas que al común de los mortales les invita a saltar y hacer mucho ooooo y tú estás allí pensando que dentro de un bidón de ácido te sentirías mucho más a gusto. Mientras Coldplay siga en esto, no hay motivos para abandonar la lucha. A sky full of stars. Díganme de verdad si no hay ya una canción de Coldplay que se llamaba así... y hace todo el mundo el uuuu con él... y tiran confeti y la peña se vuelve loca.
https://www.youtube.com/watch?v=VPRjCeoBqrI

Dejemos claro una cosa. No hay una música mala y otra buena. Lo que yo aquí digo que me hace daño, puede que tenga un montón de seguidores y que les haga sentir en el mismo cielo. Els Amics de les Arts son un grupo, o una banda, o un conjunto vocal como Il Divo, que hacen canciones... la teoría del sucedáneo. Manel. Un grupo que descubre un sonido agradable y unas letras cargadas de cotidianidad, pero con, digamos, todavía un puntito, un puntito de algo parecido a cierta idea de alternatividad. Tan peligroso que inmediatamente surgen otros grupos, entre ellos este de Els Amics de les Arts que no tienen tantos remilgos. Anuncios de cervezas, institucionalizados, y todos guapos y con unas letras de burguesía que tiene tantas ilusiones, pero también problemas y cosas... Mis juicios de valor, seguro, estarán equivocados, pero yo veo un vídeo como este de Ja no ens passa... y la verdad. Es como la música del enemigo.
https://www.youtube.com/watch?v=p7giqhKB5XU

Para empezar, este vídeo está subtitulado. Y Amaia Montero canta en castellano. Ayer en el Casti, mientras me tomaba un Cacaolat fresquito por hacer patria, sonó en la radio esta canción de Amaia Montero y pensé que era antigua, pero veo que no. Las canciones de Amaia Montero suenan a antiguas aunque sean nuevas. Y no se entienden. Yo no entiendo en qué idioma canta Amaia Montero. Dice... te marchas... y todo lo que sigue después se me escapa. Como que respira y no canta. Susurra/grita. Y no se entiende nada. Dejemos de lado si la letra es buena, si la música es más convencional que un armarito, que todo suene a ya escuchado. El caso es que no se entiende qué está diciendo. Naturalmente, la historia transcurre en París, el protagonista masculino parece guiri, y ella debe ser la española despechada. Al final sale un poquito el sol, vuela una gaviota. Como para llamar a los Mossos, vamos. Hay una versión con ella cantando, pero no.
https://www.youtube.com/watch?v=4IEltxOaER0

Esta canción está absolutamente demodé. Escuchada el otro día en Teletaxi Tv, me dí cuenta de que estaba muy desfasada. Primero, porque el sector al parecer lleva años bastante mal. Eso se dice. Amigos e la construcción. Y mal. Muy mal. No hay obreros. En el vídeo aparece el cartel... obreros de la construcción. Fatal. Serán en todo caso ciudadanía que desarrolla tareas como profesionales cualificados de las tareas de edificación, planificación, restauración, etc. Pero obreros no. Trabajadores tampoco. Eso lo que hace es crear una división que resulta agresiva y funesta. Somos todos ciudadanos y las cosas que afectan a los ciudadanos son generales, no se reducen a un ámbito concreto. Aquí tenemos la canción que Leo Rubio dedicó a los amigos de la construcción. Bueno, al menos el que ha hecho el vídeo sigue utilizando el término obreros. Y san Antonio es su patrón. Ole con ole.
https://www.youtube.com/watch?v=TeKyFIIcLwk

