Que un pleno telemático no tiene la misma gracia que un pleno presencial, es algo sobre lo que no hace falta detenernos demasiado. Que un pleno telemático parece más participativo que un pleno presencial, resulta extraño, pero es así. Y es así por un motivo que me voy a sacar de la manga ahora mismo y que es el siguiente. No hay nada mejor que hacer que mirar una pantalla. Mirar una pantalla es lo mejor que nos ha podido pasar a los seres humanos para no despedazarnos los hunos a los otros. Mirando una pantalla, somos felices y al mismo tiempo estamos más atentos. Así, intervenciones que de otra manera nos hubieran resultado insufribles, al verlas en una pantalla, pequeña o grande como es mi caso, adquieren otra relevancia. Insufribles tostones de bienquedismo repelente que te llevan indefectiblemente a mirar la pantalla del móvil para distraerte, para evadirte, para huir, cuando se llevan a cabo de manera corpórea, cuando los tienes delante en la sala de plenos, en cambio aquí, gracias al poder seductor de la pantalla, nos resultan estimulantes y nos llaman la atención. Inaguantables retahílas de grandes éxitos, alegatos lamentables en pos de una seguridad colectiva por los que se cuela la inequívoca intención del que los pronuncia de no estallar en una carcajada porque no produce más que risa lo que dice, la consabida intención de parecer más de lo que eres y camuflarlo con rictus severo, con vocabulario institucional, con el manejo y la soltura que da haber visto y vivido entre ALTOS CARGOS DE LA ADMINISTRACIÓN, te mantienen pegado a la pantalla porque en la pantalla todo es mejor. Y por eso, los plenos, siempre son mejores y serán mejores y perderán en intensidad y contenido cuando sean presenciales. Pero ganarán en otras cosas, como el detalle, los atuendos, las vestimentas o la simbología. Una simbología que pierde, eso sí, bastantes enteros incluso en mi pantalla de chorrocientas pulgadas. Así, lo que en otro momento se soluciona con una camiseta, que impacta y que golpea los sentimientos y hace tambalear las creencias de quien la contempla, aquí forzando la situación, pierde efecto. Tu camiseta no se lee.
No se lee.
El cuadro de fondo no se ve. No se ve si lo que tienes detrás es a su majestad boca abajo o un cuadro de Boca Arriba. Nadie se entera de la broma. A no ser que digas en mitad del pleno: tengo detrás un cuadro de su majestad boca abajo porque soy bla bla bla. Los plenos sirven también para apreciar el gesto, la disposición de ánimo, lo que te dije, de los diferentes regidores. Excelsos los míos y con variado ademán el resto. Mención especial en este pleno la sucesión de planos expresionistas del regidor de Movilidad, Toni Atienza, que nos regaló toda una serie de picados, primerísimos planos de una mano, planos dignos del mismísimo Orson Welles, planos que parecían querer minimizar su propio papel en el pleno, planos sobrevenidos de caída de móvil, etc. Festival de 'no sé dónde apoyar el móvil' que, en estos dos o tres meses que llevamos ya que ya he perdido la cuenta, se podrían haber solucionado pero que por lo que sea, no ha podido ser. Accésit también a la incomprensible ceremonia de la confusión que protagonizaron la alcaldesa y el teniente de alcaldesa Esteve Serrano. Si ambos estaban en la misma sala y era evidente que había un problema de conexión que convertía cada intervención del teniente de alcaldesa Esteve Serrano (que no son pocas y todas ellas siempre de interesante nivel de interpretación desde lo meramente administrativo a lo instructivamente aleccionador cuando no retorcidamente menospreciativas de lo que se hace y se dice desde otro lado), en una fantasía de cacofonías, acoples y todo eso que te lleva a estar todo el rato, aunque lo estés viendo por el youtube, a ponerte la mano en la boca y en la oreja diciendo no, no no, incluso a sabiendas de que nadie te escucha ni te ve. Y digo yo. ¿Por qué no se pusieron los dos en el mismo ordenador y ya? Por los dos metros. Con no hablar a la vez. Ahora me levanto y hablo yo, ahora voy yo y me siento. Y así. Son ideas. Me he hecho un máster en ideas, pero me las quedo para mí casi todas.
Porque, abro ahora otro melón que ya es un melón antiguo y siempre moderno, las ideas de uno, ¿qué hacer con ellas? Está el ciudadano esperando conocer mis ideas o acaso el ciudadano no es ya sabedor de mis ideas y lo que quiere es que confrontemos las ideas unos con los otros y que de ello surja algo. O que no surja nada, que simplemente se imponga la idea que apoya y listos. Convencer al ciudadano de que mi idea es mejor que la idea del otro, en estos tiempos, parece peregrino, y lo que se va haciendo cada vez más visible es que lo importante es que los tuyos no se pierdan, que ellos ya saben cuáles son las ideas y que lo que aquí cuenta es estar, dar caña, no enmendalla jamás y arriba la pestaña en cualquier momento y posición. Las ideas, más aún en esta ciudad, tienen las patas muy cortas y al final siempre se saben. Las ideas, las cosas, en esta ciudad que yo quiero más de lo que voy a querer y ahora sí que lo tengo claro a medida que me hago mayor, son inalterables, son de uno y no se transmiten. No traspasan. No se contagian. No le interesan a la gente. Las ideas, las que yo tengo, ya sabes cuales son y ahora lo que me gustaría es que tú, que tienes tus ideas, las digas, las expongas, las difundas, no para convencer al que no te quiere, sino para agradar al que ya te escucha, aunque las ideas no signifiquen nada concreto y solo se busque el estar. Estar.
Acto de presencia.
Por las mañanas he adquirido la costumbre de salir a caminar. Para que no me confundan con un deportista, voy vestido de calle aunque estos dos días, por el riesgo de lluvia y charcos, llevo puestas unas bambas quechua. Hago un trayecto que no tengo ni mucho menos calculad y aproximadamente empleo una hora en hacer la ida y la vuelta. Adelanto solo a personas de edad avanzada o a las que les importa todavía menos que a mí si van despacio o si van deprisa. El vial camino de Montcada es espacio de encuentro, de saludo corto, de mirada de 'ya te vi ayer', de sorpresa ante la cantidad de camiseta de color fluorescente que puede tener una persona guardada. Caminar no me ayuda a pensar demasiado ya que llevo la radio puesta y me concentro en lo que escucho. Noticias. La cosa está de aquella manera nada más. Surgen nuevas propuestas, nuevas plataformas y yo me hallo confuso. No me parecen estimulantes. Pero parecen obligarme a que de mi asentimiento. Y es que no. Pero parece que haya que poner buena cara.
El Pleno.
