jueves, 11 de junio de 2026
Viejos cuentos centroeuropeos
El oficio de escritor. ¿Se dice así? ¿O es el oficio de escribir? Pésima forma de comenzar un relato si no tienes claro cómo se dicen las cosas. Sea como fuere, la cosa esta de ganarse la vida escribiendo obliga a estar continuamente pendiente tanto de las cosas que escribes, obvio, como de una cierta proyección exterior de lo que eres y lo que quieres transmitir. Yo tengo claro que esos escritores que viven una vida oculta, que escriben para sí mismos, que cuando mueren dejan escrito que hay una obra inédita escondida detrás de las cacerolas del armario ese de la cocina que nunca abres, que son humildes oficinistas que por las noches se dejan la vista delante de tal, esos escritores, son una minoría. Y tienen su propia mística, la mística misma de quienes hacen de esa no ostentación una manera de hacer marketing en sí misma. Fíjate, él no quería que le leyeran pero al final le leyeron y se hizo famoso de manera inesperada. Eso es lo que me pasó con una amiga que nunca nos dijo que estaba escribiendo y que un día por casualidad, mientras estaba recuperándose de una enfermedad que por poco se la lleva por delante, nos confesó que era autora de poemas eróticos. Evangelina, le dije, cómo no nos habías dicho esto antes. Hasta que no he visto que quizás mi paso por este mundo podría terminar de manera abrupta, me contestó, no me he dado cuenta de que quería saber cual era la opinión de la gente acerca de mi obra. Lo que pasó luego es que publicó aquellos poemas y tampoco pasó nada. Y es que nunca se sabe si es mejor estar muerto.
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