Y para terminar, qué mejor que otro luchador infatigable como Bertín Osborne. Otra de esas personas que nos gustan por aquí, de las que dicen las cosas sin pelos en la lengua. Pero eso no es lo grave. Lo grave es que canta. Lo grave no es que Bertín Osborne sea de derechas o muy de derechas. No. Lo grave es que además se dedica a la canción. Y habrá quién le compre los discos y todo. Aquí, en América Latina, no sé. Donde sea. Aquí le tenemos en una interpretación más o menos reciente en el que hace una especie de medley con sus grandes éxitos. Amor mediterráneo, por ejemplo. Tremendo vídeo en el que hace como que está cantando en un estudio. Y pone caritas. Y entorna los ojillos. Amor mediterráneo... no tiene vergüenza con haberla perpetrado una vez, que la recupera. Hay una en la que incluso mete una guitarra eléctrica. Debe haber disturbios entre sus fans por salvaje... Yo que sé. Inenarrable todo.
https://www.youtube.com/watch?v=EzN9gFqyuZI

Y encima llueve. Será que una cosa lleva a la otra. Que tengan un buen fin de semana todos y cada uno de ustedes.

jueves, 24 de julio de 2014

Los Siete Latinos

Se me van acabando las historias y tengo que recurrir a vivencias pasadas que, por increíbles, no me he atrevido nunca a contar. Esto que me ocurrió y que paso a contarles a continuación, tuvo lugar hace muchos años. Era yo por entonces un joven militante que tenía el corazón cargado de ilusiones y la mente repleta de razones para creer en la gente, en el poder del pueblo y en la solidaridad entre los pueblos, junto con otros dogmas que ahora no vienen al caso y en los que todavía tengo puesta mucha fe. Por aquel entonces, el Partido organizó un viaje solidario con la intención de visitar el Estado de Chiapas, en México, y de paso, conocer la experiencia movilizadora y revolucionaria que había dado pie al surgimiento del EZLN como un movimiento emancipador. Fuimos muchos los que nos apuntamos para hacer aquel viaje, enfebrecidos por las noticias que nos llegaban de una guerrilla moderna, comandada por un intelectual concienciado y enigmático. El plan previsto era realizar el viaje en avión hasta México DF y bajar por carretera hasta el Estado chiapaneco hasta llegar a alguno de los pueblos en los que la insurgencia se había establecido y donde estaban funcionando experiencias interesantes. El viaje estuvo lleno de momentos de gran fraternidad, de exaltación de la lucha, de esperanza en un contagio que levantara a nuestra gente de la misma manera que los chiapanecos, los mexicanos, se estaban levantando. No reparábamos demasiado en lo que teníamos alrededor, nos relacionábamos con mexicanos que compartían nuestras ideas y ejercían de cicerones, pero realmente no llevábamos a cabo ningún ejercicio de contacto directo con la gente de los estados que íbamos atravesando. Fuera como fuera, el viaje se nos estaba haciendo largo, con continuas paradas, recibimientos, agasajos... Un día, atravesando ya el estado de Chiapas, cruzamos un pueblo cuyo nombre ahora ya he olvidado y desde la ventana del autocar, me fijé en uno de los murales que poblaban todas las calles de todos los pueblos que atravesábamos. Pero aquel me llamó la atención por algo especial. Se anunciaba una actuación en una sala de fiestas y el animador era un tal Tony Graniel. El nombre me sorprendió. Yo tuve un profesor de Literatura Hispanoamericana que se llamaba Antonio Graniel. Era una persona estupenda. Un profesor magnífico. Un tanto peculiar, decía haber conocido a todos los grandes escritores latinoamericanos en persona y que seguía manteniendo con ellos un contacto estrecho. Algunos de los escritores de los que hablaba ya hacía tiempo que estaban muertos y otros lo suficientemente endiosados como para haber roto amarras con aquel profesor universitario.
El azar quiso que nos detuviésemos a pasar la noche en aquel pueblo y la curiosidad me impelió a preguntar si podría acudir al lugar en el que el tal Tony Graniel actuaba. Me dijeron que quizás no fuera buena idea, pero me puse pesado y les insistí hasta que me permitieron abandonar la expedición durante unas horas. Nadie quiso acompañarme.
