Novelas de John Le Carré en las estanterías de todas las casas. Las daban en los bancos, colecciones, eran populares. Hoy no sé sé si se siguen leyendo. Como las de Graham Greene. Libros sobre espías, la guerra fría, traiciones, diplomáticos, etc. Y las películas.
Esta es El Espía que surgió del frío, con Richard Burton nada menos que como protagonista y Claire Bloom como actriz principal. ¿De qué va la cosa? Vamos a verlo.
Richard Burton es al parecer jefe de algo, de alguna sección del servicio de espionaje británico en Berlin. Guerra Fría, el Muro recién construido, alemanes, soviéticos, ingleses, americanos, franceses. Al parecer, están detrás de un alemán del Este para que se pase al Oeste, llevan muchos intentos y siempre fracasan. El jefe de los espías del otro lado, Mundt, los pilla siempre. En la primera escena, Richard Burton está esperando a que pase, que llegue, que le salga bien. Le vuelve a salir mal. Y lo mandan para casa. Digamos que lo despiden.
Pero no es así. No es tanto así. En realidad es otra cosa.
No descifraremos más de la peli si es que no lo hemos hecho ya en demasía. La película nos habla de cómo un super agente acaba trabajando en una biblioteca de barrio, de la relación que establece con una compañera de curro, que es comunista, y de cómo poco a poco va cayendo en una red que, de manera vertiginosa, le vuelve a poner en el foco.
Las cosas se complican de tal manera que... la cosa no termina bien.
Uno espera de la película, hecha en mitad del follón propagandístico, un alegato contra los comunistas malos y a favor de los ingleses buenos. Y no. Lo que se encuentra es a dos sistemas que han perdido el porqué de lo que están haciendo y utilizan a la gente para mantenerse ahí arriba, manejando los hilos. La chica comunista que se toma en serio las reuniones y la organización. El apesadumbrado funcionario británico que quiere servir a su país y se frustra. El subalterno alemán que quiere demostrar que su jefe es un traidor. Todos son herramientas, utilizados, usados, por la causa. Una causa que ya no saben cuál es.
La película no es Misión Imposible, precisamente. Creo que hay unos pocos disparos al comenzar y otros pocos al concluir. Diálogos, paseos de Richard Burton, conversaciones, pero pasar pasar, pasan pocas cosas. Salvo las sensaciones descritas. Películas en las que se habla poco, se hace poco, pero se está contando mucho.
Y la sensación de que antes y ahora, nos enzarzamos en luchas, batallas, nos lanzamos a la arena en aras de algo que otros ya han perdido la consciencia de lo que es.
miércoles, 8 de agosto de 2018
martes, 7 de agosto de 2018
Eric Jiménez - Cuatro Millones de Golpes
Sonará ahora a que me pongo la venda antes de que... pero me gustan mucho los Planetas. Digo más. Cuando vi por primera vez en un concierto de Radio 3 a Los Planetas con Eric como recién llegado batería interpretando Segundo Premio pensé, qué coño, me gustan los Planetas. Antes, bueno, pues mira, pero aquel día, aquel golpeo de batería...
Mi hermano y yo tenemos la costumbre de regalarnos libros. Libros casi siempre de música. Este libro me lo ha regalado a mí para mi cumpleaños. Luego se lo leerá él. Los libros nos suelen gustar todos. Algunos de ellos se convierten en referencia de muchas cosas. Este, para mí, no. Este libro no me ha gustado mucho.
No sé cual ha sido el motivo por el cual Eric Jiménez ha escrito el libro. Leyendo el libro, su vida no ha sido fácil, su vida ha sido complicada, insiste varias veces en que podría haber palmado, en las drogas, en las decisiones, en la mala gente. Y en que nos den. Hay momentos del libro en los que se va metiendo en reflexiones de diversa índole, musical, vital, espiritual, política, que acaba con un esto es lo que pienso y si no te gusta que te den. Que os den. Que nos den. De hecho, las últimas páginas del libro consisten en un remedo de la canción God de John Lennon, pero con el que os den. Que le den a Los Planetas y a Lagartija Nick. Etc.
Eric nos cuenta que no se llama Eric, que se llama Ernesto. Que le llamaban Eric por una serie de deformaciones del apodo Erizo, que en Granada se diría 'el eri' y así se llega a Eric. Y bueno. Familia jodida. En el libro afirma no conocer a su padre. Pero luego habla de su padre. Supongo que no ha sido tarea fácil ordenar este libro, las ideas, etc. Holden Centeno, que aparece en los agradecimientos al final del libro, ha tenido que hacer un trabajo titánico. Sea como sea, Ernesto nace en Granada, su madre tiene un pensión, tiene además tres hijos, y el padre de éstos es el marido de otra señora. Y ahí tenemos el drama.
Ya todo es un drama y un juego de subes y baja, en el que Eric, como en el anuncio de Nespresso que dice 'somos las decisiones que tomamos', a veces la caga, otras veces le echa monedas a la máquina de cagarla, otras veces la vida es que es así. Como dirían los 091, la vida qué mala es.
¿Ayuda este libro a empatizar con Eric? Pues no mucho. No me van a gustar más los Planetas por haber leído el libro. De hecho, durante la lectura de este libro, no me ha dado por escuchar a los granadinos. Ni tampoco por interesarme por Lagartija Nick. Uno, cuando describe lo que hace, suele adornarlo de cierta magia, de algo de rollo para que los otros lo compren, lo escuchen, lo aprecien. Beber, drogarse, por poco no voy al ensayo, por poco no puedo tocar, nunca he tocado borracho, pero me pongo antes, este disco casi no lo hacemos porque íbamos muy puestos... discos legendarios como el de Una semana en el motor de un autobús, se reducen a Nueva York, pedos, ciegos, coca, ciegos, coca, y poco más. Y el de La leyenda del Espacio, ya más maduros, a una polémica con el flamenco y con que no es flamenco. Pero no te dan ganas de escucharlo. O quizás es que no los tengo muy escuchados.
