miércoles, 27 de julio de 2022

Viajes: Budapest


Me dijeron, vamos, vente a Budapest, que el viaje está barato y dicen que es precioso. Ya sabía yo que era precioso. Ya sabía todo lo que cualquier persona debería saber de Budapest. Ya sabe todo el mundo que mi sueño es el de ser un personaje centroeuropeo del periodo de entreguerras. Todo el mundo lo sabe y por eso me tientan. Saben que Centroeuropa es mi territorio ideal, mi espacio perfecto, el sitio en el que creo que yo debería haber nacido, el lugar donde me imagino las historias, donde crecen mis personajes, donde vivieron los escritores que me han cautivado. Centroeuropa es todo para mí. Cualquiera de sus capitales me parecen evocadoras de un tiempo y de una manera de vivir en la que creo que encajo. Pero también tengo clara una cosa. Ni un puto duro a los húngaros. 

Bajo esta premisa he ido resistiendo durante algunos años al ímpetu con el que quienes me conocen, o creen conocerme, no saben que me dan arcadas de pensar en tener que viajar a Hungría o a Polonia para hacer un viaje de placer. Ni muerto le doy un duro a los fachas esos. Ni de broma voy a ir a blanquear a esos gobiernos de mierda, ni de coña voy a hacer ver que en esos países el gobierno es una cosa pero la gente no tiene la culpa y hay que ir a todas partes y a conocerlo todo. Que no. Pero fui.

Es quizás el viaje más reciente que he hecho y sin duda el peor. Fuimos con unos amigos a los que literalmente les daba igual la situación política y toda la mandanga. Yo iba con la intención de abstraerme del tema. En mi cabeza procuré que solo hubiera violines y el recuerdo de las obras leídas en mi juventud con Budapest como capital. En mi cabeza. 

En cuanto bajamos del avión me empecé a sentir mal. Tan mal que el primer lugar al que fuimos a comer ya me pareció mal, me pareció que era... que era un nido de fachas. No sé porqué pero escuchaba hablar en húngaro y se me revolvía el estómago. Pero no puede ser que todos sean fachas, me decían. Me da igual. Todos me sonaban a Orban decretando mierdas contra los gitanos. O contra la comunidad LGTBI o contra partidos de izquierda. No lo podía soportar. Estaba completamente rebelado. 

Para colmo, y mira que lo sabía, mis amigos dijeron de ir al museo del... es que hasta ahí. Les dije que me volvería al hotel y que sintiéndolo mucho al día siguiente me volvía en tren por Europa chino chano hasta bajar a Barcelona. 

Que sí, que Budapest una maravilla, que si la majestuosidad del Parlamento, que si el castillo de Buda, todo precioso. Que si los cafés, natuaralmente. Que se jodan. 

El viaje en tren una maravilla. Cuanto más lejos de Budapest y de Hungría, mucho mejor me encontraba. Por querer quedar bien, me sentí mal. Moraleja. 

martes, 26 de julio de 2022

Viajes: Grecia


No voy a descubrir nada a quienes me conocen si les digo que me tengo por una persona culta, alguien que ha dedicado y dedica buena parte de su tiempo a enriquecerse con conocimientos y no con bienes materiales y que considera a Grecia, la antigua Grecia, como la verdadera y única fuente de donde mana todo lo que de bueno tiene nuestra cultura. Ya desde los lejanos tiempos del instituto, cuando cursé estudios de Griego, se despertó en mí el amor por este país, mejor dicho, por este conjunto de territorios que conocemos como la Hélade, ya que no es solo la Grecia actual, el estado griego, quien es poseedor del honor de ser 'griega' sino que también son territorios turcos o italianos, por ejemplo, quienes son para mí espacios santos, sagrados. 

