jueves, 22 de septiembre de 2016

Aurora

Muchas veces tengo la sensación de que lo que me está pasando no es más que el reflejo de algo que les ha pasado a otros antes. Tengo algunos momentos, durante los días que estoy pasando aquí en Villastanza en los que me parece que estoy siguiendo un camino que ya han seguido otros. Que poco más o menos, no soy más que otra pieza extraña que viene a este pueblo, vive unos sucesos extraordinarios, queda impactado por una cosa y por la otra, quizás muere, quizás sobrevive o se larga, se enamora o se embruja con la mujer mayor con la cara más bonita que haya visto nadie y muy posiblemente no sea verdad que yo sea el único que se ha enamorado de ella y que otros hayan caído en la misma fascinación una y otra vez. Ahora, por ejemplo, estoy en la puerta de lo del Frederico y tengo una sensación como de aburrimiento. Como de que estoy haciendo algo que ya antes han hecho otros, que me van a pasar cosas que son sabidas. Lo fantástico debe ser maravilloso porque parece que ha pasado esa vez y no va a volver a pasar más. Si uno sabe que ya ha pasado antes, como yo intuyo que ha pasado antes, es como que pierde bastante gracia. La Aurora, mi prima Aurora, que mi madre se llame también Aurora, que mi hermana Aurora que nunca ha hablado conmigo hable ahora, todo este rollo del amanecer, y, sobre todo, esa sensación de que en esta historia se mezclan como con calzador cosas, sucesos, nombres, gentes, fenómenos que me da a mí que ya han tenido lugar en otras historias y que alguien, algo, decide que también tienen que estar presentes en esto que me pasa a mí.
Hay personas a las que les resulta cómodo estar involucrados en historias que ya les vienen dadas. Hay quien se encuentra cómodo aún sabiendo que está metido en una historia, en una vida, que está pensando otro. Yo, que no soy muy dado a las aventuras, que he llevado una vida bastante convencional, ahora me encuentro con que me están sucediendo cosas maravillosas en un espacio de tiempo cortísimo y no lo sé digerir. Las disfruto, las sufro, las vivo con mucho interés. Pero hay algo que me escama. Hay algo que me parece que no es natural. Algo, una especie de casualidad constante, de giros que hacen que lo que pasa en Villastanza tenga que ser por narices tan raro, cuando pudiera parecer que este pueblo no tiene más gracia que la de... no sé, no sé qué gracia es esa gracia. No sé, es la sensación de que alguien está escribiendo una historia que tiene que hacer coincidir con otras historias previas.
¿Y a quién se lo estoy contando? Es más, ¿no puede ser que otro se haya hecho esta pregunta antes que yo y a quién? ¿Con quién estoy hablando? Estoy ante la puerta del bar del Frederico, he venido a que me pase algo, algo que seguro que alguien está pensando qué es, que todavía no lo tiene claro. Y me tiene aquí divagando sobre el qué, el por qué y el cómo. Y yo pienso ahora en el por qué y en el porqué y nunca me va a quedar claro cuándo va junto y cuándo va separado. Y yo digo ahora, eso del por qué seguro que es algo que está pensando... y pienso también, qué mierda ser simplemente el fruto de la imaginación de alguien. O algo peor, el remedo de una vida de otro que piensa que haciendo esto consigue algo, al menos, tiempo. Un tiempo que podría emplear en otra cosa, más lucrativa, por ejemplo, pero menos enriquecedora. Qué bulto de frase final. Que la tenga que decir yo, encima, que no tengo nada que ver. Que lo único que quiero es entrar ya en el bar del Frederico y pedirme algo y no sé qué. Me apetece comer algo.
He desayunado poquísimo. O no sé si he desayunado. O no sé si el que me tiene en su cabeza se ha acordado que ya había desayunado antes y ahora ya no sabe por dónde va.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Dilema: una foto de recuerdo.