Santa Coloma de Gramenet es una población de unos 117mil habitantes. Hemos pasado dos meses encerrados en casa. Encerados. Ahora ya todo es prácticamente normal. Nuestros bares de referencia ya admiten a gente próxima a la barra. Todo funciona prácticamente con la misma normalidad que antes. Lo que antes parecía urgente, excepcional, ya mismo, shock, choque, casatchock, ahora es ya normal y lo que parecía que no se iba a tener en pie ahora parece más inamovible que nunca. Todo parece que ya estaba bien antes y que nada puede cambiar porque se ha demostrado, se ha demostrado, que una bandera nos hermana. Dos hermanas. El Pleno de ayer demostró que todo vuelve a la normalidad. Que lo que tiene que ser es, que lo que hay es lo que habrá y que, pese a todo, estamos ahí. Estamos ahí aunque no nos quieras ver, aunque nos confundas con un fantasma del pasado. Los lapsus. Las equivocaciones. No somos Podemos, no somos ICV-EUiA. No somos lo que a ti te parezca, somos lo que somos. Y lo sabes. Lo sabes tanto que quisieras que no estuviéramos. Pero estamos. Es difícil que nos vayamos. Tan difícil que no quieres ni escucharnos. El pleno demostró que en estos tiempos necesitamos de los Servicios Sociales más potentes de todo el Área metropolitana de Barcelona. Los necesitamos, es urgente, es preciso. Es precioso. Por lo que sea, por causas que desconocemos, en Santa Coloma no todo el mundo puede ir a las terrazas de los bares a hablar alto y a pedir que nos pongan una mesa. Por lo que sea, hay gente que lo pasa mal. Pero mal, mal. Y la respuesta ha de ser, al menos, abrumadora. Y no lo es. No lo es. Por mucho que pongamos carteles, buena cara y hablemos de esto y lo otro. Personas que van a recoger comida a lugares. Recoger arroz, leche, aceite, pasta. Lo que les den. Y en muchas ocasiones se mira a otro lado o se ponen excusas o se dice que es que ya te llamaremos o se habla del padrón. Y pasa esto. Personas, vecinos y vecinas nuestras, que hacen una cola y van con su carrito y recogen cuatro cosas. Y eso ha de resolverse. O ya está bien. Pues parece que ya está bien y ya lo iremos mirando. Es lo que hay. Es lo que tenemos. Policía y gente limpiando. Y buena voluntad. Y buenos corazones. Creo que ya no tengo ganas de seguir hablando mucho más del tema.
El Pleno. Recuerdo para la Carmen Palma, que era una mujer que trabajaba en el Ajuntament y que tenía pinta de buena gente. Y que cuando hablaba, en charlas, conferencias, actos, demostraba que era buena gente.
El Pleno. Declaración de apoyo a la Nissan. Pero apoyo para qué. Sí, claro en la declaración ya lo dice, pero en el tono de la alcaldesa ayer parecía traslucirse no sé, un poso de pesimismo, de apoyo ante lo que es algo consumado e irreversible. Y si lo es, que se diga y se hable claro. Qué perspectivas tenemos. Qué país nos espera.
Una mierda como un castle.
Empresas de limpieza que no aguantan la concesión porque quieren ganar tanto dinero que pasan de todo cuando no lo ganan y explotan y explotan y aquí se cambiará por otra y a ver si hay suerte y es l o que hay. Siempre es lo que hay. Municipalizar. Es lo que hay. No se puede. La regidora y seguro que Teniente de alcaldesa Ana Belén hace piruetas verbales para explicar que es que. Es que qué.
Solo hay un momento en el que algo ocurre en el que todo se vuelve plano y te permite huir. Incluso con la pantalla. Siempre hay alguien o algo que te deja la mente en blanco. Alguien que te invita a soñar, con su tono monocorde, con su falta entonación. La prosodia estudia el acento, el tono y la cantidad. Ni plano contrapicado, ni luminosa habitación, sino una pequeña intervención que parece extensa porque no hay manera de que esa imagen de habitación plateada, de algo de color plata mate. Ambiente. La nada. Cifras y letras. Cálculos y proyecciones. El infinito. El momento ese que imitan todas las películas del espacio en las que se meten en un agujero o en una dimensión o en yo que sé y van avanzando y se va reflejando en el casco del que va en la nave. Ese momento.
Conversiones de locales en otras cosas y la discusión sobre si se quiere hacer una cosa o la otra y no parece que estemos entendiendo todos lo mismo sobre el mismo punto y unos votan a favor y nosotros miramos con cara de extrañeza y nosotros votamos en contra y parece que algo no. Algo que no. Que no puede ser.
Y seguro que me dejo alguna cosa en el pleno, como el abuso de la empresa que gestiona el cementerio en plena pandemia, pero que ya se arreglará y mira que no fue un pleno en el que hubieran demasiadas cosas y tendría que explayarme más pero es que no quiero resultar pesado.
Mociones. No presentamos mociones menos ERC que presentó mociones. Al presentar mociones normalmente uno se presta al debate y a la confrontación. Cuando no hay debate suele ocurrir que las cosas se transforman en Declaraciones Institucionales. Las mociones sirven, casi siempre, para retratar al otro. Vótamela en contra y te diré que la has votado en contra. Ayer ERC presentó dos mociones. Una para poner el nombre de Ramon Rodríguez, trabajador de la Biblioteca a un espacio de Can Peixauet y que fue aprobada. Y otra para garantizar el respeto a las distintas confesiones religiosas o espirituales en los enterramientos, centrada en la comunidad musulmana. Y se aprobó también, aunque estaría bien que la moción hubiera incluido a todas las confesiones religiosas y que, bueno, hay que ser un chungo para querer confrontar en estos temas. Y nada.
Y con esto poco más. Otro pleno más. Me dicen que no será el último telemático, que habrá más como este. De pantalla y tal. Mejor, porque se entera uno mucho más de todo. Aunque estaría bien que...
Bah, a quién le importa.
¿Cuánta gente vería el pleno ayer?
Es una pregunta que seguro que tiene una fácil y sencilla respuesta.
Ya estábamos yéndonos cuando en las preguntas surgió un tema de candelero y candelabro, de vídeo en facebook y post airado. La seguridad. Es que no hay una policía aquí. Y hubo cierto debate pero se notaba que no había ganas de pelea. O quizás se estaban peleando y yo no me di cuenta. El Salva Tovar de Ciudadanos y la alcaldesa. No se estaban peleando. Iban de buenas. O no. No lo pillé.
Es que he descubierto que mi mejor hora es recién levantado. Andando o sentado en el sofá. Pero ahí.