Mi viaje a Grecia, sin embargo, tuvo lugar en circunstancias que se alejan bastante de motivos de índole cultural. Mi compañera tenía días libres en Agosto y, naturalmente, pensó en Grecia como un destino posible. Por Grecia entendemos Atenas y las islas Griegas. Todo el mundo ha ido, yo también he ido. Al influjo mágico de lo antiguo, se le unen otros aspectos que hacen de Grecia, de cualquier Grecia, la continental o la insular, un destino atractivo. Un clima, para comenzar, muy similar al nuestro, una gastronomía espectacular y, porqué no decirlo, el influjo que para nosotros, los urbanitas occidentales tiene una cierta idea de Grecia de autenticidad, de vida tranquila, de Anthony Quinn bailando el Sirtaki, de una mesa con un poco de queso, pan y un vaso de vino, de conversaciones sobre la vida y sus misterios con las casitas blancas de una localidad costera viendo cómo los pescadores... 

Nuestro viaje naturalmente comenzó por Atenas. Ciudad descomunal que ya no es, si es que alguna vez fue, como lo que personas como yo tienen en la cabeza. Pero lo que tenemos en la cabeza muchas veces es tan fuerte, tan importante, que destruye la realidad y se convierte en lo único que queremos ver. Así que otros cuenten que Atenas es un monstruo descomunal, caótico, sucio, poco atractivo, cuando está ahí, en mitad de todo eso, la imagen del Partenón y toda la Acrópolis. Es así que, para no destruir ese recuerdo y esa imagen, pasada la visita de rigor, nos apresuramos en abandonar Atenas para pasar el resto de nuestras vacaciones en Santorini. 

Y ahí, pese a la ubicua presencia de colomenses, que también nos encontramos en la isla, me propuse disfrutar de esa idea preconcebida. Preconcebida, tópica, pero sin lugar a dudas real si uno se lo propone. Durante seis días, con un par de libros de Cavafis bajo el brazo para releer y ganas de disfrutar de la leyenda griega, me embarqué en mi particular odisea griega, con una inmersión en el mundo soñado en el que cíclopes, medusas, minotauros, héroes, diosas, colosos, marineros incansables y reinas hijas de Zeus, se agolpaban en mi cabeza de una manera mucho más pura que si eso mismo lo hubiera estado leyendo o imaginando en Santa Coloma. 

Mi conclusión pues de este viaje no puede ser más clara. Grecia es una maravilla. Pero vivir la Grecia que uno quiere en la misma Grecia, sea la Grecia real como esta quiera o deba ser, es mucho mejor. Mi Grecia en Grecia, si pudiera titularse de alguna manera. Volví con mi piel tostada, mis manos agrietadas de la sal, una barba blanquecina que me pintaba estupendamente y miles de historias que contar sobre ese mundo, mi mundo, al que siempre quiero volver. 

Por si alguien tiene interés en cómo se lo pasó mi compañera, me abandonó creo que en el mismo aeropuerto de El Prat, nada más regresar. No lo pudo entender. 

viernes, 22 de julio de 2022

Viajes: Tokyo


Tokyo no está de moda. De ser un lugar de referencia durante décadas, se da la circunstancia de que hoy preguntas si apetece hacer un viaje a Tokyo o a otro lugar de Asia y Tokyo ha perdido caché. Parece que no nos gusta ya ese alarde tecnológico, esa población que conjuga la tradición y la modernidad, esa sobreexposición de la imagen, esa hiperaceleración de la vida moderna, ese futuro infernal en la tierra y parece ser que preferimos ahora esas otras experiencias más 'auténticas' de países en desarrollo o en los que nos podemos encontrar con parajes naturales, personas virginales, lugares que no han sido todavía, oh parguelas, mancillados por la mano del hombre, del hombre blanco por supuesto. 

