viernes, 11 de septiembre de 2015

El Gran Hotel Budapest - Wes Anderson

Una película que es como una postal. Una postal preciosa, donde todo es bonito, donde todo es perfecto. Donde todo es como lo piensa el protagonista. Yo quiero ser como el protagonista. El protagonista es un conserje, se llama Monsieur Gustave, y trabaja en el Gran Hotel Budapest, un hotel situado en la república de Zubrowka, una república imaginaria, que debería estar en Europa Central, allá por los años treinta. Un escritor visita ese hotel durante los años sesenta, se supone, se encuentra con un señor enigmático, que es el dueño y se llama Zero Moustapha y tiene una historia que contar. La historia de cuando el hotel era otro hotel, el mismo hotel pero diferente, porque todo cambia y lo que antes era lujo y civilización se convierte en otra cosa. Y yo se supone que apuesto por esa otra cosa que aparece en la película, claro, pero a mí me gustaría ser como el conserje, como Monsieur Gustave.
Es una película de Wes Anderson, un director que nos ha dado peliculones como The Life Aquatic, o Viaje a Darjeeling y que aquí se sale. Una película bonita, sobre todo visualmente, como suelen ser las películas de este director, en la que, como digo, cada escena, cada plano, es una postal. Y toda ella conforma una grandísima postal, en la que la historia, la trama que se mueve en ese escenario a veces parece secundaria. Una trama consistente en una muerte, un asesinato, un robo de un cuadro y cómo el conserje Monsieur Gustave y el botones que heredará el hotel, Zero Moustapha, intentan resolver el caso.
Bien. Al final de la película se dice que se inspira en textos de Stefan Zweig, escritor austriaco que se suicidó en 1941, consciente de que los nazis iban a ganar la guerra y no podía soportar que Europa, que el planeta, viviese semejante desastre, que se hubiera llegado a eso. Zweig no era de izquierdas, o quizás sí que lo era, era un pequeño burgués que... bueno. Que fuera lo que fuera, me da igual. Me da mucho igual, no sé si el personaje de Monsieur Gustave se inspira algo en su figura, si Ralph Phiennes, el actor protagonista, está caracterizado como él, pero me gustaría pensar que sí.
Me gustaría decir que es una película bonita, que es divertida, que la vean, pero sobre todo me gustaría ser como los protagonistas. Eso. Encontrar a gente así, que hable, que sepa de muchas cosas, que no sea un cafre, que sea sensible, que recite poemas, me gusta esa sensación que transmite Zero Moustapha de estar disfrutando de cada momento que pasa con el conserje, lo que aprende, los ojos como platos que pone cuando habla, eso. La amistad que se desprende, la admiración, todo eso. No sé. Me parece lo más bonito de todo de la película. Junto con lo visual, esa sensación, que es la misma que transmite leer a Stefan Zweig precisamente. Alguien del que aprender mucho, al que admirar no por nada, si no por lo bien que hace sentir estar a su lado, leerlo, escucharlo.
Eso tiene que molar mucho.
Si pueden vean la película y sobre todo lean algo de Stefan Zweig, lo que sea, no se lo pierdan.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Freedom of choice