Disfrutando de la naturaleza y eso.
martes, 9 de junio de 2020
lunes, 8 de junio de 2020
Schrieben
Algo más de Danuta Wolinska:
'De la revista Jesus out of the Church. De allí venían. Eran unos quince o veinte. Invitados por alguien de la diócesis, llegaron a Berlín y desde Schrieben me dijeron que porqué no organizábamos algo. Un encuentro, unas charlas, la experiencia católica norteamericana, etc. Así lo hice. Y juntamos a gente de la suya y gente católica alemana y montamos una semana de debates y conferencias. Fue muy interesante. En una de estas conferencias participó Lea Martinski. Su familia era polaca emigrada y ella era una seglar que había alcanzado cierto prestigio como polemista por sus ideas sobre el celibato y la ordenación de mujeres. Lea Martinski participó en una charla sobre, precisamente, su tema. Y se explayó. La comunidad católica berlinesa era entonces muy reacia a aquellas ideas y su charla fue muy polémica. Generó un debate bastante extenso y hubo congregaciones que llegaron a contar enfrentamientos bastante importante entre sus miembros. Lea Martinski se quedó en Berlín unos días más para pasar después a Polonia a buscar sus orígenes familiares. Como yo era polaca, contactó conmigo y quedamos para charlar. En un primer momento Lea Martinski me recordó a alguien. No la supe ubicar. Fuimos a un restaurante a cenar y luego a un café que se llamaba, entonces, Luzern y que ahora se llama Sweenie. Cuando era Luzern era mejor que como Sweenie, pero como Sweenie tiene más éxito. Supongo que la gente va buscando el morbo y se imaginan que esos pastelitos que venden para acompañar el café están hechos de...
El Luzern era un café que quería ser como los de antes. Con su música en vivo, alguien al piano, o al violín, o al piano y al violín, pocas veces un cantante. Lea Martinski era muy apasionada al hablar. No era muy alta, llevaba el pelo cortado como un tazón y unas gafitas pequeñas. Cuando hablaba, parecía que chillaba. Sus argumentos me parecían irrefutables y lo único que hacía era darle la razón. Se puso pesadísima hablándome de Philly. O Phylli. No sé. Philadelphia. Su ciudad. Echaba pestes de los 'traidores' decía, que hablaban mal de la ciudad. Que no era cierto que fuera violenta, que lo que pasaba es que... y me narró la historia de la ciudad vista desde el punto de vista del emigrante bueno que asume su condición y no da problemas. Se pidió un schnapps como yo. Decía que su padre bebía schnapps también. Su padre, decía, siempre habló bien de Alemania. '¿Y porqué se fue a América?'. 'No, mi padre no vino a América, fue mi abuelo. Mi abuelo vino a América porque era músico y llegó con una orquesta a los Estados Unidos y ya se quedó'. Su padre, siguió contando, había crecido pensando que su padre a su vez era alemán. No quería creer que era polaco. Y ella, de pequeña, también pensó que era de origen alemán. Su abuelo un día le desveló la verdad. Una verdad que tampoco era nada dolorosa, pero su padre se disgustó.
Cuando salimos de la cafetería Lea Martinski me preguntó por Polonia, cómo era, qué se encontraría. Íbamos paseando y me repetía que le gustaba Berlín. Que era una lástima que hubiera barrios que se hubieran despersonalizado tanto que parecieran...
Al cabo de un mes me llegó una postal a la revista desde Varsovia. Lea Martinski me contaba que estaba reencontrándose con algo que pensaba oculto y lo tenía dentro. Que estaba en ella. Algo le había pasado.
Un año después, me llegó un libro también a la redacción de Schrieben 'Jesús era Jesús'. Y sí, había cambiado. Mucho. En el libro, una dedicatoria. 'Para una mujer cristiana polaca'. Tres dedos de polvo tiene el libro. Los tenía incluso cuando me llegó desde Phylly.'
'De la revista Jesus out of the Church. De allí venían. Eran unos quince o veinte. Invitados por alguien de la diócesis, llegaron a Berlín y desde Schrieben me dijeron que porqué no organizábamos algo. Un encuentro, unas charlas, la experiencia católica norteamericana, etc. Así lo hice. Y juntamos a gente de la suya y gente católica alemana y montamos una semana de debates y conferencias. Fue muy interesante. En una de estas conferencias participó Lea Martinski. Su familia era polaca emigrada y ella era una seglar que había alcanzado cierto prestigio como polemista por sus ideas sobre el celibato y la ordenación de mujeres. Lea Martinski participó en una charla sobre, precisamente, su tema. Y se explayó. La comunidad católica berlinesa era entonces muy reacia a aquellas ideas y su charla fue muy polémica. Generó un debate bastante extenso y hubo congregaciones que llegaron a contar enfrentamientos bastante importante entre sus miembros. Lea Martinski se quedó en Berlín unos días más para pasar después a Polonia a buscar sus orígenes familiares. Como yo era polaca, contactó conmigo y quedamos para charlar. En un primer momento Lea Martinski me recordó a alguien. No la supe ubicar. Fuimos a un restaurante a cenar y luego a un café que se llamaba, entonces, Luzern y que ahora se llama Sweenie. Cuando era Luzern era mejor que como Sweenie, pero como Sweenie tiene más éxito. Supongo que la gente va buscando el morbo y se imaginan que esos pastelitos que venden para acompañar el café están hechos de...
El Luzern era un café que quería ser como los de antes. Con su música en vivo, alguien al piano, o al violín, o al piano y al violín, pocas veces un cantante. Lea Martinski era muy apasionada al hablar. No era muy alta, llevaba el pelo cortado como un tazón y unas gafitas pequeñas. Cuando hablaba, parecía que chillaba. Sus argumentos me parecían irrefutables y lo único que hacía era darle la razón. Se puso pesadísima hablándome de Philly. O Phylli. No sé. Philadelphia. Su ciudad. Echaba pestes de los 'traidores' decía, que hablaban mal de la ciudad. Que no era cierto que fuera violenta, que lo que pasaba es que... y me narró la historia de la ciudad vista desde el punto de vista del emigrante bueno que asume su condición y no da problemas. Se pidió un schnapps como yo. Decía que su padre bebía schnapps también. Su padre, decía, siempre habló bien de Alemania. '¿Y porqué se fue a América?'. 'No, mi padre no vino a América, fue mi abuelo. Mi abuelo vino a América porque era músico y llegó con una orquesta a los Estados Unidos y ya se quedó'. Su padre, siguió contando, había crecido pensando que su padre a su vez era alemán. No quería creer que era polaco. Y ella, de pequeña, también pensó que era de origen alemán. Su abuelo un día le desveló la verdad. Una verdad que tampoco era nada dolorosa, pero su padre se disgustó.
Cuando salimos de la cafetería Lea Martinski me preguntó por Polonia, cómo era, qué se encontraría. Íbamos paseando y me repetía que le gustaba Berlín. Que era una lástima que hubiera barrios que se hubieran despersonalizado tanto que parecieran...
Al cabo de un mes me llegó una postal a la revista desde Varsovia. Lea Martinski me contaba que estaba reencontrándose con algo que pensaba oculto y lo tenía dentro. Que estaba en ella. Algo le había pasado.