No soy... y ya empezamos mal. En la Facultad me dijeron que nunca empieces un texto con un 'no', que era una de esas cosas que llamamos 'lo peor'. Es igual. Ya da igual. Va. No soy una persona demasiado expansiva. Me gusta hablar con mis amigos, no siempre me gusta hablar con mis amigos, casi nunca me gusta hablar con gente a la que no conozco porque pienso que no he vivido lo suficiente, saben más que yo de vivir, se me puede ver el cartón de una vida que apenas sale de la calle San Joaquín. 
Pero es que, sin salir de la Calle San Joaquín, puede uno vivir mil y una vicisitudes, adentrarse en problemáticas sin cuento y dar pie a debates y problemas morales de primer orden. Siempre que digo lo de problemas morales me acuerdo de mi compañero de clase, el Morales. El otro día y creo que fue ayer, me encontré a su prima. La mítica prima del Morales, en la puerta de la tienda y pensé, no ha pasado el tiempo por esta chica, está igual. Sin salir de la calle San Joaquín, como digo. Me pasa esto y puedo estar dándole vueltas durante todo el día. O al menos hasta que llego a mi casa otra vez. 
Sea como sea, el dilema moral al que me enfrento, ya no moral si no más bien de comportamiento social, de relación con el mundo que me rodea y por ende, de relación de todos con todos, es el siguiente. De un tiempo a esta parte, en el piso de enfrente llora un niño. Llora un niño porque el niño es pequeño y tiene que llorar, no por otra cosa. De hecho, muy recientemente he descubierto que no es un niño, que son dos niños. Dos niños muy pequeñitos, dos bebés. Su madre sale con ellos al balcón muy a menudo, a que les de el fresco, a darles de comer, lo que sea. También sale el padre. No son de aquí, son del Este. 
Son de por ahí, del Este, sin concretar mucho más. Pero por los rasgos de ambos me aventuraría a decir que son del Cáucaso. Una vez, a las cinco de la mañana, oí al niño llorar. Pobrecito, debe estar pasando un calor endemoniado. 
El otro día, repasando fotos para hacer una cosa, vi las fotos de mi bautizo en esta misma terraza y uno de estos días, de estas tardes en las que no tengo otra cosa que leer sobre las enseñanzas de Buda, por ejemplo, mientras el sol va cayendo poco a poco y las nubes amenazan y bla bla bla, pensé, viendo que ellos estaban en el balcón de delante... igual les haría gracia tener una foto suya desde el balcón de enfrente, es decir, desde mi balcón. Me imaginaba diciéndole a ella o a él, 'perdona, pero, quiéres que te haga una foto con el niño, o si quieres que os la haga... me das tu número y te la paso por el watsapp, por ejemplo'. No sé, me parece que sería una cosa bonita. 
El mero hecho de pensar esto da cuenta de un cierto de estado de flojera, de una sensibilidad exacerbada, de una especie de sentimiento de fraternidad universal quizás inducido por lo que el Buda nos enseña o por algo que quizás se escapa y no sé lo que es. Como quiera que soy de comentar algunas cosas con esas personas con las que considero que tengo más cercanía, sean de mi calle o no (aquí soy muy laxo), me atreví a comentarle a una amistad mi idea. No fue bien acogida. 
Se me dijo que quién sabe cómo se podrían tomar el hecho de que alguien desconocido se tome la libertad de hacerles una foto, qué haría yo con esa foto, vamos, desconfianza. Yo solo quiero hacer una foto, para que la tengan de recuerdo, una foto nada más, desde mi balcón hacia el suyo, una perspectiva que no tendrán, enviársela y luego borrarla ante la autoridad que sea menester. Sin embargo, la negativa de mi interlocutor me ha dejado bastante 'pansío'.
Yo, por mi parte, seguiría adelante con mi propuesta. Estrechar lazos con los vecinos, con la gente que viene de otras partes del mundo y que seguro que quiere encontrar aquí también una muestra de cariño y buen entendimiento, aunque sea por parte de un barbas con la terraza llena de mierda como yo. En fin. 
Me hago ollas pensando cómo hacer lo del teléfono, si sería mejor decirles 'tírame el teléfono y te hago la foto'. O cómo me pasan su número. Veo a uno de los niños pequeñitos mientras aporrea la puerta de la terraza porque su padre la ha cerrado al salir a fumar y cómo cuando la abre, el chiquillo está berreando, emberrinchado total. Qué bonito. 
Pues nada. Que no. Que me abstenga. Que no lo haga. Que qué van a pensar. Que no me meta. 
Yo que sé. ¿En qué mundo vivimos? Digo yo que, si somos todos de la calle San Joaquín... no sé. Cualquier día se irán, quizás más temprano que tarde, o me iré yo. Y no tendré una historia bonita que contar. 
Bueno, a otra cosa. Igual con la terraza limpia, desconfían menos. 