Fui a Japón solo. Fui a Tokyo solo. De los pocos viajes que recuerdo haber hecho solo. De chaval, cuando era un crío, era un enfermo de las series que daban en la Tv3, los dibujos animados del Son Goku, de la Arale, del Musculator... un enfermo. De ahí di el salto a los cómics, de los comics, al manga y a las pelis como Akira y mi única fijación era viajar a Tokyo. Trabajaba los veranos y sacaba dinero de donde hiciera falta para poder ir a Japón, la cuna de la cultura de referencia, mi referencia. Lo conocía todo y me moría por ir. Finalmente, y a través de unos vecinos que tenían contactos por allí y que me ahorraban el alojamiento, pude consumar mi sueño. Tenía yo 20 años y aproveché las vacaciones de la Uni para hacer el viaje. 

Era la primera vez que montaba en avión y ya desde el primer minuto caí fascinado ante la tecnología. La tecnología que yo había visto en colores, en películas, en los papeles estaba allí nada más subirme al avión. Llegar a Tokyo y caer rendido a todo lo que mis ojos no eran capaces de procesar. En aquellos años, Tokyo era una ciudad brutal, gigantesca, hiperpoblada, en la que lo que parecía... pero menos. Porque fui a dar a un barrio que se encontraba lejos de donde estaba todo aquello que parecía que fuera Tokyo en su totalidad. El barrio se parecía más a lo que reflejaba la serie del Doraemon y la casa donde vívía Nobita o Shin Chan que a lo que yo había visto en Akira. 

El viaje iba a durar diez días. Me había hecho un plan de actividades, de visitas, de paseos... sobre todo me interesaba pasear y entrar en restaurantes o bares o tiendas, sobre todo las tiendas, quería comprar y traerme cosas de Japón. Quería ir a ese cruce que sale en todas las películas, en todas las fotos, quería ver las luces, quería saber qué era lo último que se habían inventado los japoneses para hacernos la vida más sencilla. Quería ver a gente vestida de la manera tradicional, quería visitar algún palacio, quería todo. 

Y hice bien poco. Como digo, el barrio donde me alojaba y la familia con la que estaba, vivían lejos de todo aquello y eran bastante comunes. Comunes significa que no tenían nada que ver con lo que yo había visto e idealizado. Pero me dio igual. El simple hecho de estar allí y de dejarme llevar por esas calles que no tenían aquel glamour o aquella intensidad de impactos visuales que esperaba encontrar. El impacto de Blade Runner, de aquella imagen de japonesa omnipresente en una pantalla gigante. No era Tokyo aquella ciudad. Pero en mi cabeza iba buscando eso. No lo encontré. 

Comí su comida, bebí cerveza, pero no me pude gastar mucho dinero porque efectivamente era todo muy caro y me tuve que conformar con lo que había cerca, muy cerca del sitio donde me alojaba. Intenté hacerme el simpático con quienes yo pensaba que podrían ser de mi rollo. No me entendía nadie o no me querían entender y lo entendí, porque así era la gente que yo había idealizado. Un viaje que me abrió mucho los ojos respecto a la cultura japonesa real que tenía mucho más que ver con eso que yo había idealizado de lo que parecía. La realidad se parecía a la ficción. 

Continúo siendo un gran amante de la cultura japonesa. Se me llevan los demonios cuando la gente dice que no, que Japón no, que prefieren Vietnam o... pero por favor. 

jueves, 21 de julio de 2022

Viajes: París


Una calle de París... no me gusta esa canción, o no me gusta Duncan Dhu o yo que sé. En definitiva, que fui a París. Ese viaje que es como el viaje que todo el mundo hace alguna vez. París, la nuit, París para vivir, París para olvidar, París la primavera nosequé. Eso era de una canción de Carlos Cano. Digo yo. Fui a París y volvería a París. Esa gente que dice que París es un estereotipo es porque viven en la amargura y en la oscuridad. París es la ciudad, París es una de esas madres de la civilización que te reconcilia con lo que significa la planificación, el orden, la cultura, la música, la luz, la pintura, la literatura, la bohemia, lo monumental, la grandeur, todo. Francia, París. 