Un año después, me llegó un libro también a la redacción de Schrieben 'Jesús era Jesús'. Y sí, había cambiado. Mucho. En el libro, una dedicatoria. 'Para una mujer cristiana polaca'. Tres dedos de polvo tiene el libro. Los tenía incluso cuando me llegó desde Phylly.'
viernes, 5 de junio de 2020
Schrieben
Qué delicia los escritos de Danuta Wolinska:
'Un día salí de una entrevista con un personaje que me puso muy nerviosa y necesitaba que me diera el aire. Aunque fuera hacía un frío helador, necesitaba caminar. El entrevistado, no diré el nombre, era un infecto profesor universitario que se tenía por filósofo y que se dedicó a darle la vuelta a todo nuestro sistema de valores para convertir el mundo en el que vivíamos en una suerte de conjunto de imbéciles al servicio de algo que él se empeñaba en considerar eliminable y que quizás era lo más sano que yo conocía de la sociedad. No sé porqué, aborrecí el mundo. Aborrecí Berlín. Aborrecí nuestra vida que posibilitaba a imbéciles como aquel pontificar y sembrar la semilla de la idiocia entre la gente. Callejeando sin sentido, aterida pero rabiosa, encontré una especie de local, bar, pub, no sé definirlo. Un local. El local se llamaba Nostalgia. Tuve que entrar. El bar era un bar de nostálgicos. No de un solo tipo de nostálgicos. No de nostálgicos de algo en concreto. No había simbología rancia, ni parafernalia de tal o cual signo. Había ido a bares o locales que remedaban la antigua Berlín Oriental y otros de dudosísimo gusto que 'denunciaban' los años más oscuros de Berlín rayando las prohibiciones legales germanas. Aquel bar era otra cosa. La música no era música. Era algo indefinible que te llamaba a sentarte en algún sitio y dejar la mirada perdida.
Allí te conocí.
Me senté en una butaca al lado de la pared, junto a una pequeña mesita alta y pedí un schnapps. El schapps, el tercer schnapps me hizo evocar un partido de balonmano en Lodz contra el equipo de las enfermeras del hospital, cuando yo tenía 16 años. Marqué tres goles. Jugaba de extremo. Me encantaba la sensación de saltar y caer desde la punta del terreno de juego y estrellarme contra el suelo. Recordé la sensación de jugar un partido importante, que perdimos, porque las enfermeras eran mayores. Tenían a una enfermera soviética, Olenka, jugaba de pivote, nos sacaba la cabeza a todas y no éramos bajitas precisamente. Olenka parecía venir de Uzbekistán, o Kazajstán o... Nos pulverizó. Al final del partido nos saludamos todas y ella nos dijo algo en algún idioma que no era ruso.
Nunca lo había vuelto a escuchar hasta que te conocí.'
'Un día salí de una entrevista con un personaje que me puso muy nerviosa y necesitaba que me diera el aire. Aunque fuera hacía un frío helador, necesitaba caminar. El entrevistado, no diré el nombre, era un infecto profesor universitario que se tenía por filósofo y que se dedicó a darle la vuelta a todo nuestro sistema de valores para convertir el mundo en el que vivíamos en una suerte de conjunto de imbéciles al servicio de algo que él se empeñaba en considerar eliminable y que quizás era lo más sano que yo conocía de la sociedad. No sé porqué, aborrecí el mundo. Aborrecí Berlín. Aborrecí nuestra vida que posibilitaba a imbéciles como aquel pontificar y sembrar la semilla de la idiocia entre la gente. Callejeando sin sentido, aterida pero rabiosa, encontré una especie de local, bar, pub, no sé definirlo. Un local. El local se llamaba Nostalgia. Tuve que entrar. El bar era un bar de nostálgicos. No de un solo tipo de nostálgicos. No de nostálgicos de algo en concreto. No había simbología rancia, ni parafernalia de tal o cual signo. Había ido a bares o locales que remedaban la antigua Berlín Oriental y otros de dudosísimo gusto que 'denunciaban' los años más oscuros de Berlín rayando las prohibiciones legales germanas. Aquel bar era otra cosa. La música no era música. Era algo indefinible que te llamaba a sentarte en algún sitio y dejar la mirada perdida.
Allí te conocí.
Me senté en una butaca al lado de la pared, junto a una pequeña mesita alta y pedí un schnapps. El schapps, el tercer schnapps me hizo evocar un partido de balonmano en Lodz contra el equipo de las enfermeras del hospital, cuando yo tenía 16 años. Marqué tres goles. Jugaba de extremo. Me encantaba la sensación de saltar y caer desde la punta del terreno de juego y estrellarme contra el suelo. Recordé la sensación de jugar un partido importante, que perdimos, porque las enfermeras eran mayores. Tenían a una enfermera soviética, Olenka, jugaba de pivote, nos sacaba la cabeza a todas y no éramos bajitas precisamente. Olenka parecía venir de Uzbekistán, o Kazajstán o... Nos pulverizó. Al final del partido nos saludamos todas y ella nos dijo algo en algún idioma que no era ruso.
Nunca lo había vuelto a escuchar hasta que te conocí.'
jueves, 4 de junio de 2020
Schrieben
Abundando en Danuta Wolinska:
'Una de las cosas que más me gustaron de Berlín fue ir en transporte público. En todas las ciudades hay transporte público y en todas las ciudades te puedes montar en un autobús o en un tranvía, eso es más o menos normal. Pero en Berlín, el transporte público te lleva a lugares berlineses. Y me encantaba mucho más que los transportes públicos, el metro por ejemplo, te llevara a lugares de Berlín. Me pasaba horas extasiada escuchando cómo anunciaban las paradas. Los nombres de cada parada. Ver aparecer el cartel de la parada. Yo estaba allí. Un día, se sentó a mi lado un chico. Me acompañó durante todo el trayecto que hice. Yo no iba a ningún sitio. Al día siguiente, volviendo de algún sitio, me volví a meter en el metro por el placer de ir en metro y al cabo de un rato apareció el chico, que volvió a sentarse a mi lado. Hizo el mismo trayecto que yo. Dos días después me metí en el metro camino de un partido de fútbol benéfico que jugaban... y allí estaba el chico. Esta vez fui yo la que se sentó a su lado. Cuando el chico se levantó, hice lo mismo. No nos miramos ni nos saludamos. La cuarta ocasión, los dos entramos en el metro a la vez e hicimos ademán de dirigirnos al mismo asiento. En realidad eran dos asientos. Desde fuera debíamos parecer pareja. En un momento, él se lanzó y dijo el nombre de la parada siguiente. Estaba allí por lo mismo que yo.