Aurora

Mi hermana hablaba raro. Desde siempre hablaba lento, con la voz grave, como si fuera Nico de la Velvet Underground, pero hablando más despacio, lento, denso. Mi hermana Aurora, a la que no veía desde hacía mil millones de glaciaciones, había querido estudiar fuera. Se matriculó en una carrera de ciencias y se fue a una universidad gallega. Creo que a Santiago. Allí se quedó y no volvió. La recuerdo como en sueños. Era oscura, negra, grave. De muy jovencita se quedaba sentada mirando la pared, de espaldas a la televisión. 'En la pared hay cosas más bonitas', le decía siempre a mi madre. Mi padre nunca intentó entenderla, mi madre aún se esforzaba en querer sacar algo en claro de su hija, hablarle, que se abriera. No tenía amigos, no sabemos qué le ocurrió en aquella ciudad que hizo que no volviera jamás con nosotros. A mí nunca me volvió a decir nada. De vez en cuando escribía alguna carta dirigida a mi madre. Sabíamos que trabajaba en una empresa que se dedicaba a la fabricación de componentes para la industria pesquera, pero sin saber realmente qué empresa era ni qué componentes ni dónde estaba. En sus cartas contaba que estaba tranquila. Que el cielo estrellado de las noches de verano la enamoraba. Esta frase la podía repetir treinta veces en la misma carta. Mi madre las leía y sin mayor emoción, las guardaba. Estoy tranquila, qué cielo estrellado tan bonito. Alguna vez salpicaba las cartas con eventos tales como 'he comido pollo', 'huele a polvo', 'me enamoré de uno que era de fuera y se fue y ya estoy otra vez mirando a la pared', 'estoy sudando', 'vivo en un tercero', 'me llamo Aurora'.
Así que cuando sonó su voz por el teléfono me llevé un susto de muerte. 'Hola hermano'. Imagínen escuchar esas palabras con una voz honda, profunda, hoooooolaaaaaa heeeeeermaaaaaaaanoooo. Que posiblemente exagero algo, pero la sensación que me causa es esa. Su llamada me asustó tanto, pensaba que la profecía de mi prima Aurora había surtido efecto y alguien iba a morir, mi hermana mismo. Si me llamaba es porque no estaba muerta, aunque esa voz era de la misma muerte, Me asusté de tal manera que tuve que entrar en el primer bar para meterme en el lavabo. No pensé en cosas de cobertura, tampoco en cómo había dado mi hermana Aurora con mi teléfono. Me metí en el lavabo y allí sedente mi hermana fue relatándome el motivo de su comunicación conmigo. Me dijo, con esa voz cavernosa y lenta que 'se está nublando, hermano, no váis a iros nunca de Villastanza de Llorera, porque la prima Aurora no lo sabe todo aunque lo intente y la casa de los alemanes no es el lugar que dice la gente, tampoco el Café-Bar Luces que tanto le gustaba al otro, no, no es eso, donde tienes que ir es a lo del Frederico y allí te lo van a explicar todo y es donde te va a pasar todo y querrás entender lo que está pasando y te va a dar igual, porque ya no vas a salir nunca de Villastanza de Llorera, y ahora te tengo que dejar, hermano, porque se está nublando y no me gusta porque me recuerda a cuando amanece, que tampoco hay sol y se forman esas cosas raras que he visto en libros, menos mal que nunca veo amanecer porque sé que si ves amanecer estás perdido. Espero, hermano, que le des un beso a mamá Aurora, y si no nos volvemos a ver, que no nos volveremos a ver, pues nada'.
En ese rato, que fue bastante rato porque hasta que mi hermana Aurora me dijo todo eso pudo pasar por lo menos media hora larga, ni recuerdo las veces que pude... en fin. Una cosa espantosa. Mi hermana colgó y cuando quise devolverle la llamada para que al menos me dijera algo sobre cómo estaba ella, me aparecía que el teléfono estaba fuera de cobertura, hasta que a la tercera llamada, me dijo la voz grabada que el teléfono no existía. Fuera, en el bar, que no era el del Frederico, que era el Cifuentes, mi prima Aurora estaba mirando la televisión. Los parroquianos la miraban con mayor o menor disimulo, pero no dejaban de mirarla. Salí del lavabo, completamente descompuesto y mi prima Aurora me preguntó si quería tomar algo. Tenía mucha hambre, quería comer algo, un bocadillo, pero prefería irme a mi casa. El Cifuentes no era muy simpático y me dijo que lo de utilizar el lavabo y dejarlo perdido de mierda con un pestazo que no se podía entrar, sin consumir nada, pues que igual en la ciudad estaba permitido y no pasaba nada, pero que había que tener un poquito más de vergüenza.
Por no armarla, me pedí una caña y un bocadillo de queso. Mi prima Aurora no pidió nada. Le dije a mi prima que me había llamado mi hermana Aurora y ella contestó con un 'es muy maja tu hermana, hace tiempo que no la veo, pero cuando era jovencita nos llevábamos muy bien'. Yo no recordaba que ella y mi hermana se conocieran, ni verlas juntas, ni nada.
Yo que sé. Me paro a pensar y yo que sé.