Ayer en la Plaça de la Vila, un señor repartía estos folletos de Súmate. Nos ofreció y yo se lo cogí. Nos preguntó si lo teníamos claro y yo le dije que sí, que éramos de Catalunya Sí que es pot. Nos dijo, con sorna, que nuestros votos se contarían con el No. Como cepos, saltamos y le dijimos que a él le contarían con la derecha. Nos dijo que era de la CUP. Le respondí, pues con la derecha.
No hace mucho, Raül Romeva hizo unas declaraciones en una entrevista diciendo que aquellos que no quisieran desprenderse de su nacionalidad española, podrían elegir, podrían quedarse y ser españoles y disfrutar de la amplia gama de servicios y ofertas que ofrecerá (perdón) la nueva República Catalana. Que serían como los británicos, alemanes o franceses que residen en nuestras tierras. Me alarmé y me encendí. O sea, que gente de amplísima estirpe catalana, de rancios apellidos ben nostrats que, políticamente, se identifiquen con España porque Dios no les ha dado otras luces que esas, serán poco menos que extranjeros en su tierra. Bien acogidos, pero de otra parte. No lo entiendo. Que eso me pase a mí, que soy negro, judío y homosexual, vale, pero que le pase a esos amigos lleidetans de recias convicciones carlistas por poner un ejemplo, pues me parece injusto. Es decir, podremos elegir la nacionalidad. No me gusta. No quiero elegir. Si soy español, a día de hoy, porque administrativamente me toca, a ver a santo de qué el día que esto sea otro estado no voy a ser lo que se me diga. Yo no quiero decidir, yo quiero que me lo den hecho. Política de hechos consumados. Si nazco en Francia, francés. Si nazco aquí, tal. Es así. No parece muy allá que la peña vaya eligiendo el país al que administrativamente pertenece. Me pido norteamericano. Visa oro.
Estoy viendo que esto, explicado así oralmente me queda mejor. Pierde mucho escrito.
El señor reparte papeles diciendo que somos españoles y queremos la independencia. Otra cosa. Somos españoles, es decir, no hemos nacido aquí, somos emigrantes, murcianos, gallegos, por ejemplo, y aún así queremos la independencia. Supongo que emigrantes murcianos, gallegos, andaluces, cuando llevan aquí uno, quince o cuarenta años, ya son catalanes también. Supongo. ¿O no? ¿Quién es catalán? Eso es lo que me da miedo. ¿Quién es catalán? ¿Voy a ser yo catalán alguna vez en la vida? ¿Lo será mi madre? ¿Lo será mi hijo? ¿Ser catalán es una opción política?
Si, por ejemplo, no estoy con los partidos que piden la independencia, ¿soy menos catalán? ¿Es eso? Somos españoles y queremos la independencia. Pese a ser español, quiero la independencia. Pese a que por origen no debería, quiero. Me huele todo a alcanfor. Pablo Iglesias, Mi Pablo, ayer dijo que los hijos de andaluces y nietos de extremeños no tienen que avergonzarse de sus... y le han dicho de todo. Etnicista. A buenas horas. Llevamos jugando con el fueguecito de 'lo catalán', mucho tiempo. Un día y ese día quizás no llegue nunca, nos dirán que tendremos que elegir, que o se es o no se es. Y yo preferiré que lo que ponga en el papel ya me estará bien. Pero claro, ¿qué se me pedirá a cambio?
No estoy por la labor. No me pedirán nada, pasarán de mí, no soy tan importante. Somos españoles, castellanohablantes, y queremos la independencia. Lo mismo. Pese a no cumplir con el genotipo, estoy ahí, he captado el mensaje, soy salvo.
En fin. Elecciones dentro de nada, libertad de elección. Gente que era de los nuestros, que considera que España ya no da respuestas y que hay que buscar el nuevo modelo en un nuevo estado. España no da respuestas. Las dará Catalunya. No me parece mal pensado. Siempre y cuando no consideremos que en Catalunya no hay nadie que haya fomentado, articulado, pensado, aplicado, las mismas políticas de mierda que han jodido al resto del Estado español (o como se quiera llamar) durante siglos. Si pensamos que todo 'lo catalán' es inmaculado respecto a 'lo español', yo no estoy ahí. Llamadlo arriba y abajo si sois de la nueva ola, o la lucha de clases si sois vintage, pero eso va a ser igual en aquí que en más allá.
Se me está yendo un poco el hilo del discurso. Vamos, que si el asunto estriba en que esto sea un estado independiente para que así TODOS, vivamos mucho mejor, adelante con los faroles. No hace falta tanto rollo, elecciones, referendum como sea y al balcón: proclamo la república catalana. Que no, pues a pelear por lo de siempre, los que más tienen a joder a los que menos tienen. Si el tablero es este, la elección es clara. Los del Rabell y Catalunya Sí que es pot. Si lo que se quiere es que no haya lío, que todo siga igual, que virgencita que me quede como estoy, los que te dije que casi ni se les ve. Si lo que se quiere es un país extraño con gente que es y que no es, que siga contando que 'vine aquí y me acogieron muy bien porque los catalanes (los catalanes de verdad, los buenos) son gente seria y trabajadora y ahora mis hijos son catalanes', como si hubieran descubierto una mina de diamantes, pues a votar al Mas. Al candidato de la derecha.
Ah, y si se quiere ser la izquierda transformadora, que tiene la cara dura de decir que hasta ahora no ha habido anticapitalistas en la oferta electoral, como si ser el niño bonito del nuevo estado, el yerno perfecto, tan humilde, comunista libertario, pero sin pelearle al poder sus espacios porque nos pagan los nuestros, pues Governem-nos.
Ya está. Mañana a ver si no llueve, que tenemos ofrenda floral. Intenten decirlo con un mantecado en la boca. Ofrenda floral. Somos españoles.
Yo no quiero decidir. Yo lo que me digan.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Colgado

