La memoria es el espejo del alma. Una cara en la noche. Unos ojos rojos. En realidad no eras conejillo siniestro, eras conejillo siniés. No sé cómo llegaste a mi casa. Creo que ya estabas en casa. La historia pudiera ser que estabas en casa desde siempre, que te heredé de la Roser y que aquí seguiste, ocupando un lugar en alguna estantería, para que la gente dijera, qué hace ese conejo siniestro y sucio en esa estantería. O quizás me lo trajese alguien que se lo había encontrado en la calle y que me lo había dejado aquí y yo pensé que era bien. Como la Ratta Minenratta que compré en el Ikea y que ha estado conmigo encima de la tele toda la vida y ahora no sé dónde estás.
Adiós, conejillo siniestro. No has tenido pilas desde nunca, pero era un espectáculo verte con los ojos encendidos moverte y caminar. Creo que jamás pasó.
Adiós, conejillo siniestro. Contigo abandonan de mi recuerdo muchos momentos ilustres, momentos que se perderán como tú, en una bolsa de la basura, presuntamente olvidado por mí que te quise siempre a mi lado y ahora serás carne de procesadora de residuos. Conejillo siniestro, sucio desde siempre, inmóvil desde el primer día, siniestro siempre con los ojos rojos.
El tiempo es el espejo del alma. El tiempo y los espejos. Los espejos que poco a poco vuelven a ocupar su sitio en la casa. Los espejos son la cara del alma. El orden de los factores no altera el producto. Las discusiones hasta altas horas de la noche. Las cajas de los playmobil sin abrir en la estantería. Cartas, recibos, más recibos, cartas sin abrir. Papeles sin clasificar. Una mirada sombría hacia el desorden, buscando el refugio del sofá redentor que cura todos los males del mundo. Si no lo miras, si no lo estás viendo, no existe.
Conejillo siniés, adiós. Tus días han acabado en este domicilio particular. Junto con legendarias estanterías, cómodas, armarios, que sí que sobreviven desde los tiempos de la Roser. Conejillo siniestro, que has sobrevivido a todos los intentos de reforma, que has soportado las preguntas sobre tu origen, tu significado, el porqué. Conejillo siniestro, blanco sucio y de ojos rojos de haber llorado tanto que quizás has enloquecido.
Conejillo siniestro, adiós. En el día del cumpleaños de la San, que te bautizó como conejillo siniestro. Conejillo siniestro, al lado de los libros, rodeado de facturas y cartas del banco que se han de ordenar. Conejillo siniestro, símbolo de un tiempo pasado que no podemos conjeturar si fue o no fue. Conejillo siniestro, solo y acompañado de otros miles de millones de frikadas y elementos extraños. Como el plastic Jesus, como el niño jesús panza arriba.
Niño jesús panza arriba, te estoy contemplando en una caja. No puedo soportar la idea de que termines en el mismo lugar que el conejillo siniestro.
Niño jesús panza arriba, el último baluarte. El último hilo que me une con mis manías y mitos más profundos. O más superficiales. Pero que me explican.
Niño jesús panza arriba, cuál será tu destino, ya escrito seguro en los libros que registran efemérides y que no lee nadie, patrocinados por alguna empresa de su prestigio y calidad. Conejillo siniestro, extraño en el paraíso.
Conejillo siniestro, ha sido un verdadero orgullo compartir contigo los momentos más felices y las putas mierdas más elevadas. Pero nuestro mundo es otro. Y tu piel y tu plástico de piel y tu piel de plástico y tu piel. Y todo se perderá como lágrimas en la lluvia.
Adiós, cooejillo siniestro. Nos vemos seguro.
miércoles, 31 de julio de 2019
martes, 30 de julio de 2019
Gran Biblioteca Universal del Pensamiento
Sus primeros discos no me gustaron. Ni mucho, ni poco. No me interesaron. Hay estilos de música, discos, artistas, que un día convergen contigo y te obligan a juzgar. Los hay también que se mueven en una dimensión paralela a la mía. Su trabajo era así. Paralelo a mi paralelidad. Un día, la paralelidad se esfumó y me vi obligado a prestarle atención. Por algún motivo que desconozco comenzamos a coincidir en sitios. De ahí pasamos a ser conocidos. Le llamé amigo alguna vez. No me atrevía a decirle que su música no me gustaba, que no me interesaba el mundo en el que se movía, sus referencias, sus mitos, sus esfuerzos compositivos. Un día, después de algún evento en el que nuevamente concidimos, le hablé de las corrientes, de las fuerzas, de lo que significaba la paralelidad. Se mostró interesado. Me dijo que, por ejemplo, jamás se había interesado por mi música porque le parecía que no tenía nada que ver con él, hasta que un día se vio obligado a prestarme atención. Descubrí que no era la música, que era él.
Cuando lo dijo, no pude por menos que sonreír con cierto aire de suficiencia. Uno más. 'Escribiré la mejor novela que hayas leído y te meterás por el culo tu...', no merecía la pena escucharle más. Al cabo de un tiempo presentó un primer libro. Un disparate titulado 'Vivo'. Una novela sobre alguien que se esforzaba de manera inmisericorde en ser un poeta, en escribir poesía y que conseguía alcanzar el éxito. Su segundo trabajo se llamaba 'Comunión', y refería la historia de alguien que con mucho esfuerzo conseguía de nuevo lograr algo, un objetivo, que le aupaba como un referente para los demás. El tercer libro se llamaba 'Colectivo' y era un tremendo fresco monumental de 800 páginas sobre cómo todo un pueblo conseguía alcanzar lo que tantas y tantas generaciones acumulando fracaso tras fracaso hasta alcanzar la victoria. Lloré con todas y cada una de las páginas. Qué intensidad, qué viveza, qué emoción. ¿No?
Soy de esas personas a las que no les cae bien Diamantina Grigorievna. Y no quiero desmerecer ninguno de sus méritos actorales. Soy una persona que soy capaz de distinguir entre la persona y el personaje. Soy consciente de que a la hora de valorar qué es y qué deja de ser una persona, lo que hace y lo que es no van de la mano. Pero también sé una cosa. No me cae bien Diamantina Grigorievna. La he visto, la he contemplado, la he escuchado, la he tratado, no me cae bien. ¿Y por qué? No tengo ni idea. Es algo de piel, de impresión, una emoción, no es racional. La he visto representar a Lady Macbeth, a Antígona, Cinco horas con Mario, Eugeni Oneguin, y en todas ellas Diamantina Grigorievna parece ser efectivamente capaz de ser todo y más. Y me cae mal. Y nadie debería leer que alguien le cae mal y que no tiene recursos para argumentar el porqué. Pero no puedo. Me cae mal. Muy mal. Diamantina Grigorievna, con su... espera.