Me gustan mucho los Planetas. Hay veces que canciones de los Planetas parece que relatan exactamente cosas que te están pasando. No me gusta tampoco eso de 'querer vivir' contínuamente una canción de Los Planetas. Ese, todo lo hago mal, no me sale nada bien, quiéreme pero es que soy así. Bolinga, ciego, hacer el idiota, que os den. Pero me siento solo. Y así, siempre. Todo el rato.
Lagartija Nick. El otro grupo. El grupo con el que empieza a ser conocido de verdad Eric como batería, aunque antes ya tenía una banda como KGB que no he escuchado. Lagartija Nick es también el grupo de Antonio Arias. Creo que les he visto una vez aquí en Santa Coloma. Creo. O igual no.
La polémica con Bob Dylan, a la que llego en este libro. Inenarrable. No sé.
El libro viene precedido por una polémica por lo que reparte en él. 'Pone a caldo a...' A quién. Salvo decir que muchos técnicos y gente que monta conciertos no tiene ni puta idea, y decir que es colega de Alaska y Mario y Fangoria y Nancys Rubias, poca cosa más. Que la industria es una mierda. Que ya no hay indies. Que no.
Hay reflexiones que no. Hay un momento en el que habla de los grupos que les llaman puretas (hola, novedades carminha) y estás esperando a que les de... y sí, les da, pero luego suelta el consabido 'cuando ellos no eran más que... yo ya...' y efectivamente, queda como un pureta. Y nada. Que va perdiendo oportunidades.
Eso.
Su relación con Morente, un genio, un mesías, un compañero de juergas, y al que era difícil seguir en los repertorios. Juergas, anécdotas de juergas, cobramos y nos fundimos la pasta, poco más. Antonio Arias y el J. y Morente tienen ideas. Y él toca la batería. Y son amigos, pero no son muy amigos. Con Morente sí. Con Arias, bien, pero mal. Con Morente bien, claro, cómo vas a decir que no.
El libro es una oportunidad perdida. Ni va a crear nuevos fans de Los Planetas y no va a hacer que muchos escuchen a Morente o a Lagartija.
Que esté bien y que siga haciendo conciertos con Los Planetas. Y ya si eso que nos den.
Mi hermano y yo tenemos la costumbre de regalarnos libros. Libros casi siempre de música. Este libro me lo ha regalado a mí para mi cumpleaños. Luego se lo leerá él. Los libros nos suelen gustar todos. Algunos de ellos se convierten en referencia de muchas cosas. Este, para mí, no. Este libro no me ha gustado mucho.
No sé cual ha sido el motivo por el cual Eric Jiménez ha escrito el libro. Leyendo el libro, su vida no ha sido fácil, su vida ha sido complicada, insiste varias veces en que podría haber palmado, en las drogas, en las decisiones, en la mala gente. Y en que nos den. Hay momentos del libro en los que se va metiendo en reflexiones de diversa índole, musical, vital, espiritual, política, que acaba con un esto es lo que pienso y si no te gusta que te den. Que os den. Que nos den. De hecho, las últimas páginas del libro consisten en un remedo de la canción God de John Lennon, pero con el que os den. Que le den a Los Planetas y a Lagartija Nick. Etc.
Eric nos cuenta que no se llama Eric, que se llama Ernesto. Que le llamaban Eric por una serie de deformaciones del apodo Erizo, que en Granada se diría 'el eri' y así se llega a Eric. Y bueno. Familia jodida. En el libro afirma no conocer a su padre. Pero luego habla de su padre. Supongo que no ha sido tarea fácil ordenar este libro, las ideas, etc. Holden Centeno, que aparece en los agradecimientos al final del libro, ha tenido que hacer un trabajo titánico. Sea como sea, Ernesto nace en Granada, su madre tiene un pensión, tiene además tres hijos, y el padre de éstos es el marido de otra señora. Y ahí tenemos el drama.
Ya todo es un drama y un juego de subes y baja, en el que Eric, como en el anuncio de Nespresso que dice 'somos las decisiones que tomamos', a veces la caga, otras veces le echa monedas a la máquina de cagarla, otras veces la vida es que es así. Como dirían los 091, la vida qué mala es.
¿Ayuda este libro a empatizar con Eric? Pues no mucho. No me van a gustar más los Planetas por haber leído el libro. De hecho, durante la lectura de este libro, no me ha dado por escuchar a los granadinos. Ni tampoco por interesarme por Lagartija Nick. Uno, cuando describe lo que hace, suele adornarlo de cierta magia, de algo de rollo para que los otros lo compren, lo escuchen, lo aprecien. Beber, drogarse, por poco no voy al ensayo, por poco no puedo tocar, nunca he tocado borracho, pero me pongo antes, este disco casi no lo hacemos porque íbamos muy puestos... discos legendarios como el de Una semana en el motor de un autobús, se reducen a Nueva York, pedos, ciegos, coca, ciegos, coca, y poco más. Y el de La leyenda del Espacio, ya más maduros, a una polémica con el flamenco y con que no es flamenco. Pero no te dan ganas de escucharlo. O quizás es que no los tengo muy escuchados.
Me gustan mucho los Planetas. Hay veces que canciones de los Planetas parece que relatan exactamente cosas que te están pasando. No me gusta tampoco eso de 'querer vivir' contínuamente una canción de Los Planetas. Ese, todo lo hago mal, no me sale nada bien, quiéreme pero es que soy así. Bolinga, ciego, hacer el idiota, que os den. Pero me siento solo. Y así, siempre. Todo el rato.