Hicimos el trayecto juntos y fue él el que se levantó para bajarse. Esta vez me quedé hasta dirigirme a un encuentro con Magdalena Szimborska, una teóloga que iba a dar una conferencia en Berlín sobre el nuevo poder evangelista en los países del Este. Al parecer, desde que yo ya no vivía en Polonia, la situación había cambiado y muchos evangelistas habían comenzado a predicar con cierto éxito, preocupando a la curia sacerdotal de Polonia. Quería hablar con ella, escucharla y luego invitarla a cenar, ya que a Magdalena la conocía desde hacía mucho y habíamos coincidido tanto en Polonia como ya en Berlín en otros muchos momentos. Me gustó mucho la conferencia, Magdalena es muy divertida y sabe hacer interesante y ameno cualquier tema por farragoso que parezca. Nos fuimos a cenar, cogimos un taxi y fuimos a parar a un restaurante italiano del que me habían hablado muy bien que se llamaba la Santa Sede. Cenamos muy bien. Yo me pedí un risotto de primero y luego compartimos una pizza. Vino tinto y de postre un pastelito que ahora no recuerdo cómo se llamaba. Magdalena me dijo de continuar la velada con una copa en algún sitio. Fuimos a una cervecería donde ponían música electrónica ambiental, una cosa rara y aburrida, pero que a mí me gustaba porque me relajaba bastante y podríamos seguir hablando. Magdalena me contó que pensaba irse a vivir a los Estados Unidos, que le habían ofrecido trabajo en una Universidad y le contesté que me parecía la historia más tópica del mundo y que aquello no podía estar pasando. Me dijo que sí y que ya lo tenía decidido y que no era la historia más tópica del mundo. Que era una historia normal. Le dije si había conocido a alguien en Estados Unidos. Me dijo que no, que eso sí que sería tópico. Qué divertida Magdalena. Al acabar, eran las tres de la madrugada, Magdalena cogió un taxi y me preguntó si me llevaba a casa. Le dije que no, que prefería volver en metro.
Volvimos en el metro anunciando las paradas, una él, una yo. Al llegar al final del trayecto le pregunté cómo se llamaba. 'Moussa', me dijo. Algo así me imaginaba.'
'Una de las cosas que más me gustaron de Berlín fue ir en transporte público. En todas las ciudades hay transporte público y en todas las ciudades te puedes montar en un autobús o en un tranvía, eso es más o menos normal. Pero en Berlín, el transporte público te lleva a lugares berlineses. Y me encantaba mucho más que los transportes públicos, el metro por ejemplo, te llevara a lugares de Berlín. Me pasaba horas extasiada escuchando cómo anunciaban las paradas. Los nombres de cada parada. Ver aparecer el cartel de la parada. Yo estaba allí. Un día, se sentó a mi lado un chico. Me acompañó durante todo el trayecto que hice. Yo no iba a ningún sitio. Al día siguiente, volviendo de algún sitio, me volví a meter en el metro por el placer de ir en metro y al cabo de un rato apareció el chico, que volvió a sentarse a mi lado. Hizo el mismo trayecto que yo. Dos días después me metí en el metro camino de un partido de fútbol benéfico que jugaban... y allí estaba el chico. Esta vez fui yo la que se sentó a su lado. Cuando el chico se levantó, hice lo mismo. No nos miramos ni nos saludamos. La cuarta ocasión, los dos entramos en el metro a la vez e hicimos ademán de dirigirnos al mismo asiento. En realidad eran dos asientos. Desde fuera debíamos parecer pareja. En un momento, él se lanzó y dijo el nombre de la parada siguiente. Estaba allí por lo mismo que yo.
Hicimos el trayecto juntos y fue él el que se levantó para bajarse. Esta vez me quedé hasta dirigirme a un encuentro con Magdalena Szimborska, una teóloga que iba a dar una conferencia en Berlín sobre el nuevo poder evangelista en los países del Este. Al parecer, desde que yo ya no vivía en Polonia, la situación había cambiado y muchos evangelistas habían comenzado a predicar con cierto éxito, preocupando a la curia sacerdotal de Polonia. Quería hablar con ella, escucharla y luego invitarla a cenar, ya que a Magdalena la conocía desde hacía mucho y habíamos coincidido tanto en Polonia como ya en Berlín en otros muchos momentos. Me gustó mucho la conferencia, Magdalena es muy divertida y sabe hacer interesante y ameno cualquier tema por farragoso que parezca. Nos fuimos a cenar, cogimos un taxi y fuimos a parar a un restaurante italiano del que me habían hablado muy bien que se llamaba la Santa Sede. Cenamos muy bien. Yo me pedí un risotto de primero y luego compartimos una pizza. Vino tinto y de postre un pastelito que ahora no recuerdo cómo se llamaba. Magdalena me dijo de continuar la velada con una copa en algún sitio. Fuimos a una cervecería donde ponían música electrónica ambiental, una cosa rara y aburrida, pero que a mí me gustaba porque me relajaba bastante y podríamos seguir hablando. Magdalena me contó que pensaba irse a vivir a los Estados Unidos, que le habían ofrecido trabajo en una Universidad y le contesté que me parecía la historia más tópica del mundo y que aquello no podía estar pasando. Me dijo que sí y que ya lo tenía decidido y que no era la historia más tópica del mundo. Que era una historia normal. Le dije si había conocido a alguien en Estados Unidos. Me dijo que no, que eso sí que sería tópico. Qué divertida Magdalena. Al acabar, eran las tres de la madrugada, Magdalena cogió un taxi y me preguntó si me llevaba a casa. Le dije que no, que prefería volver en metro.
Volvimos en el metro anunciando las paradas, una él, una yo. Al llegar al final del trayecto le pregunté cómo se llamaba. 'Moussa', me dijo. Algo así me imaginaba.'
