martes, 17 de febrero de 2026

Yo y el marido de Sarita Lauper


Seguramente, los habituales lectores de este espacio se habrán echado las manos a la cabeza cuando han visto que sitúo el Yo por delante del otro elemento e incumplo esa regla que dice que el burro delante, no. Pero es que hablaré principalmente del burro y utilizaré la imagen referencial del marido de Sarita Lauper como una imagen que está allí, situada en un nivel superior hacia el que mi actividad como padre se dirige sin que en ningún momento alcance ni de lejos su brillo y temple. Para quien no la conozca, Sarita Lauper es un personaje de las redes sociales, una mujer gaditana que opina siempre con mucho sentido de temas diversos, principalmente política, y que ha sido madre recientemente, casi coincidiendo con las fechas de la llegada del jovencito Martí a nuestras vidas por lo que sus apreciaciones y comentarios sobre la maternidad ejercen una influencia manifiesta en el manejo de la situación concerniente a cómo estar en el mundo con el Martí. Soy el padre del Martí desde hace casi siete meses y no soy el marido de Sarita Lauper. Mi forma física, mis idiosincráticos bracitos cortos de toda la vida, mis esquifidos brazos que jamás se distinguieron por su fortaleza y resistencia, me duelen. Decir esto, que me duelen los brazos es antitodo. Anti paternidad responsable, anti crianza lo que sea, anti todo. Comentar que mis 50 años pesan y que mi natural poco dispuesto se resiente ante una cascada de obligaciones, retos, presencias y horarios, ya me invalida como un interlocutor válido para quienes lleguen hasta estas líneas. No soy el padre referencial. Ya lo sabíamos. Pero lo intento, a manera, lo intento. Y mi manera no es la manera, ya lo sé. La llegada de Martí ha supuesto el cataclismo que esperaba. Intentar hacer encajar la vida anterior con la vida con Martí es imposible, es otra vida, es otro mundo. Otro mundo al que el esencialismo sobre el que he pretendido pivotar mi vida, intentando mantenerme fiel a una serie de pensamientos sobre mí que me ayudaran a crear una identidad más o menos útil para moverme por esos campos del diablo, ya no responde. No puede responder. El mundo gira alrededor de un muchacho que cuando te mira se ríe. Esto es importante. Martí, cuando divisa mi careto asomando por el pasillo, al otro lado de la cama, mientras está jugando en el suelo, se ríe. Le hace ilusión verme, infiero. Deduzco que debe hacerle gracia que esté allí, que aparezca. Y esto es muchísimo. No sé si al marido de Sarita Lauper le sucederá algo parecido, pero yo nunca he tenido la sensación de que mi llegada a un lugar despierte ningún tipo de pasión. Martí desmiente este autoflagelo con un entusiasmo hacia mi persona que me desarma absolutamente. Martí se ríe y es cuando se ríe así como se ríe, con la boca muy abierta, cuando menos se parece a mí. Cuando duerme, según mi madre, es como yo. Pero si se ríe, la cosa cambia muchísimo y el parecido pasa a otro sitio, a su madre, naturalmente y claro. No sé el marido de Sarita Lauper qué imagen de si mismo tiene o tenía antes de y después de. Yo antes de la llegada de Martí estaba aterrorizado ante la cascada de cosas, cosas incontables, que se venían encima. El impacto emocional quedaba eclipsado ante todas esas cosas, cosas que iban a pasar, cosas que ya no iban a pasar, cosas que tengo que manejar cómo pasan, cosas que tengo que negociar, transigir, aceptar, adaptar, modular, saber, conocer, olvidar, yo que sé. Hablo de mí. Si queréis hablo de la madre del Martí. Alba, es mucho. Reconocer en este texto que Alba es mucho y que yo, oh dios mío, no llego a Alba, puede sonar a canción de los Planetas si los Planetas le cantasen a la paternidad. No me entero de nada, qué desastre soy, menos mal que estás ahí. No, no es así. Yo lo intento y no me paso la mano por la cabeza para decir las cosas. Yo simplemente resoplo, bufo, se me hace cuesta arriba. Yo no me despierto por las noches, yo no voy a calmar a Martí cuando Martí se despierta o inquieta antes de que nos vayamos a dormir, interrumpiendo película o serie, yo no tengo eso que calma a Martí, yo no soy capaz de dormir en la cama a Martí. Yo no tengo en la cabeza absolutamente toda la vida que tenemos que tener prevista dentro de quince minutos con Martí. Yo. Alba. Yo nunca lo he tenido presente y se nota. Lo de vivir con cierta previsión. Martí te obliga a la agenda, te obliga a poner por delante, te obliga. Te obliga. El marido de Sarita Lauper raramente aparece en las publicaciones de Sarita Lauper. Yo, en cambio, escribo aquí lo que me va pareciendo esto de ser padre cuando casi se cumplen siete meses de la llegada de Martí. Martí es más bonito que todo. Yo lo miro y se me pone cara de gilipollas. No sé definir el estado en el que me encuentro salvo comentar que nunca he tenido tal cara de gilipollas. Nunca he salido en tantas fotos riendo con los dientes fuera. Jamás se me conoce expresión de arrobo semejante a la que tengo desde hace siete meses. El texto realmente no sé de qué iba. De los riesgos de escribir un texto presentando cómo está uno con esto de ser padre durante siete meses y afrontando que la escalada de tensión no ha hecho más que comenzar. Y las caras de gilipollas feliz. Los riesgos de escribir algo manifestando cómo estás sabiendo que tú aquí no eres el que está dando el callo como se supone que el marido de Sarita Lauper debe hacerlo. Si el marido de Sarita Lauper leyera esto me daría un par de hostias. Voy a recoger al Martí a l'escoleta. Me recibirá llorando con un puchero y se calmará poco a poco. Hoy voy a probar para darle la leche en vaso. Supongo que se saldará con un fracaso. Fracasa otra vez, fracasa mejor. Esto tampoco lo diría el marido de Sarita Lauper. Avanzando. Siete meses. 