Lagartija Nick. El otro grupo. El grupo con el que empieza a ser conocido de verdad Eric como batería, aunque antes ya tenía una banda como KGB que no he escuchado. Lagartija Nick es también el grupo de Antonio Arias. Creo que les he visto una vez aquí en Santa Coloma. Creo. O igual no.
La polémica con Bob Dylan, a la que llego en este libro. Inenarrable. No sé.
El libro viene precedido por una polémica por lo que reparte en él. 'Pone a caldo a...' A quién. Salvo decir que muchos técnicos y gente que monta conciertos no tiene ni puta idea, y decir que es colega de Alaska y Mario y Fangoria y Nancys Rubias, poca cosa más. Que la industria es una mierda. Que ya no hay indies. Que no.
Hay reflexiones que no. Hay un momento en el que habla de los grupos que les llaman puretas (hola, novedades carminha) y estás esperando a que les de... y sí, les da, pero luego suelta el consabido 'cuando ellos no eran más que... yo ya...' y efectivamente, queda como un pureta. Y nada. Que va perdiendo oportunidades.
Eso.
Su relación con Morente, un genio, un mesías, un compañero de juergas, y al que era difícil seguir en los repertorios. Juergas, anécdotas de juergas, cobramos y nos fundimos la pasta, poco más. Antonio Arias y el J. y Morente tienen ideas. Y él toca la batería. Y son amigos, pero no son muy amigos. Con Morente sí. Con Arias, bien, pero mal. Con Morente bien, claro, cómo vas a decir que no.
El libro es una oportunidad perdida. Ni va a crear nuevos fans de Los Planetas y no va a hacer que muchos escuchen a Morente o a Lagartija.
Que esté bien y que siga haciendo conciertos con Los Planetas. Y ya si eso que nos den.
lunes, 6 de agosto de 2018
En realidad
El otro día paseaba yo pensando en nada y en todo a la vez y cuando eso pasa sueles tropezar. El tropiezo suele venir de manera inmisericorde justo cuando parece que estás repasando los diversos asuntos que te ocupan y piensas, bueno, no va tan mal. Es algo consecutivo. Bienestar caminante y tropiezo, la advertencia de que no es cierto, de que no va bien. De que hay que seguir estando por lo que estás. Pero en aquel tropiezo ocurrió algo. Un desajuste. Desde aquel día me encuentro raro. Encuentro que veo el futuro, que siento el futuro. Y el futuro es exactamente igual que el presente. Como si estuviera viviendo una historia distópica, veo lo que va a pasar y lo que pasa es que todo es igual que ahora. Que todo continúa de la misma manera. Compruebo que dentro de un tiempo, no sé si mucho o poco, todo es igual. Los coches, indicador para mí de la modernidad y del paso del tiempo, son diferentes, las matrículas cambian, algunas calles están ya reformadas y recién pavimentadas. El futuro, sin embargo, es exactamente como el presente. Continúa todo igual. Incluso el anhelo de que todo sea diferente. Camino por las mismas calles, me fijo en el lugar en el que me tropecé y sigue igual, de la misma manera. Hay otras calles que están distintas, solo sé mirar calles, solo sé hablar de calles, eso sigue siendo igual. El futuro no existe. Desde que me tropecé, he probado a mirarme en el espejo y comprobar qué ocurre. Y no pasa nada. Soy yo. Pero a mi lado suceden cosas. He intentado volver a tropezar otra vez. No lo he conseguido, porque ahora estoy alerta y no me encuentro bien. Veo en el espejo a la gente que me rodea, no son los mismos. A mi lado no parecen haber cambiado, en el espejo parecen otros. Todo lo demás es igual. El sistema, las cosas que pensamos que iban a cambiar, los que nos gobiernan, los que pensaban en cambiar a los que nos gobiernan, los procesos mentales por los que nos regimos, se mantienen. Hablo con la gente del futuro. No sé cómo y de qué manera. A veces como en una distorsión, el futuro es como el presente, de una manera tan parecida que simplemente distingo por un detalle sin importancia que con quien hablo no está aquí, está mañana. O pasado. O dentro de quince años. Y seguimos hablando de lo mismo, y ellos y ellas me hablan de lo mismo. Y recuerdan cosas de mí que yo había olvidado. O que nunca olvidé. Y los que me animaban, lo siguen haciendo. Con lo que significa eso. Que nada va a cambiar. Que las cosas no cambian. Y esperan a que les cuente lo de Parménides. Y no tengo nada que contar. Y será que en el futuro el que cambia soy yo. Y me quiero mirar en el espejo y no sé qué veo. Y paseo por el río y parece el de otra ciudad. Pero es la misma. Y busco entre la gente las caras que imagino que van a estar y las que no y más o menos... y entro en casa y lo que veo es lo mismo. Y no sé. En realidad este texto es un ensayo. Un ensayo de algo que no sé contar. El ensayo de una profecía. El futuro es lo mismo. No lo sé. Pero me lo imagino.
sábado, 4 de agosto de 2018
Construcción nacional popular
Cuenta mi padre que estando trabajando en Telefónica, al poco de llegar de Jaén, tuvo como compañero de trabajo a un sevillano. Como mi padre era andaluz, se ve que el sevillano congenió con él. Un día hablando de política el sevillano le dijo que lo que había que hacer es poner la frontera en Despeñaperros. El sevillano era un nacionalista andaluz de los de rompe y rasga y mi padre pasó de él. Desde que la Guida me dijo aquello de que le importaba tres pimientos de dónde era mi padre o mi abuelo me siento culpable hablando de estas cosas, pero no sé hablar de otras.