Y he dicho algo así como 'pues no me he dejado yo veces ahí...'. Y era mentira. Era mentira porque puede que yo haya bajado alguna vez por esa barandilla de la plaza de la Vila, pero no han debido ser ni tres veces las que yo haya hecho la barandilla hasta el final. No. Supongo que alguna vez intenté subirme a la barandilla para bajar, pero luego me cagué y no bajé hasta el final. Yo creo que ni siquiera me subí nunca. Quiero pensar que sí, me imagino bajando, pero estoy convencido de que yo jamás nunca he hecho eso. Ni me he montado en las historias esas que tenía el parque antiguo. Este es el parque antiguo de la plaza, así que cuando se supone que debo bajar por esa barandilla, yo debo tener no sé si... no sé cuando la remodelaron, pero yo no he sido nunca... Me estoy liando especialmente. Es decir, yo aquí no me he podido subir mucho, porque yo era pequeño y yo de pequeño era incapaz de subirme a ningún lado.
Lugares a los que me he subido: la valla del Trueta. Como muchos ciudadanos de bien de nuestra ciudad, yo me he saltado la valla para jugar a fútbol. Cuando esto ocurre, yo ya tengo una edad, unos dieciseis, diecisiete, más incluso. Da igual. Yo me creo el personaje de 'no me puedo subir, me cuesta bajar'. Los colegas al principio se ríen, luego te dejan colgado de la valla. No poder mover la pierna para arriba para pasarla al otro lado y empezar a jugar. No me esperaban tampoco. Me quedaba ahí, mirando, y cuando buenamente podía, me bajaba. No era ya un niño. Era un adolescente que... La valla del Pallaresa, del colegio Juan XXIII, creo que ahí me quedé colgado durante media hora al menos, desesperado, porque no podía ir ni para detrás ni para delante. Bien. Jugar al fútbol y saltar vallas. Ir a los columpios y no montarte en los columpios. Ir al parque y preguntarte para qué era la barra de enmedio de la bola del mundo aquella. Para bajar. Yo no. Yo me quedaba colgado. Colgado en la cuerda de la clase de gimnasia. Colgado en el primer nudo de la cuerda. Colgado en una rama subiendo un terraplén del Polideportivo de la Telefónica, mientras todos los demás niños suben el terraplén como antílopes. Colgado y llorando, llamando a mi madre, que me baje alguien de aquí. Colgado sin saber bajar de un sitio. Sin poder bajar. Ni arriba ni abajo.
La plaza de la Vila en su antigua constitución. La barandilla, las dos barras paralelas, el arco como una escalera doblada, la bola del mundo, el columpio. El bar la Vila, creo que era, el suelo con rayas, partidos de fútbol contra los del Argos en los Pinos. Seimar contra Argos. En la cumbre. Gente de orden. En fin. Nada que contar. Lo que da un dibujo. Me he acordado también del Bayá, del Barris, de verles dibujar con aquella calma, aquella concentración, aquellos dibujos a tinta, tan minuciosos. Aburrirme de pequeño tanto en Els Coloristes, en el concurso de pintura rápida, con mi padre, qué frio. Todo problemas. Lo que da un dibujo, ya digo.

Foto de uno de los dibujos de la exposición con obra de Jordi Estany en el CE Puig Castellar. 

martes, 8 de septiembre de 2015

Feria y Fiestas de Santa Coloma de Gramenet. Una crónica.