Fui a París con mi compañera el primer año que estuvimos juntos. Tópicos nefríticos. Todo junto. El amor, la sensualidad, París. París me enamora desde que el mundo es mundo. Soy un fanático de la cultura francesa y de la fuerza del influjo de las cosas que han pasado allí y que han pasado en París como elementos que han hecho un mundo mejor. La Revolución francesa, La Comuna, Mayo del 68, las vanguardias artísticas, los movimientos literarios, el auge del pensamiento y también, porqué no decirlo, su decadencia. 

Íbamos a París con la idea de ir a un concierto de Air. Pese a que quizás el París de hoy tenga más que ver con el conglomerado de músicas y culturas que han hecho de Francia el verdadero país europeo, donde la multiculturalidad en fricción con el movimiento conservador que siempre late en ese país. Contraste entre lo moderno y lo otro. Pero París. Digo, que me pierdo. Concierto de Air pese a que lo que deberíamos haber visto hubiera sido otra cosa. Pero soy fanático de Air y conseguí que a mi compañera le gustara también de manera completamente insospechada. Como fuere, eran tres días en París. Amor, música, París. 

París es maravillosa. Puede que ya esté trillada, que esté más que pervertida, que al final todas las ciudades se parezcan en lo fundamental, que la verdadera París no la ves porque está en los barrios, que tantas cosas que se han dicho de París. Caminando por París, a orillas del Sena, por Pigalle, tomando unos vinos cerca de Montmartre, callejeando por el Latino, escuchando a unos músicos callejeros africanos en una plaza, París, me chifla. La obligada visita al Louvre, la monumentalidad, la grandeur, la cultura. Es ese viaje que tienes que hacer y que cumple con lo que promete. Es lo que es. Mi compañera estaba enamorada de París. Fue de pequeña con sus padres a Eurodisney y habís ido también de viaje de fin de curso con los del colegio, sabía bastante de París. 

Fuimos al concierto de Air en la sala Bataclan. Conciertazo. Al salir quisimos dar una vuelta por ahí. Y no encontramos nada abierto. Fue raro. Fue como una sensación un poco rara. Después de un día o dos de subidón, la última noche parecía que no iba a pasar nada. Salimos del barrio para otro barrio y a otro barrio, queríamos encontrar como fuera algún sitio interesante que nos hiciera terminar en alto ese viaje soñado. En el hotel nos tomamos un vino de la habitación. Nos dio igual. 

Viviremos del vino y del amor. Le dije a mi compañera. Toda la vida esperando decir esa frase. París. 

miércoles, 20 de julio de 2022

Viajes: Kenya


Yo tenía una granja en África. Qué va, no he tenido nunca una granja en África ni en ninguna otra parte. Pero siempre he había hecho gracia comenzar un relato o una crónica o lo que fuera, un texto en general, con esta famosa frase de Isak Dinesen de sus 'Memorias de África'. En fin. Fui a Kenya con el típico viaje organizado que se organiza por parte de unos amigos y en el que te ves envuelto y con el que te involucras de aquella manera y en el que te ocupas básicamente de la tarea de la contextualización sociopolítico cultural, aprenderte datos, partidos políticos, los Mau Mau, Jomo Kenyatta, la importancia de la población Hindú, los masai, los kikuyu, el Kilimanjaro que no está en Kenya porque está en Tanzania, pero está muy cerca de la frontera... bueno, esas cosas. 

El viaje organizado consistía en llegada a la capital, Nairobi, y visita por los paisajes más emblemáticos del país. Un safari fotográfico era el principal motivo del viaje. Este safari nos llevaría durante unos cuantos días por la geografía keniata o keniana y solo volveríamos a pisar una ciudad para ir a Mombassa y de ahí volver a Nairobi para regresar a Barcelona. Me preparé a conciencia para vivir durante todos esos días a lomos de Land Rover, Jeep o camioneta y para dormir allá donde los compañeros y compañeras de viaje nos hubieran programado. 