miércoles, 3 de junio de 2020
Schrieben
De nuevo Danuta Wolinska:
'En aquellos años en Schrieben coincidí con un redactor de deportes que se llamaba Volker Hanschrig. Volker era un fenómeno que despreciaba al Hertha de Berlín y al que solo le interesaba el atletismo. Consideraba que era el deporte, El deporte, y que el fútbol era un veneno introducido en la sociedad para desviarlo del verdadero propósito de la actividad física, del deporte, que era el enriquecimiento colectivo, el bienestar personal, etc. Volker Hanschrig medía un metro ochenta y pesaba unos 120 kilos. Digamos que su físico no se correspondía con sus creencias. Una vez, después de una reunión en la revista, nos fuimos a tomar algo. Estuvimos en una cervecería y después de preguntarme por algunas cosas de Polonia, la conversación se agotó deprisa y nos encontramos yo bebiendo schnapps sin parar y él atizándose las cervezas sin conocimiento. Nos íbamos a despedir cuando me dijo que me tenía que presentar a una prima suya que seguro que me iba a caer bien. Apenas le entendí cuando me dijo eso porque ni yo escuchaba bien ni él entonaba perfectamente. Al cabo de unos días, Volker me dijo que había hablado con su prima y me preguntó si tenía inconveniente en que nos encontrásemos con ella al salir de la siguiente reunión de la redacción. No tengo nunca nada mejor que hacer que cualquier cosa que se me ofrezca así que acudí. Volker me dijo que su prima se llamaba Jana Liptek y que era hija de su tía Jelena. Le pregunté si eran polacos y meneando la cabeza, sonrió. Llegamos a una cafetería frecuentada por gente mayor, muchos de ellos eran conocidos de la comunidad, gente que yo conocía de mis reportajes, en un mesa, sola, una mujer que parecía mayor pero que era joven, vestida como la más recalcitrante integrista que jamás hubiera visto. Un suéter de color beige, una falda ancha hasta los mismos pies, de color indeterminado, unos zapatos gruesos de factura casi industrial, ningún signo de maquillaje ni de interés por el cuidado personal, el pelo largo recogido en una coleta, unas gafas de montura de pasta, viejas, por encima del suéter una cruz. Su cara, sin embargo, reflejaba una alegría, una excitación más bien, que contrastaba con lo rancio de su vestimenta. Volker pidió una cerveza, le pusieron pegas, se la pusieron, se la bebió de un trago y se largó. Jana Liptek resultó ser una fanática de Polonia. Intentó incluso hablarme en polaco. Me preguntó por Polonia, por la comunidad católica en Polonia, y dedicó buen parte de nuestro encuentro a contarme cosas de Polonia que yo conocía, muchas, y otras que no tanto y supongo que había algún motivo para ello. Jana Liptek, con la segunda camomilla, me contó que siempre pensó que su madre Jana quería que ella fuera polaca, que ella misma se llamaba Jelena porque su abuela, Magdalena, provenía de la Prusia Oriental y ella siempre había pensado que alguno de sus ancestros era polaco que emparentó con los alemanes y de ahí que ella se sintiese, desde siempre, más polaca que alemana. Cada año iba en peregrinación a ver la Virgen De Czestozcowa, allí recorría algunas iglesias y hablaba con feligreses, se traía reliquias, crucifijos, consideraba que el Papa Juan Pablo II era sin duda la mayor personalidad del siglo. Decía que admiraba de nosotros que habíamos conservado incluso bajo el terror comunista, nuestra fe con mayor fuerza que ninguno de los otros países, que sentía, al estar en Polonia, que se encontraba mucho más cerca de Dios que en cualquier otro sitio. Que cuando volvía a Berlín, notaba que algo no funcionaba, que todo se volvía impuro. Toda la ropa que llevaba la había comprado en Polonia, me enseñó las etiquetas en polaco. Me preguntó si yo iba mucho por Polonia. Me inventé que iba cada año a ver a mis padres y que un vez allí también aprovechaba para visitar a mi confesor. Me pidió la fechas de mi viaje para saber si podría acompañarme y le dije que no podía decirle nada seguro y lo entendió. Le pregunté si había hecho votos, si era seglar, me dijo que no, que quería casarse y tener hijos, que su sangre polaca no se perdiera. Intenté reprimir las ganas de un nuevo vasito de schnapps. Seguimos hablando y cuando se hizo de noche, me dijo que se tenía que marchar. Que le gustaría seguir hablando conmigo, que se había sentido muy cerca de mí. Que podríamos quedar otra vez.
Volker cada Navidad, cada Semana Santa, cada... me da una postal de Czestozcowa de parte de su prima.'
'En aquellos años en Schrieben coincidí con un redactor de deportes que se llamaba Volker Hanschrig. Volker era un fenómeno que despreciaba al Hertha de Berlín y al que solo le interesaba el atletismo. Consideraba que era el deporte, El deporte, y que el fútbol era un veneno introducido en la sociedad para desviarlo del verdadero propósito de la actividad física, del deporte, que era el enriquecimiento colectivo, el bienestar personal, etc. Volker Hanschrig medía un metro ochenta y pesaba unos 120 kilos. Digamos que su físico no se correspondía con sus creencias. Una vez, después de una reunión en la revista, nos fuimos a tomar algo. Estuvimos en una cervecería y después de preguntarme por algunas cosas de Polonia, la conversación se agotó deprisa y nos encontramos yo bebiendo schnapps sin parar y él atizándose las cervezas sin conocimiento. Nos íbamos a despedir cuando me dijo que me tenía que presentar a una prima suya que seguro que me iba a caer bien. Apenas le entendí cuando me dijo eso porque ni yo escuchaba bien ni él entonaba perfectamente. Al cabo de unos días, Volker me dijo que había hablado con su prima y me preguntó si tenía inconveniente en que nos encontrásemos con ella al salir de la siguiente reunión de la redacción. No tengo nunca nada mejor que hacer que cualquier cosa que se me ofrezca así que acudí. Volker me dijo que su prima se llamaba Jana Liptek y que era hija de su tía Jelena. Le pregunté si eran polacos y meneando la cabeza, sonrió. Llegamos a una cafetería frecuentada por gente mayor, muchos de ellos eran conocidos de la comunidad, gente que yo conocía de mis reportajes, en un mesa, sola, una mujer que parecía mayor pero que era joven, vestida como la más recalcitrante integrista que jamás hubiera visto. Un suéter de color beige, una falda ancha hasta los mismos pies, de color indeterminado, unos zapatos gruesos de factura casi industrial, ningún signo de maquillaje ni de interés por el cuidado personal, el pelo largo recogido en una coleta, unas gafas de montura de pasta, viejas, por encima del suéter una cruz. Su cara, sin embargo, reflejaba una alegría, una excitación más bien, que contrastaba con lo rancio de su vestimenta. Volker pidió una cerveza, le pusieron pegas, se la pusieron, se la bebió de un trago y se largó. Jana Liptek resultó ser una fanática de Polonia. Intentó incluso hablarme en polaco. Me preguntó por Polonia, por la comunidad católica en Polonia, y dedicó buen parte de nuestro encuentro a contarme cosas de Polonia que yo conocía, muchas, y otras que no tanto y supongo que había algún motivo para ello. Jana Liptek, con la segunda camomilla, me contó que siempre pensó que su madre Jana quería que ella fuera polaca, que ella misma se llamaba Jelena porque su abuela, Magdalena, provenía de la Prusia Oriental y ella siempre había pensado que alguno de sus ancestros era polaco que emparentó con los alemanes y de ahí que ella se sintiese, desde siempre, más polaca que alemana. Cada año iba en peregrinación a ver la Virgen De Czestozcowa, allí recorría algunas iglesias y hablaba con feligreses, se traía reliquias, crucifijos, consideraba que el Papa Juan Pablo II era sin duda la mayor personalidad del siglo. Decía que admiraba de nosotros que habíamos conservado incluso bajo el terror comunista, nuestra fe con mayor fuerza que ninguno de los otros países, que sentía, al estar en Polonia, que se encontraba mucho más cerca de Dios que en cualquier otro sitio. Que cuando volvía a Berlín, notaba que algo no funcionaba, que todo se volvía impuro. Toda la ropa que llevaba la había comprado en Polonia, me enseñó las etiquetas en polaco. Me preguntó si yo iba mucho por Polonia. Me inventé que iba cada año a ver a mis padres y que un vez allí también aprovechaba para visitar a mi confesor. Me pidió la fechas de mi viaje para saber si podría acompañarme y le dije que no podía decirle nada seguro y lo entendió. Le pregunté si había hecho votos, si era seglar, me dijo que no, que quería casarse y tener hijos, que su sangre polaca no se perdiera. Intenté reprimir las ganas de un nuevo vasito de schnapps. Seguimos hablando y cuando se hizo de noche, me dijo que se tenía que marchar. Que le gustaría seguir hablando conmigo, que se había sentido muy cerca de mí. Que podríamos quedar otra vez.