Pregunté cómo se podía llegar a aquella sala y me dí cuenta de que podía ir caminando. No estaba tan lejos, el pueblo era pequeño. Desde fuera, aquel local no tenía nada de particular. Me habían hablado de los 'danzones' y habíamos visto alguno por el camino, sin entrar nunca, y se parecía mucho. Por ambientarme algo, me dirigí a la barra y pedí un tequila. Era mi primer tequila en México. De un trago. El mesero me dijo que ese no era el modo de beber tequila, que debía de hacerlo 'de a poquito'. Me lo bebí como me dijo y me pedí un tercer tequila. La música era muy agradable y había gente bailando boleros muy amarrados. Entonces, cuando estaba dando cuenta del cuarto tequila, se apagó la música y apareció Tony Graniel en escena. Efectivamente, no era otro que Antonio Graniel, mi antiguo profesor, pero muy cambiado. Vestía un traje espantoso, verde chillón, el pelo lo tenía blanco y canoso, largo y recogido con una coleta, y su acento era perfectamente homologable al del lugar, cuando yo sabía que él era sevillano. Agarró el micrófono y se aprestó a presentar, con mucho gusto para todos los presentes, a los Siete Latinos. Para mi sorpresa, aparecieron en el escenario Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Augusto Roa Bastos y Julio Cortázar. Los Siete Latinos (recuerdo que mi primera impresión no fue de asombro por la escena en sí, si no por que Jorge Luis Borges se hubiera incluido en un grupo de 'latinos', con lo que él era), llevaban todos un traje típico de la zona y un sombrero ranchero. Uno a uno, fueron presentados por Tony Graniel, 'aquí tienen ustedes a los Siete Latinos que muy gustosamente les acompañarán durante las próximas dos horas, que los disfruten mucho'. Inmediatamente, comenzó a sonar una tanda de boleros y los Siete Latinos bajaron a la pista y se sentaron en siete sillas dispuestas ante el escenario. Acto seguido, les iban sacando a bailar. Mujeres y hombres. Indistintamente. Una mujer muy mayor, pero muy maquillada y peripuesta, fue derechita a por Gabriel García Marquez. Un señor que no había tenido tiempo de cambiarse de ropa después de trabajar en el campo, pidió baile con Julio Cortázar. Poco a poco, los lugareños iban pidiendo a los Siete Latinos. Sólo quedaba Borges. Fui a por él y le toqué el hombro. Borges, con su mirada perdida, se levantó y me agarró por la cintura. 'Yo dirijo'. Ahí estábamos los dos, bailando un bolero. Jorge Luis Borges pegó su cara a la mía y los dos, amarraditos, completamos un baile. Cuando acabó fue el turno de Roa Bastos. Aquí dirigí yo. Igual, los dos bailábamos aunque Roa Bastos, paradójicamente, tenía menos arte y gracia que el ciego porteño. Con Monterroso dirigí yo. A Cortázar también. Bailé con Juan Rulfo, que también pegó su cara a la mía y llegó a susurrarme la letra de la canción que se escuchaba, pero la he olvidado. Estaba bastante borracho y no dejaba de beber un tequila tras otro, pero seguía bailando con bastante prestancia. Fue el turno de Gabriel García Márquez. Y este me negó el baile. Le pregunté porqué y me contestó que le acompañase a la barra, que quería tomar algo conmigo. Pedimos otro tequila. García Márquez me miró y me dijo 'Matilde, ya deja de soñar'. Sin duda, parecía que García Márquez también estaba algo bebido o 'tomado', como decían ellos. En aquel tiempo yo gastaba una barba poblada y distaba mucho de parecerme a cualquier Matilde.
Entonces Tony Graniel volvió a aparecer en escena y reclamó que Los Siete Latinos volvieran al escenario. Los grandísimos maestros regresaron al escenario y con sus sombreros en ristre, saludaron a la concurrencia entre aplausos y desaparecieron. Una voz en off anunció que Los Brujitos de Catemaco no podrían actuar dado que uno de sus integrantes padecía un insólito 'mal de la desconfianza'.
Cuando quise darme cuenta estaba de regreso al hotel. Por el camino reparé en que no había podido despedirme de Tony Graniel. El dedo de una compañera de viaje, Matilde precisamente, pasando por mi nariz me despertó. Me había quedado dormido en el hall del hotel, en un butacón. Tenía un resacón de órdago. Matilde me miró y me dijo 'no vales para nada, tantas ganas que tenías de ir al baile y caíste aquí como un plomo, dormidísimo, no había quien te moviera. Vamos, está esperando el autobús, nos esperan en San Bartolomé de las Casas, ya hemos llegado a nuestro destino'.
Durante todo el día tuve en mi cara un olor a colonia buena, colonia fina, la colonia de Borges. Estoy seguro. No me he atrevido a contarlo hasta hoy. Porque, total, quién se lo iba a creer.  
 

miércoles, 23 de julio de 2014

Once upon a time...