Voy a ser todo lo sincero que... El tercer libro de la saga 'Trampas' de Alexis Makaroglu, se sale. Si en las dos primeras entregas de la saga Makaroglu se había liado de lo lindo intentando presentar un mundo de ficción que convive con un mundo real, en este tercer libro, parece salir milagrosamente del entuerto y nos ofrece un libro de aventuras que en su sencillez heredera de los libros de Dumas, Salgari, Stevenson, halla un nuevo camino, un enfoque, un algo que se desvía del camino primigenio y que convierte a la saga en otra cosa. Ahora esperamos el cuarto libro de esta serie con el convencimiento de que Makaroglu ha dado con este giro por una auténtica carambola literaria y que, a buen seguro, será engullido por la responsabilidad y nos entregará otra vez un 'quiero y no puedo', que lo aplastará como escritor, quizás para siempre.
En sus memorias, el príncipe Bertrand de Ferr, nos relata con especial gracia un encuentro con la famosa Condesa de Baranov. En la casa de campo que De Ferr tenía en Lausanne, organiza una fiesta a la que acude la Condesa de Baranov, ciertamente bastante más joven que el príncipe, y ambos comienzan un cortejo que les conduce a terminar a solas la velada discutiendo sobre política internacional toda vez que sus aburridos amigos han abandonado la fiesta. Durante este encuentro, la Condesa de Baranov se destapa como una revolucionaria que se ha mezclado con el pueblo y quiere redimirlo, refiriendo casos de revoluciones que triunfan, soldados heroicos, prometedores futuros. El príncipe de Ferr no sabe qué actitud tomar, primero piensa en situarse en el bando contrario, conservador, bajar a la tierra a la joven. Después piensa que lo mejor es apuntarse al carro de la revolución. Cuando se decide por esto último, la condesa confiesa que todo es una trampa y que va a denunciarlo a la policía. El príncipe Bertrand de Ferr lo ha entendido. O no, no sabe. La Condesa de Baranov abandona la casa anunciando que la policía llegará en unas horas. El príncipe De Ferr hace una maleta. La policía jamás vino.
El poeta Anton Fetuvchenko acaba de entregar otra vez un poemario titulado Caballo Blanco. Es el duodécimo trabajo que entrega con el mismo título. Un nuevo compendio de poemas sobre un Caballo Blanco al que Fetuvchenko odia profundamente. Ese Caballo Blanco tiene pinta de ser alguien, alguien a quien Fetuvchenko odia. Desde hace más de veinte años Fetuvchenko ha decidido que el Caballo Blanco sea su gasolina literaria, su inspiración, su clic. El Caballo Blanco aparece paseando por la calle, entrando en una sala, celebrando un cumpleaños, apoyado contra una pared, llevando a su madre al médico, discutiendo contigo, explotando a los trabajadores, explotando a las trabajadoras, llevando la bandera roja, comandando una brigada, conduciendo un vetusto coche, enseñándote las claves de comportamiento, resoplando en el centro de una plaza. Pero Fetuvchenko lo cuenta todo con una gracia tal. Es tan gracioso. Es tan inteligente. Fetuvchenko es tan brillante. Fetuvchenko. Creo que le amo.
Cuando lo dijo, no pude por menos que sonreír con cierto aire de suficiencia. Uno más. 'Escribiré la mejor novela que hayas leído y te meterás por el culo tu...', no merecía la pena escucharle más. Al cabo de un tiempo presentó un primer libro. Un disparate titulado 'Vivo'. Una novela sobre alguien que se esforzaba de manera inmisericorde en ser un poeta, en escribir poesía y que conseguía alcanzar el éxito. Su segundo trabajo se llamaba 'Comunión', y refería la historia de alguien que con mucho esfuerzo conseguía de nuevo lograr algo, un objetivo, que le aupaba como un referente para los demás. El tercer libro se llamaba 'Colectivo' y era un tremendo fresco monumental de 800 páginas sobre cómo todo un pueblo conseguía alcanzar lo que tantas y tantas generaciones acumulando fracaso tras fracaso hasta alcanzar la victoria. Lloré con todas y cada una de las páginas. Qué intensidad, qué viveza, qué emoción. ¿No?
Soy de esas personas a las que no les cae bien Diamantina Grigorievna. Y no quiero desmerecer ninguno de sus méritos actorales. Soy una persona que soy capaz de distinguir entre la persona y el personaje. Soy consciente de que a la hora de valorar qué es y qué deja de ser una persona, lo que hace y lo que es no van de la mano. Pero también sé una cosa. No me cae bien Diamantina Grigorievna. La he visto, la he contemplado, la he escuchado, la he tratado, no me cae bien. ¿Y por qué? No tengo ni idea. Es algo de piel, de impresión, una emoción, no es racional. La he visto representar a Lady Macbeth, a Antígona, Cinco horas con Mario, Eugeni Oneguin, y en todas ellas Diamantina Grigorievna parece ser efectivamente capaz de ser todo y más. Y me cae mal. Y nadie debería leer que alguien le cae mal y que no tiene recursos para argumentar el porqué. Pero no puedo. Me cae mal. Muy mal. Diamantina Grigorievna, con su... espera.
Voy a ser todo lo sincero que... El tercer libro de la saga 'Trampas' de Alexis Makaroglu, se sale. Si en las dos primeras entregas de la saga Makaroglu se había liado de lo lindo intentando presentar un mundo de ficción que convive con un mundo real, en este tercer libro, parece salir milagrosamente del entuerto y nos ofrece un libro de aventuras que en su sencillez heredera de los libros de Dumas, Salgari, Stevenson, halla un nuevo camino, un enfoque, un algo que se desvía del camino primigenio y que convierte a la saga en otra cosa. Ahora esperamos el cuarto libro de esta serie con el convencimiento de que Makaroglu ha dado con este giro por una auténtica carambola literaria y que, a buen seguro, será engullido por la responsabilidad y nos entregará otra vez un 'quiero y no puedo', que lo aplastará como escritor, quizás para siempre.
En sus memorias, el príncipe Bertrand de Ferr, nos relata con especial gracia un encuentro con la famosa Condesa de Baranov. En la casa de campo que De Ferr tenía en Lausanne, organiza una fiesta a la que acude la Condesa de Baranov, ciertamente bastante más joven que el príncipe, y ambos comienzan un cortejo que les conduce a terminar a solas la velada discutiendo sobre política internacional toda vez que sus aburridos amigos han abandonado la fiesta. Durante este encuentro, la Condesa de Baranov se destapa como una revolucionaria que se ha mezclado con el pueblo y quiere redimirlo, refiriendo casos de revoluciones que triunfan, soldados heroicos, prometedores futuros. El príncipe de Ferr no sabe qué actitud tomar, primero piensa en situarse en el bando contrario, conservador, bajar a la tierra a la joven. Después piensa que lo mejor es apuntarse al carro de la revolución. Cuando se decide por esto último, la condesa confiesa que todo es una trampa y que va a denunciarlo a la policía. El príncipe Bertrand de Ferr lo ha entendido. O no, no sabe. La Condesa de Baranov abandona la casa anunciando que la policía llegará en unas horas. El príncipe De Ferr hace una maleta. La policía jamás vino.