Al llegar a Nairobi, coincidimos en el hotel con unos ingleses que habían contratado el mismo viaje. Los ingleses venían de Liverpool y pensé que tendríamos hebra que pegar con el tema musical o futbolístico aunque fuera en un rudimentario inglés, pero demostraron ser unos liverpulianos bastante atípicos o eso me lo parecíó a mí. Venían únicamente a hacer su safari fotográfico y nada más, trabajaban en unas oficinas de una multinacional americana en Liverpool y estaban bastante desconectados de nada que no fuera una afición desmedida por los animales. Por nuestra parte éramos tres parejas incluyéndonos a nosotros. Y añadimos a los liverpulianos. 

Nuestro interés por la ciudad de Nairobi se desvaneció casi en el mismo momento en el que pusimos el pie allí. Ya estábamos escarmentados sobre las ciudades y las capitales africanas y su escaso encanto así que no nos supo mal, lo mejor estaba por llegar. Partimos en tren hacia una ciudad que no recuerdo desde la cual iniciaríamos el safari propiamente dicho. Dormimos allí y muy temprano nos levantamos para embarcarnos en esos vehículos que tanto me gustan, los Land Rover, recuerdos de la infancia, no sé. No sé si fue por eso o por otra cosa pero desde el primer día me dejé llevar por un estado de melancolía bastante prolongado. No sé si fueron las extensiones de terreno casi infinitas de sabana por las que transitábamos, los silencios en la camioneta, el sonido únicamente de los animales, algo había en el terreno que me dejaba en un estado profundamente melancólico. No era tristeza, no era nostalgia, era una melancolía, una suerte de estado en el que pensaba en cosas, cosas que pasaban, cosas que nunca pasaron, cosas que estaban ahí y que estaban lejos, tiempos que se fueron, personas que no estaban. No sé. 

Los días pasaron y vimos cosas maravillosas. Lo que yo pensaba que iba a ser un viaje por un escenario ya trillado y donde los animales estarían ahí de una manera artificial resultó ser una experiencia casi mística. Reflexión aparte merecen los masai y todo lo que me produjo la visita a una de las aldeas en las que vivían. Ya entiendo que todo lo que digo puede sonar a una fascinación artificial, pero yo con cada uno de esos saltos que tantas veces había soñado con ver en vivo, con cada salto, me elevaba. No diré nada más. Y mi estado de melancolía no hacía más que sublimar todo aquello para darle un contenido superior. En lugar de entristecerme, la explosión de vida a mi alrededor, me sumía en una melancolía que luego, tiempo después, cuando tuve que comentar mi situación, no supe describir con las palabras ciertas tal y como me ocurre ahora.

Kenya fue para mí una experiencia catártica. Fue uno de esos viajes en los que me replanteé mi relación con lo que me rodea y con lo que soy, sin querer disfrutar del presente y sin querer evitar lo que me molesta, afronté que todo es mucho más amplio, más grande, más extenso de lo que uno puede llegar a abarcar o preocuparse. África y Kenya me enseñaron eso.

De tal manera que cuando el safari acabó y volvimos a Mombassa, incluso llegué a encontrarle la gracia a Mombassa. Ahora es que le encuentro la gracia a casi todo. Y hablando de gracia...

martes, 19 de julio de 2022

Viajes: Marruecos


Sin duda, este es uno de los viajes más breves y menos interesantes y que, al mismo tiempo, más cumplió con las expectativas que me había creado. Desde tiempo inmemorial, desde que yo tengo memoria, son muchos y muchas de mis amistades que han ido a Marruecos y que me han insistido con la experiencia reveladora que representa el viaje a Marruecos. Digo más, mis padres, mis propios padres, viajaron a Marruecos una vez y volvieron encandilados, maravillados. No hablaré ya de las experiencias de mi propio hermano en Marruecos casi de inmersión en la vida popular itinerante. También habré de decir que en muchos de estos relatos, en muchas de estas experiencias, más tarde o más temprano, aparecía el trágico momento de la indisposición gástrica. Siempre maquillado o soterrado bajo la grandísima belleza de los parajes, las gentes, las costumbres, etc., ese pequeño contratiempo aparecía con una frecuencia regular. 