martes, 20 de septiembre de 2016

Aurora

Me vestí, comí, me dolió la rodilla un rato y cuando dieron las cinco de la tarde llegó mi prima Aurora de nuevo para sacarme a pasear. Esto es lo que me contó mi prima Aurora sin que yo le preguntara ni a cómo se vendían: 'Hace algún tiempo, en este pueblo, sucedió algo extraño. Este pueblo siempre ha sido bastante extraño. Hay quien dice que todo empezó cuando vinieron los alemanes y de eso hace mucho mucho tiempo, pero yo he investigado un poco y creo que todo viene de bastante antes. No puede ser que una persona concreta convierta a todo un pueblo en una especie de parque temático de lo raro y sobrenatural sin que aquí se den unas condiciones a priori necesarias para eso. Es decir, que el alemán que vino, un tal Kohlthenberg que no te sonará de nada y que se hizo con medio pueblo, por no decir con todo el pueblo, ya traía quizás algo extraño pero sin duda este pueblo ya es extraño de por sí. Es mi teoría, otra gente tiene otras. Pero esa otra gente no está aquí, porque nadie se ha preguntado nunca en este pueblo porqué pasan cosas que aquí ya nos parecen normales y en otros sitios podrían dar para... por ejemplo, hace unos años, uno de esos Kohlthenberg murió. Asesinado. Faculdo Kohlthenberg, se llamaba. La historia del asesinato y de lo que le ocurrió a uno que vino, que decía que era de la familia de los Barrantes, le sirvió a un tal Benito Repojo para escribir una novelita que ganó un premio o algo así en un concurso literario. Ese Benito Repojo no sabemos de dónde salió, ni quién era, ni le hemos encontrado por ninguna parte. Yo siempre he pensado que fue el propio Barrantes el que lo escribió todo. O incluso otra persona. Benito Repojo. Repojo no es ningún apellido. Yo al menos no he conocido jamás a ningún Repojo, pero es que yo no he salido nunca de Villastanza y tampoco te puedes fiar de mí. Al menos en esto. En el libro sale una tal Poli que dicen que soy yo. No sé, igual tiene algo de parecido conmigo, pero yo no sé de donde sale ese personaje porque en la historia real... no sé. Yo no sé, igual pasó y yo no me acuerdo. Tengo lagunas. A veces pienso que estamos aquí y otras veces pienso, hace rato que no me acuerdo de si estoy aquí o me he ido. Igual es cuando me he ido cuando pasan cosas aún más extrañas. Ahora vamos a pasar por delante de la casa de los Kohlthenberg. Alguna gente del pueblo dice que si pasas tres veces por delante de la casa de los Kohlthenberg, alguien de tu familia se muere. Pero no muere si vive en Villastanza de Llorera. Muere si está fuera. Por eso hay poca gente que se haya ido de este pueblo a vivir fuera. Tu madre se fue, se casó con uno de fuera y tú no se sabe si eres de aquí o no. Por eso vamos a hacer la prueba. Yo no me creo que pase eso, que se te muera alguien de fuera. Pero vamos a hacer la prueba de todas maneras. Sin que lo sepas hemos pasado ya dos veces por delante de la casa y vamos a pasar la tercera ahora mismo. Ya veremos si no tienes una llamada de teléfono o algo. Sí que es verdad que hay una cosa extraña y segura que pasa siempre en la casa de los alemanes. Muchas noches, en verano, la gente sale a tomar el fresco. Los que viven en la misma calle de los alemanes dicen que, si te quedas medio traspuesto al lado de la casa, cerca de la casa, sueñas con cosas que luego pasan. Cosas con gente que se muere. Siempre tiene que morir alguien. Luego están los que dicen que si te quedas dormido en casa de los Kohlthenberg matas a alguien. Luego está lo de que las mujeres que nos llamamos Aurora somos brujas. Aquí ya no sé qué pensar. Desde siempre, no sé si desde que vino el alemán que decían que su madre se llamaba Aurea, o Aura, luego todas las mujeres que se han llamado Aurora o Aura, hasta los chicos a los que les ponían Áureo, todos tenían una pedrada. Todos veían cosas. Lo que pasa es que no se cumple con todo el mundo. Hay quien no se llama así y también tiene su cosa. Hace unos meses que tuvimos otra movida en el pueblo con un tal Gorteza que también estaba listo de la cabeza. Se enamoró de él una policía que vino a investigar otro asesinato, un peluquero que se encontraron con la... bueno, no te cuento mucho. Este también veía cosas cuando se quedaba traspuesto y vivía como a seis calles de donde los alemanes. Ya te digo que esto es todo muy extraño. Te está sonando el teléfono'.
Hacía como mil años que no hablaba con mi hermana Aurora. Después de hablar con ella me dieron unas ganas espantosas de ir al lavabo. Tuve que entrar en el primer bar para...

