martes, 31 de julio de 2018

Calle Cultura. Recuerdo selectivo.


Con este calor los paseos han de ser de cercanías. Nada me es más cercano que la calle Cultura. Podría haber dicho la Cultura pero no creo que nadie la llame así. Vivo en la Cultura. Me paseo por la Cultura. La gente, al menos yo no lo he escuchado nunca… total, tampoco conozco a tanta gente. La Calle Cultura. Nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar, pero en este caso, nuestras calles son… calles que van a parar al río. O bien otras que corren paralelamente a él. La Calle Cultura es de las primeras. Obviaremos el hecho de que la Calle Cultura se prolonga cuando llega a la Avenida Generalitat en forma de calle Milà i Fontanals hasta llegar más allá de donde se pierde el horizonte y nos centraremos en la Calle Cultura y únicamente en la Calle Cultura. Que hace mucho calor.
¿Empezamos por arriba o por abajo? Haremos caso al poeta y vamos a parar al río, por lo que comenzaremos por la plaza de los patos, frente a la Sirena. Patos, sirenas, Cultura. Un no parar. Una calle, la Cultura, que nace en la Generalitat. Mire usted qué símil. Con la Cultura se pueden hacer muchos juegos de palabras. Y aquí los van a tener de diversas formas y tamaño. Pero sin pasarnos. Lo que sí que haré con este texto es demostrar y demostrarme, como un perfecto desmemoriado. La calle Cultura es para muchos de los habitantes de la zona del río sur, una vía fundamental, una arteria que comunica la llanura con la zona de premontaña, con la avenida Generalitat y la populosa zona del mercado Sagarra, Can Mariner o, si tiramos a la derecha, camino del Pabellón. Y sin embargo, caminando por ella, fijándome en los comercios y en las cosas, descubro que no me acuerdo de qué hubo y que, por desgracia, uno va a lo suyo y no se entera de nada. Y que vive de recuerdos y olvida otros recuerdos.
Bajemos para encontrar ya la calle Sant Carles y dejamos a un lado tanto la Sirena como una tienda de queviures que con la broma ya lleva muchos años ahí. Cruzamos. No diremos que a mano izquierda se encuentra la entrada de la Torre Balldovina y su calle adoquinada, porque eso ya lo sabe todo el mundo. Y encontramos ya una tienda que creo que es de colchones o cosas de dormir y antes fue de electrodomésticos. Tiendas de electrodomésicos, recuerdan.  No me acuerdo de cómo se llamaba esa tienda. Creo que yo he llegado a comprar algo ahí, seguro. Sigamos. Por esa acera para abajo encontramos bares, tiendas de cosas de bienestar, cosas de belleza, bares. Persianas de bares cerradas. El bar Cultura, con su escalón. Y el Frankfurt más arriba. Yo creo, y esto lo habré contado más veces, que nunca he entrado ni en el Frankfurt pero sé que hay gente que sí, ni en el Cultura ni en el que está más abajo, ya pasada la peluquería. Concretemos. Hay una mercería de esas de las que pasas y pasas y piensas, aquí debe haber cada cosa… y nunca te quedas. Y también una tienda con cosas para hacer pasteles, exclusivamente. Y una droguería donde una vez compraste un cacharro para matar hormigas. Y los calzados Sánchez. Calzados Sánchez y Calzados Díez, que estaban en la Avenida y creo que eran familia. En calzados Sánchez hay J’Hayber. A cascoporro. Un montón. Si eres del barrio, has tenido que ir a los Sánchez o a los Díez. Y a cortarte el pelo en la peluquería Richard, que se llama Richard ahora, pero que antes no se llamaba así. Antes el dueño, seguro que el padre del dueño actual, era un señor moreno, extremeño. Yo iba a cortarme el pelo allí. Aunque como en sueños, me viene a la memoria que tenía otra peluquería en el Paseo Alameda. Me estoy flipando. Recuerdo que te cortaba el pelo y se bebía un quinto a la vez. Me gusta ir a la peluquería ahora, pero no sé si me gustaba entonces. Qué malo era para cortarme el pelo, qué peleas.
En la acera de enfrente, haciendo el mismo trayecto, detrás del chaflán con la panadería de barras de pan a menos nada, la parte de atrás de la historia esta de los transportes a distancia. Cambian tanto de nombre que ahora se llaman SMI y antes fueron MRW. Creo. He pasado por delante hoy mismo. No me acuerdo. En esa acera había muchos comercios, cosas, pero me doy cuenta de que hay pocos abiertos. Muy pocos. Venga, pocos, no nos pongamos en lo peor. Es curioso, hay un taller de carpintería metálica, los auténticos espacios invisibles de la ciudad. Puedes pasar por delante de ellos y nunca darte cuenta de que dentro hay gente currando. Pasas, no hay nada que ver. Un poco más abajo está la Higuera, un bar donde he ido una vez. Nada más. Más abajo una carnicería con letrero improbable, un antiguo centro de formación con el cartel de se alquila, y una parroquia. La parroquia Sant Joaquim. Tampoco he entrado nunca. De hecho me ha extrañado verla abierta. Más abajo, la típica tienda de productos de Jaén para los que somos de Jaén, una persiana cerrada donde creo que antes hubo un ATS, un practicante, o un médico. O algo así. Era yo pequeño. Creo que había un ATS. Y una pescadería donde yo iba con mi madre cuando era pequeño. Cuando era pequeño. Frente a la pescadería y los productos de Jaén una especie de centro de dietética que está en un piso. Y ¿cuánto hace que no vamos a una pescadería? Yo mil años. No sabría ni qué pedir. Luego nos pasa lo que nos pasa.
