martes, 9 de junio de 2015

Gorteza

Una Aurora Boreal es difícil de explicar si no la has visto directamente, si no has estado ante una, si no has tenido la oportunidad de viajar a esos lugares donde se puede contemplar. Gorteza vio una Aurora Boreal en una de sus ensoñaciones. Concretamente vio una Aurora Boreal mientras le estaban cortando el pelo en la barbería del Yesi. Cuando terminó, fue a explicarlo al bar del Frederico. Nadie dijo nada. Las Auroras Boreales son de difícil digestión en Villastanza de Llorera. No hacía mucho tiempo que había ocurrido algo raro, un suceso extraño que algunos, los más obstusos, no dudaron en calificar de brujería. El caso es que todo aquel asunto pasó en su momento desapercibido para Gorteza, porque para Gorteza todo era nada y todo se reducía a ir pasando los días entre ensoñación y viaje sin viajar. El caso es que nunca había visto una Aurora Boreal y la visión le dejó extasiado. Le impresionó de tal manera que, por primera vez en su vida, tenía la necesidad de buscar de nuevo la visión del día anterior. Antes esto nunca le había pasado. Los días iban y venían y él viajaba libremente sin que nada le provocase la sensación de querer volver. Pero aquel fenómeno, aquella Aurora Boreal, fue diferente. Así que cuando salió del bar de Frederico volvió a su casa con la intención de echarse un rato y, si era posible, volver a soñar con aquella Aurora Boreal. Efectivamente, al cabo de unos segundos de estar medio apontocado contra el butacón, presa de un ataque de sueño un tanto extraño, empezó de nuevo a ver esos reflejos, esas luces, esa maravillosa secuencia de fenómenos extraños que desencadenan una Aurora Boreal. Pero justo cuando todo estaba yendo casi exactamente como la vez anterior, algo truncó el sueño. El sueño siguió pero el sueño ya era otro. Un señor ataviado con un traje militar de otro tiempo, paseaba por la puerta de su casa y le llamaba de manera muy ostentosa. Gorteza le veía y quiso abrirle la puerta, pero no podía. Intentaba girar la llave una y otra vez pero algo pasaba que no podía. Gorteza quería abrirle la puerta al señor con traje de militar y no había manera. Le dio miedo quedarse encerrado en su propia casa sin poder salir. Gorteza respiraba agitadamente y el sueño parecía a punto de desvanecerse, cuando con un movimiento mañoso, la puerta, su propia puerta se abrió y ante él apareció el militar leyendo un libro en el que se se contaba una historia de unas gentes extrañas llegadas a Villastanza de Llorera hacía mucho tiempo. El militar le miraba y le entregaba el libro para que lo leyera. En concreto, señalaba una página en la que se leía 'murieron todos'. Así. De hecho en la página sólo se leía esto. Gorteza se despertó. Quiso salir de su casa. Fue a la puerta y abrió la llave muy fácilmente. Fuera había un señor con pinta de militar, pero sin traje de militar leyendo un libro. Gorteza estaba asustado. Tenía ganas de saber qué decía ese libro. Qué libro era. Era un libro sobre La Autodeterminación de los Pueblos. Se tranquilizó. Gorteza volvió a entrar en su casa e intentó prepararse algo de comer. Los armarios estaban cerrados a cal y canto. No pudo hacer nada.