En mi casa, mi padre escuchaba Gente Del Pueblo, un grupo de sevillanas con mensaje, de Sevilla, de Morón. Escuchaba estos discos durante unos años. Luego le pilló el gusto a Carlos Cano y esto lo dejó abandonado. A mi padre no lo pones a bailar sevillanas ni atado. Lo llevas a la Feria de Abril y lo tienes enfurruñado hasta que se va, no aguanta las sevillanas, la Feria, la Virgen, el Rocío, las casetas. En mi casa tenía discos de Fosforito, de un tal Paco Herrera, de Manuel Gerena. Pero estos discos los ponía poco. Yo nunca diré que soy andaluz. Mi padre y mi madre lo son. Yo soy catalán. Hace un año que no voy al pueblo de mis padres. Pero el pueblo de mis padres está todo el día en mi casa. Y como he dicho muchas veces, Jaén no es esa Andalucía que sale en los anuncios de playita y pescaíto y buenrollito. Y la parte de Jaén texmex del norte medio manchega, menos que menos todavía. Dicho esto, a mi madre le gusta bailar sevillanas y a mis primas de Vilches. Etc. No creo que esto haya servido para aclarar nada ni ponernos en situación, pero la idea está ahí.
El otro día leí un artículo en el que le daban vueltas al fenómeno Rosalía, la cantante o cantaora catalana que ahora lo está petando haciendo algo parecido al flamenco. No la he escucachado demasiado porque lo que hace no me interesa mucho. He visto algún vídeo, no es lo mío. Creo que la Mala Rodríguez lo hace mejor y con más mala leche. Y creo que la Silvia Pérez Cruz lo hace con más clase (el productor es el mismo). Esto es más de petarlo. El debate está ahí.
El tema parece ser el siguiente. Hay un movimiento de juventud andaluza o de gente andaluza en general que no soporta más que lo andaluz no sea tomado en serio. Que llegue Rosalía y consiga éxito y fama emulando y digamos haciendo una versión controversial de lo andaluz o lo flamenco, que tiene tanto que ver una cosa con la otra como el automovilismo con la circulación. Que la gente no entienda La Peste porque se habla en 'andaluz'. De la misma manera que mucha gente se molesta por el giro andalusí de Los Planetas. De repente, parece que hay gente que se pregunta por allí que qué pasa.
Y me imagino a un grupo de gente en el barrio de la Alameda, discutiendo, hablando, de repente entusiasmados con eso que en el artículo se llama un proceso de Construcción nacional popular, con una especie de movimiento por el cual la juventud andaluza se está dando cuenta y construyendo referentes culturales que dignifiquen lo que es ser andaluz.
Nos molesta lo de Rosalía, escuchando e interpretando todos los días música que no sabemos de dónde es. Me llamo Antonio Molina Juanes, mis padres son de Jaén, yo soy catalán. Tengo 43 años. Qué música podría hacer. A quién le falto el respeto.
Una de las cosas que me llama la atención del artículo, que no sé si tiene que ver o no, es la desconexión de esa juventud andaluza que construye nosequé con lo que significa el hecho de tener una buena parte de su población desplazada, con un número indefinido de descendientes que beben de las diversas tradiciones andaluzas, mezcladas con otras tradiciones de los lugares donde viven y que construyen referentes nuevos. Y antiguos. Una especie de ignorancia que basa lo andaluz en lo que se hace en Andalucía, como si lo que se hace fuera de allí, a veces sin querer vincularlo, muestra la riqueza de quienes se fueron (porque estaban hasta los cojones de la mierda que se vivía allí y en muchos casos rompieron lazos para siempre... pero lo que es es) y construyen algo nuevo, a veces contra lo que significa lo andaluz en su forma más tópica. Lo que yo llamo 'hablar de los catalanes' pensando que los catalanes somos todos Jordi Pujol. No saber que los catalanes también somos tus primos de Sant Adrià, Ciudad Badia, Terrassa o Santa Coloma. Y desconocer que esos catalanes que salen en la tele haciendo cosas que parece que te están robando algo, realmente es porque viven y conviven en una Catalunya que es otra cosa.
Otra cosa que, sobre todo, le toca las pelotas a quienes piensan que somos solo 'españoles viviendo en Catalunya', aunque hayamos nacido aquí. Fascistas de mierda.
Entonces.
Leo el artículo y yo no soy andaluz, pero me suena. Construir procesos de identidad nacional popular en torno a la puesta en valor de lo andaluz. Lo andaluz qué es. Vayan al Cabo de Gata. Recorran ese tramo que va desde Granada a Málaga pasando por la A-92, vivan durante un tiempo en Jaén, en la parte despeñaperril de Jaén, ese pueblo de dónde es la Reme que está más cerca de Baza que de Almería. Qué es lo andaluz. Lo catalán qué es. El autor del artículo es un politólogo que vive 'exiliado' dice en Madrid. Como mis padres, supongo. O como los chavales y chavalas del pueblo de mis padres que han podido salir de allí y que no se preocupan tanto por una cuestión de apropiación cultural como de mera supervivencia.
Parece que lo que molesta es que alguien haga negocio con algo que parece que es tuyo. El flamenco, lo andaluz. Es eso. Nos molesta a todos que hagan negocio con algo que es nuestro, con nuestro trabajo, nuestras ideas, nuestro entorno.
Me parece estupendo que haya una juventud andaluza que, dicen, al calor de lo que se vive aquí en Catalunya (lo que ellos creen que es Catalunya), construyan... que le den valor a lo que es. Pero qué es.
Me parece estupendo. Y no. En lugar de preocuparse por si la gente entiende La Peste o a los habitantes de la sierra del Alosno, o el habla frenética de mi prima Juani, podríamos preocuparnos por qué la gente andaluza tiene que largarse de cualquier parte donde vivan a otro sitio, porqué si no tienes una carrerita estás cagado de las moscas o porqué la única manera de salir del agujero es la maldita oposición. O escribir desde Madrid o desde Santa Coloma.