Ese tramo es extraño. Tiene mucha vida, mucho tráfico, mucho vaivén de gente, pero hay menos comercios abiertos de lo que parece. Crucemos la Avenida Santa Coloma, pasemos por delante de la tienda de helados y de tatoos y de la eterna tienda de muebles que está en el chaflán del Edificio Ortega y vamos hacia el río. Hacia el río aquel, río del amor. Donde estuvo la mítica Farmacia de Alicia Cebollero Perallón ahora hay una clínica dental de un tal Matyash. La farmacia por excelencia. La farmacia del Jesús, creo que se llamaba, pesarte en la farmacia, comprar jarabes, etc. Y donde está la tienda donde el Darío te vende toda esa clase de cosas que si sufres cuando hay un enchufe medio medio… esa tienda sigue ahí y ahí seguirá por siempre. Con el mismo letrero, no me digan cómo se llama la tienda. Es donde el Darío. Igual que más abajo está lo de la Juanita, que no tiene su nombre en la tienda y ya no está la Juanita tampoco, pero es donde la Juanita. La tienda. La tienda donde había de todo. Una tienda. Ahora está la hija, cuyo parecido con la Juanita es evidente. Y es la tienda donde trabajaba la Fina, la mujer del Darío. La Fina, una de las personas más buenas de la ciudad. Nos hemos dejado cosas. Nos hemos dejado otro centro de belleza en esa acera y nos hemos dejado, antes de la entrada del parking, una tienda de televisiones y de reparación de televisiones y tocadiscos, ya cerrada. La de veces que llevamos el tocadiscos a la tienda de aquel señor. Yo que sé la de veces. Pasar por delante y preguntar a mi padre, lo tiene ya, lo tiene ya…
Frente a esa tienda, dos lugares emblemáticos. La peluquería de la madre del Serra y de la tita del Serra. Creo que eran las dos hermanas. El Serra vivía allí. Y luego el Chino, el mejor chino de los que ha habido y habrá. Olvidé cómo se llamaba. ¿5 Continente? Antes, en ese local, pusieron una disco que duró poco. Y que he olvidado cómo se llamaba. Y antes de eso, qué había. Antes qué había allí. Al lado una panadería que ya no funciona, Feraima Construcciones que pasas por delante y nunca sabes qué y el inicio de las casitas bajas de la calle San Joaquín. ¿Aquella especie de oficina de abogados o asesoría o yo que sé que estaban antes del Onubense? Aquello no está abierto ya, por lo que veo… Palmeras y cruzamos. El Onubense con su público internacional. Cruzamos, digo. Este último tramo de la Calle Cultura tiene pocas cosas. Tiene viviendas, sí, tiene gente viviendo, claro. Pero qué más tiene.
Para empezar una persiana bajada que no sabes cuando está abierta si está abierta y que se dedica a la ropa al mayor. Y de ahí pasamos al Botón Rojo. Persiana bajada. Pero yo creo que está abierto. Pero cuándo abre. El Botón Rojo. Me acuerdo de cuando abrieron el bar Botón Rojo. Luego ha ido abriendo y cerrando. Creo haber recordado alguna conversación últimamente conforme a que estaba abierto. No lo sé. La calle Cultura y los bares de la Calle Cultura. Persianas y personas. Y los talleres Joal. Una vez conocí a una compañera de la Uni, creo que era, que conocía a alguien de talleres Joal. Ese es mi dato. Y nos vamos yendo por que llegamos al paseo alameda y nuestro paseo se ha acabado. Tengo otro dato. Cuando era pequeño mi madre me mandaba a jugar con el hijo de la Chari, una peluquera de la Sant Joaquim de cuando las peluquerías estaban en los pisos. Con el chaval, creo que se llamaba Jorge, jugábamos a la pelota en esas persianas de la calle Cultura.
La Calle Cultura, lugares a los que nunca fuiste pese a tenerlos al lado, otros que continúan igual que estaban pese a que han pasado casi cuarenta años o más. Otros que cambiaron, mutaron, se transformaron, pero en tu cabeza sigue siendo lo que fueron. Una calle que muere en el río y que hemos recorrido en sentido inverso. Es cierto, la gente sube la calle no la hace en sentido contrario, es igual. Da todo igual. Con la Cultura da todo igual. Con la Cultura, te acuerdas de lo que te acuerdas.

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