lunes, 19 de septiembre de 2016

Aurora

Me acosté un rato. Había pasado la noche fuera, tenía el cuerpo molido de estar tumbado en el suelo, me había comdo un par de tostadas, me dio sueño. Normal. Mucha gente se sorprende si has estado por la mañana haciendo algo y te da un poco de ñoña a eso de las diez, por ejemplo y te quedas sopa. Normalmente, si estás trabajando, esto no pasa nunca. Si estás haciendo algo, si estás con alguien, si hay algún input, si la vida te obliga o la devoción te acompaña o algo o alguien te mantiene pendiente de la realidad, esto no pasa. Pero yo, después de aquella noche, después de haberme comido dos tostadas, estaba en paz. Una paz que me obligó a ir hacia mi habitación y, sin quitarme la ropa ni nada, quedarme traspuesto en la cama. Nunca puedes anticipar lo que vas a soñar. Ni siquiera puedes saber si cuando duermes vas a soñar. Es posible, no lo sé, alguien lo sabrá seguro, pero digo que es posible que no sueñes todas las noches. No todas las noches recuerdas lo que sueñas. Hablo de noches y estaba yo dormido por la mañana, corrijo sobre la marcha, cada vez que duermes. Cada vez que duermes, digo yo que sueñas, pero no tienes porqué recordar nada. Sea como sea, yo estaba convencido de que, después de lo que había pasado aquella noche, yo iba a soñar algo. Algo bonito, algo que me remitiera a lo que había vivido contemplando aquella aurora maravillosa, con la voz de aquella mujer con la cara tan linda que nunca jamás, comparando, valorando, siendo completamente objetivo, podré encontrar jamás algo tan así. Estaba absolutamente muerto de sueño. Me dormí y soñé. Lo que soñé no tuvo nada que ver con nada de lo que había ocurrido. Había llegado a una casa. La casa tenía todos los cajones, todas las puertas de los armarios, todo lo que debía estar cerrado, al menos entornado, al menos recogido, estaba fuera, abierto, y en el centro de un pequeño salón, un comedorcito típico de una casa que no era ni mucho menos una mansión, sino tan solo una casa en un pueblo, un butacón. Y sentado en aquel butacón, un hombre, un poco mayor que yo, o yo quise pensar que era un poco mayor que yo. Y aquel hombre estaba dormido. Y yo, sin saber por qué no le desperté y me puse a cerrar todos los cajones y las puertas de los armarios. Cuando estaba ya acabando ese trabajo que me había autoencomendado, alguien entró en la casa. Era una mujer. Una mujer que fue directamente a despertar a aquel hombre que estaba sentado en el butacón, durmiendo. La mujer no me veía. Intentaba despertar a aquel hombre y no podía. Se puso a llorar, desconsolada. Se sentó en el suelo y yo quise ir a decirle algo, pero no me salían las palabras de la boca. Pensé que aquel hombre no estaba dormido, quizás estaba muerto y me asusté. Notaba que iba respirando cada vez más fuerte. Cada vez más fuerte. Estaba asustado. La mujer lloraba. Entonces, se puso de pie y cogió un cuchillo que se había quedado fuera de los cajones y se lo clavó en el cráneo al hombre que estaba dormido.
Me desperté de golpe y sudando como un pollo. Estaba en mi casa, estaba tumbado en la cama. Mi madre había cerrado la puerta y bajado la persiana. La volví a subir y entró un chorro de luz que me cegó. Todavía era de día. De hecho, miré el reloj y no eran ni las doce del medodía. Me fui al cuarto de baño a darme una ducha. Escuché voces en el salón. Mi prima Aurora estaba hablando con mi madre. Le estaba contando lo que habíamos hecho aquella noche, dónde habíamos estado, lo que habíamos visto. Escuché cómo mi madre le decía a mi prima Aurora, 'ahora no nos vamos a ir nunca'.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La Mula y la Pa en el Línea. El otro blues.