lunes, 8 de junio de 2015

Crónica del último plegramenet antes del Cristo

Otros lo contarán mejor y con más medios. Otros lo dirán con mejores palabras. Y otros habrán tenido más tiempo para prepararlo todo. La crónica del último pleno, el definitivo, el de las lágrimas, el de los agradecimientos, el de los guiños al público, el de los recuerdos al pasado juvenil y tratar con miedo el futuro. Miedo al futuro. No tengáis miedo al futuro, os recibiré con las manos abiertas y todo será como siempre ha sido. Como ha sido siempre. El Cristo de cuatro años de mayoría socialista. Pero que desde la oposición podéis jugar también. Llámame y lo hablamos. Llámame y te lo miro. El protagonista de la crónica nunca debe ser el cronista, pero como ayer fue el día del periodista y nadie me felicitó, o solo una persona me felicitó y basta, pues será que uno no es periodista y que puede hacer lo que le rote. He llegado tarde al pleno y me he perdido las intervenciones de los compañeros. El Siscu y el Xavi se despedían hoy. Del grupo de Icv-Euia sólo quedará la Sevilla y se incorporará el Jonatan en la próxima legislatura. Después de unos cuantos plenos, no todos, porque el virus de la política municipal me ha sobrevenido tarde, intentando estar ahí con los compañeros, llega el último pleno, donde hay que hacer acto de presencia para decir ‘ostia, compañero, adelante’, y llego tarde. Y me pierdo las intervenciones del Xavi, que dicen que estuvo escueto y medido, y del Siscu, que hizo una oportuna referencia a los superhéroes. Oportuna. De oportunidad. No de oportunismo. Gol, con la chepa. Vamos. Me pierdo las intervenciones de los de Gent, de la Fe y del Jordi Pastor, pero llego a tiempo para las intervenciones de los concejales socialistas que se van. Me pierdo también la despedida de Susanna Abelló de CiU, que dicen que ha sido muy emotiva. Pero llego para despedidas como la de Raúl Moreno, que será también socialdemócrata pero le conozco de hace un huevo de tiempo, aunque sea sólo un saludado y digo, mira, joder, lo deja. O algo. Y ya luego el Carmona y la Guinart y gente que parece que lleve toda la vida del mundo allí en el Ajuntament. O el Fogué, al que yo entrevistaba en mis días de radiofonista. Fogué dedica quince minutos a resumir 28 años. Y habrá a quien le parezcan pocos. En fin. Y alabanzas a la alcaldesa y a lo que significa el gran designio divino que la población de Santa Coloma le ha otorgado y que bueno, que si eso, que aquí estoy para lo que haga falta. Aquí. A mí. Yo. Como ven, hoy no estoy explicando nada. Porque podría explicar, por ejemplo, que ante los próximos cuatro años de mayoría absoluta socialista, no se privan estos de lanzarnos flores y hacernos ojitos para decirnos lo molones que somos, lo bien que hemos trabajado para ellos, digo, con ellos, y la mano tendida que tienen para que sigamos con la estela de la concordia y de lo que te dije. O lo de la segunda ciudad más pobre, perdón, con mayores índices de pobreza de Catalunya, pero que no, que eso es propaganda electoral, que somos la novena. La novena no es la décima. La novena es para estar como mucho más tranquilos. También podría explicar que los compañeros de los demás partidos que han obtenido representación electoral están allí para que se les vea. No antes. Están hoy. Pero antes no. Hoy sí. Y en el pleno, como en otros sitios. Vocación de maoríes se les llama. Digo, de mayorías. Qué gracioso con las equivocaciones, te podrías equivocar con… oiga. Y sobre todo, para hacer también mención, a la banda de la extrema derecha local que también ha llegado tarde al pleno. Igual les ha pasado como a mí que se les ha solapado con algo. No, de verdad, que nada. Que Santa Coloma tuviera tres representantes de la extrema derecha en el consistorio, era una vergüenza. Que no estén, es un orgullo. Pensar que esos mil quinientos votos o así que siguen teniendo ya no importan, un error. Habrá que seguir dando la brasa con esto. Y nada más, que no sé, que la gente está esperando a que llegue el sábado, que se presenten los nuevos y que lleguen ya las elecciones de dentro de cuatro años para ver qué pasa con la vida. Ah, y eso, que no he tenido tiempo de mirar quienes son los Aina esos de la camiseta. Que yo, de hardcore, poco. L’Odi Social y unos que vinieron a un Sintonizza hace unos años y que no recuerdo. El hardcore, qué cosa. Pues nada, que buenas noches y a ver si en otro rato contamos algo con más sustancia. 

