martes, 12 de febrero de 2013

Locura de amor

En las cajas que se dejó nuestro querido compañero Enedino Loscertales hemos encontrado algunos poemas que no vamos a comentar, pero sí que queremos dejar constancia de uno de sus apasionados relatos amorosos, sin duda inspirados por la vida de otro porque el pobre Enedino no salía de su casa más que por venir aquí a beberse una copeja de coñac y a escucharnos hablar de nuestras cosas y qué le cuentas a él de amores. Pero la imaginación es algo tan así, que bueno. Este texto, llamado 'Locura de amor', ni es más bonito que los otros ni deja de serlo, pero oigan, por poner alguno.
'Manuel Jesús conocía todo lo que podía conocer de su amada Anabelita del Carmen. Sabía cuáles eran sus libros favoritos, qué películas la emocionaban y cuáles la divertían, qué marcas de ropa prefería, qué música era la que gustaba de escuchar en los momentos de recogimiento y cuáles eran los conjuntos con los que bailaba como una poseída. Conocía qué amigos suyos podía llevar a casa y cuáles eran incompatibles con su círculo. Conocía a sus amigas y a su familia, sabía cómo comportarse ante unos y otros, quién era susceptible, cuál era cariñoso, a quién de sus primas no podía mirar, de qué debía hablar ante el tío Federico y de qué no podía alardear ante la tía Benigna. Qué fragancia era la que utilizaba para salir con él, y qué agua de colonia vestía para ir al trabajo. Manuel Jesús sabía exactamente a qué restaurante debían ir si querían tener una velada agradable, qué tipo de comida era la preferida de Anabelita del Carmen, qué bebidas toleraba y con cuáles podría provocarse un drama total. Manuel Jesús incluso había sido perspicaz y había notado qué besos le daban gusto a ella y qué carantoñas la dejaban más fría que una bolsa de panga congelada. Manuel Jesús podríamos decir sin miedo a soltarla por soltarla, estaba completamente al tanto de todo lo que pudiera satisfacer a Anabelita del Carmen, en cualquier aspecto de lo que llamamos comunmente como 'vida'.
Anabelita del Carmen, por su parte, sin querer decir con esto que sintiera con menos intensidad lo que científicos y poetas han calificado como 'amor', no parecía estar tan al tanto de lo que Manuel Jesús necesitaba, sentía o padecía. Así, cuando aquel infausto día de Todos los Santos en que fueron a visitar la tumba de la abuelita Valentiniana, a él empezaron a salirle esputos por la boca, espumarajos y sus ojos se quedaron en blanco sin saberse qué le pasaba, Anabelita del Carmen no supo que hacer y se quedó allí quieta sin más, sin caer en la cuenta de que su Manuel Jesús padecía un trastorno por el que se medicaba regularmente y que, pese a tenerlo él calladito por que según que cosas parece que desmerecen, ya podría haberse dado cuenta después de siete años siete de noviazgo de que tanto vasito de agua y tanto remover por los cajones de casa no eran porque fuese maniático. Y que si hubiera preguntado al menos, o yo que sé, no le habrían tenido que enterrar ese mismo día porque se dio un golpe el pobre Manuel Jesús contra una lápida del cementerio en un acceso de quién sabe qué.
Nada. Que cada uno  pone lo que pone.'

2 comentarios:

  1. Bueno, si hay amor y cementerios, supongo que podemos dar el relato por romántico, y por tanto idóneo para San Valentín. Claro, un romanticismo a lo Tolya, eso sí, pero romanticismo a fin de cuentas.

    Feliz día, monsieur

    Bisous

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  2. Vaya una historia de amor más chunga. Claro con siete años de noviazgo...
    No era muy espabilada la Anabelita del Carmen que se diga, y pensándolo bien el tampoco :-)
    Un abrazo

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