lunes, 10 de junio de 2013

Círculo Projorelov VII

Las historias que han sido contadas durante todos estos años en el Círculo Projorelov iban siendo recopiladas por parte de Augustín Porferionov. Augustín Porferionov era el único miembro de nuestro Círculo Projorelov que nunca había viajado.
Augustín Porferionov llegó a nuestra ciudad y no se llamaba todavía así. En realidad, venía de un pequeño pueblo del interior y no había visto nunca el mar. Se llamaba José Pablo Arnáldez y había tenido que dejar las pequeñas tierras que nunca daban para nada y venirse a trabajar a un taller que un familiar había montado. Apenas sabía leer y escribir. Para ir de su casa al taller tenía que pasar siempre delante de la sede de nuestro Círculo Projorelov y en la puerta se encontraba siempre con uno de los fundadores del Círculo, el insigne Felisiano Adorante, que salía a la calle siempre que podía a fumarse un cigarrillo y a evocar. Evocar. Eso es lo que decía siempre Felisiano Adorante, 'lo más bonito, lo que más me gusta hacer y quizás lo que mejor me sale, es eso, evocar'. José Pablo Arnáldez, que todavía no se llamaba Augustín Porferionov, veía a aquel hombre con la mirada perdida y le llamaba la atención. Sentía curiosidad por aquel figurón de otro tiempo, con su cigarrillo displicentemente consumiéndose entre los dedos, mientras él iba con prisas y cansancio a trabajar. También lo veía cuando volvía del tajo.
Un día, Felisiano Adorante, viendo venir a José Pablo Arnáldez, le pidió fuego para encender el cigarrillo y de ahí surgió una amistad consistente en saludos, observaciones sobre el tiempo, el paso de los días, climas de interior y de cerca del mar, familiares que se parecen a otros familiares, trabajos manuales y trabajos de cuello blanco, el café y si hay que tomar mucho o poco o lo mal que nos sienta, vacaciones en casa o fuera, y finalmente Felisiano Adorante le invitó a entrar un día a tomar una copa, un refresco, una cerveza o lo que quisiera. José Pablo Arnáldez pasó entonces todas las tardes a tomar algo después del trabajo y a escuchar las narraciones de aquellos personajes inverosímiles. Pero, aunque conseguía memorizar todas las historias, deseaba que alguien las pudiera copiar, transcribir de alguna manera, para que su hijo pequeñito Chuí Arnáldez, las pudiera aprender y viajar sin necesidad de... viajar. Vamos, lo que es leer.
Aprendió a leer así José Pablo Arnáldez, al que le pusieron un nuevo nombre, Augustín Porferionov sin que tampoco nadie supiera el motivo, aunque Felisiano Adorante, autor de la nueva nomenclatura, dijo que le recordaba a un personaje que había conocido en la Siberia. ¿Siberia extremeña? ¿Siberia rusa?
Aprendió a leer Arnáldez, a escribir, y a reproducir los viajes y recuerdos de los que se acercaban al Círculo Projorelov a cumplir sus obligaciones como miembros del mismo.
Arnáldez, ya Porferionov, dejó su empleo en el taller y se convirtió en el único empleado remunerado del Círculo Projorelov. Su hijo Chuí, no aprovechó en nada lo que leyó y pasó un tiempo entre rejas por robos menores, hasta que entró a trabajar en el taller como su padre hiciera.

2 comentarios:

  1. Vaya, al final no fue de provecho. Pero da igual, el caso es el buen rato que se pasó el hombre planeándolo y haciéndolo. Igual tenía que haberle cambiado también el nombre al hijo.

    Feliz tarde, monsieur.

    Bisous

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  2. Creo que tiene idealizados a los rusos. Una cosa es la literatura rusa y otra los millones de rusos de a pie.

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