viernes, 5 de junio de 2015

Gorteza

Bueno. ¿Cómo quieres que te lo deje? ¿Como siempre? Siempre que vienes te pregunto cómo quieres el corte de pelo y nunca me acabas de decir si de una manera o de otra. Que no lo tienes muy claro. Siempre te acabo cortando el pelo de la misma manera. Eres un cliente muy poco interesante, Gorteza. La gente que viene a cortarse el pelo siempre acaba diciendo lo mismo. Más o menos como siempre. Pero tú ni siquiera eres capaz de decir de qué manera quieres el 'como siempre'. Eso sí. Siempre eres el cliente con el que más tiempo estoy. Al que más tiempo dedico. Te sientas y me indicas así de manera muy poco clara cómo lo quieres, que al final acaba siendo como yo quiero que sea. Y te dejas ir. Y cierras los ojos y sonríes. Y no sé en qué estás pensando o de qué te estás acordando, pero me gusta cortarte el pelo, tocarte la cabeza, acariciarte el pelo. No es por nada. Me gusta porque no haces nada. Te dejas hacer. Te dejas tocar la cabeza. Otros están en tensión, pendientes de lo que hago. A ti te da igual. Y no es que estés dormido o fuera de juego. Es que no estás. Estás fuera. En otra parte. En otro sitio que te gusta más que estar aquí. En otro tiempo que debió ser mejor. No sé. Me lo imagino. Supongo que hablo demasiado y me imagino cosas que no son. Pero no creo que ese no estar se deba a que te guste cómo te corto el pelo o a la sensación de calma y de paz que deja que te laven el pelo, que te lo sequen, que te peine, que te amase un poco la cabeza. Me gustaría, pero no es así. Y me gustaría saber qué piensas. Nunca te lo pregunto. Pero me intriga saber qué piensas. Yo también tengo mis momentos en los que cierro los ojos y me dejo ir. Me pasa cuando llego a casa y no tengo ganas de hacer nada. Como también vivo solo, puedo hacer muchas veces lo que me de la gana. A veces, fíjate lo que te digo, llego a mi casa y solo tengo ganas de quedarme así como acurrucado en el sofá. Pero como siempre tengo algo que hacer, pocas veces me puedo dedicar a esto. Tengo la sensación de que no me estás escuchando. Me gustaría saber lo que estás pensando. En quién estás pensando. De qué te estas acordando. Dicen que vas al bar del Frederico a contar cosas que ves. Si supieras lo que dice la gente del bar del Frederico de las cosas que ves. Muchos no se las creen. Bueno, lo que pasa es que no se las creen porque en realidad todo el mundo sabe que no has estado donde dices que has estado. Que todo es imaginación. Cosas que ves en sueños o así. El otro día dicen que contaste lo que era una Aurora Boreal. Dicen que por una vez, todo el mundo en el bar del Frederico se quedó callado y no dijo nada. Qué raro ¿verdad? ¿Te dejo bigote? Nunca te lo he preguntado, pero podrías afeitarte el bigote. Nadie lo iba a echar de menos. O igual lo echaban de menos y te preguntaban y salías de... es igual. Ya está. Ahora vete para casa y come algo. Que seguro que no estás comiendo nada.