El poeta Anton Fetuvchenko acaba de entregar otra vez un poemario titulado Caballo Blanco. Es el duodécimo trabajo que entrega con el mismo título. Un nuevo compendio de poemas sobre un Caballo Blanco al que Fetuvchenko odia profundamente. Ese Caballo Blanco tiene pinta de ser alguien, alguien a quien Fetuvchenko odia. Desde hace más de veinte años Fetuvchenko ha decidido que el Caballo Blanco sea su gasolina literaria, su inspiración, su clic. El Caballo Blanco aparece paseando por la calle, entrando en una sala, celebrando un cumpleaños, apoyado contra una pared, llevando a su madre al médico, discutiendo contigo, explotando a los trabajadores, explotando a las trabajadoras, llevando la bandera roja, comandando una brigada, conduciendo un vetusto coche, enseñándote las claves de comportamiento, resoplando en el centro de una plaza. Pero Fetuvchenko lo cuenta todo con una gracia tal. Es tan gracioso. Es tan inteligente. Fetuvchenko es tan brillante. Fetuvchenko. Creo que le amo.
lunes, 29 de julio de 2019
El Pionero - Enric Bach
'Todos sabemos que nos roban, pero a mí, si me dan comida, si me dan pan, por lo menos que me den pan, luego ya sabemos que todos roban', esto lo dice un nativo marbellí. 'Como persona era un ángel, era la persona más generosa del mundo, pero el personaje es quizás discutible.', esto lo dice su propio hijo Miguel Ángel.
En un cartel, que no creo que sea original de HBO, reza: Devolvió su esplendor a Marbella y levantó al Atlético de Madrid. No sé si por este orden.
La serie documental sobre la vida y obra de Jesús Gil deja mal cuerpo. Mal cuerpo sobre todo porque la serie, pese a que no escatima detalles a la hora de decir las verdades sobre un personaje que es abyecto, nefasto, corrupto y corruptor, la serie, digo, es incapaz de dibujar un retrato en el que, al final, no deje de verse a Jesús Gil como una persona con sus cosas buenas y malas. Los hijos, que están en su perfecto derecho de ver a su padre como un ángel, pero periodistas, ex jugadores, aparecen diciendo que le echan de menos, que lo quieren, que... y pareciera al final que, con el retrato que se hace de él en sus últimos años, de pena.
Bueno, a mí en el fondo me caía simpático. Claro.
La vida de Jesús Gil es la vida de un personaje capaz de todo y más por conseguir su beneficio económico. Todo. Absolutamente todo por el dinero. Por la riqueza. Y por ostentarla. Tanto que es capaz de saltar a la política no por hacer política, sino por asegurar el beneficio. Tanto que de la política municipal quiere pasar a un poder mayor. Porque las calles llenas de gente aclamándote, el bombo, el platillo, la cobertura mediática, cierta o completa sensación de impunidad, acaban alterando al más pintado. Alterando. Nada altera a quien desde un primer momento es capaz de escatimar en los materiales de una construcción que le cuestan la vida a un chorro de personas y no mostrar la menor pizca de arrepentimiento. Se lleva dentro.
La serie está bien, está bastante bien. Pero nos ahorra los momentos más desagradables de Gil. Los momentos de persona primaria, soez, chabacana, mafiosa, irrespetuosa. La imagen que acaba trasladando la serie parece la de alguien primario, bueno pero que no sabe cómo actuar, interesado y codicioso, pero sin mal fondo. Capaz de cometer irregularidades, pero con cara de pensar que es que es mejor hacer las cosas así que de otra manera. En beneficio de todos.
Yo soy uno más. Un ciudadano como usted y como yo. Este país.
Este país capaz de confiar en el rico soez y procaz, en la vulgaridad más absoluta, en lo más primario y bruto. Este país es capaz de votar impenitentemente a alguien como Jesús Gil no una vez, tres veces, no en un sitio, en varios sitios. Este país solo se carga a Jesús Gil cuando hace peligrar otros chiringuitos. Si este país viese peligrar el chiringuito de manera definitiva y la solución fuese Gil, nos iríamos con Gil. ¿Nos iríamos con Gil?
El pionero. No es el pionero por algo relativo a los negocios. Si algo quiere dejar claro la serie, creo, es que es el pionero en una manera de hacer política y negocios en nuestro país, en la democracia al menos, nueva. Si hay una norma y esa norma me impide hacer algo, me la salto. Si no puedo saltármela, seré Gobierno para hacer otra nueva.
Está claro que hoy día lo de Jesús Gil nos parece zafio, chabacano, impensable que nadie pueda confiar en alguien así. Confiamos en gente que nos lo viste de otra manera. Que todavía no nos ha comprado. Que todavía no se ha liado a ostias por la calle. Que todavía no te llama guarra o fea en un pleno del ayuntamiento. Pero sí que confiamos en gente que aplica esas políticas primarias.
Si me da pan, le voto. Si me asegura un puesto de trabajo, le voto. Lo demás me la bufa.
Ese lo demás, es todo.
El fútbol, los colores, la ideología, los valores, todo eso. Es nada. Lo importante es el dinero y la sensación de poder.
Vivimos días difíciles. Muchos avisan de que el peligro está ahí, a la vuelta de la esquina. No lo sabemos ver, no lo queremos ver. O nos agitan espantajos para que tengamos miedo y confiemos en lo normal, en lo de siempre, en lo conocido.
A Gil se le dio cancha, se le dieron alas, se le permitió todo. Y un día dejó de hacer gracia. O, quien pudo verse amenazado de verdad, actuó.
Un día, esa amenaza no interesará que se pare, que progrese, que nos gobierne. Y todavía habrá alguien que nos dirá que, en el fondo, no es mala gente.
En un cartel, que no creo que sea original de HBO, reza: Devolvió su esplendor a Marbella y levantó al Atlético de Madrid. No sé si por este orden.
La serie documental sobre la vida y obra de Jesús Gil deja mal cuerpo. Mal cuerpo sobre todo porque la serie, pese a que no escatima detalles a la hora de decir las verdades sobre un personaje que es abyecto, nefasto, corrupto y corruptor, la serie, digo, es incapaz de dibujar un retrato en el que, al final, no deje de verse a Jesús Gil como una persona con sus cosas buenas y malas. Los hijos, que están en su perfecto derecho de ver a su padre como un ángel, pero periodistas, ex jugadores, aparecen diciendo que le echan de menos, que lo quieren, que... y pareciera al final que, con el retrato que se hace de él en sus últimos años, de pena.
Bueno, a mí en el fondo me caía simpático. Claro.