Esto que voy a hacer ahora, quizás sea la última vez que lo haga en la vida. Ya soy famoso. Mi imagen se busca y es publicitada en medios de comunicación, entre autoridades y personajes públicos, lo más granado de la sociedad local quiere tener una foto mía, soy una celebridad. Dicho esto, como digo, esto de escribir y hacer crónicas ya no me pega, mi papel ahora es otro. Comer almendritas saladas mientras bebo un culín de whisky y veo algún partido de fútbol junto a algún político o empresario local si los hubiere. Ni siquiera he ido a ver a los Barrankillos, no lo necesito. Mi mundo ya es otro.
Vosotros, ustedes, quizás esperéis las fiestas con el muy sano deseo de pasar unos días divertidos, relajados, agradables, haciendo colas interminables para tomarte una cervecita en vaso de plástico y una sabrosa croqueta, y os envídio. Envidio que la felicidad, el relajo, la capacidad de diversión y el tiempo disponible para ello, os permita pasar estos días de Feria y Fiestas Mayores deambulando por las calles de Santa Coloma como si no hubiera un mañana ataviados con vuestro pañuelito que demuestre fidelidad a la patria, yendo a conciertos de sabor añejo como los de los Mojinos o los Celtas, y disfrutando de las últimas novedades musicales, como las de Guadalupe Plata o Lichis, o haciendo gala de un sentimiento de implicación en la lucha final en las Alternativas, quizás acompañando a la alcaldesa en algún acto, quizás disfrutando del Cristo que ha pintado el Boronat para los Coloristas. Redentor, qué lindo.
Bueno. Os envidio, digo, os envídio tanto que pondría una tilde en la í de envídio y me quedaría tan ancho. Os envidio porque yo me lo paso bien. Sufrir, padecer, trabajar, remordimientos de conciencia, sentimiento de culpa, mal cuerpo.
El viernes teníamos concierto en el Cortocircuit. Qué ganas teníamos de concierto. Qué ganas de tocar en un escenario molón, con un equipo molón, con un público molón. Qué ganas de hacerlo bien, de pasarlo bien. No tenía que llevar el coche, por lo que podía beber y despreocuparme un tanto de las incomodidades de la logística musical. Pero, ay, Tlaloc, dios de la lluvia, no mira y tuvo a bien descargar agua a manta desde por la mañana y poner en riesgo el festival y nuestro entusiasmo por la música y el rock en particular. Una mierda que nos comamos. No vamos a tocar, vamos a irnos para casa, todo a la mierda. Investigamos, detectamos el problema, miles de personas mirando el móvil para saber si iba a llover o no, y nosotros, gracias a nuestra fe en lo sobrenatural, adivinamos el asunto: es la Carol. La Carol, camarera del Punticoma, camarera del Cinc, lleva una de las barras. Dice que es gafe. Que ya el año pasado... hay que hacer algo. Distracción, que no piense en la lluvia, habla, habla, toca. Se despeja el cielo y tocamos. Concierto muy bonito, vino mucha gente, nos hacen fotos, nos graban vídeos. Incluso hay quien dice que tenemos canciones bonitas. A., lo dice, Críticas muy positivas y nuestra imagen y autoestima, muy reforzada, la verdad. Deltanoise tocan también, se les escucha muy bien, pero son muy exigentes y siempre quedan descontentos. Pero muy bien. El grupo estrella eran Thirteen, que cantan muy bien y terminan muy pronto, llevándose digamos lo que es el público fetén. Nuestro mundo es otro.
A las cinco de la mañana y con más frío que en la guerra, se da por clausurada la jornada. Hay que hacer carteles al día siguiente para lo de Catalunya Sí que es pot. Sí, amigos, aquí no hemos venido a disfrutar ni a pasárnoslo bien. Tanto politiqueo, mover los brazos ya, coño, ha dicho hoy un joven currante. Me cago en la puta. Cortando cartulinas, pegando con cola, trabajos manuales. Cualquiera que me vea. Pues ahí estamos De cortar cartulinas y hacer plafones, a la expo de Can Sisteré. Son 25 o 20 años o 30, yo que sé de arte. Llegamos justitos pero llegamos. Mi señor padre, el Molina que pinta, pone dos cuadros. Ya se imaginan cuál puede ser uno de ellos. El otro es del mercado Segarra. Es un resumen de exposiciones y obra local principalmente. Mola el jarrón de la Lusesita, lo de la Mihoko y mola la charla con el Miguel Ángel Para. Trabajar, pintar, vivir. El arte y el trabajo. El genio y el trabajo. Charlas muy así con gente que se para  pensar, que piensa, que igual no hace, pero lo está pensando. Y lo hace. Eso mola. A preparar el segundo concierto.