jueves, 4 de junio de 2015

Gorteza

Gorteza tiene un recuerdo vago sobre algo, pero no sabe concretar muy bien lo que pasó. A lo largo de su vida le han ido pasando cosas, pero tiene la sensación de que hay algo que ocurrió que fue muy importante y que sin embargo no consigue tener presente realmente en su memoria. Algo ocurrió que no sabe qué fue. El resto del pueblo sabe qué ocurrió, pero a Gorteza le da vergüenza preguntar qué. Gorteza supone que fue algo ridículo, algo de lo que seguramente tiene que avergonzarse, un suceso extraño y tonto que puede que no tenga ninguna importancia para otros, pero Gorteza sabe muy bien que todo lo que él piensa no es realmente lo que pasa y por eso desconfía y sabe en el fondo de su corazón, en el fondo de su alma, en el fondo de su cabeza, en el fondo de las partes del cuerpo palpables o no que existen que hay algo que falla. Que falló. En algún momento. Gorteza ha perdido a los amigos que tenía y ya no puede preguntarle a nadie lo que ocurrió para que todo se torciera de repente. Gorteza tiene la sensación de que sus amigos comenzaron a huir de él en algún momento. Algo pasó. Sus amigos en Villastanza de Llorera le tenían por una persona estimable, divertida, con sus momentos, pero con la que merecía la pena pasar un buen rato. Hablaba y hablaba. Ya había comenzado a bajar al banco a entornar los ojos. Tenía diversas ocupaciones que le ocupaban. Ocupaciones que le ocupaban. Siempre pasa que repasar los textos te enfrenta a la evidencia de que no estás por lo que tienes que estar. Estás escribiendo y estás mirando el tamaño del texto, mirando si el cursor, el roll loquesea, va haciéndose cada vez más pequeño. No cuenta lo que estás escribiendo, cuenta el tamaño. Cuenta teclear. Cuenta la sensación de estar tecleando, de estar bajando líneas y líneas de texto. Directamente desde la cabeza hacia el computador. Escribiendo sin tener en cuenta realmente lo que se escribe. Al peso. Volumen de texto. Cantidad. El texto va pasando y de vez en cuando uno se da cuenta de que está haciéndolo mal. Y debe parar y reflexionar y pensar qué está haciendo. En el mismo momento, no hacer como que no está pasando nada. Algo pasa. Algo está pasando que no estás escribiendo sino que estás tecleando. Pasando el rato con el ordenador. Haciendo como que estás haciendo una cosa pero en realidad estás pensando en otra, que quizás tiene que ver con lo que tecleas, pero muy tangencialmente. Tangencialmente. Has utilizado esa palabra hoy. O ayer. Tangencialmente. Te gusta utilizar la palabra exacta que otro está intentando encajar en la conversación. Te gusta parecer que no sabes, pero sabes. Sabes mucho. Pero algo pasa. Algo pasa que no sabes nada, que no sabes tanto, que en realidad no sirve de nada todo lo que dices que sabes. Ocupaciones que le ocupaban. Una historia de alguien que está intentando recordar qué pasó para que todo se torciera y él no sabe lo que es. Ni siquiera debe ser consciente de que algo está torcido. Debe pensar que la vida es así. Que hay que acostumbrarse a ir por la calle sin más pretensión que no tropezar, que no encontrarse con nadie que pregunte nada. Nada es tan importante como no molestar, sentarse en el banco, entornar los ojos, contar alguna historia de vez en cuando sobre cosas que pasan muy lejos o muy cerca. Cosas que le pasan a uno y que se aplican a otra persona. A un tercero. Gorteza. Gorteza no recuerda nunca nada más allá de lo que sueña o lo que piensa en ese mismo momento. Gorteza lo tiene muy jodido, dicen los que le conocieron. Gorteza va a acabar mal, apuestan en Villastanza de Llorera. Gorteza vuelve a su casa y tiene hambre. Abre los armarios, busca en la nevera. Se olvida de cocinar. Se sienta en el butacón y cierra los ojos.

miércoles, 3 de junio de 2015

Gorteza