Quienes me conocen saben que me resistí durante largo tiempo al viaje a Marruecos, en cierto modo atemorizado por esos relatos en los que en un momento u otro, pasaba algo que derivaba en cagalera, vomitera, transitoria siempre, pero ahí estaba. Entonces qué. Qué gracia de viaje. Si no voy a poder comer, pensaba yo, idiota, con cierta libertad lo que se me presente por la calle o beber lo que se me apetezca, para qué  ir. Qué gracia tiene esto. Así fueron pasando los años. 

Hasta que te conocí y ya todo el mundo sabe lo que pasó cuando eso llegó y cómo se fueron cayendo y derribando todos los esquemas mentales que yo tenía planteados. Verdades irrefutables. El viaje a Marruecos surgió solo. Tú ya habías estado, naturalmente. Tú lo conocías, serías mi guía. Verás qué bonito. No tengas tanto miedo que eso te puede pasar en cualquier parte. 

Cogimos el barco hasta Tánger. El plan era bastante común. Tanger, intentar llegar a Xauen, visitar algunas de las llamadas ciudades imperiales, Marrakech, bajar hasta Qneitra, volver. Ya lo conocéis todos aquellos que estáis leyendo esto. 

El primer día en Tánger (yo tenía en la cabeza la canción de Tangier de Donovan todo el rato) dejamos las cosas en el lugar donde nos alojábamos y salimos a dar una vuelta. No íbamos a entretenernos mucho. Tuve sed. Dónde puedo beber agua.

Fin del viaje.

lunes, 18 de julio de 2022

Viajes: Buenos Aires. Argentina Primera Parte.


Que soy un apasionado de la cultura argentina, creo que ya ha quedado claro en más de una ocasión. Lector empedernido de Borges, de Bioy, de Sábato, de Mujica Láinez, estudioso de la historia argentina, entusiasta seguidor del fútbol argentino y de las andanzas en los torneos internacionales de su selección, tremendo fan de bandas como Los Fabuloso Cadillacs o los Ilya Kuriaky & The Valderramsa, sin duda Buenos Aires era una de esas ciudades que tenía apuntadas en mi cabeza y en mi corazón desde mi juventud primera. Sin embargo, era uno de esos viajes caros para los que requería tiempo y dinero y no conseguí ir hasta hace relativamente pocos años. Finalmente, mi pareja y yo conseguimos ahorrar lo suficiente para poder hacer este viaje que colmaba mis deseos desde chaval y por parte de mi pareja, le servía también para reencontrarse con algunos amigos que había conocido durante el desempeño de su profesión. Se sorprenderán si les digo que mi compañera es psicóloga. 

Así que conseguimos planificar el viaje. Buenos Aires durante diez días, juntando puentes de la constitución y días de Navidad, justo cuando en el hemisferio sur hace mejor tiempo. Verano Austral. Días antes de ir, con el viaje planificado, tuve un encuentro por los pasillos de mi trabajo con una compañera, Rosario. Loco de contento con mi viaje, le comenté a esta compañera que iba a viajar a Buenos Aires. Sé que ella también es amante de los viajes y me sorprendió 'no me jodas, Molina, yo viajo a Buenos Aires para el puente de la Purísima'. Qué bien, qué casualidad y todo eso que se dice cuando alguien te anuncia algo que te sorprende pero a lo que tampoco das importancia. Buenos Aires es muy grande, tenemos planes diferentes, seguro que no tenemos tiempo de vernos, ya si eso nos vamos diciendo y a ver si eso. 