La vida de Jesús Gil es la vida de un personaje capaz de todo y más por conseguir su beneficio económico. Todo. Absolutamente todo por el dinero. Por la riqueza. Y por ostentarla. Tanto que es capaz de saltar a la política no por hacer política, sino por asegurar el beneficio. Tanto que de la política municipal quiere pasar a un poder mayor. Porque las calles llenas de gente aclamándote, el bombo, el platillo, la cobertura mediática, cierta o completa sensación de impunidad, acaban alterando al más pintado. Alterando. Nada altera a quien desde un primer momento es capaz de escatimar en los materiales de una construcción que le cuestan la vida a un chorro de personas y no mostrar la menor pizca de arrepentimiento. Se lleva dentro.
La serie está bien, está bastante bien. Pero nos ahorra los momentos más desagradables de Gil. Los momentos de persona primaria, soez, chabacana, mafiosa, irrespetuosa. La imagen que acaba trasladando la serie parece la de alguien primario, bueno pero que no sabe cómo actuar, interesado y codicioso, pero sin mal fondo. Capaz de cometer irregularidades, pero con cara de pensar que es que es mejor hacer las cosas así que de otra manera. En beneficio de todos.
Yo soy uno más. Un ciudadano como usted y como yo. Este país.
Este país capaz de confiar en el rico soez y procaz, en la vulgaridad más absoluta, en lo más primario y bruto. Este país es capaz de votar impenitentemente a alguien como Jesús Gil no una vez, tres veces, no en un sitio, en varios sitios. Este país solo se carga a Jesús Gil cuando hace peligrar otros chiringuitos. Si este país viese peligrar el chiringuito de manera definitiva y la solución fuese Gil, nos iríamos con Gil. ¿Nos iríamos con Gil?
El pionero. No es el pionero por algo relativo a los negocios. Si algo quiere dejar claro la serie, creo, es que es el pionero en una manera de hacer política y negocios en nuestro país, en la democracia al menos, nueva. Si hay una norma y esa norma me impide hacer algo, me la salto. Si no puedo saltármela, seré Gobierno para hacer otra nueva.
Está claro que hoy día lo de Jesús Gil nos parece zafio, chabacano, impensable que nadie pueda confiar en alguien así. Confiamos en gente que nos lo viste de otra manera. Que todavía no nos ha comprado. Que todavía no se ha liado a ostias por la calle. Que todavía no te llama guarra o fea en un pleno del ayuntamiento. Pero sí que confiamos en gente que aplica esas políticas primarias.
Si me da pan, le voto. Si me asegura un puesto de trabajo, le voto. Lo demás me la bufa.
Ese lo demás, es todo.
El fútbol, los colores, la ideología, los valores, todo eso. Es nada. Lo importante es el dinero y la sensación de poder.
Vivimos días difíciles. Muchos avisan de que el peligro está ahí, a la vuelta de la esquina. No lo sabemos ver, no lo queremos ver. O nos agitan espantajos para que tengamos miedo y confiemos en lo normal, en lo de siempre, en lo conocido.
A Gil se le dio cancha, se le dieron alas, se le permitió todo. Y un día dejó de hacer gracia. O, quien pudo verse amenazado de verdad, actuó.
Un día, esa amenaza no interesará que se pare, que progrese, que nos gobierne. Y todavía habrá alguien que nos dirá que, en el fondo, no es mala gente.
domingo, 28 de julio de 2019
Informe Asamblea 10ª
Presento contento y orgulloso del trabajo realizado durante este último año, un informe que me atrevo a calificar de triunfal. Y digo triunfal por no decir victorioso. Y no digo victorioso, porque todavía estamos aquí. Estar aquí y presentar este informe es, como ya os podéis imaginar, motivo de máxima alegría para quienes componemos la Asamblea 10ª y al mismo tiempo un motivo de pesar. El hecho de existir nos coloca ante la extrema necesidad de no ser. Si somos, es que todavía no ha pasado lo que tiene que pasar. Y sin embargo, estamos. Y contentos porque la luz se adivina al final. Brilla con una intensidad manifiesta y es así siempre y para siempre.
Nuestros objetivos están siendo alcanzados. Siempre están siendo alcanzados y, esta idea creo que debe quedar clara y meridiana, tenemos razón. Tenemos razón como la hemos tenido siempre. La tuvimos y la tendremos. La estamos teniendo. Pero ahora con más razón. Una razón basada en que lo que predijimos se ha cumplido y lo que deseábamos llega. Hablar en un informe de deseos o de otra terminología tan poco técnica no tiene cabida en un informe, eso también lo sé yo, pero me permitiréis que sea laxo en la utilización de cierto vocabulario y que me permita no hablar en latín o citar a autores extranjeros tal y como la clase trabajadora a la que nos debemos y por la que existimos nos demanda, sino que diga que se nos está poniendo a huevo.
Así, creo y creemos todos los integrantes de esta Asamblea 10ª que todo está yendo como debía haber ido siempre. Nuestro papel será fundamental en esta regresión a un pasado en el que nosotros éramos y fuimos. El pasado será a partir de ahora el que nosotros soñamos y todo será como si nunca hubiera existido. No habrá más lugar para la ilusión, para la alegría, para el entusiasmo. No habrá más lugar para el ensueño, para ganar o para soñar. Se acabó esa estúpida manía de pensar en la confrontación. Llegó nuestra verdadera hora, la hora de la modelación, de la incidencia, del peso de nuestro conocimiento y de la sonrisa satisfecha porque hemos cumplido nuestro deber para con quienes nos debemos siempre, que no son más que aquellos a los que nosotros debemos enseñar que no deben aspirar a más.
No aspiramos a nada. Y eso es beneficioso para todos y todas. Aspirar, querer, es por fin algo que ni siquiera podemos considerar pasado. La realidad es otra y es una. Y aspirar, creer, querer, tenerlo en la mano, ya no es o ha dejado de ser o jamás lo tendría que haber sido, revolucionario. Lo revolucionario vuelve a ser lo que dijimos, en latín, lo posible.
Todo es ya. Todo está siendo ya. La victoria se ha conseguido pero no lo han sabido ver. Todo se ha conseguido y si no, debemos trabajar por que lo consigan otros, tal y como había ido quedando claro a lo largo de las décadas. La República, la igualdad, la justicia social, la paz, la federación, prácticamente ya son. De hecho, están ya. Hemos ganado.
Vencimos y por eso debo decir que puede llevar a confusión pensar que todavía existimos. Que esta Asamblea 10ª ya es parte de la historia y que ha cumplido su papel. Pero no podemos caer en el error.
Esta Asamblea 10ª decreta su firme convicción de mantenerse viva y con sentido de la responsabilidad hacia su papel histórico. Estar y poner freno a las veleidades fantasiosas de quien cree que los conceptos cambian y la vida muta. Todo es como debe ser.
La clase obrera, la clase trabajadora, por encima de todo y nosotros decidiendo por ella que todo debe ser como si no estuviéramos. Que otros tienen el papel histórico de hacerlo lo mejor posible y nosotros de estar vigilantes y aportando saber y músculo para que acierten.