Volker cada Navidad, cada Semana Santa, cada... me da una postal de Czestozcowa de parte de su prima.'
martes, 2 de junio de 2020
Schrieben
Continúa Danuta Wolinska:
'Comencé a escribir para la revista Schrieben crónicas de la vida católica en Berlín. Me entrevistaba con los miembros de la comunidad, asistía a sus eventos, estaba presente en la vida cotidiana de muchos de sus integrantes. Notaba grandes diferencias con la comunidad de Lodz y ese enfoque de polaca católica sorprendida por la vida y la religiosidad de otros católicos me ayudó mucho a la hora de escribir. Schrieben era una revista de cierto prestigio que trataba temas variopintos pero siempre desde el rigor conjugado con la experiencia personal del periodista. El director de la revista era Gunnar Bermann, que había heredado el puesto de su padre, Olaf Bermann. Lo primero que pregunté al llegar fue sobre el origen sueco de los Bermann, pero resultó que no tenían ninguna relación con Suecia. Durante la entrevista con Gunnar Bermann me extrañó que no me preguntara sobre mi experiencia en Polonia y sí mucho sobre mi vida berlinesa. Pensé que le interesaba más a quién conocía, y cómo podría desenvolverme en el medio antes que mi vida como católica polaca, pero lo que me hizo prosperar fue precisamente lo segundo. En fin.
Conocí en un encuentro ínter religioso a una señora que se llamaba Freda Jansen. El encuentro reunía a musulmanes, protestantes, judíos e hindúes, que discutían sobre diversos aspectos. Al acabar el encuentro se sirvieron bebidas y pegué hebra con la señora Jansen. Me contó su vida, los años de la guerra cuando era pequeña, la juventud, su noviazgo con un emigrante español, la separación cuando el emigrante quiso volver a su país, su refugio en la comunidad y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe. Su historia me conmovió. No era una gran historia, pero algo me tocó. La vi de nuevo en una fiesta de celebración de San Andrés en una parroquia. Volví a hablar con ella. En cuanto la vi, me dirigí a saludarla, me reconoció y nos servimos algo de vino. Me contó su vida, los años de la guerra cuando era pequeña, su juventud, el noviazgo con un joven que había luchado en la guerra y que se había vuelto medio loco, el suicidio del novio, el encuentro de refugio en la comunidad y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe. Me dio mucha pena, pobrecita, no estaba bien. Al cabo de unas semanas me encontré con ella en un oficio que se daba en memoria de un párroco local. Al acabar fui a hablar con la señora Jansen, que me reconoció y se alegró de verme. Me preguntó por el trabajo y me contó su vida. Los años de la guerra cuando era pequeña, la juventud, su relación con una compañera de la universidad que se hizo misionera, lo dura que fue la separación, cómo encontró refugio en la comunidad, y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe. Yo seguía con mi vida, los reportajes en Schrieben eran muy bien recibidos y en alguna ocasión, Gunnar Bermann me dijo que quizás, podría...
Al cabo de un tiempo me llegó la noticia de que la señora Jansen había muerto. Fui al entierro. Había mucha gente. Me di cuenta de que sentados en los primeros bancos había mucha gente llorando. Pregunté. Es el marido de la señora Jansen y sus hijos y nietos, me dijeron. Gunnar Bermann, que también fue a la ceremonia, me vio y me preguntó si conocía a la señora Jansen. Le dije que sí, un poco sorprendida... Bermann me contó la vida de la señora Jansen. Los años de la guerra en Suecia, la juventud, su relación con un directivo de la Mercedes en Estocolmo, la separación cuando el directivo volvió a Alemania, su refugio en la comunidad cristiana, y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe'.
'Comencé a escribir para la revista Schrieben crónicas de la vida católica en Berlín. Me entrevistaba con los miembros de la comunidad, asistía a sus eventos, estaba presente en la vida cotidiana de muchos de sus integrantes. Notaba grandes diferencias con la comunidad de Lodz y ese enfoque de polaca católica sorprendida por la vida y la religiosidad de otros católicos me ayudó mucho a la hora de escribir. Schrieben era una revista de cierto prestigio que trataba temas variopintos pero siempre desde el rigor conjugado con la experiencia personal del periodista. El director de la revista era Gunnar Bermann, que había heredado el puesto de su padre, Olaf Bermann. Lo primero que pregunté al llegar fue sobre el origen sueco de los Bermann, pero resultó que no tenían ninguna relación con Suecia. Durante la entrevista con Gunnar Bermann me extrañó que no me preguntara sobre mi experiencia en Polonia y sí mucho sobre mi vida berlinesa. Pensé que le interesaba más a quién conocía, y cómo podría desenvolverme en el medio antes que mi vida como católica polaca, pero lo que me hizo prosperar fue precisamente lo segundo. En fin.
Conocí en un encuentro ínter religioso a una señora que se llamaba Freda Jansen. El encuentro reunía a musulmanes, protestantes, judíos e hindúes, que discutían sobre diversos aspectos. Al acabar el encuentro se sirvieron bebidas y pegué hebra con la señora Jansen. Me contó su vida, los años de la guerra cuando era pequeña, la juventud, su noviazgo con un emigrante español, la separación cuando el emigrante quiso volver a su país, su refugio en la comunidad y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe. Su historia me conmovió. No era una gran historia, pero algo me tocó. La vi de nuevo en una fiesta de celebración de San Andrés en una parroquia. Volví a hablar con ella. En cuanto la vi, me dirigí a saludarla, me reconoció y nos servimos algo de vino. Me contó su vida, los años de la guerra cuando era pequeña, su juventud, el noviazgo con un joven que había luchado en la guerra y que se había vuelto medio loco, el suicidio del novio, el encuentro de refugio en la comunidad y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe. Me dio mucha pena, pobrecita, no estaba bien. Al cabo de unas semanas me encontré con ella en un oficio que se daba en memoria de un párroco local. Al acabar fui a hablar con la señora Jansen, que me reconoció y se alegró de verme. Me preguntó por el trabajo y me contó su vida. Los años de la guerra cuando era pequeña, la juventud, su relación con una compañera de la universidad que se hizo misionera, lo dura que fue la separación, cómo encontró refugio en la comunidad, y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe. Yo seguía con mi vida, los reportajes en Schrieben eran muy bien recibidos y en alguna ocasión, Gunnar Bermann me dijo que quizás, podría...