Su mayor distracción es bajar a la calle y sentarse en un banco de la plaza. A tomar el sol. Hay muchas teorías sobre el sol. Gorteza no se ha parado nunca a pensar en ello, pero quienes le contemplan sentado al sol, se preocupan por si el sol le molesta o no. Hay quien considera que el sol es bueno, que tomar el sol, que te de el sol en la cara, da la vida. Que estar al sol es conveniente para mantenerte vivo. Otros piensan que demasiado sol es malo, que no es beneficioso para nada y que te deja la piel hecha unos zorros. Son puntos de vista que a Gorteza no le llegan. Gorteza sale de su casa y se sienta en uno de los bancos de la plaza. Es un banco que ya tiene asignado, porque nadie más se sienta en él. En Villastanza de Llorera, todos saben que ese es su banco. Todos menos el propio Gorteza, que piensa que tiene suerte de encontrar siempre el mismo banco vacío. Gorteza tampoco piensa demasiado en eso. Camina con una media sonrisa perenne en los labios y se sienta en el banco. Allí entorna los ojos y ve cosas raras en el cielo. Se deja ir. Esas cosas raras en el cielo no se van y se quedan con él. Y le envuelven. Y de fondo oye murmullos y él no sabe que esos murmullos son de gente de su pueblo que cada día que le ven sentado en el banco se preguntan qué pasa con Gorteza. Gorteza piensa que esos murmullos, esos ruidos, son otra cosa. Algo raro y maravilloso que sucede en otro lugar. En uno de esos lugares que luego, quizás dos o tres horas después, se esforzará en describir a los parroquianos de alguno de los bares de Villastanza. Los paisanos le miran simpre con cariño. Con respeto. Se acuerdan del viejo Gorteza, también de Gorteza cuando era joven y a todos les parecía un muchacho con un porvenir. Gorteza con los ojos cerrados, medio cerrados, dejando entrar por entre sus párpados algo de rayos de sol para que los reflejos creen esas imágenes raras en su cabeza y esas imágenes él tiene tiempo suficiente de transformarlas en lugares y paisajes y ciudades y calles y barrios y lagos y montes y montañas y personas que se llaman de maneras raras y mujeres que le hubiera gustado acompañar hasta su casa y despedirse de ellas con un beso y creer en una futura cita y quizás en otra más y también en otra más y siempre que se imagina algo acaba imaginándose a una mujer con la que va a algún sitio, con la que habla, a la que escucha reír, a la que escucha hablar, a la que mira a los ojos, a la que le gustaría abrazar. Gorteza suele pensar en muchas cosas, pero siempre acaba pensando en una mujer. Pero Gorteza se cuida mucho de no hablar de ese pensamiento con nadie. Nadie sabe que Gorteza piensa lo que piensa. La gente solo sabe lo que Gorteza piensa, poque es lo que cuenta Gorteza cuando va a alguno de los bares y cuenta lo que el propio Gorteza quiere. Gorteza a veces piensa también en que lo que está pensando, incluso el hecho mismo de ir a un banco a dejarse ir, ya lo ha pensado alguien antes. Es posible que Gorteza sea consciene de que él mismo no es más que un personaje que alguien está imaginando. Gorteza es muy listo, aunque muchos paisanos de Villastanza de Llorera crean que en algún momento, la vida de Gorteza se torció y lo que prometía se perdió. Gorteza cuenta luego que ha visto un abedul, que nunca había visto un abedul. O que acaba de llegar de Olomuc, de perder la batalla. O que está reventado porque ha tenido que ascender el Cotopaxi. Y es muy listo, porque evita contar que en realidad ha acabado pensando en una mujer con la que se ha imaginado cenando en algún restaurante sencillo pero agradable de un puerto del norte de Europa. Y cuando el sol ya le ha calentado los párpados lo suficiente, o cuando le resulta insoportable seguir pensando en lo que acaba haciéndole daño, se levanta y se va. Se va a uno de esos bares y cuenta cosas. A veces, la tentación de decir es tan grande que Gorteza se queda callado durante mucho rato en la barra. Gorteza se va sin probar nada. Gorteza vuelve a su casa y se prepara algo de comer. No suele comer nada, porque no prepara nada de comer. Abre cajones, los cierra o no los cierra, piensa en limpiar el horno. Se tumba en un butacón y cierra los ojos y sueña. Y se va de nuevo.

