martes, 12 de noviembre de 2013

Círculo Projorelov X

No siempre las reuniones del Círculo Projorelov eran proclives a la ensoñación, al viaje glamouroso, a la evocación de lugares míticos, exóticos, lejanos y misteriosos. Como ha quedado claro en alguna ocasión, también a veces los viajes resultaban esquemáticos, rutinarios, planos, decepcionantes. Y había veces en los que nada era previsible. Esto ocurría especialmente cuando nos visitaba Ceferín Ceferinovich Priaskovnik. Era este un viajero de lo más curioso. Acudía al Círculo regularmente, se sentaba en uno de los butacones más cercanos a la ventana y, mirando en lontananza, comenzaba a reír por debajo de la nariz. No paraba hasta que se iba. Cuando algún otro viajero nos relataba alguna de sus andanzas, él, siempre situado en ese mismo lugar, seguía riendo 'por lo bajini'. Nadie se lo tomaba a mal, puesto que todo el mundo consideraba al bueno de Ceferín Ceferinovich como un 'cachondo mental', sin malicia alguna. No se reía de nadie, simplemente se reía. Algunos, sin embargo, porque de todo hay en un grupo humano, contaban que había sido un agente doble durante una guerra lejana, otros que en realidad, bajo su nombre ruso, se escondía un gallego socarrón, otros que era un policía secreta que nos estudiaba a todos y que se reía de nuestras historias. En realidad, Ceferín Ceferinovich era realmente ruso, y había hecho fortuna con un negocio de envasado de fruta que traía desde Crimea. Asentado entre nosotros, y atraído por lo eslavo del Círculo Projorelov, participaba en nuestras reuniones y de vez en cuando, cuando realizaba un viaje por motivos de su negocio, nos hacía partícipes de su peripecia. O no.
Por que las intervenciones de Ceferín Ceferinovich eran como siguen. Anunciaba por correo su llegada a la ciudad, y por ende al Círculo Projorelov, con un día de antelación y la totalidad de los socios se daba cita en el local. Realizaba un viaje o dos al año y, como una cita mítica, todos considerábamos que era uno de los mejores momentos del año, de asistencia casi obligatoria. Ceferín Ceferinovich llegaba a la sala, todos nos apartábamos y le saludábamos muy afectuosamente mientras Ceferín Ceferinovich iba avanzando, con su cuerpo chaparrete y su cabeza gorda y rubiona. Ya, al entrar a la sala, presentaba esa sonrisa de quién se está acordando de algo, o está preparando alguna. Ceferín Ceferinovich se sentaba en su butaca y uno de nosotros le colocaba al lado una botella de orujo blanco prácticamente helado -por lo que muchos consideraban que era gallego realmente- y sin haber probado una gota del licor, comenzaba a querer explicar su viaje. Pero no podía, porque inmediatamente después de abrir la boca, comenzaba a reír. No paraba de reír. Le entraba la risa y la risa nos entraba a nosotros. Una risa contagiosa, nada carcajeante, una risa sorda de quien se aguanta y se aguanta y estalla. Lloraba de risa sin haber empezado a contar nada. Y el ser humano, si hay algo que no puede evitar en ningún momento, es reír con quien se ríe. Y venga a reír. Todos ji ji y ja ja. Y Ceferín Ceferinovich, rojo como una sandía, sin parar de reír. Y de vez en cuando hacía un gesto con las manos queriendo decirnos que parásemos por favor, que le dejásemos que iba a empezar y no podía. Así podíamos estar una hora aproximadamente. Hasta que Ceferín Ceferinovich, cogía el vasito con el orujo, se lo bebía y decía 'vaya, ya se me ha calentado otra vez', se levantaba y se iba. Y eran las únicas palabras que decía. Y sin acento gallego ni nada.

2 comentarios:

  1. ¿Y era ud. un miembro de este círculo?

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  2. Entonces ya sé de qué se reía.
    Pero imagínese la juerga el día que llegue a beberse el orujo!

    Oiga, usted ve el gadget de seguidores con la nueva versión del explorer?

    Feliz tarde, monsieur

    Bisous

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