Hoy recogemos un texto ajeno, de Carl Johann Danielsson, famoso autor de cuentos islandés, que ha publicado recientemente un nuevo volúmen (qué manía la de escribir volumen con tilde), con el título 'Los niños más listos del mundo', del que extraemos este cuento llamado 'El hijo del alcalde'.
'Había una vez, en un pueblecito muy bonito situado en el valle de Landsmaark que se llamaba Stredlurstrend un niño muy bueno que era el hijo del alcalde. Este niño muy bueno se llamaba Olof y tenía nueve años. Era un niño tan bueno, tan bueno, que todos los niños del lugar querían parecerse a él. Sacaba las mejores notas en el colegio, era un asiduo visitante a la Iglesia donde destacaba por la claridad de su canto, era muy obediente y siempre estaba dispuesto para ayudar a su madre con las tareas de la casa y procuraba no hacer ruido cuando jugaba para no molestar a su padre, que siempre tenía mucho trabajo. El padre de este niño, alcalde, siempre estaba reunido con los prohombres de la localidad, con los que proyectaba obras y reformas con tal de llevar el progreso a Stredlurstrend. Olof no tenía amiguitos, porque pensaba que no era justo que sólo unos niños disfrutasen de su compañía, dejando de lado a otros, por lo que intentaba hacer partícipes a todos los niños y niñas del pueblo en sus juegos, y a todos ellos les regalaba su cariño, su amistad y su valía. Si tenía que ayudar a algún niño a completar sus tareas, lo hacía. Si los niños pobres no tenían para comer, él les daba su merienda. Si había niñas que se quejaban por que los niños se metían con ellas, él, muy cortés, salía en su defensa. Si había niños que consideraban que las niñas se burlaban de ellos por feos o torpes, él jugaba con ellos. Olof era apreciado por los tenderos, por los funcionarios municipales, por los maestros, por los trabajadores de la serrería, de la fábrica de latas, por los integrantes del equipo de fútbol, para los que hacía de utillero.
El pequeño Olof, tan bueno, para poder ser tan bueno, tan bueno, contaba con una pequeña ayuda. Tenía un amigo imaginario, un ser que había inventado que le guiaba y le aconsejaba, y con el que se consolaba cuando le sobrevenía algún momento de flaqueza. Este amigo imaginario se llamaba Lito y vivía debajo de su cama. Por las noches, Olof se asomaba y hablaba con Lito, le contaba lo que había hecho durante el día y el esfuerzo que hacía para no desfallecer. Cuando terminaba de hablar con Lito, rezaba y se dormía.
Un día, Olof, se levantó sin que su madre le llamara, como siempre, y bajó a la cocina a desayunar. No había nada preparado. Su madre no estaba. Tampoco la señora Merle, la mujer del servicio. Su padre, creyó Olof, ya se había ido a trabajar. Se extrañó mucho pero pensó que algo había pasado y se hizo el desayuno él mismo. Se vistió y se fue al colegio. No había nadie por la calle. No se veían coches, ni carros, ni camiones, ni gente por la acera. Siguió caminando sin más y entró al colegio. No había niños, ni profesores, ni el personal administrativo que tan amablemente siempre le ayudaba en todo. Olof no se alarmó y se dirigió a su aula. Se sentó y sacó el libro esperando a que apareciera el profesor. Se abrió la puerta y quien apareció fue Lito. Lito se dirigió a la mesa del profesor y mirando a Olof, le dijo: 'Ahora vamos a empezar de nuevo'.