Esa es nuestra victoria. Ese es el verdadero vuelco a la tortilla. Estando y perdiendo, realmente ganamos porque contribuimos a una victoria mayor.
No quiero alargarme mucho más a la hora de presentar este informe porque lo que toca ahora es celebrar y mantener el rumbo. Teníamos razón.
Tenemos razón.
Otros lo hacen mejor. Debemos ayudar.
Tenemos razón.
Nuestros objetivos están siendo alcanzados. Siempre están siendo alcanzados y, esta idea creo que debe quedar clara y meridiana, tenemos razón. Tenemos razón como la hemos tenido siempre. La tuvimos y la tendremos. La estamos teniendo. Pero ahora con más razón. Una razón basada en que lo que predijimos se ha cumplido y lo que deseábamos llega. Hablar en un informe de deseos o de otra terminología tan poco técnica no tiene cabida en un informe, eso también lo sé yo, pero me permitiréis que sea laxo en la utilización de cierto vocabulario y que me permita no hablar en latín o citar a autores extranjeros tal y como la clase trabajadora a la que nos debemos y por la que existimos nos demanda, sino que diga que se nos está poniendo a huevo.
Así, creo y creemos todos los integrantes de esta Asamblea 10ª que todo está yendo como debía haber ido siempre. Nuestro papel será fundamental en esta regresión a un pasado en el que nosotros éramos y fuimos. El pasado será a partir de ahora el que nosotros soñamos y todo será como si nunca hubiera existido. No habrá más lugar para la ilusión, para la alegría, para el entusiasmo. No habrá más lugar para el ensueño, para ganar o para soñar. Se acabó esa estúpida manía de pensar en la confrontación. Llegó nuestra verdadera hora, la hora de la modelación, de la incidencia, del peso de nuestro conocimiento y de la sonrisa satisfecha porque hemos cumplido nuestro deber para con quienes nos debemos siempre, que no son más que aquellos a los que nosotros debemos enseñar que no deben aspirar a más.
No aspiramos a nada. Y eso es beneficioso para todos y todas. Aspirar, querer, es por fin algo que ni siquiera podemos considerar pasado. La realidad es otra y es una. Y aspirar, creer, querer, tenerlo en la mano, ya no es o ha dejado de ser o jamás lo tendría que haber sido, revolucionario. Lo revolucionario vuelve a ser lo que dijimos, en latín, lo posible.
Todo es ya. Todo está siendo ya. La victoria se ha conseguido pero no lo han sabido ver. Todo se ha conseguido y si no, debemos trabajar por que lo consigan otros, tal y como había ido quedando claro a lo largo de las décadas. La República, la igualdad, la justicia social, la paz, la federación, prácticamente ya son. De hecho, están ya. Hemos ganado.
Vencimos y por eso debo decir que puede llevar a confusión pensar que todavía existimos. Que esta Asamblea 10ª ya es parte de la historia y que ha cumplido su papel. Pero no podemos caer en el error.
Esta Asamblea 10ª decreta su firme convicción de mantenerse viva y con sentido de la responsabilidad hacia su papel histórico. Estar y poner freno a las veleidades fantasiosas de quien cree que los conceptos cambian y la vida muta. Todo es como debe ser.
La clase obrera, la clase trabajadora, por encima de todo y nosotros decidiendo por ella que todo debe ser como si no estuviéramos. Que otros tienen el papel histórico de hacerlo lo mejor posible y nosotros de estar vigilantes y aportando saber y músculo para que acierten.
Esa es nuestra victoria. Ese es el verdadero vuelco a la tortilla. Estando y perdiendo, realmente ganamos porque contribuimos a una victoria mayor.
No quiero alargarme mucho más a la hora de presentar este informe porque lo que toca ahora es celebrar y mantener el rumbo. Teníamos razón.
Tenemos razón.
Otros lo hacen mejor. Debemos ayudar.
Tenemos razón.
viernes, 26 de julio de 2019
Una noche en el Karaoke
La magia de la música. El entusiasmo por demostrar que se puede. La voluntad. El sentimiento de comunión y de fraternidad. No puedo dejar de ponerme a cantar contigo, ahora mismo, compartiendo micrófono, esa canción que hemos cantado mil veces y que siempre, siempre, siempre, nos acompañará, a ti y a mí, a los dos, a todos los que nos encontramos aquí. En el Karaoke.
El karaoke del jueves por la noche. Grupos de amigos y de amigas, personajes solitarios, parejas que se turnan al micrófono, el impenitente imitador de Serrat, la continua invocación a repertorios olvidados, la omnipresente Luz Casal como aglutinadora de voces disonantes, el gritar para dentro, coreografías que no son del momento y que llevan pensadas mucho tiempo. El karaoke. Las letras que avanzan en el tiempo y en el espacio. La incertidumbre por la pantalla que ha de venir. La presión en el hombro de la compañera que va a cantar para que no se achante y dé la cara. Hemos salido a cantar todos y todas vamos a cantar, no te acules contra la pared. Los fenómenos incomprensibles, como que siga sonando 20 de abril del 90 y haya alguien en la barra que dibuje en su rostro la sonrisa de felicidad más radiante de toda la semana. Al fin. 20 de abril del 90. La entrada en tropel porque se adivinan los primeros acordes de Chiquilla. Y yo la miro, y ella no me dice nada. Como si fuera la primera vez.
Jueves por la noche. Por qué no. De cuando los jueves eran los nuevos viernes. Karaoke, cante y baile. Se empieza con la sugerencia de una canción. Su Canción, de Betty Missiego. Pero jamás la cantamos.
Nuestro repertorio de la noche: Yo no soy esa, de Mari Trini. Qué dolor, de la camarada Raffaela Carrá. Corazón contento de la camarada Marisol. Suavemente de Elvis Crespo. Como yo te amo de Rocío Jurado. Seguro que me estoy dejando alguna. Canciones cantadas con más o menos acierto, con entusiasmo y con ganas de que la gente se lo pasara bien. Nadie vino a cantar con nosotras.
Noche de jueves. Un calor que se mastica. Luces de neón, luces rojas, ¿Quién sale un jueves por la noche en Santa Coloma? El cantautor local que ha venido a recoger unos cables y que se queda a ver lo que se cuece, acompañado por un periodista local. Me tengo que anticipar a su reportaje, tengo que escribir algo. Ya había hecho la foto. Lo tengo que hacer. Lo estoy haciendo.
Pide otra. Pide otra canción. A ver qué cantan ahora. Se escucha de todo. Hay una mujer que empieza fuerte, muy fuerte, cantando dos canciones de Amy Winehouse, pero que va perdiendo fuelle a medida que avanza la noche. Ya hemos hablado del fenómeno Luz Casal. Hay versiones de canciones de petardeo transgresor que parecen pasadas por el tamiz de un coro de colegio católico. Los noventa. Somos todos más o menos de la misma edad. Siempre hay alguien que te sorprende y es más joven. Grupos de jóvenes a los que se les va la vida cantando la del tractor amarillo.
