lunes, 27 de abril de 2026

Viejos cuentos centroeuropeos


Fue un acto absolutamente involuntario. Vi un perro caminando solo por la calle y de manera instintiva lo llamé. No sabía su nombre, claro, así que simplemente le llamé la atención de la manera en la que se llama la atención a los perros. No era un perro pequeño, no era un perro joven, era un perro que debía tener dueño pero que andaba suelto. Nunca he tenido ningún tipo de cariño hacia los perros. Aquel día estaba contento, yo, era feliz por algo que he olvidado y sentía una suerte de comunión con el mundo que me llevaba a tomar decisiones irreflexivas, creyendo que el universo se encargaría de acompañarme para seguir siendo feliz. El perro vino hacia mí, dejé que me lamiera las manos, dejé que me lamiera incluso la cara y le invité a acompañarme durante un tramo de mi paseo. Yo no calculé entonces qué edad podría tener el perro. Yo no calculé nada. El paseo se transformó en convivencia y Augustus y yo compartimos el camino de nuestra vida durante diez años. Ahora que ya se ha ido, me ha quedado un vacío que me cuesta imaginar cómo voy a rellenar. Otro perro, dirían y diréis todos. Que salga a la calle y que pruebe a ver si una nueva conjunción cósmica trae a mi vida a un nuevo animal con el que convivir. Pero es que no puedo. Porque siento que alguien o algo me está llamando. Disculpad. 

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