De la misma manera, en lugar de preocuparnos por procesos de construcción nacional, le hiciéramos algo de más caso a la lucha de clases. Y no ir de la mano de la derecha a construir nada. De la misma manera, quienes son como yo descendientes de andaluces, gallegos, maños, extremeños... podríamos preocuparnos de lo mismo y no hacer caso a quien hace de esa identidad un factor de lucha. La identidad nacional, la identidad del lugar, no la clase. Vamos, que mi padre le gustaban las sevillanas de Gente del Pueblo porque hablaban de lo que hablaban. Y no por las sevillanas en sí.
Construcción Nacional Popular aquí, por lo que estoy viendo, no sirve nada más que para construir movimientos populistas de derechas. Espero que en esa terraza del barrio de la Alameda o tomando cañas en nosedonde, alguien se de cuenta. En vez de construcció nacional popular, un poquito más de lucha de clases.
Aquí nos está yendo como una mierda.
Me voy a ver el Athletic Club. Porque como muchos andaluces e hijos de andaluces y catalanes, somos del Athletic Club. De Bilbao, claro.
En mi casa, mi padre escuchaba Gente Del Pueblo, un grupo de sevillanas con mensaje, de Sevilla, de Morón. Escuchaba estos discos durante unos años. Luego le pilló el gusto a Carlos Cano y esto lo dejó abandonado. A mi padre no lo pones a bailar sevillanas ni atado. Lo llevas a la Feria de Abril y lo tienes enfurruñado hasta que se va, no aguanta las sevillanas, la Feria, la Virgen, el Rocío, las casetas. En mi casa tenía discos de Fosforito, de un tal Paco Herrera, de Manuel Gerena. Pero estos discos los ponía poco. Yo nunca diré que soy andaluz. Mi padre y mi madre lo son. Yo soy catalán. Hace un año que no voy al pueblo de mis padres. Pero el pueblo de mis padres está todo el día en mi casa. Y como he dicho muchas veces, Jaén no es esa Andalucía que sale en los anuncios de playita y pescaíto y buenrollito. Y la parte de Jaén texmex del norte medio manchega, menos que menos todavía. Dicho esto, a mi madre le gusta bailar sevillanas y a mis primas de Vilches. Etc. No creo que esto haya servido para aclarar nada ni ponernos en situación, pero la idea está ahí.
El otro día leí un artículo en el que le daban vueltas al fenómeno Rosalía, la cantante o cantaora catalana que ahora lo está petando haciendo algo parecido al flamenco. No la he escucachado demasiado porque lo que hace no me interesa mucho. He visto algún vídeo, no es lo mío. Creo que la Mala Rodríguez lo hace mejor y con más mala leche. Y creo que la Silvia Pérez Cruz lo hace con más clase (el productor es el mismo). Esto es más de petarlo. El debate está ahí.
El tema parece ser el siguiente. Hay un movimiento de juventud andaluza o de gente andaluza en general que no soporta más que lo andaluz no sea tomado en serio. Que llegue Rosalía y consiga éxito y fama emulando y digamos haciendo una versión controversial de lo andaluz o lo flamenco, que tiene tanto que ver una cosa con la otra como el automovilismo con la circulación. Que la gente no entienda La Peste porque se habla en 'andaluz'. De la misma manera que mucha gente se molesta por el giro andalusí de Los Planetas. De repente, parece que hay gente que se pregunta por allí que qué pasa.
Y me imagino a un grupo de gente en el barrio de la Alameda, discutiendo, hablando, de repente entusiasmados con eso que en el artículo se llama un proceso de Construcción nacional popular, con una especie de movimiento por el cual la juventud andaluza se está dando cuenta y construyendo referentes culturales que dignifiquen lo que es ser andaluz.
Nos molesta lo de Rosalía, escuchando e interpretando todos los días música que no sabemos de dónde es. Me llamo Antonio Molina Juanes, mis padres son de Jaén, yo soy catalán. Tengo 43 años. Qué música podría hacer. A quién le falto el respeto.
Una de las cosas que me llama la atención del artículo, que no sé si tiene que ver o no, es la desconexión de esa juventud andaluza que construye nosequé con lo que significa el hecho de tener una buena parte de su población desplazada, con un número indefinido de descendientes que beben de las diversas tradiciones andaluzas, mezcladas con otras tradiciones de los lugares donde viven y que construyen referentes nuevos. Y antiguos. Una especie de ignorancia que basa lo andaluz en lo que se hace en Andalucía, como si lo que se hace fuera de allí, a veces sin querer vincularlo, muestra la riqueza de quienes se fueron (porque estaban hasta los cojones de la mierda que se vivía allí y en muchos casos rompieron lazos para siempre... pero lo que es es) y construyen algo nuevo, a veces contra lo que significa lo andaluz en su forma más tópica. Lo que yo llamo 'hablar de los catalanes' pensando que los catalanes somos todos Jordi Pujol. No saber que los catalanes también somos tus primos de Sant Adrià, Ciudad Badia, Terrassa o Santa Coloma. Y desconocer que esos catalanes que salen en la tele haciendo cosas que parece que te están robando algo, realmente es porque viven y conviven en una Catalunya que es otra cosa.
Otra cosa que, sobre todo, le toca las pelotas a quienes piensan que somos solo 'españoles viviendo en Catalunya', aunque hayamos nacido aquí. Fascistas de mierda.
Entonces.