Este segundo concierto en la caseta es liberador. Las Jazzmaster Sessions. Si el concierto del Cortocircuit fue bonito, comedido, medido y marcado, el de la caseta de EUiA es atronador. Queremos desquitarnos por la autoimpuesta moderación. Empezamos con Interestellar Overdrive y limpiamos a la mitad del público. No somos una banda de caseta y ya está. Las casetas. Gente que en sus casetas lo tiene claro, rumbita, chumba chumba, reggae. Nosotros no. Nosotros podemos poner lo que pongamos que no. Y ya está. Y no vamos a poner rumbita, ni chumba chumba. Y tendrá que pasar. Y yo ahora podría decir que no nos importa que la gente se vaya de nuestro concierto, importa, lo entendemos y lo compartimos, pero a nosotros nos gusta hacer mucho ruido, ser muy pesados y no pararnos a pensar en las cosas. La caseta. Acaba el concierto, pinchan Solysombra, no puedo con las... pero ahí estamos. No voy a las Alternativas, no voy a ninguna parte. Ni al Sintonizza si quiera. Las Alternativas son la nueva Plaza de la Vila. Nos vemos en las Alternativas. Han ganado. Es el momento para que la maquinaria institucional lo vuelva a hacer, lo capte, lo haga suyo, lo degluta, demuestre quién es quién. Quién manda aquí. Lo de siempre. Presenta la alternativa, presenta el proyecto, presenta la propuesta, este grupo, este escritor, es mío. Lo tengo.
¿Qué pasó el domingo? Paella y Coloristes. No por este orden. Coloristes en la Plaça Manent. Al que le parezca que el precio es alto, que se vaya al Ikea. Cristo Redentor del Boronat, siete cuadros de mi padre de temas eclécticos con pueblos eclécticos. A la paella. Comiendo en la mesa de la Gacela y la Tere Adame, una ventolera hace que me salte el plato de ensalada con el vinagrazo en la cara. Momentazo. Si ya ha pasado eso, nada puede ir peor. Y no va a peor. Todo va a mejor. Un muy buen domingo, una comida muy agradable, una charla muy interesante, con la Gacela, con su madre, con la A., con los jóvenes de Junts pel sí, el Salva y el Josep Miquel, y con los Ciutadans, el Machi, el Dimas... quizás eso es lo que no mola, como me dicen, que hablemos demasiado con demasiada gente. Muy bien los Puteados del Sistema, pero que muy bien. A la una y pico para casa otra vez. La caseta, las casetas. Bocatas de pinchos, bocata de chorizo infernal.
El lunes más fuegos. Como todos los años, quedo con el joven molinaguer, elpako de eltoni, elpako & elchristian para hacer la ruta de los bocatas revolucionarios, Nos falta el del Pcpc, porque no da tiempo a nada más. Más carga, más descarga. Le sirvo los bocatas al Fermín y a la Fe. Qué servicial y qué majo.
En fin. La caseta. El taxi. El martillo justo al ladito para que no nos olvidemos que nos han puesto justo al ladito del martillo. El ovni ese que gira y se suben los chavales y no están locos ni enfermos, pero se suben y uno piensa... la vida. Ni corretapa, ni correbars, ni nada. Así puedo ir a la caseta. Si ponen tantas cosas a mediodía la tropa se castiga y no puede venir a la caseta. La caseta. Voy a la caseta, vengo de la caseta, estoy en la caseta, no estoy haciendo nada en la caseta pero tengo que ir a la caseta, voy a tener que ir, no es mi turno, no me he apuntado a ningún turno, pero estoy y voy, o estoy pero no sé qué hago. Bulto. Ayudo. Estorbo. Conspiro contra el régimen. Me despido de la Feria y Fiesta en la caseta de los Diables, que ponen un musicón jamaicano de la ostia, pero es tarde, soy viejo, los hay más viejos que yo allí pero yo soy un vendido al capital, mientras que el capital os puede comprar a vosotros y saltar como si no hubiera un mañana. Esto ya lo he repetido antes. Ya da igual, ahora que soy famoso, todo me va a dar lo mismo.
Habéis sido un público maravilloso. Os echaré de menos cuando me vaya a una casita del centro o a una casita en el Singuerlin alto. Nombro a mucha gente, favor que os hago. Pero bueno, es la vida.
Si me dejo algo, me lo decís y encuentro a alguien que os lo escriba. Gracias.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Tema wagneriano