El ser humano es sorprendente y nunca sabes dónde o en qué puede verle la gracia a la vida misma. Puede que la vea contemplando un atardecer a la orillita del mar, puede que lo haga disfrutando de un buen vino y unas virutas de jamón, puede que retozando con su ser querido o el ser querido del momento, puede que leyendo bellos poemas de Bécquer, o saciando su sed de canto.
El que canta sus males espanta, dicen. Nosotros ayer espantamos los males. Asustamos a los males de hecho.
El chico de la voz aguda y las chicas de voz grave. ¿Sólo cantamos esas cinco canciones? ¿Para tan poco dio la noche?
En el karaoke. Cervezas y caras de satisfacción. Nos toca otra vez. No nos atrevemos a pedir nada de Miguel Bosé. La magia de la música. La ausencia de ritmo y de entonación. En un karaoke se ha visto el talento más refulgente y las abominaciones más absolutas condensadas en actuaciones consecutivas. Personas sin ritmo, sin oído, sin ninguna cualidad, pero que viven sus momentos de gloria ante los ojos de extraños que juzgan sin piedad o que aprueban con misericordia porque, en unos minutos, ellos (nosotros), vamos a flagelar sin piedad a la música.
La música merece morir y el karaoke es su profeta. O la válvula de escape para la verdadera música. Una mujer agarra el micrófono con las dos manos cuando canta, con el ansia de quien está ante el momento más esperado del día. Cantar. Cantar.
Hay quien agarra el gintonic con el mismo propósito y remeda su soledad escuchando y viendo y sintiéndose parte de una familia, de un grupo que todos los jueves coincide en el mismo lugar y que participa en ese akelarre colectivo que es recurrir a las canciones de siempre, a las letras de siempre, para cantar lo que no podemos decir, para cantar lo que no podemos callar.
Puedo estar escribiendo tonterías el tiempo que sea necesario.
Nos vamos.
Nadie ha cantado Rosalía.
Y ahora estoy aquí sentado en un viejo cadillac segunda mano. Como si fuera la primera vez que la escuchamos.
No queremos otra cosa.
Nos gusta. Suavemente.
El karaoke del jueves por la noche. Grupos de amigos y de amigas, personajes solitarios, parejas que se turnan al micrófono, el impenitente imitador de Serrat, la continua invocación a repertorios olvidados, la omnipresente Luz Casal como aglutinadora de voces disonantes, el gritar para dentro, coreografías que no son del momento y que llevan pensadas mucho tiempo. El karaoke. Las letras que avanzan en el tiempo y en el espacio. La incertidumbre por la pantalla que ha de venir. La presión en el hombro de la compañera que va a cantar para que no se achante y dé la cara. Hemos salido a cantar todos y todas vamos a cantar, no te acules contra la pared. Los fenómenos incomprensibles, como que siga sonando 20 de abril del 90 y haya alguien en la barra que dibuje en su rostro la sonrisa de felicidad más radiante de toda la semana. Al fin. 20 de abril del 90. La entrada en tropel porque se adivinan los primeros acordes de Chiquilla. Y yo la miro, y ella no me dice nada. Como si fuera la primera vez.
Jueves por la noche. Por qué no. De cuando los jueves eran los nuevos viernes. Karaoke, cante y baile. Se empieza con la sugerencia de una canción. Su Canción, de Betty Missiego. Pero jamás la cantamos.
Nuestro repertorio de la noche: Yo no soy esa, de Mari Trini. Qué dolor, de la camarada Raffaela Carrá. Corazón contento de la camarada Marisol. Suavemente de Elvis Crespo. Como yo te amo de Rocío Jurado. Seguro que me estoy dejando alguna. Canciones cantadas con más o menos acierto, con entusiasmo y con ganas de que la gente se lo pasara bien. Nadie vino a cantar con nosotras.
Noche de jueves. Un calor que se mastica. Luces de neón, luces rojas, ¿Quién sale un jueves por la noche en Santa Coloma? El cantautor local que ha venido a recoger unos cables y que se queda a ver lo que se cuece, acompañado por un periodista local. Me tengo que anticipar a su reportaje, tengo que escribir algo. Ya había hecho la foto. Lo tengo que hacer. Lo estoy haciendo.
Pide otra. Pide otra canción. A ver qué cantan ahora. Se escucha de todo. Hay una mujer que empieza fuerte, muy fuerte, cantando dos canciones de Amy Winehouse, pero que va perdiendo fuelle a medida que avanza la noche. Ya hemos hablado del fenómeno Luz Casal. Hay versiones de canciones de petardeo transgresor que parecen pasadas por el tamiz de un coro de colegio católico. Los noventa. Somos todos más o menos de la misma edad. Siempre hay alguien que te sorprende y es más joven. Grupos de jóvenes a los que se les va la vida cantando la del tractor amarillo.
El ser humano es sorprendente y nunca sabes dónde o en qué puede verle la gracia a la vida misma. Puede que la vea contemplando un atardecer a la orillita del mar, puede que lo haga disfrutando de un buen vino y unas virutas de jamón, puede que retozando con su ser querido o el ser querido del momento, puede que leyendo bellos poemas de Bécquer, o saciando su sed de canto.
El que canta sus males espanta, dicen. Nosotros ayer espantamos los males. Asustamos a los males de hecho.
El chico de la voz aguda y las chicas de voz grave. ¿Sólo cantamos esas cinco canciones? ¿Para tan poco dio la noche?
En el karaoke. Cervezas y caras de satisfacción. Nos toca otra vez. No nos atrevemos a pedir nada de Miguel Bosé. La magia de la música. La ausencia de ritmo y de entonación. En un karaoke se ha visto el talento más refulgente y las abominaciones más absolutas condensadas en actuaciones consecutivas. Personas sin ritmo, sin oído, sin ninguna cualidad, pero que viven sus momentos de gloria ante los ojos de extraños que juzgan sin piedad o que aprueban con misericordia porque, en unos minutos, ellos (nosotros), vamos a flagelar sin piedad a la música.
La música merece morir y el karaoke es su profeta. O la válvula de escape para la verdadera música. Una mujer agarra el micrófono con las dos manos cuando canta, con el ansia de quien está ante el momento más esperado del día. Cantar. Cantar.
Hay quien agarra el gintonic con el mismo propósito y remeda su soledad escuchando y viendo y sintiéndose parte de una familia, de un grupo que todos los jueves coincide en el mismo lugar y que participa en ese akelarre colectivo que es recurrir a las canciones de siempre, a las letras de siempre, para cantar lo que no podemos decir, para cantar lo que no podemos callar.
Puedo estar escribiendo tonterías el tiempo que sea necesario.
Nos vamos.
Nadie ha cantado Rosalía.
Y ahora estoy aquí sentado en un viejo cadillac segunda mano. Como si fuera la primera vez que la escuchamos.