Leo el artículo y yo no soy andaluz, pero me suena. Construir procesos de identidad nacional popular en torno a la puesta en valor de lo andaluz. Lo andaluz qué es. Vayan al Cabo de Gata. Recorran ese tramo que va desde Granada a Málaga pasando por la A-92, vivan durante un tiempo en Jaén, en la parte despeñaperril de Jaén, ese pueblo de dónde es la Reme que está más cerca de Baza que de Almería. Qué es lo andaluz. Lo catalán qué es. El autor del artículo es un politólogo que vive 'exiliado' dice en Madrid. Como mis padres, supongo. O como los chavales y chavalas del pueblo de mis padres que han podido salir de allí y que no se preocupan tanto por una cuestión de apropiación cultural como de mera supervivencia.
Parece que lo que molesta es que alguien haga negocio con algo que parece que es tuyo. El flamenco, lo andaluz. Es eso. Nos molesta a todos que hagan negocio con algo que es nuestro, con nuestro trabajo, nuestras ideas, nuestro entorno.
Me parece estupendo que haya una juventud andaluza que, dicen, al calor de lo que se vive aquí en Catalunya (lo que ellos creen que es Catalunya), construyan... que le den valor a lo que es. Pero qué es.
Me parece estupendo. Y no. En lugar de preocuparse por si la gente entiende La Peste o a los habitantes de la sierra del Alosno, o el habla frenética de mi prima Juani, podríamos preocuparnos por qué la gente andaluza tiene que largarse de cualquier parte donde vivan a otro sitio, porqué si no tienes una carrerita estás cagado de las moscas o porqué la única manera de salir del agujero es la maldita oposición. O escribir desde Madrid o desde Santa Coloma.
De la misma manera, en lugar de preocuparnos por procesos de construcción nacional, le hiciéramos algo de más caso a la lucha de clases. Y no ir de la mano de la derecha a construir nada. De la misma manera, quienes son como yo descendientes de andaluces, gallegos, maños, extremeños... podríamos preocuparnos de lo mismo y no hacer caso a quien hace de esa identidad un factor de lucha. La identidad nacional, la identidad del lugar, no la clase. Vamos, que mi padre le gustaban las sevillanas de Gente del Pueblo porque hablaban de lo que hablaban. Y no por las sevillanas en sí.
Construcción Nacional Popular aquí, por lo que estoy viendo, no sirve nada más que para construir movimientos populistas de derechas. Espero que en esa terraza del barrio de la Alameda o tomando cañas en nosedonde, alguien se de cuenta. En vez de construcció nacional popular, un poquito más de lucha de clases.
Aquí nos está yendo como una mierda.
Me voy a ver el Athletic Club. Porque como muchos andaluces e hijos de andaluces y catalanes, somos del Athletic Club. De Bilbao, claro.
viernes, 3 de agosto de 2018
Gastarbeiter
Cuando llegó allí y nos lo quiso enseñar le pusimos todos pegas. Todos le dijimos que aquel coche era una mierda. Que quién le había engañado para comprarse semejante elefante, que era un coche pasado de moda. Que con aquel coche podía irse de vuelta a nuestra tierra y fardar delante de la gente todo lo que quisiera, pero que aquí mejor lo guardaba debajo de una loneta para que no le vieran demasiado. Que era el típico coche que se compra el que no ha tenido nunca coche y que de repente se compra un coche y quiere todo el mundo se entere de que tiene coche. Y le dijimos todo eso y más. Yo creo que le dije de todo y aún no había visto el coche. Mehi trabajaba en la Opel y al parecer había salido una oferta para los trabajadores. A los que cumplieran con una cuota de trabajo tal, les hacían un descuento si se compraban el modelo nosequé. El que se compró Mehi. Y ahí estábamos todos diciéndole que le habían engañado, que ese coche no valía para nada. Que los coches alemanes de verdad eran los Mercedes, los Volkswagen incluso. Pero un Opel, qué mamarrachada de coche era esa, que en nuestra tierra podría engañar a la gente, con la pegatina en alemán y todo eso, pero que nosotros que sí que sabíamos lo que era ese coche, nosotros nos íbamos a reír de él toda la vida. Que vaya error que había cometido.
Y sin embargo, durante todo el tiempo que Mehi tuvo aquel Opel, venía todos los fines de semana al campo de fútbol del barrio a tomar algo y a dejarse ver con la gente de su pueblo. Y se traía el coche.Y dejaba el coche aparcado e inmediatamente nos poníamos a criticar su coche y a meternos con él. Mehi nunca decía nada. Nos miraba más contento y más feliz que todas las cosas. Se tomaba una cerveza, apuraba dos o tres cigarrillos, hablaba de algo intrascendente con la gente de su pueblo, miraba algún partido de fútbol y se volvía para casa. Una de las cosas por las que nos metíamos con Mehi era porque ese coche parecía de una familia numerosa y Mehi no se había casado. Mehi vino con 19 años y aquel coche se lo compró a los 21 años. Algunos le criticaban porque le decían que en vez de comprar un coche tendría que haber ahorrado más para enviar dinero a casa.
Solemos hablar de lo que no sabemos y de lo que sabemos solemos hablar mal. Solemos saber de muy pocas cosas. Mehi pensaba a lo grande. Se compró aquel Opel porque quería formar una familia y pensó que primero podría llevar el coche y la familia vendría después. Mehi empezó a hablar con una sobrina de Franz, el dueño del bar y presidente del equipo de fútbol. La chica se llamaba Sonja. Se hicieron novios y finalmente se casaron. Mehi se cambió de coche y se compró un coche más pequeño entonces. Vendió el Opel y de repente, un día, le vimos aparecer en el campo de fútbol con un Volkswagen Escarabajo. Se dejó el pelo largo. Sonja se quedó embarazada.
Todos le criticamos que se cambiara de coche ahora que estaba esperando familia. Que el Opel era mejor coche, más consistente. Que aquel Volkswagen no tenía sentido.
