miércoles, 22 de julio de 2026
Amarga Navidad - Pedro Almodóvar
Una compañera hace poco se autoflageló en un texto diciendo que no tenía las herramientas comunicativas para explicar lo que sintió viendo una obra de teatro. Yo no sé si las tengo, pero intentaré emplearme a fondo hoy. Este texto contiene información que se considera en el argot contemporáneo como spoiler, es decir, que si sigues leyendo, sabrás cómo acaba la película. Pero es que sin saber cómo acaba la película es imposible si quiera considerar qué es esta película de Pedro Almodóvar. ¿Dónde os habéis quedado de su filmografía? ¿Cuándo le perdisteis el hilo a Almodóvar? ¿En qué momento os dejó de interesar? Yo hace tiempo que no siento nada al ver una película de Almodóvar y si las sigo viendo es por cierto interés morboso en saber cómo ese hombre, aclamado y reconocido y repudatísimo, no tiene nada que ofrecer que no sea complacer la imagen de sí mismo que se ha creado para con los demás, críticos, instituciones culturales, grandes medios. La presencia de grandes actrices internacionales, de estrellas rutilantes que 'vuelven' a trabajar con él, repartos deslumbrantes, nos sirven de enganche para continuar teniendo las películas de Almodóvar como citas obligadas, aunque ya no nos interese lo que cuentan. Así, llegamos a esta película que, desde el comienzo, se aparece como un despropósito en el que todos y cada uno de los tópicos absolutos sobre las películas de Almodóvar van apareciendo. A veces tenemos la sensación de que hay escenas que hemos visto, que hay actores que ya han hecho ese papel, que otros actores han hecho el mismo papel que otro actor ya está haciendo, que no es posible que vuelva a recurrir a Chavela Vargas como recurso dramático musical, que no es posible que otra cantante famosa se preste a hacer una aparición, que las combinaciones de colores, que los planos cromáticamente estudiadísimos, que la historia de la madre que se muere o se está muriendo, que el director de cine, que las fotos con Jean Paul, que la pareja del director de cine, que la belleza masculina, que Rosy de Palma y las alusiones a la droga como algo de andar por casa, los rostros conocidos, mujeres que se ayudan, dramas muy intensos, me voy a Lanzarote o Fuerteventura, actrices que no hablan que casi mascullan porque tienen que interpretar que están muy mal, otra canción de Chavela Vargas, tomar mezcal en una terraza de un parque de Madrid, Sbaraglia haciendo el papel que antes hiciera Banderas, la ayudante repasando los premios y galardones que va a recibir el director y tú pensando pero cómo se puede ser tan gilipollas de presentarse como un ícono cultural él mismo así sin anestesia ni nada. Todo es tan repetitivo y tan obvio que nos predispone a una crítica feroz, una crítica despiadada, a poder decir con toda la boca llena de dientes que Pedro Almodóvar está acabado, que esta película es una absoluta mierda y que ha perdido el respeto por sí mismo en lo que parece una parodia de su cine perpetrada por él mismo. ¿Pero es que nadie se ha dado cuenta? ¿Pero es que nadie le dice al rey que va desnudo? ¿No es como si Mel Brooks hubiera hecho una parodia de Todo sobre mi madre o de Volver, por ejemplo? Así que pasan los minutos y las tramas nos dan igual porque incluso pareciera que las tramas dan igual, se desvanecen, personajes que aparecen y que parece que tienen un qué y que de repente se convierten en nada y lo que les pasó deja de pasarles o vete a saber. Y a una trama le sustituye otra y cuando ya vemos que el disparate no tiene freno, entonces, al final, con una botella de mezcal que milagrosamente tiene el chiringuito del parque de por medio, se pone al descubierto de qué va toda la película. Y la película no va de otra cosa de que el propio Almodóvar ha jugado a dejarse revolcar por el suelo de la crítica, a autoexponerse a una paliza crítica, a que nos mofemos, a que lo arrastremos por el fango, a que nos burlemos de sus mierdas, a que esperemos con ganas la próxima escena para decir 'ves, esto también lo hemos visto', y él lo sabe. Lo sabe desde el primer momento. Lo sabe desde que aparecen los créditos. Lo sabe desde antes de que seleccionemos la película en Movistar. Lo sabe antes de decidir qué actores y actrices van a exponerse a la trituradora. Sabe que vamos a cagarnos en Almodóvar. Y al final, nos lo dice, nos concede esa hora y media de masacre almodovariana, para, pasado el entremés, volver a lo suyo. Sublime.
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