Lo de Báner se lo puso uno que ya no está y no está bien hablar de los que ya no están. No sabemos por qué venía, ni de quién era amigo, ni nada. Venía, se sentaba y empezaba. Daba igual el tema del que habláramos, quién fuese el que llevaba la voz cantante, quién marcase el ritmo, incluso el lugar de encuentro. Siempre se enfadaba. Y no era un enfado tormentoso, era un enfado... wagneriano. El Baner llegaba, se sentaba, parecía estar bien, normal, escuchaba las primeras palabras y entonces concentraba la mirada en la mesa, fruncía le ceño, todos nos callábamos, la tensión, la gravedad, podían pasar horas. Cuando alguno ya tenía la cabeza a punto de estallar por el silencio y el mal rollo, se levantaba y se iba y nos íbamos todos.

Un día el Báner vino con cuatro amigos y repitió la jugada. Fue el momento más insoportable de dolor craneal que he tenido en mi santa vida. Insoportable. Rufito iba a decir algo sobre la subida de precios del transporte cuando, el Báner y los otros cuatro pusieron esa cara, y empezaron como a murmurar. Un mmmmm, los cuatro a la vez. Sánche, al cabo de cuarto de hora, se puso a llorar. Yo tenía un dolor de cabeza imposible de aguantar. Los cuatro a la vez. Mmmmm. A los 45 minutos de reloj, el propio Báner dijo algo en voz muy alta. Nos pilló por sorpresa y no le escuchamos. Ya no lo repitió y se fue.

Alguien, no sé, nos dijo que el Báner se había ido, que había hecho muchos amigos nuevos, que muy posiblemente no le volviéramos a ver. O volveríamos a ver. Ahora no sé si dijo volviéramos o volveríamos. Es igual. Un día ví una foto de un señor con un casco con alas y medio vestido de cintura para arriba con unas pieles. Era el Báner, muy serio. Anunciaba una especie de marca de adhesivos alemana o algo así. Si mirabas mucho rato la foto del anuncio, te dolía el tarro mucho. Pero mucho.

Para provocar, un día, la Sonia empezó a hablar de música. Sabíamos que iba a venir, porque, de tanto tiempo que llevábamos con él, notábamos su vibración a distancia. Soni estaba diciendo que Mozart era lo más y que lo tocó todo. Que era como los Beatles y que los demás se habían quedado con trozos de Mozart y que sólo había un Mozart. El Báner llegó, efectivamente, y no dijo nada. Miró un vaso de cerveza, empezó como a murmurar, a removerse en la silla... sacó un martillo, sacó un cencerro, comenzó a golpear y a poner voz de muchos. La voz de muchos. Nos asustamos tanto que la Soni se metió debajo de la mesa.

La voz de muchos. Cogió esa manía. Ya no llamaba a nadie, venía solo y se sentaba. Acondicionaba el espacio a su rollo. Decía que aquello era suyo. Miraba mal al Musta, porque era moreno. Miraba mal al Niche, porque llevaba bigote. Miraba mal al David, porque tenía la nariz grande. Miraba mal al Ché, porque llevaba una camiseta del Ché. Sólo le caía bien yo, porque soy muy pálido. Al Niche a veces le hablaba bien, otras veces... sacaba el martillo, la voz de muchos, el cencerro... Mi cabeza.

El del bar estaba contento con el Báner. Era raro, porque el Rosendo no era de mucho... pero decía que con eso de la voz de muchos, consumía como muchos. El Rosendo no daba puntada sin hilo, tampoco. Estábamos todos un día tomando algo y el Báner vino con una chica, enorme, grandísima, que decía que era jugadora de nosequé, y tenía al Báner como dominadísimo. Era como un gatito, pero es que había que ver a aquella chica. Bueno, ya os imagináis.