No queremos otra cosa.
Nos gusta. Suavemente.
jueves, 25 de julio de 2019
¿Quiénes nos creemos que somos?
Hace unos pocos días, Pablo Iglesias hizo que muchos y muchas nos sintiésemos después de mucho tiempo, orgullosos y representados por alguien desde los escaños del Congreso. Alguien que no solo hiciera un discurso brillante, que hablase de promesas preciosas, de cosas que van mal y cosas que deberían ir mejor. Alguien que, ante la prepotencia y el menosprecio, dijera que no, que no había derecho y que merecíamos respeto.
Las negociaciones y todo este proceso de investidura para formar un gobierno de coalición, nos han enfrentado a los votantes de izquierda a dos realidades. Una, la tradicional presión de los socialistas tendente a considera que lo que está a su izquierda está muy bien que esté siempre que sea consciente de que hay un hermano mayor, una casa madre, a la que se debe respeto y obediencia. Otra, la resistencia por parte de las nuevas fuerzas presentes en el Congreso a ser engullidas por el posibilismo, por el sentido común, por la fuerza de las cosas, por el peso de la historia, por el poso de los expertos. Y quizás otra tercera. La natural tendencia de mucha izquierda a pensar que las cosas son como son y que, antes que reconocerle los méritos a uno, prefiero verle hundido. Antes de reconocer que se necesita una cosa, prefiero perderlo todo.
Finalmente, en la segunda sesión de investidura Pedro Sánchez no ha conseguido los apoyos suficientes y si en septiembre no consigue obtenerlos en noviembre tendremos elecciones.
Esta mañana he escuchado los argumentos de Carmen Calvo. Pedro Sánchez y sus intervenciones estos días han sido incendiarias, irrespetuosas, dinamiteras contra lo que representa Unidas Podemos. La entrevista con Carmen Calvo y su lenguaje corporal durante estos días, representan, creo que la epítome de lo que piensa la dirigencia del PSOE sobre nosotros. Entre el desprecio, al asco y la incomprensión. Incomprensión no porque no nos entiendan, sino porque no comprenden qué hacemos ahí pidiendo algo. Exigiendo. Como dicen en el documento que pasan y filtran. Exigencias.
Los discursos de Adriana Lastra, desde el buenismo, hoy han venido a decir lo mismo. Nosotros sabemos gobernar, nosotros somos los listos, los expertos, vosotros qué sabéis. No entienden que queramos efectivamente ser gobierno y no solo estar en el gobierno. Apostar por un gobierno de coalición con el PSOE no es ninguna novedad. Hemos estado en gobiernos con socialistas toda la vida. En todos los ámbitos. Sabemos a dónde nos lleva. Por eso, si vamos a tener que estar, estemos de verdad y no nos conformemos con lo de siempre.
Hay muchos amigos y amigas que estos días estaban ilusionados con eso, con ser Gobierno por primera vez en la historia de nuestras vidas. Yo no me creía nada. El PSOE no nos quiere a su lado gobernando. Nos quiere gobernando para ellos. No con ellos.
Y hay mucha gente también de los nuestros que con eso ya se conforman. Más vale pájaro en mano que nada. Oportunidad de oro. Conformaos con lo que hay.
Porque el futuro será peor.
El fantasma del futuro. Un futuro en el que las tres derechas podrían sumar para ganar. La irrupción de un nuevo partido, un submarino, en la izquierda, para acabar de dinamitar lo que hay a la izquierda del PSOE y mandarlo todo al carajo. Que el PSOE se crea que puede solo. Que la derecha sume. Ese fantasma hará que todo el voto se concentre en el PSOE y nos encontremos con que, al final, tenemos lo que todo el mundo estaba esperando.
Volverán a la tele Abascal, Ortega Smith, opiniones salvajes, miedo en el cuerpo. La culpa será vuestra, de los de Podemos, que os ha podido el ansia. Ellos van a venir por vuestra culpa, porque no os conformáis con lo que os dan, con lo que os merecéis.
Carmen Calvo esta mañana. Ese tono. Ese pensar que estamos en el 87 y que somos cuatro arreplegados y ellos son la crema. Ese tono de prepotencia, de alarma y asombro ante 'exigencias'. Quiénes os habéis creído que sois. La periodista Anna Grau entrevistando a Jèssica Albiach. Pero quién os habéis creído que sois. El periodista de Hoy por Hoy entrevistando a Echenique. Qué os creéis que sois.
No podemos gobernar. No sabemos conducir. Lo ha dicho Adriana Lastra. Y mientras, nosotros, poniendo todas las mejillas que tenemos. Las nuestras y las de otros. Y auténticos incendiarios, dinamiteros, gente que no nos quiere ni medio bien como Rufián haciéndose pasar por moderados, facilitadores, gente de orden. Para incendiarnos. Y la tentación del posibilismo.
No he votado en la consulta de IU. No me entusiasma. Votar que sí, es empujar al PSOE a hacer algo que no quiere hacer. Pero es que no me entusiasma en absoluto la idea de estar en un gobierno de coalición en el que te van a hacer tragar todo tipo de sapos.
Tenemos malas cartas. Es cierto.
Pero lo del lunes fue épico. Y es mejor así.
Las negociaciones y todo este proceso de investidura para formar un gobierno de coalición, nos han enfrentado a los votantes de izquierda a dos realidades. Una, la tradicional presión de los socialistas tendente a considera que lo que está a su izquierda está muy bien que esté siempre que sea consciente de que hay un hermano mayor, una casa madre, a la que se debe respeto y obediencia. Otra, la resistencia por parte de las nuevas fuerzas presentes en el Congreso a ser engullidas por el posibilismo, por el sentido común, por la fuerza de las cosas, por el peso de la historia, por el poso de los expertos. Y quizás otra tercera. La natural tendencia de mucha izquierda a pensar que las cosas son como son y que, antes que reconocerle los méritos a uno, prefiero verle hundido. Antes de reconocer que se necesita una cosa, prefiero perderlo todo.
Finalmente, en la segunda sesión de investidura Pedro Sánchez no ha conseguido los apoyos suficientes y si en septiembre no consigue obtenerlos en noviembre tendremos elecciones.
Esta mañana he escuchado los argumentos de Carmen Calvo. Pedro Sánchez y sus intervenciones estos días han sido incendiarias, irrespetuosas, dinamiteras contra lo que representa Unidas Podemos. La entrevista con Carmen Calvo y su lenguaje corporal durante estos días, representan, creo que la epítome de lo que piensa la dirigencia del PSOE sobre nosotros. Entre el desprecio, al asco y la incomprensión. Incomprensión no porque no nos entiendan, sino porque no comprenden qué hacemos ahí pidiendo algo. Exigiendo. Como dicen en el documento que pasan y filtran. Exigencias.