Mi plan era el siguiente, compaginar los encuentros con los amigos y amigas de mi compañera, segmentados en una serie de días, con la visita a algunos lugares para mí emblemáticos como el Barrio de la Boca, y todos aquellos barrios o calles que me sonaran de las novelas y cuentos de los autores antes referidos. Chacarita, Recoleta, Palermo, Liniers, Junín, el Obelisco, Avellaneda, la Bombonera, el Monumental, la Biblioteca, mil lugares, no sé. Sabía que el viaje se me quedaría corto. Así que me lo tomé con calma, donde llegues, llegarás. Visitamos nada más llegar a los amigos y amigas que nos iban a alojar durante esos días y salimos a cenar con ellos. Durante el camino no me pude contener y les pregunté sobre el peronismo. Quería asegurarme una conversación para el resto de la cena. Claro que fuimos de saque a un restorán que nos dijeron que era 'el mejor de Buenos Aires'. En todas partes... y allí estaba Rosario con su pareja de entonces y otros amigos. Qué casualidad. Rápidamente fuimos a saludarnos, qué cosas, cómo habéis llegado, qué plan tenéis, lo pusimos lo suficientemente complicado como para que no se pudiera cuadrar y no tener que estar pendiente de nadie. Ella hizo lo mismo. 

Al día siguiente quise ir al cementerio de la Recoleta. No es la mejor manera de empezar, pero tampoco quería iniciar un tour futbolístico junto a alguien que sabía a ciencia cierta que detestaba el fútbol. En el cementerio de la Recoleta están enterrados algunos personajes de la historia argentina como Facundo Quiroga, que inspiró a Domingo Sarmiento, también enterrado allí el libro Facundo. Civilización o Barbarie. La hermana de Borges, Macedonio Fernández, Bioy, hasta Evita Perón, entre otros muchísimos y muchísimas personalidades políticas del país. Me hacía ilusión ir. Borges quiso ser enterrado allí. Hicimos las combinaciones necesarias y entrando por la puerta me encuentro con Rosario y su pareja de entonces. Qué casualidad. Qué cosas. Hicimos la visita juntos. Rosario es un pozo de sabiduría y creo que hubo cierto pique a la hora de demostrar quién conocía a más gente. Fue un poco ridículo ir buscando entre las lápidas nombres conocidos y anunciar que sabíamos quién era Roca, o Alem, o las hermanas Ocampo. 

Para comer decidimos separarnos. Habíamos quedado. La cena la quisimos hacer visitando el barrio de la Boca y en algún lugar en el que hubiera música en directo. Nuestros amigos nos aconsejaron un lugar genial, muy cerca de Caminito. 

Buenos Aires me pareció alucinante. Respondía perfectamente a lo que me había imaginado. Todos esos lugares, pese a que yo había leído sobre ellos a escritores del año catapún, seguían conservando un espíritu auténtico, especial. Todo me llevaba a esos relatos de Borges donde puede pasar cualquier cosa, o quizás nada, o quizás te ves envuelto en una pelea con unos malevos en un lugar que en principio no pintaba como peligroso. 

Juro que no habíamos quedado en nada. Allí estaba Rosario junto a su pareja de entonces. Decidimos cenar juntos y compartir las experiencias del día. Justo en ese momento una mujer bellísima anunció que para amenizar nuestra velada el conjunto Riachuelo iba a interpretar algunas canciones y que ella misma y su compañero Marcelo ilustrarían la música con su baile. Qué bien. Cuando salió el guitarrista Rosario nos advirtió. 'Ahí sale el payador'. No me pude contener y le contesté 'Venir a Buenos Aires para acabar comiendo con Paellador'. 

Qué corto se me hizo ese viaje. Me compré una camiseta de Boca que aborrecí al poco por otro tema que no viene al caso.  

El resto de días no volvimos a ver a Rosario ni a su pareja de entonces.