Mehi nos miraba y nunca decía nada.
jueves, 2 de agosto de 2018
El siglo XXI
Y eso es muy siglo XXI, muy de ahora. Ser especiales, contar cosas que nos hagan sentir bien, especiales, cosas que hacemos, que comemos, nuestros sentimientos, las canciones de Michigan y Smiley que solo conozco yo y mi hermano quizás, las bandas que nos molan, los grupos que seguimos, etc. El paseo que he hecho con mi padre. El paseo que he dado hasta ir a un sitio a coger un papel acojonado porque pensaba que el papel es de otra cosa y luego me doy cuenta de que el tal papel es nada y que todo es cosa de la burocracia y os lo cuento y parece que está pasando algo. Y no está pasando nada.
Estoy de reformas en casa. Contado así parece algo. El siglo XXI está entrando en mi casa. Y esperas una historia. La historia de un enchufe que no he sabido cambiar nunca y que hoy por fin ha entrado de nuevo en el circuito de la luz y la energía. Y ya podrás ir y venir por mi casa de una manera reglamentaria, hola, enciendo una luz, esa luz se enciende. Hola siglo XXI. Supongo que la respuesta lógica a todo este discurso es echarme en cara que hay mucha gente que no puede escribir chorradas sobre un monomando. Hay muchas cosas que no pueden ni siquiera pensar. No pueden pensar en la diferencia entre una fotografía con la pica húmeda o la pica seca. La pica seca es de no tener agua y eso es porque está el monomando. No sé hasta qué punto es necesario contar que habrá pisos, casas, edificios, viviendas, que en Santa Coloma tampoco tengan el monomando. Y que tengan que ir a por agua a las fuentes públicas. Y que tengan otras cosas más que les deje fuera del circuito de las muy buenas noticias diarias.
Hola, me llamo Antonio, escribo cosas cuando no tengo que hacer otras cosas del trabajo. Hoy estoy muy emocionado porque tengo un grifo monomando. Y un interruptor, dos interruptores nuevos. Y la cisterna ya no me hace vivir en el Sonar todos los días, todo el rato. Y ayer, en un alarde de optimismo y esperanza en el siglo XXI, regué las plantas y remojé el suelo de la terraza. Y habrá que ir pensando en qué poster poner para tapar el agujero tapado del techo. Y todos son inputs positivos.
Porque el siglo XXI es esperanza y fe en el mañana. Y yo quiero ahora que todos conmigo, en torno al grifo monomando, reflexionemos y compartamos nuestras experiencias. Esa puerta cambiada, esa ventana, ese nuevo ventilador.
La esperanza y la fe en el futuro. En que el siglo XXI nos de el brillo del monomando, la eficiencia del interruptor. Que haya luz y se hizo la luz. Que haya agua, y se vino el agua. Y olvidemos el pasado y encaremos el mañana con alegría y con la ilusión de quien levanta la maneta y ve correr el agua.
Alabemos el progreso y digamos bien alto, sí. Sí. Sí.
Ayer, afeitándome, sangraba como un cerdo. Todavía no lo tengo todo por la mano en esto de vivir.
Pero avanzo.
miércoles, 1 de agosto de 2018
Trabajadores del mundo
A qué nos enfrentamos. Nos enfrentamos a una concepció del trabajo por la cual los trabajadores, como tal, los trabajadores que tienen pinta de trabajadores, se mueven como trabajadores, hablan como trabajadores, sienten como trabajadores y reivindican como trabajadores, son molestos. Nos gustan más otros trabajadores.
Entrevista en Rac 1 al representante de los taxistas, del sindicato de Taxistas Elite, creo recordar. Bien, el hombre, una persona joven, no sé si víctima de los nervios o la tensión, balbucea, duda, tartamudea, se hace incómodo escuchar las causas y motivos por los cuales la huelga ha de seguir adelante. Los tertulianos, que le preguntan, el conductor del programa, que le pregunta, insiste, incide, el representante de los taxistas parece perdido. Acto seguido, aparece en antena un conductor de coche de Cabify, un señor de 59 años que tuvo que abandonar su trabajo anterior para cuidar a su madre por el Alzheimer y que cuenta las bondades de su trabajo y lo buenos que son los propietarios del coche que conduce porque le dieron trabajo. El señor cuenta que los taxistas han llegado a dispararle. Casi no se nota la diferencia entre uno y otro, ¿verdad?. El que no sabe y el que te llevarías a casa. Hay que cuidar todos los detalles.
Trabajadores, periodistas que se enfrentan a trabajadores del taxi, como en su día lo hicieron con los estibadores. Colectivos privilegiados a ojos de una sociedad en la que la gente que va a trabajar, ya no trabajadores, no tienen ningún tipo de privilegio. Qué quieren, si viven mejor que quieren. Privilegiados, trabajadores, sindicatos, chorizos, vagos, aprovechados.
Trabajadores. En algún comentario tuitero, leo que los taxistas son como rémoras de otro tiempo que se resisten a entender que el cambio... los cambios. Los cambios siempre se dan a favor del que tiene más que ganar. Los cambios tienen un sentido único, inexorable. El que hay. El Gobierno hace como que, pero no hará nada. Hará lo que se le diga. El Ajuntament de Barcelona, los míos, se ponen de parte de los taxistas, como es natural. Los taxistas.
A qué nos estamos enfrentando. A un cambio de paradigma. A un cambio de sistema. No quieren trabajadores. Hay trabajadores, todavía, en las fábricas, en los polígonos. Los hay. Ahí están. Quiénes son. Dónde están. Hay gente con el chaleco de la empresa. Hay muchos falsos autónomos haciendo todo el trabajo y más. Hay gente que cualquier día se matan quinientos en bici por ir a repartir. Economía colaborativa, economía dinámica. No te estanques, sé libre, crece, no te sujetes a normas y a privilegios. Jordi Graupera se fue a Nueva York y aprendió a endurecerse, haz tú lo mismo. Crece, sufre, lucha. Trabaja y no te acomodes.