martes, 2 de junio de 2015

Gorteza

A Gorteza no se lo cuentes, porque Gorteza lo sabe. Gorteza ha llevado una vida llena de aventuras y de historias. Al menos eso es lo que cuenta él. Cuenta muchas cosas. Se ha pasado la vida contando cosas. Desde muy joven, no ha hecho otra cosa que decir, hablar, contar, explicar, pero nadie ha visto nunca a Gorteza en otro sitio que en Villastanza de Llorera. Los más viejos del lugar, recuerdan haberlo visto de pequeño al lado siempre del viejo Gorteza. El viejo Gorteza también decía haber estado en muchos sitios. El viejo Gorteza describía con todo lujo de detalles las selvas americanas en las que contaba que tuvo un negocio muy rentable de venta de comestibles. Contaba que en América había hecho fortuna con aquel asunto y que había vuelto a Villastanza a tiempo para poder pasar sus últimos años en compañía de sus familiares y amigos. Lo que no contaba el viejo Gorteza es que todos le habían visto crecer, casarse, tener hijos, trabajar en la fábrica de yesos de la Polderosa, jubilarse allí, pasar las tardes enteras en el bar del Fusi y contar y contar y contar repetidas veces que en su experiencia americana, había pasado los mejores años de su vida. Nadie se lo tuvo nunca en cuenta. A su lado, Gorteza aprendió a contar las cosas. Gorteza tiene ya bien entrados los cuarenta años y no se le conoce compañía más duradera que la de sus zapatos. La única vez que los vecinos de Villastanza han visto salir del pueblo a Gorteza ha sido cuando ha tenido que ir a comprar zapatos. Son unos zapatos que Gorteza compra en el pueblo de al lado, en Santa Buena de Dios, en una tienda de zapatos bastante corriente pero que guarda un surtido de zapatos muy recios, fuertes, que no se encuentran en otro lugar. Unos zapatos que Gorteza descubrió un día que le llevaron a las fiestas de ese pueblo. Era cuando Gorteza tenía amigos. Gorteza tuvo amigos una vez. Él cuenta que tiene amigos, pero los perdió hace mucho tiempo. Gorteza y aquellos amigos fueron a las fiestas de Santa Buena de Dios y bebió demasiado. Como no sabía bailar, no conocía las canciones que tocaba la orquesta y aunque las hubiera conocido de poco hubiera servido y sus amigos le abandonaron en la barra improvisada para buscarse la vida, tuvo que beber y beber hasta que se quedó dormido en la plaza del pueblo. Al despertar, alguien le había meado en los zapatos. Puede que fuera él mismo. Tuvo que ir a comprarse unos zapatos y descubrió aquella tienda. La regentaba una señora de unos mil doscientos años que le miró mal desde el momento en el que asomó por el quicio de la puerta. A Gorteza siempre le ha gustado que le miren mal. Vio aquellos zapatos, se los probó, se miró en el espejo, se gustó. El olor de aquella zapatería era tan antiguo, tan pasado, que quiso quedarse todo el día, pero la señora no parecía dispuesta a ello y una vez hubo pagado, se tuvo que ir. Normal. Cada año volvía a Santa Buena de Dios a comprar zapatos. Habían pasado muchos años y la señora seguía incombustible al frente del negocio. Todos los años, Gorteza quiere quedarse a vivir en esa zapatería, pero no puede. Gorteza cuenta a todo el mundo que lo ha vivido todo. Todo el mundo quiere escuchar a Gorteza contar qué cosas ha vivido. La antigua fábrica de yesos de la Polderosa cerró hace mucho tiempo, poco después de que se jubilara el viejo Gorteza, y Gorteza no pudo entrar a trabajar en la fábrica. No se le conoce un oficio definido. Ni indefinido. Gorteza estudió hasta que terminó el instituto y no fue a la Universidad. Luego se recluyó en su casa durante años y no se conoce que fuera a la Universidad o que estudiara a distancia. Los que fueron sus amigos cuentan que intentó prepararse unas oposiciones para el cuerpo de correos, pero nadie sabe si las aprobó o no. Los que fueron sus amigos dejaron de serlo cuando la vida empezó a ir en serio y la gracia de Gorteza se desvanecía. La gracia de Gorteza consiste en contar, explicar, hablar y hacer como que lo ha hecho cuando no es verdad. Una vez que se agota esa gracia, los amigos dejaron de serlo. Gorteza sale todos los días de su casa a una misma hora, regular. Se levanta, se viste, se calza sus zapatos. Antes de ponerse los zapatos, mira los zapatos, los toca, los repasa con el dedo por si están manchados. Se dirige a uno de los bancos de la plaza y allí espera a que alguien, personas cada vez más viejas y más jóvenes, se sienten a su lado para charlar. Cuando siente hambre se vuelve a su casa y se prepara algo de comer. Pero casi nunca come. Muchas veces abre los cajones, remueve dentro del armario, enciende el fuego, lo vuelve a apagar y se va al butacón en el que se queda dormido. Allí, en el butacón es donde le pasan todas las cosas que cuenta.