Al cabo de un tiempo me llegó la noticia de que la señora Jansen había muerto. Fui al entierro. Había mucha gente. Me di cuenta de que sentados en los primeros bancos había mucha gente llorando. Pregunté. Es el marido de la señora Jansen y sus hijos y nietos, me dijeron. Gunnar Bermann, que también fue a la ceremonia, me vio y me preguntó si conocía a la señora Jansen. Le dije que sí, un poco sorprendida... Bermann me contó la vida de la señora Jansen. Los años de la guerra en Suecia, la juventud, su relación con un directivo de la Mercedes en Estocolmo, la separación cuando el directivo volvió a Alemania, su refugio en la comunidad cristiana, y cómo en la comunidad había encontrado un nuevo amor, la Fe'.
lunes, 1 de junio de 2020
Schrieben
Cuenta Danuta Wolinska:
'Tiempo después, me aficioné al schnapps. Primero como una broma, luego como una forma de tener alguna característica distintiva, luego como vicio. Hasta que lo dejé. Recuerdo que nadie pedía schnapps y yo pedía schnapps y me hacía sentir diferente. Ya era diferente, era una polaca en Berlín, pero éramos muchos polacos en Berlín y todos hacíamos lo posible por seguir pareciendo polacos o muy berlineses, pero nadie pedía schnapps. Pedir schnapps era algo extemporáneo, viejo, rancio. Algunos traían botellas de bebidas polacas y yo nunca quise. Recuerdo, en Lodz, tras una reunión del diario, que nos fuimos a tomar algo a un bar. Pedí una cerveza y detrás de aquella cerveza un licor de manzana. Creí morir. Desde entonces le guardo un tremendo rencor a las bebidas polacas. En cambio, con el schnapps no tuve ningún problema. Los primeros días no podía disimular la embriaguez cansina, la lengua estropajosa, el hablar vociferante, los himnos, cantar. Pero poco a poco fui dominándome y el schnapps y yo nos acomodamos el uno al otro como si fuéramos (...).
Un día, Witold Juralscwicz, que venía de hacer una gira de conciertos con el piano por Francia y que pensaba quedarse a vivir allí porque además había conocido a una chica descendiente de polacos también y se pensaba casar, nos llamó a todos para quedar para cenar. Fuimos a un restaurante que regentaban unos turcos pero que estaba decorado con herramientas del campo recogidas de algunas granjas y siempre acabábamos discutiendo si esas granjas estaban en la Prusia ahora polaca o si eran polacas o si eran alemanas. Nunca me interesó esa discusión. Los turcos eran muy simpáticos, menos uno, el dueño, Alpay, que siempre quería que nos marchásemos pronto a casa. 'Los alemanes no dan problemas, pero vosotros sois unos borrachos que solo sabéis llorar y beber'. Aquella noche hicimos lo que mejor se nos daba, llorar y beber y hablar de nuestro país. Y sobre todo, hablar de lo bien que nos iba fuera de nuestro país. Witold quiso hablar conmigo y por algún extraño motivo me dio la impresión de que me estaba intentando tirar la caña. También aquella noche había apostado por el schnapps y por aquella época fumaba bastante y mi voz se había transformado en una cosa gutural y extrañamente seductora sobre todo para personas sensibles. Witold lo era. Me habló de la sensación de final de camino, de que su tiempo de artista iba a cambiar, de aprovechar el momento. Yo le contestaba con monosílabos, frases inconexas que dejaba intencionadamente sin terminar, le miraba con profundo desprecio porque sabía lo que estaba buscando.
A la mañana siguiente me desperté sola en la cama. No recordaba si había dormido con Witold o sola. No recordaba nada. Alguien lloraba en el cuarto de baño.'
'Tiempo después, me aficioné al schnapps. Primero como una broma, luego como una forma de tener alguna característica distintiva, luego como vicio. Hasta que lo dejé. Recuerdo que nadie pedía schnapps y yo pedía schnapps y me hacía sentir diferente. Ya era diferente, era una polaca en Berlín, pero éramos muchos polacos en Berlín y todos hacíamos lo posible por seguir pareciendo polacos o muy berlineses, pero nadie pedía schnapps. Pedir schnapps era algo extemporáneo, viejo, rancio. Algunos traían botellas de bebidas polacas y yo nunca quise. Recuerdo, en Lodz, tras una reunión del diario, que nos fuimos a tomar algo a un bar. Pedí una cerveza y detrás de aquella cerveza un licor de manzana. Creí morir. Desde entonces le guardo un tremendo rencor a las bebidas polacas. En cambio, con el schnapps no tuve ningún problema. Los primeros días no podía disimular la embriaguez cansina, la lengua estropajosa, el hablar vociferante, los himnos, cantar. Pero poco a poco fui dominándome y el schnapps y yo nos acomodamos el uno al otro como si fuéramos (...).
Un día, Witold Juralscwicz, que venía de hacer una gira de conciertos con el piano por Francia y que pensaba quedarse a vivir allí porque además había conocido a una chica descendiente de polacos también y se pensaba casar, nos llamó a todos para quedar para cenar. Fuimos a un restaurante que regentaban unos turcos pero que estaba decorado con herramientas del campo recogidas de algunas granjas y siempre acabábamos discutiendo si esas granjas estaban en la Prusia ahora polaca o si eran polacas o si eran alemanas. Nunca me interesó esa discusión. Los turcos eran muy simpáticos, menos uno, el dueño, Alpay, que siempre quería que nos marchásemos pronto a casa. 'Los alemanes no dan problemas, pero vosotros sois unos borrachos que solo sabéis llorar y beber'. Aquella noche hicimos lo que mejor se nos daba, llorar y beber y hablar de nuestro país. Y sobre todo, hablar de lo bien que nos iba fuera de nuestro país. Witold quiso hablar conmigo y por algún extraño motivo me dio la impresión de que me estaba intentando tirar la caña. También aquella noche había apostado por el schnapps y por aquella época fumaba bastante y mi voz se había transformado en una cosa gutural y extrañamente seductora sobre todo para personas sensibles. Witold lo era. Me habló de la sensación de final de camino, de que su tiempo de artista iba a cambiar, de aprovechar el momento. Yo le contestaba con monosílabos, frases inconexas que dejaba intencionadamente sin terminar, le miraba con profundo desprecio porque sabía lo que estaba buscando.
A la mañana siguiente me desperté sola en la cama. No recordaba si había dormido con Witold o sola. No recordaba nada. Alguien lloraba en el cuarto de baño.'
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