¿No sabéis lo que es la voz de muchos? Cantar, cantar ahora como si fueseis un coro. Canta como si fueses muchos. Lorolo. El himno de cualquier país. No como si cantase Pablo Alborán. Cantar muchos. Uno solo. Voz de muchos. El Báner era un maestro. Cuando venía con la chica, si aguantabas el rollo, le acababas encontrando el gusto. A momentos. Si esperabas, tenían su rollo. De verdad. Pero me dejaba una pasta en ibuprofenos y en su puta madre. La chica aquella no siempre era la misma, a veces venían otras. Al Niche le moló una, pero no llegó a nada. Aquello era todo muy raro. Y muy denso. Y muy espeso. Y ese mirar siempre mucho rato las cosas y no llegar a... no sé.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Inmersión incontrolable

Traemos ahora el comienzo de uno de los libros de éxito de la temporada 'El extraño caso de Pino Castillo', escrito de manera un tanto descuidada a nuestro parecer por el escritor novel Chulian Trebujena, al que empezamos a estar hartos de ver en la tele y en las redes sociales hablando de esto y de aquello como si tuviera él ni puñetera idea de qué es nada. Pero es la sociedad que nos ha tocado vivir. En fin.
'Me llamo Pino Castillo y tengo 34 años. Si me hubiera cuidado un poco, aparentaría menos años de los que tengo, porque tengo muy poca barba y con unos cuantos kilos menos, pasaría por un chaval de 20 años. Eso ya da igual. Escribo esto desde un lugar que no reconozco. He conseguido trasladar de alguna manera lo que pienso aquí para que llegue a otro sitio. Algo estudié sobre la comunicación que tiene que ver con esto. Sea como sea, comenzaré diciendo que siempre me gustó el agua. Nadar, bucear, buscar entre las piedras y las conchas, más piedras y más conchas, sacar del agua esto y lo otro, simplemente sentir que dentro del agua parece que el tiempo se detiene y que te sientes, de alguna manera, en mayor armonía con la naturaleza. Un enamorado de los deportes acuáticos en toda la extensión del término. Desde que mi madre me apuntó a natación, he sentido que tengo una relación especial con el agua y mi cuerpo siempre se ha sentido cómodo en el líquido elemento. Bueno. Nada verdaderamente especial. Tengo 34 años y esta particular buen relación con el agua, tampoco se ha trasladado en nada fuera de lo común. Trabajo en la administración pública, aprobé unas opos y estoy en un área comarcal, gestionando un departamento desde el punto de vista técnico en el... bueno, no tiene importancia. No tiene nada que ver con el agua. No sé por dónde empezar. No tengo pareja, no tengo hijos tampoco. Podría decir mejor que no tengo hijos porque no tengo pareja. Bueno, podria tener hijos sin tener pareja. Podría haberla tenido. Así soy yo. Digo una cosa, la quiero mejorar, acabo liándolo todo un poco. Por eso no tengo pareja, por eso no tengo hijos. Digo yo.
Voy a la playa y a la piscina casi siempre solo. Cuando llega el buen tiempo, a partir de Semana Santa, voy un día o dos, al menos, a la piscina municipal y siempre un día a la playa. En la playa me lo paso mejor que en la piscina. Son gustos. Pero voy más a la piscina porque me queda más a mano. Y porque puedo ir con mi madre.
Mi madre no puede ir a la playa porque no soporta la arena. Y la gente desconocida. En la playa es más difícil encontrar a la misma gente siempre, dice, en la piscina el público es más fiel. Mi madre es muy rara y yo soy también raro como ella. Lo acepto. Pero me gusta más la piscina. El otro día fuimos a la piscina juntos. Ella se quedó en el borde de la piscina, remojándose los pies y vigilando que nadie pisara nuestra toalla. Yo me tumbé un rato porque estaba cansado. Hacía mucho sol y mucho calor y a los diez minutos estaba asándome. Me fui a dar un baño.
Sé que es una idiotez, que no tiene sentido, pero en todas las piscinas, en esta también, hay un agujero por el que sale agua, o echan cloro, no lo sé. Si te acercas, lo notas. De pequeño me gustaba esa sensación. Luego pierdes la costumbre. El otro día, sin querer me acerqué al agujero y pensando en mis cosas, puse la mano en el chorro mientras miraba a mi madre. En un momento, ella iba a decirme algo y yo metí la cabeza en el agua. Sin saber por qué, acerqué la cabeza al chorro y me colé por el agujero. Ya digo que no estoy gordo, pero estoy un poco descuidado. No entiendo como cupe por el agujero. Me atrajo y entré. Caí como por un tobogán y fui a parar a otra piscina. Era una piscina de urbanización. No encontré a mi madre. Por no asustar a nadie, no dije nada. Quise meter la cabeza otra vez en el agua para encontrar otro agujero y lo encontré. Salí a otra piscina. En un pueblo de Córdoba que se llamaba... no me acuerdo. Me lo dijo una chica a la que le pregunté. No salí de la piscina. He ido cayendo por diversos agujeros y he visto piscinas de todo el mundo. A veces he caído en la piscina de mi ciudad, con mi madre en el borde de la piscina, y he vuelto a meter la cabeza en el agujero. No puedo parar.'.
Y a la gente le gusta esto. 250 páginas así. Bravo.

