jueves, 16 de julio de 2026

Viejos cuentos centroeuropeos


El primer año que nuestros padres nos llevaron al mar yo había estado preparándome a conciencia leyendo todo lo que tuviera relación con barcos, marineros, viajes, aventuras submarinas, peces fabulosos y mundos subacuáticos varios. Cuando llegamos al pueblo, después de unas horas de viaje que ya presagiaban una posible decepción, no encontré un gran puerto, o una playa kilométrica, ni siquiera una atestada lengua de arena repleta de turistas que hablasen idiomas desconocidos. Todo lo que aquel pueblo tenía de relación con el mar era su límite físico con el mismo y un pequeño puente que saltaba sobre una lengua de agua que penetraba hacia el pueblo. El resto era costa agreste a la que ni siquiera los intrépidos que siempre existen y que pretenden que allá donde no ha llegado nadie se encuentra la promisión de algo que quizás a nadie le ha interesado jamás, se habían aventurado. Así que con mis hermanas dábamos paseos por el pueblo mientras yo pretendía entretenerlas con lo aprendido en los libros, intuyendo que las aburría tanto o más que el mismo pueblo. Y día tras día acabábamos apoyadas con nuestros bracitos colgando en la baranda del puente. E insospechadamente, quedándome con la mirada fija hacia el mar o bien escrutando el nada profundo lecho de la lengua de agua, vi algo. Y era todo eso.  

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