viernes, 26 de junio de 2020

Schrieben

De nuevo con Danuta Wolinska:
'Yo no me enamoro fácilmente. En Polonia tuve un novio, Koki Popieluzsko, que era más tonto que un zapato pero que me hacía reír. Duró hasta que dejó de hacerme reír. Cuando vine a Berlín hacía tiempo que no pensaba en nadie. Hay quien dice que siempre que te vas de un sitio es porque quieres olvidar. Yo quizás quería tener algo para recordar. A veces también digo estas cosas. En Berlín a veces quedaba con algunos compañeros, sobre todo de otras revistas, pero casi nunca pasaba nada. Tampoco yo ponía mucho interés y físicamente no creo que sea especialmente llamativa.
Un día, en una rueda de prensa de la Comunidad Católica de Berlín conocí a Utte. Utte se parecía mucho a Heike. Tenía una sonrisa que desarmaba. Utte era una seglar muy divertida que se encargaba de preparar las conferencias y las ruedas de prensa de la comunidad. La había visto pero nunca había hablado con ella. Al acabar le pedí una copia de la rueda de prensa, le dije que me había parecido muy interesante. Si quieres te la llevo a casa mañana, me contestó. La invité a cenar. Vino a casa, cenamos, fue una velada muy divertida. Utte se fue a su casa y quedamos en volver a repetir, pero esta vez en su casa.
Fui a su casa, una semana más tarde. Vivía en un pequeño apartamento cerca de la Iglesia del barrio. No tenía ningún símbolo que hiciera pensar que era una seglar, todo era bastante anodino. Algún poster de alguna película alemana de Wenders, una foto del Ché Guevara y un cuadro que representaba a unos guerrilleros, supongo que sudamericanos también. En su cuarto, sí que había un crucifijo encima de la mesita de noche. La cena fue igualmente muy agradable, divertida. Aunque yo estaba algo tensa. Pensaba que debía ser yo quien tomase la iniciativa pero no sabía cómo se lo iba a tomar. Vinos, un café, me preguntó si quería una copa, le pedí un schnapps y se le torció el gesto. Mi padre tomaba schnapps. ¿No te llevabas bien con tu padre?, le pregunté. No, no mucho. Me tomé el Schnapps y noté que se había cortado el rollo. Le dije que me iba. Me despidió en la puerta. Nos dimos dos besos.
Volví a coincidir con Utte un mes después en una conferencia que daba un cura jesuita sobre su experiencia en Colombia. Utte me atendió muy simpática. Le di bastantes vueltas al asunto. Debía proponerle quedar de nuevo o mejor no intentarlo. Lo intenté. Me acerqué a ella y le dije que si estaba libre podríamos quedar después de la conferencia para tomar algo. Me dijo que le parecía buena idea.
Fuimos a una cervecería, comimos unas salchichas en un puesto callejero, me lo estaba pasando en grande y solo quería que volviera a sonreír una y otra vez. Le contaba anécdotas de Polonia, de mi llegada a Berlín y de todos los personajes que me había ido encontrando con el tiempo. Sin pensarlo, le dije que si quería venir a casa a tomar la última. La última, me dijo.
Qué quieres, le pregunté. Una cerveza. Sin pensarlo yo me serví un schnapps.'

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