No sabría decir, aunque es fácil mirarlo y contrastar los datos, cuánto hace que vi el primer concierto de La Mula y la Pa, pero creo que podría decir que hace un año aproximadamente que les vi en el Cinc y me quedé pasmado. El blues, decía entonces, me lo preguntaba más bien, ¿qué era el blues? En aquella ocasión, así como en actuaciones posteriores, La Mula y la Pa, Carlos y Patricia, se presentaban como un dúo engrasado, en que el repertorio estaba fijado, en el que la fuerza que transmitían se basaba en un conocimiento de los giros, las bases, una serie de trucos que hacían que lo que comenzaba como blues se fuese al flamenco y viniese de nuevo al Delta, sin que sepamos qué Delta exactamente puede ser.
Ayer, en el Línea, vimos y escuchamos blues. Fue un concierto extraño. ¿Qué es el blues? Es algo que no deja uno de preguntarse. El blues puede ser muchas cosas y es una cosa concreta. El blues es algo que tienes que escuchar, que lo tienes hasta que ver. La interpretación de ayer de La Mula y la Pa fue blues. Otro blues. No un blues que recupera un repertorio de clásicos añejos y los calca, no un blues que adapta a un lenguaje determinado y reconocido algo que puede parecer alejado de la norma. Lo que vimos ayer es otra cosa.
Ayer vimos a un dúo debatiéndose en plena actuación por el camino a seguir. Un dúo improvisando, un dúo que tira uno del otro para llevar a buen término un concierto que puede descarrilar en cualquier momento. Ayer vimos otro blues. ¿Qué es el blues? El blues es, como dice la leyenda, un cruce de caminos en el que no sabes hacia dónde debes ir, ni siquiera tienes interés real en saber qué quieres hacer, y alguien que te dice que, muchacho o muchacha, yo te puedo ayudar, pero me tienes que dar algo a cambio. De alguna manera hay que meter en el texto la clásica historia del cruce de caminos. Ayer en el Línea, con un ambiente hostil al que había que sobreponerse e imponerse, La Mula y la Pa nos ofrecieron otra versión del blues. No un blues de virtuosismo, de erudición, de sorpresa estilística, sino un blues que se debate por seguir hacia delante, aunque sea a fuerza de tirar por la borda lo sabido, lo conseguido y lo que podría ser y recuperar, aunque sea a la vista de todos, la inquietud por lo que va a pasar con el siguiente acorde, con el próximo cambio, qué va a cantar la Pa ahora que parece que la Mula ha variado lo que se había acordado en un principio.
¿El blues es mejor o peor que otra música? El blues es la música que te acompaña cuando hay una ausencia, cuando alguien no está allí para hacer palmas contigo, el mejor blues es el de ayer, quizás, cuando lo que están transmitiendo los que cantan, los que tocan, es algo que se asemeja a lo que tú tienes. Puedes disfrutarlo igual agarrado a tu pareja y comiéndotela a besos, o con un pedete que te hace creer que eres parte también tú de la banda, o sufriendo por que todo salga bien, que no descarrilen, que no se paren, que el hilo que les une no se rompa y salte todo por los aires.
Yo quiero ver más conciertos de la Mula y la Pa, seguir disfrutando con esa visión del blues, del flamenco, de la interpretación, donde todo parece medido y a la vez cada vez más parece libre, suelto, sin dirección aparente.

¿El blues debe tener dirección? El blues lo llevas o no lo llevas. Lo puedes sentir como ayer, lo puedes sentir como hace un año. Quién puede decir nada. Quién puede saberlo.

Albert Fabà y Josep Pascual hacen Coral Romput en La Colmena. Escribir la vida.