Los discursos de Adriana Lastra, desde el buenismo, hoy han venido a decir lo mismo. Nosotros sabemos gobernar, nosotros somos los listos, los expertos, vosotros qué sabéis. No entienden que queramos efectivamente ser gobierno y no solo estar en el gobierno. Apostar por un gobierno de coalición con el PSOE no es ninguna novedad. Hemos estado en gobiernos con socialistas toda la vida. En todos los ámbitos. Sabemos a dónde nos lleva. Por eso, si vamos a tener que estar, estemos de verdad y no nos conformemos con lo de siempre.
Hay muchos amigos y amigas que estos días estaban ilusionados con eso, con ser Gobierno por primera vez en la historia de nuestras vidas. Yo no me creía nada. El PSOE no nos quiere a su lado gobernando. Nos quiere gobernando para ellos. No con ellos.
Y hay mucha gente también de los nuestros que con eso ya se conforman. Más vale pájaro en mano que nada. Oportunidad de oro. Conformaos con lo que hay.
Porque el futuro será peor.
El fantasma del futuro. Un futuro en el que las tres derechas podrían sumar para ganar. La irrupción de un nuevo partido, un submarino, en la izquierda, para acabar de dinamitar lo que hay a la izquierda del PSOE y mandarlo todo al carajo. Que el PSOE se crea que puede solo. Que la derecha sume. Ese fantasma hará que todo el voto se concentre en el PSOE y nos encontremos con que, al final, tenemos lo que todo el mundo estaba esperando.
Volverán a la tele Abascal, Ortega Smith, opiniones salvajes, miedo en el cuerpo. La culpa será vuestra, de los de Podemos, que os ha podido el ansia. Ellos van a venir por vuestra culpa, porque no os conformáis con lo que os dan, con lo que os merecéis.
Carmen Calvo esta mañana. Ese tono. Ese pensar que estamos en el 87 y que somos cuatro arreplegados y ellos son la crema. Ese tono de prepotencia, de alarma y asombro ante 'exigencias'. Quiénes os habéis creído que sois. La periodista Anna Grau entrevistando a Jèssica Albiach. Pero quién os habéis creído que sois. El periodista de Hoy por Hoy entrevistando a Echenique. Qué os creéis que sois.
No podemos gobernar. No sabemos conducir. Lo ha dicho Adriana Lastra. Y mientras, nosotros, poniendo todas las mejillas que tenemos. Las nuestras y las de otros. Y auténticos incendiarios, dinamiteros, gente que no nos quiere ni medio bien como Rufián haciéndose pasar por moderados, facilitadores, gente de orden. Para incendiarnos. Y la tentación del posibilismo.
No he votado en la consulta de IU. No me entusiasma. Votar que sí, es empujar al PSOE a hacer algo que no quiere hacer. Pero es que no me entusiasma en absoluto la idea de estar en un gobierno de coalición en el que te van a hacer tragar todo tipo de sapos.
Tenemos malas cartas. Es cierto.
Pero lo del lunes fue épico. Y es mejor así.
miércoles, 24 de julio de 2019
Gigantes - Enrique Urbizu
¿Qué pesa más? ¿La sensación primera o la última? Si pesa la última, podemos decir que Gigantes es un rollo. La serie que protagonizara en su primera temporada, en los primeros episodios de su primera temporada, José Coronado, tuvo, efectivamente, una primera temporada bastante aceptable. Una historia de lucha de clanes, de poder, de bajos fondos, de altos vuelos, con personajes muy arquetípicos, con hombres muy machotes, mujeres muy guapas que se dejan seducir por el malote que acaba haciendo lo que quiere, pero oye, siempre mola ver una serie así de polis, malos, buenos, buenos malos, malos buenos, etc. Con algo reconocible. Con caras reconocibles y acentos reconocibles. Todo eso. Y eso, pues es lo que te tiene ahí. Una primera temporada que estalla en un último episodio de traca y donde pasan muchas cosas que, lamentablemente, parecen anunciar una segunda temporada.
Y una segunda temporada que termina siendo un rollo. Un rollo macabeo. Un rollo pesado que no te está contando nada que no te parezca visto, un rollo que sabes que terminará en algún momento cercano, que son seis episodios nada más, pero se hace largo, se cansa uno de los diálogos, de las posturas de machotón del personaje de Daniel, de ese 'sé mucho y lo tengo todo controlado' del personaje de Tomás y de ese 'todo me va a salir siempre mal' del personaje de Clemente. Sabe uno que al final acabará todo como el rosario de la aurora, pero cuando va a pasar, la verdad es que no te importa. Y además, prácticamente has perdido el hilo.
Se trata de una serie de Enrique Urbizu, uno de los grandes maestros del cine español de tintes policiacos, negros, de bajos fondos, director de películas tan buenas como La caja 507 o No habrá paz para los malvados. Todas ellas con José Coronado.
Quizás la presencia de Coronado pesa mucho y cuando deja de aparecer la Serie va transcurriendo poco a poco de una manera demasiado coral y plural, que no te deja claro a quién seguir y cuál es el propósito de todo esto. Los protagonistas, la familia Guerrero, sus parejas, la hija, los gitanos, la mafia colombiana, la policía, el Gobierno, la prensa. Todo planteado bien y con todas las bazas a su favor.
Pero al final, van pasando los minutos de una segunda temporada que debería haber sido una cosa y es otra y uno la va mirando cada vez con más indiferencia, con más ganas de pasar a otra cosa, sin tener claro para qué se ha montado tanta historia.
En fin. A otra cosa.
Y una segunda temporada que termina siendo un rollo. Un rollo macabeo. Un rollo pesado que no te está contando nada que no te parezca visto, un rollo que sabes que terminará en algún momento cercano, que son seis episodios nada más, pero se hace largo, se cansa uno de los diálogos, de las posturas de machotón del personaje de Daniel, de ese 'sé mucho y lo tengo todo controlado' del personaje de Tomás y de ese 'todo me va a salir siempre mal' del personaje de Clemente. Sabe uno que al final acabará todo como el rosario de la aurora, pero cuando va a pasar, la verdad es que no te importa. Y además, prácticamente has perdido el hilo.
Se trata de una serie de Enrique Urbizu, uno de los grandes maestros del cine español de tintes policiacos, negros, de bajos fondos, director de películas tan buenas como La caja 507 o No habrá paz para los malvados. Todas ellas con José Coronado.
Quizás la presencia de Coronado pesa mucho y cuando deja de aparecer la Serie va transcurriendo poco a poco de una manera demasiado coral y plural, que no te deja claro a quién seguir y cuál es el propósito de todo esto. Los protagonistas, la familia Guerrero, sus parejas, la hija, los gitanos, la mafia colombiana, la policía, el Gobierno, la prensa. Todo planteado bien y con todas las bazas a su favor.
Pero al final, van pasando los minutos de una segunda temporada que debería haber sido una cosa y es otra y uno la va mirando cada vez con más indiferencia, con más ganas de pasar a otra cosa, sin tener claro para qué se ha montado tanta historia.
En fin. A otra cosa.
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