martes, 6 de octubre de 2020

Intelectualizarlo todo


 Estábamos a punto de llegar a una conclusión cuando Vinicio, un portugués que se caracterizaba por no aportar nunca ni una cita que fuera correcta dijo algo sobre George Grosz. Era la típica reunión en casa de alguien que acaba convirtiéndose en una cena más o menos formal y en la que conviven personas que se conocen pero que no son amigas. O amigos. Vinicio siempre era el que más hablaba, quizás para que no se dijera que los portugueses eran aburridos. La mayoría de las veces erraba en sus apreciaciones, disparataba, elaboraba pensamientos que no iban a ninguna parte y se acababa convirtiendo en lo más divertido de la cena, si es que te gustaba escuchar a los demás. No nos gustaba escuchar a los otros. No me gustaba escuchar a los demás. Menos todavía a Vinicio. Vinicio había escrito un libro que le había publicado un amigo. Creo que le odiaba mucho más por eso que por cualquier otra cosa. El libro estaba en mi casa y también estaba en la casa en la que nos encontrábamos. Pidió leernos un fragmento en el que hablaba de George Grosz. Me encanta George Grosz. El artista alemán... no me dejó perderme en mi propia erudición y leyó un párrafo de su libro.

'Su dibujo no es sino el aliento fétido de una sociedad que ha sido derrotada y que espera el fuego purificador que la convierta en lo que es hoy'.

Parece que no te gusta Grosz, le recriminé. Al contrario, me dijo él, le reconozco el mérito de haber retratado de manera descarnada el fin de un mundo que debía morir y que lo hizo expresándose con mucho más horror de lo que nadie había imaginado. Le pregunté si conoció a Grosz, en persona. Naturalmente que no, me dijo... nací en el... 

Me puse a hablar con Angelica. Hace mucho tiempo que no la veía. Había conseguido al fin establecerse como guionista en otra ciudad y me sorprendió verla allí. Al principio le costó hablarme pero al cabo de un rato volvimos a reírnos como siempre. Me dijo que estaba algo cambiado, que los años se me notaban, que había perdido la frescura o la inocencia, algo que tenía que me hacía interesante. Le dije que habían pasado muchos años. Me dijo que era cierto. Le pregunté algo que no recuerdo. Bebí demasiado. 

Nos quedamos cinco o seis personas hablando y bebiendo combinados. Alguien había apagado la música y alguien la volvió a encender. Intenté hablar de nuevo con Angelica pero se había marchado. Vinicio me tocó en el hombro. Creo que no te caigo bien y no entiendo porqué. Nos sentamos y charlamos. Quería ser el último en marcharme. 

Salí a la calle y estaba a punto de amanecer. Sentí que todo era como tenía que ser y que mi mundo, ese mundo, realmente lo era todo y que iba a escribir un cuento sobre esa noche. De camino a casa pensé que no volvía caminando, sino en metro. Y creo que eso rompió el hechizo.

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