La Cena - Manuel Gómez Pereira


Cuando hace un tiempo salieron los trailers y anuncios de esta película, los recibí con cierta indiferencia. Bueno, no sé si indiferencia, los recibí con prevención. Me parecía una película de otro tiempo. Una película de años 80 o 90, de aquellas de reparto coral, de secundarios gloriosos, de mala leche pero sin hacer demasiada sangre porque al final vivimos en un Estado en el que tenemos que convivir todos y, como precisamente ya dice uno de los protagonistas de esta película 'La Cena', ¿no hemos tenido suficiente guerra ya?. Sin embargo, a pesar de no tener ningún interés en verla, la lluvia de premios recibida en los Feroz, así como sus nominaciones múltiples a los Goya (a mejor película incluso, oiga), y críticas de amistades que entiendo que entienden, me animaron a pensar que, a lo mejor, la película merecía la pena. Y la verdad, la película no es una gran cosa. Una comedia con el fondo de la postguerra inmediatísima a la instauración del régimen franquista, en la que se propone una cena para Franco que han de preparar unos presos republicanos. Los conflictos con los militares, con los camareros fachas, una historia de amor y la presencia del responsable del Hotel (Alberto San Juan, sin duda lo mejor de la película), intentan retrotraernos a películas berlanguianas o guionizadas por Azcona en sus tiempos, pero no. La película intenta mezclar eso del drama de la derrota, la dignidad de los vencidos, lo grotesco de los vencedores, y las situaciones ridículas o las patochadas o astracanadas o lo que sea, pero hay algo de forzado, de acartonado en todo ello, que acaba haciendo que pierdas interés en lo que pasa, porque más o menos, sabes lo que va a pasar. Si todo consiste en ridiculizar la figura de Franco, que ya es ridícula de por sí, o bien al personaje falangista de Asier Etxeandía, la cosa se queda bastante corta. Si lo que hay es la dignidad de los republicanos, con la gran Elvira Mínguez al frente, la verdad es que los personajes no acaban de destacar en ningún momento, ni por el acento, ni por su inocencia, ni por su simplicidad. Todo parece pensado para un público digamos mayor, nostálgico de ese cine. Incluso la ambientación y decorados y vestuarios nos recuerda a esas series de sobremesa de la Primera donde todo es correcto, pero emociona lo justo. El remate final de lo que acaba siendo una película que quiere parecer pero no llega, es una broma final absolutamente fuera de todo, sobre un pueblecito de Polonia muy bonito llamado Auswitz, que uno piensa, ¿en serio? Pues este es el nivel. 

