Los últimos días habíamos visto manifestaciones en Israel para protestar por ciertas decisiones del Gobierno que se interpretan como pasos en dirección del establecimiento de un régimen iliberal. Habían destituído a la Fiscal General y al jefe de los Servicios secretos y la gente se había echado a la calle. Casi de manera paralela, Netanyahu había decidido dar por concluido el alto el fuego y por consiguiente, continuar la masacre en Gaza. En pocos días, miles de muertos. Repitámoslo porque miles de muertos se dice así pronto, pero paladeemos bien el miles de muertos. Miles de personas muertas únicamente porque Netanyahu necesita a los partidos de la extrema derecha (más) para que le den apoyo en momentos en los que está en la cuerda floja. Que no sea que estas decenas de miles de muertos no sean sino una manera de camuflar que Israel ya no es, si es que alguna vez fue, una democracia. Esa democracia espejismo, oasis, entre tanto régimen salvaje árabe y musulmán. Ese refugio de civilización, de cantantes en Eurovisión, de Maccabi de Tel Aviv en la Euroleague, viva la vida viva victoria afrodita, como demostración de que no es el lugar sino que es la gente la que hace y que si esa gente no ha sido capaz y ellos sí, pues eso. Carta blanca. Carta blanca para masacrar inmisericordemente a una población palestina que no se va a ir de allí pero que va a morir allí, ante el silencio cómplice de todos nosotros. Y de los propios israelís los primeros. No hay límites para Israel. La sensación de impunidad, qué sensación, la constatación de que no hay nada que no puedan hacer la tenemos cada día. Justo ayer la foto de un joven periodista asesinado, periodista palestino, nos servía de enésimo recordatorio de que Israel va a por todo. Una prueba más. Pero no la última. Nunca es la última. Ayer se informaba que el codirector del documental ganador de un Oscar hace unas pocas semansa, el palestino Hamdam Ballal había sido apaleado por unos colonos que entraron en su casa y que muy mal herido había sido arrestado por el Ejército y recogido en un ambulancia. Se desconoce su paradero. Da igual que seas conocido, reconocido, internacionalmente prestigiado, simplemente osas estar allí, vivir, ser otra cosa, y por ello has de morir. Es el mundo en el que vivimos, donde la maldad, la absoluta falta de escrúpulos, se ha convertido en regla de exposición. Podemos matar a cualquiera, en cualquier sitio, por cualquier motivo, sin motivo, nos da igual, qué más da, podemos matar y matarte cuando queramos, indoloramente con un dron y disparando desde otra parte del mundo o simplemente entrando en tu casa y dándote una paliza de muerte. Podemos hacerlo. Qué pasa. Y lo peor no es eso, lo peor es que no hay nada delante para decir 'hasta aquí'. No hay límites. Que no nos pase. Liberad a Hamdam Ballal.
No hay comentarios:
Publicar un comentario