martes, 17 de febrero de 2026
Yo y el marido de Sarita Lauper
Seguramente, los habituales lectores de este espacio se habrán echado las manos a la cabeza cuando han visto que sitúo el Yo por delante del otro elemento e incumplo esa regla que dice que el burro delante, no. Pero es que hablaré principalmente del burro y utilizaré la imagen referencial del marido de Sarita Lauper como una imagen que está allí, situada en un nivel superior hacia el que mi actividad como padre se dirige sin que en ningún momento alcance ni de lejos su brillo y temple. Para quien no la conozca, Sarita Lauper es un personaje de las redes sociales, una mujer gaditana que opina siempre con mucho sentido de temas diversos, principalmente política, y que ha sido madre recientemente, casi coincidiendo con las fechas de la llegada del jovencito Martí a nuestras vidas por lo que sus apreciaciones y comentarios sobre la maternidad ejercen una influencia manifiesta en el manejo de la situación concerniente a cómo estar en el mundo con el Martí. Soy el padre del Martí desde hace casi siete meses y no soy el marido de Sarita Lauper. Mi forma física, mis idiosincráticos bracitos cortos de toda la vida, mis esquifidos brazos que jamás se distinguieron por su fortaleza y resistencia, me duelen. Decir esto, que me duelen los brazos es antitodo. Anti paternidad responsable, anti crianza lo que sea, anti todo. Comentar que mis 50 años pesan y que mi natural poco dispuesto se resiente ante una cascada de obligaciones, retos, presencias y horarios, ya me invalida como un interlocutor válido para quienes lleguen hasta estas líneas. No soy el padre referencial. Ya lo sabíamos. Pero lo intento, a manera, lo intento. Y mi manera no es la manera, ya lo sé. La llegada de Martí ha supuesto el cataclismo que esperaba. Intentar hacer encajar la vida anterior con la vida con Martí es imposible, es otra vida, es otro mundo. Otro mundo al que el esencialismo sobre el que he pretendido pivotar mi vida, intentando mantenerme fiel a una serie de pensamientos sobre mí que me ayudaran a crear una identidad más o menos útil para moverme por esos campos del diablo, ya no responde. No puede responder. El mundo gira alrededor de un muchacho que cuando te mira se ríe. Esto es importante. Martí, cuando divisa mi careto asomando por el pasillo, al otro lado de la cama, mientras está jugando en el suelo, se ríe. Le hace ilusión verme, infiero. Deduzco que debe hacerle gracia que esté allí, que aparezca. Y esto es muchísimo. No sé si al marido de Sarita Lauper le sucederá algo parecido, pero yo nunca he tenido la sensación de que mi llegada a un lugar despierte ningún tipo de pasión. Martí desmiente este autoflagelo con un entusiasmo hacia mi persona que me desarma absolutamente. Martí se ríe y es cuando se ríe así como se ríe, con la boca muy abierta, cuando menos se parece a mí. Cuando duerme, según mi madre, es como yo. Pero si se ríe, la cosa cambia muchísimo y el parecido pasa a otro sitio, a su madre, naturalmente y claro. No sé el marido de Sarita Lauper qué imagen de si mismo tiene o tenía antes de y después de. Yo antes de la llegada de Martí estaba aterrorizado ante la cascada de cosas, cosas incontables, que se venían encima. El impacto emocional quedaba eclipsado ante todas esas cosas, cosas que iban a pasar, cosas que ya no iban a pasar, cosas que tengo que manejar cómo pasan, cosas que tengo que negociar, transigir, aceptar, adaptar, modular, saber, conocer, olvidar, yo que sé. Hablo de mí. Si queréis hablo de la madre del Martí. Alba, es mucho. Reconocer en este texto que Alba es mucho y que yo, oh dios mío, no llego a Alba, puede sonar a canción de los Planetas si los Planetas le cantasen a la paternidad. No me entero de nada, qué desastre soy, menos mal que estás ahí. No, no es así. Yo lo intento y no me paso la mano por la cabeza para decir las cosas. Yo simplemente resoplo, bufo, se me hace cuesta arriba. Yo no me despierto por las noches, yo no voy a calmar a Martí cuando Martí se despierta o inquieta antes de que nos vayamos a dormir, interrumpiendo película o serie, yo no tengo eso que calma a Martí, yo no soy capaz de dormir en la cama a Martí. Yo no tengo en la cabeza absolutamente toda la vida que tenemos que tener prevista dentro de quince minutos con Martí. Yo. Alba. Yo nunca lo he tenido presente y se nota. Lo de vivir con cierta previsión. Martí te obliga a la agenda, te obliga a poner por delante, te obliga. Te obliga. El marido de Sarita Lauper raramente aparece en las publicaciones de Sarita Lauper. Yo, en cambio, escribo aquí lo que me va pareciendo esto de ser padre cuando casi se cumplen siete meses de la llegada de Martí. Martí es más bonito que todo. Yo lo miro y se me pone cara de gilipollas. No sé definir el estado en el que me encuentro salvo comentar que nunca he tenido tal cara de gilipollas. Nunca he salido en tantas fotos riendo con los dientes fuera. Jamás se me conoce expresión de arrobo semejante a la que tengo desde hace siete meses. El texto realmente no sé de qué iba. De los riesgos de escribir un texto presentando cómo está uno con esto de ser padre durante siete meses y afrontando que la escalada de tensión no ha hecho más que comenzar. Y las caras de gilipollas feliz. Los riesgos de escribir algo manifestando cómo estás sabiendo que tú aquí no eres el que está dando el callo como se supone que el marido de Sarita Lauper debe hacerlo. Si el marido de Sarita Lauper leyera esto me daría un par de hostias. Voy a recoger al Martí a l'escoleta. Me recibirá llorando con un puchero y se calmará poco a poco. Hoy voy a probar para darle la leche en vaso. Supongo que se saldará con un fracaso. Fracasa otra vez, fracasa mejor. Esto tampoco lo diría el marido de Sarita Lauper. Avanzando. Siete meses.
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