Este es el mundo que tenemos. Un mundo en el que hay trabajadores con convenios, secciones sindicales solo en lo público, y millones de personas que ya viven de espaldas a todo, que hacen lo que se les diga y con orgullo, porque están en la nueva época. Una nueva época que se parece tanto al siglo XIX.
No sé, creo haber repetido estas cosas muchas veces. Da igual. En las próximas elecciones hay que votar a quien nos asegure que este sistema va a seguir igual, que no toque demasiadas cosas, que nos asegure la miseria, la oposición, la plaza, y que no toque nada. No se puede tocar nada. Los taxistas, qué antigüedad y qué falta de adaptación. No han sabido ponerse a la altura de los tiempos. Viviendo del privilegio.
En tv3 hay un programa patrocinado por AirBNB. Una tele pública al servicio de una idea y contra otra. Capitalismo contra otra cosa. Ya no sabemos lo que somos, pero ahí estamos. no ahorran ni un euro en publicidad para hundirnos, todos los días.
El conductor de Cabify que acaba diciendo que la competencia es buena: mirad Telefónica, dice. Preguntar a los trabajadores de las subcontratas a ver.
Los taxistas ocupando la calle, los periodistas entrevistando como si estuvieran de chufla, o como si estuvieran en un frente de guerra. El periodista protagonista. El taxista como amenaza.
La próxima huelga general será otra vez nacional, me temo. Sus mensajes se entienden mejor.
Acaba ya el texto y ponte a trabajar, vividor.
Entrevista en Rac 1 al representante de los taxistas, del sindicato de Taxistas Elite, creo recordar. Bien, el hombre, una persona joven, no sé si víctima de los nervios o la tensión, balbucea, duda, tartamudea, se hace incómodo escuchar las causas y motivos por los cuales la huelga ha de seguir adelante. Los tertulianos, que le preguntan, el conductor del programa, que le pregunta, insiste, incide, el representante de los taxistas parece perdido. Acto seguido, aparece en antena un conductor de coche de Cabify, un señor de 59 años que tuvo que abandonar su trabajo anterior para cuidar a su madre por el Alzheimer y que cuenta las bondades de su trabajo y lo buenos que son los propietarios del coche que conduce porque le dieron trabajo. El señor cuenta que los taxistas han llegado a dispararle. Casi no se nota la diferencia entre uno y otro, ¿verdad?. El que no sabe y el que te llevarías a casa. Hay que cuidar todos los detalles.
Trabajadores, periodistas que se enfrentan a trabajadores del taxi, como en su día lo hicieron con los estibadores. Colectivos privilegiados a ojos de una sociedad en la que la gente que va a trabajar, ya no trabajadores, no tienen ningún tipo de privilegio. Qué quieren, si viven mejor que quieren. Privilegiados, trabajadores, sindicatos, chorizos, vagos, aprovechados.
Trabajadores. En algún comentario tuitero, leo que los taxistas son como rémoras de otro tiempo que se resisten a entender que el cambio... los cambios. Los cambios siempre se dan a favor del que tiene más que ganar. Los cambios tienen un sentido único, inexorable. El que hay. El Gobierno hace como que, pero no hará nada. Hará lo que se le diga. El Ajuntament de Barcelona, los míos, se ponen de parte de los taxistas, como es natural. Los taxistas.
A qué nos estamos enfrentando. A un cambio de paradigma. A un cambio de sistema. No quieren trabajadores. Hay trabajadores, todavía, en las fábricas, en los polígonos. Los hay. Ahí están. Quiénes son. Dónde están. Hay gente con el chaleco de la empresa. Hay muchos falsos autónomos haciendo todo el trabajo y más. Hay gente que cualquier día se matan quinientos en bici por ir a repartir. Economía colaborativa, economía dinámica. No te estanques, sé libre, crece, no te sujetes a normas y a privilegios. Jordi Graupera se fue a Nueva York y aprendió a endurecerse, haz tú lo mismo. Crece, sufre, lucha. Trabaja y no te acomodes.
Este es el mundo que tenemos. Un mundo en el que hay trabajadores con convenios, secciones sindicales solo en lo público, y millones de personas que ya viven de espaldas a todo, que hacen lo que se les diga y con orgullo, porque están en la nueva época. Una nueva época que se parece tanto al siglo XIX.
No sé, creo haber repetido estas cosas muchas veces. Da igual. En las próximas elecciones hay que votar a quien nos asegure que este sistema va a seguir igual, que no toque demasiadas cosas, que nos asegure la miseria, la oposición, la plaza, y que no toque nada. No se puede tocar nada. Los taxistas, qué antigüedad y qué falta de adaptación. No han sabido ponerse a la altura de los tiempos. Viviendo del privilegio.
En tv3 hay un programa patrocinado por AirBNB. Una tele pública al servicio de una idea y contra otra. Capitalismo contra otra cosa. Ya no sabemos lo que somos, pero ahí estamos. no ahorran ni un euro en publicidad para hundirnos, todos los días.
El conductor de Cabify que acaba diciendo que la competencia es buena: mirad Telefónica, dice. Preguntar a los trabajadores de las subcontratas a ver.
Los taxistas ocupando la calle, los periodistas entrevistando como si estuvieran de chufla, o como si estuvieran en un frente de guerra. El periodista protagonista. El taxista como amenaza.
La próxima huelga general será otra vez nacional, me temo. Sus mensajes se entienden mejor.
Acaba ya el texto y ponte a trabajar, vividor.
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