‘Lo hace muy bien’. ‘Lo hace bien’. La crítica lo tuvo claro mucho antes de que acabara el espectáculo. El tren que sube a Paterna y el tren que baja de Paterna. En el Teatre la Colmena, Albert Fabà (voz) y Josep Pascual (piano), llevaron a cabo ayer sábado la interpretación de una selección de versos del Coral Romput del valenciano Vicent Andrés Estellés. En la hoja promocional se nos advertía a los que no conociéramos al autor que Estellés podría considerarse el mejor poeta valenciano después de Ausiàs March. Casi nada. Asimismo, en la muy instructiva hojita, se nos daba una pincelada biográfica de Estellés para situar al personaje y el contenido de la obra que íbamos a disfrutar. La hoja explicaba que Coral Romput es un conjunto de versos, a veces inconexos, una retahíla incesante, que significaba la cumbre de la obra de un autor marcado por la muerte de su hija, ‘la meua xiqueta’.
Y esta es toda la información que yo tenía de lo que se iba a ver. De hecho, pobre ignorante, ni siquiera fui capaz de entender que Estellés era el autor de Coral Romput, se me metió en la cabeza que era Espriu, patán de mí, aunque como en sueños supiera yo que Ovidi Montllor lo había interpretado alguna vez o había hecho un disco… algo. Mi relación con la poesía es tan mínima que podemos estar sentados uno al lado del otro y no reconocerla. No sabía nada del espectáculo, no conocía lo que iba a ver, pero conozco a Albert Fabà. Y Fabà me había avisado para que fuera.
Los clásicos activistas de la Santa Coloma que se reúne, que hace asambleas, que discute, que hace carteles y manifiestos, que pierde el tiempo intentando hacer cosas que no hacen que nos abramos al mundo precisamente y pone palos en las ruedas a la reconexión de nuestra amada ciudad de postal con el mundo moderno, conocemos a Albert Fabà por ser uno de los integrantes de la banda. Una persona que no es de Santa Coloma, como casi todo el mundo, pero que vive esta ciudad de una manera vehemente, apasionada, visceral, a veces excesiva, capaz de montar un pollo lamentable en la sala de plenos y mostrar después una sensibilidad auténtica cantando una canción sin más acompañamiento que su puño cerrado marcando el ritmo reclamando, una vez más, que Can Zam sea un parque verde y frondoso de una vez. Discutir con Fabà, supone un esfuerzo de preparación de argumentos y fuerza de voluntad que consiga anular la batería de datos, cifras, historia y pasión con la que te enfrentas. Ayer, al saludar y felicitar al pianista Josep Pascual, éste preguntó si era ‘amigo’ de Albert. Pues no. No soy su amigo, eso sería demasiado optimista por mi parte, pero soy un conocido, que ya es mucho.