martes, 1 de septiembre de 2015

Desencuentro artístico

Si no fuera por estos momentos... en fin. Encontramos en la obra de Felisio Van de Tender un pasaje que, si no viene muy al pelo, tampoco hace daño leer. Aparece en su novelón 'Dos mil trescientos años de historia de la familia Kljimsters', título a todas luces exagerado, pero que es resultón y siempre hay alguien que pica. Bueno, eso. Los momentos.
'Me contaba mi padre que en si tiempo le gustaba ir con mi madre a los campos de Renattefeld a tocar la guitarra. Se preparaban un pequeño repertorio, mi padre cogía la guitarra y mi madre iba afinando por el camino. Sentados en un árbol, gustaban de pasar la tarde cantando canciones y llamando la atención de los que iban a pasar el día en aquellos contornos. Los campos de Renattefeld eran, en aquel tiempo, un espacio elegido por parejas, amigos, grupos, gente ociosa en definitiva, que no tenían nada mejor que hacer que respirar, contemplar las nubes y escuchar lo que alguien a poder ser interesante, tuviera que decir. Mi padre y mi madre se plantaban debajo de un árbol y amenizaban esas jornadas con canciones diversas. Mi padre se tenía por un muy buen tocador, siempre contaba que había aprendido a tocar con un maestro español que se había quedado en nuestra tierra una vez que el Ejército del Duque de Alba se retiró, pero a nosotros no nos cuadraban las fechas. Mi padre siempre fue muy fantasioso. El caso es que, ciertamente, tocaba muy bien y las pocas veces que pudimos disfrutar de su arte, quedábamos extasiados con su técnica y sentimiento. Mi madre, por su parte... cantaba con una voz un tanto peculiar. Aquejada por una extraña enfermedad de infancia, unos pólipos o granos o quién sabe qué, afectaron a su voz, dándole un toque rugoso, áspero, como de lija, que no cuadraba con el fino tacto de mi padre en el rasgueo. Sin embargo, algo tenía mi madre, en su apostura, en su forma de interpretar, que cautivaba a los que la escuchaban. No tenía buena voz, cierto, pero lo suplía con otras dotes.
Una tarde, mi padre comenzó a tocar una pieza que estaba de moda. Hablaba de un cazador que queda extasiado ante una cierva preciosa a la que no puede matar. A mi madre esa canción le resultaba cursi y afectada. No le gustaba. Pero mi padre, al que no puedo calificar sin ruborizarme como melindroso, era muy partidario de esas historias edulcorantes. Aquella tarde, con los campos de Renattefeld llenos de gente y con muchos espectadores delante, mi madre se negó a cantar. Mi padre nunca nos quiso decir porqué precisamente fue aquella tarde, con aquella canción, pero sucedió. Primero le pidió que cambiase la canción, que tocase otra. Mi padre la miró con displicencia y siguió tocando. Luego mi madre le dijo 'Lissius, para'. Y Lissius, mi padre, no paró, mirando a mi madre como si fuese una niña a la que no hay que hacer caso y a la que hubiera que meter en la recta vía. 'Lissius...'. Fue lo último que escuchó mi padre. Mi madre se levantó y se fue. Mi padre, en principio, lo consideró un desplante a tener en cuenta y siguió tocando, incluso entonando él la canción, ante la mirada sorprendida de los espectadores que veían alejarse a mi madre sin que esta tuviera idea de volver. No volvió. Mi padre nos sacó adelante trabajando en el muelle. No cogía la guitarra casi nunca. Hace unos pocos días, alguien, en una taberna de Delft, mientras comíamos un estofado, me comentó que mi voz, como la de un reno asfixiándose, le recordaba a la de una cantante que hizo fama en los salones de la corte de Brandenburgo con una canción sobre una sorprendente cierva que embiste a un cazador hasta matarlo mientras este, sorprendido... Era mi madre, seguro, pero le dije que no sabía de qué estaba hablando'.