lunes, 1 de junio de 2015

El día que ganemos no haremos tanta gracia

Una jornada inolvidable. No se puede ser más rancio, más antiguo, pareciera como si el fútbol le convirtiera a uno en otra persona. Una persona vieja y cargada de tópicos. Jornada inolvidable. Un día de puta madre. Esa era la definición exacta. Un día tremendo. Una pasada absoluta. Imaginen ser del Athletic de Bilbao en Barcelona. Años y años en total y completa minoría. Años y años viendo a uno del Athletic de Bilbao a dos kilómetros y considerarlo un hermano en sangre. Los de Santa Coloma, todavía tenemos un alivio en la Peña Centenario, que acoge a unos cuantos seguidores rojiblancos de los alrededores y así no nos sentimos tan solos. Pero nada comparado con lo del sábado pasado. El sábado pasado fue el día. No saben lo que es pasear por las calles de la Ciudad Condal y encontrar solo a personas enfundadas en camisetas de tu equipo. El fútbol. Aupa Athletic. Lo decíamos casi religiosamente. Porque cuando nos encontramos a uno del Athletic en condiciones normales no nos podemos reprimir. Aupa Athletic, ostia. Claro, si vienes de Bilbao estás acostumbrado a ver a gente del Athletic por todas partes, pero nosotros no. Y nos miraban extrañados. Nosotros y nuestras camisetas, algunas nuevas, otras vintage. Aupa Athletic, joder. Aupa. Total, para perder. Ese es el asunto. Perder. Otra derrota. Vino tantísima gente, tanta, solo para ver perder al Athletic otra vez, que es digno de una reflexión. Yo siempre digo eso de que ser del Athletic ya es ganar. Que no nos hace falta el título, porque con subsistir con lo que tenemos, ya podemos considerar una victoria cada año que pasa. Y sin embargo... joder, también estaría bien ganar alguna vez. Y dejar de caer tan bien. Porque lo que pasa es que nos hemos convertido en una especie de osito de peluche de los torneos. Todo el mundo considera que sí, que muy bien, que somos el mejor rival, pero que van a ganar ellos. El Barça. Somos iguales. Somos lo mismo. Compartimos la misma cultura. Y un huevo. El Barça no tiene esta afición. El Barça no va a perder y cuando pierde arde troya. Nosotros somos un poco como los culés, y me refiero a los aficionados de aquí. Somos de la bronca, de la crítica desmedida, de hundirnos a las primeras de cambio. Los de allí, los originales, no son así. Jamás tuercen el gesto. Nosotros somos como los culés. Un poco. Intentamos aprender, pero no nos sale.
Las calles llenas de rojiblancos. Barcelona zurigorri. Concierto de Doctor Deseo y los vascos volviéndose locos con un grupo que no conocía. Conversaciones repetidas. No sabéis lo que es esto para nosotros, no sabéis lo que significa ver toda la ciudad llena de camisetas del Athletic. No sabéis que casi lloramos viendo la foto de la calle Ferran llena como si fuera Licenciado Pozas. Qué gozada ver esa marea de gente por la avenida Maria Cristina cantando Athletic gu gara. Qué momentazos. La cámara echando humo. Mira, y mira, mira aquí, mira aquí también. Enviando fotos, vídeos, a troche y moche. Comiendo con los del resto de peñas de Catalunya y otras venidas del resto del Estado, cantando, comiendo, bebiendo, no sé. Suena a tópico, pero de verdad que fue un momentazo. Un día tremendo.
Pero claro. El día tenía un sentido, el sentido era el partido. El partido de marras. Como siempre, todo va muy bien hasta que el árbitro dice de darle. Y le da. Y le da bien. Y le da a gusto. Dicen que dimos patadas. Decimos que no dimos ninguna. En el previo a la jugada de Messi que origina el primer gol, el que suscribe era partidario de enviar inmediatamente al astro argentino a la grada, contra la valla, inmediatamente, sin juicio. Pero el fútbol ha cambiado mucho y no se estila repartir. Ya no. Y se coló y nos la clavó. El primero. Y ya todo es oscuro y nos vinimos muy abajo. El resto del partido es ir maldiciendo y penando. Los del Barça que han venido tampoco son muy beligerantes. Copi no dice nada en toda la noche. En la peña estábamos ya prevenidos contra esto, pero no escarmentamos. Nos ilusionamos y queremos ganar. Ganar. Y que dejen de decirnos que 'os merecéis ganar, pero perderéis', 'mi segundo equipo es el Athletic, pero hoy que gane el Barça', 'tenéis una afición cojonuda, pero tenemos a Messi', 'os felicitamos por que sois un equipo de puta madre', y la gente se hace fotos con nuestra bandera, y fotos conmigo y me dan besos en la cabeza, porque somos gente super maja. Somos tan majos, porque perdemos, porque sabemos que vamos a perder. Sabemos que vamos a perder antes, pero no durante, y lo aceptamos luego después. Deportivamente. Sabemos que no vamos a ser nosotros. Que llegamos hasta el final, que lo tenemos todo para hacerlo bien, pero nos falta todo para ganar. Nos falta material. Nos falta tema. En nuestra virtud tenemos nuestra condena. No ganaremos nunca porque somos nosotros. Y así es muy difícil todo. Acaba el partido y con nuestra camiseta a cuestas nos dirigimos a los bares de moda a que nos digan cosas bonitas. A que nos halaguen, a que nos alaben el gusto, a que todo sea feliz. Pero un día, ese día igual no lo veremos nunca, ganaremos y seremos nosotros los que sonriamos felices al ver pasar al perdedor. Al ganador. Ganar y perder. Y no todo el mundo sabe perder igual. No todo el mundo tiene la costumbre.
Una continua derrota. Eligiendo siempre el asunto, el tema, todo aquello que asegure que no vas a ganar nunca. Eso también es una habilidad. Un don.