El tren que sube a Paterna. El tren que baja de Paterna. Coral Romput interpretado en tres bloques (que costaba definir, pero bloques que tenían su sentido al fin) por un Fabà que iba martilleando los versos, apasionadamente (pasión, vehemencia, Fabà), durante una hora. El pueblo, la tierra, los olores, el amor, el amor, el amor, la muerte, los besos, el yayo y la muerte del yayo en un julio que todos sabemos cuál es pero que no coincide con…, el cuerpo desnudo, los cuerpos desnudos, la fogosidad después de ocho años de relación, la muerte que sube en ascensor, el tren que sube a Paterna y el tren que baja de Paterna, la hija, los besos, los poemas, escribir, sentarse a escribir. Parar de escribir porque tienes la mano sudada y se te pega en el papel y te suda la mano al coger la pluma o el bolígrafo. La opinión de una madre que piensa que antes escribías mejor, que antes no hablabas tanto de la muerte. Europa. Escribir versos bonitos, Escribiendo la vida. Becker, Campoamor, vivir, recordar una vez que viste el mar, Italia, el huerto, tener ganas de orinar y luego orinar cuatro gotas. Frases y versos que se te clavan. Si algún día te enteras de que han matado a la muerte, no preguntes quién ha sido, seguro que ha sido un padre o una madre. Tremendo. Y a veces el piano de Josep Pascual se mezcla con la voz, otras veces va por libre, o sirve de introducción o para darle el punto final a un verso que duele. O que hace reír. Y te tiene la hora que dura el espectáculo, pensando. Pensando. A veces piensas en lo que está diciendo Fabà, en lo que está pasando en esa cabeza de Estellés y piensas también en lo que pasa en tu propia cabeza. Y sabes que eso que se está contando es de verdad, que no hay que ser excesivamente culto, formado, leído, convencido, afín a ninguna causa concreta, simplemente tener algo de sensibilidad, sangre en las venas, entender que alguien está contándolo todo, de golpe. Y contarlo todo supone contar cosas ridículas, pequeñas, sencillas, un paseo, una caricia, la vez que fuiste a una lechería y la besaste, cualquier cosa. Y las más duras.

Lo hace muy bien. Quiero tener el Coral Romput de Estellés, leerlo, con la voz del Fabà retumbando. Quiero saber más, aunque no sé si me tocarán como me tocaron ayer esas palabras. Creo que no se puede conseguir más con menos. Un piano, una voz, la pasión y unos textos que se salen. Muchas gracias.