jueves, 19 de febrero de 2026
Minutos de zozobra
Camino por la calle y me asalta constantemente la sensación de que todo se tambalea, todo está cambiando, la zozobra me embarga sin remedio. Vivo con el teléfono móvil enganchado a mi mano y, pese a que únicamente escucho y leo aquello que he seleccionado, no soy capaz de escapar de una sensación de peligro, de que lo que yo soy y pienso está bajo amenaza. Y no es únicamente la amenaza de quienes han declarado y han manifestado su voluntad de devolvernos a una suerte de cuneta metafórica en la que nos van a relegar para los restos. Es también la sensación de que hay una voluntad de reordenamiento y recálculo de las posibilidades de existencia de los míos y de mí mismo bajo mis banderas y mis preferencias. Es este sinvivir el que me tiene cual pescadilla que se muerde la cola, enganchado a una fuente de información que me calma y desasosiega de la misma manera. Qué está ocurriendo que en momentos en el que deberían florecer, como esas mil flores, propuestas e ideas, se esté germinando la simiente (¿se esté germinando la simiente? ¿qué clase de paparruchas estoy escribiendo, sin duda atontado por los acontecimientos?), por la cual yo ya no seré y tendré que ser otra cosa. Yo y otros y otras como yo. Y en ese tránsito hacia nosequé, no sé qué pasará, porque por una vez desde que la llamada de la rebelión populista asaltó nuestros cómodos cenáculos no todo consiste en buscar fórmulas sino apartar lo que estorba para maximizar esfuerzos, rentabilizar posibilidades, reconfigurar el mapa. Yo no puedo vivir así, con esta congoja, con este tremendo esfuerzo intelectual al que me someto todos los días buscando el porqué a mí no me gusta, a mí no me parece bien, yo no. Yo no. Seré yo. Seré yo que me he convertido en una suerte de recalcitrante vejestorio que se encastilla en sus mierdas de identidad y de memoria y de antes. Seré yo que me he convertido en un, ay, seguidor del Partido Comunista de Antes, aquel que ganó batallas sin cuento y que estableció un mundo que, sólido en lo imaginado, nunca será destruído y que nos pesa como patatín y patatán. Seré algo así. O quizás es que presumo que hay algo en mí que se resiste, sin duda por mis gafas equivocadas de la realidad y porque yo esperaba otra cosa o creo que sé que esto es otra cosa y que una cosa no es lo que me dicen sino lo que yo veo y he visto y no sé, es que no lo puedo digerir, que no me lo creo, vamos, que esto es una patata y no me va a decir que es un pomelo. Yo ya no entiendo de casi nada y me he quedado muy atrás y no sé quién ha hecho la banda sonora de Cumbres borrascosas y me veo pidiendo la palabra el primero porque tengo que decirlo y no me sobra el tiempo y camino por la calle y solo veo mierdas en el suelo. Este es otro tema del que ya hablaré en otro espacio, pero los delincuentes que no te dejan bajar a la calle no tienen perro. Yo ya no puedo más con esta sinrazón y con este caminar con el hielo bajo los pies como Yoko Ono. Ya estoy mayor para casi todo, pero hay elementos gimnásticos a los que no voy a apuntarme a mi edad.
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