viernes, 13 de febrero de 2026

Queen of Chess - Rory Kennedy


El ajedrez, amigos y amigas. El ajedrez es lo más grande, lo más bonito que hay. Saber jugar, entender el juego, apreciar su complejidad, disfrutar de una buena partida, meterte en todo lo que significa el juego más allá del juego, las implicaciones que se derivan, las circunstancias añadidas, los personajes, sus vidas, sus hazañas, sus idas de olla. Ay, las idas de olla en el ajedrez. Vidas ejemplares, vidas apasionantes, vidas de cerebros fritos. Con lo que podría dar de sí el ajedrez y lo poquito que se prodiga el cine, las series, los documentales, en tratar a estos personajes como seres especiales, seres que dedican su vida a lo que parece un juego sencillo y es más grande que la vida. Bueno, o no. Nos encontramos, después del boom que supuso la serie Gambito de Dama, con un documental sobre la vida, o una parte de la vida, de Judit Polgar. Nada menos que la mejor jugadora de la historia del ajedrez. Y una de las y los mejores jugadores del mundo. De la historia. Jugar al ajedrez es bonito, es divertido, no para mí, que he llegado a la conclusión de que lo paso tan mal que prefiero mirar a jugar y es que, como dicen en un momento del documental, cuando pierdes contra alguien jugando una partida de ajedrez, lo estás perdiendo todo. Y no me gusta perderlo todo. Lo que cuenta el documental es cómo llega Judit Polgar, una niña húngara criada por unos padres que se empeñan en criar genios, a ser la mejor jugadora del mundo. Junto a ella, sus hermanas Susan y Sofía, una más mayor y la otra más pequeña. Su andadura en los torneos locales, sus primeros enfrentamientos con hombres, la llegada al circuito de grandes maestros... el incidente de Linares. Yo no recordaba ese incidente al que le dedican tanto tiempo en el docu. Ficha en la mesa, presa. Esa es una regla sagrada del ajedrez que el Ogro de Bakú, Garri Kasparov, incumplió rectificando una jugada en la que perdía una torre. Nadie se dio cuenta, Judit Polgar perdió la partida y parece que ese lastre le acompaña el resto de su carrera hasta que finalmente vence a Kasparov, el mejor jugador de la historia, en una partida y ya. Vemos durante el documental el machismo absoluto explicado sin ambages por el mismo Kasparov y por otros jugadores y por expertos y por periodistas. Y en qué señor se ha convertido Garri Kasparov. En el documental no sale hablando Karpov ni una vez. Una mujer no puede jugar como un hombre. No sabe competir, no es agresiva, no aguanta, no puede. Y puede, claro que puede. Los jugadores hombres, en su mayoría son personas que viven única y exclusivamente en un mundo en el que se les permite ser jugadores de ajedrez, cosa que habitualmente no ha pasado con las mujeres. Una mujer jugando es algo extraordinario. Lo ordinario es que algo pase para que la mujer no juegue. No es que no sepa, no pueda, no quiera. Es que el hombre puede ser ese rarito que solo piensa en su cosa de ajedrez y la mujer, pues no. Pero el caso de las Polgar demuestra que eso es falso y que más allá del método obsesivo de sus padres, con la preparación y el entrenamiento que tienen los profesionales, pueden jugar tan bien como cualquier hombre, naturalmente. El documental es una maravilla porque si te gusta el ajedrez te vuelve a enganchar a un juego, a un mundo, de personajes rarísimos, a un juego que es apasionante y te conmina a volver al ajedrez en la medida que se considere. Yo, ahora que tengo un hijo, me siento obligado a comprometerle con el ajedrez de alguna manera, a introducirlo en su vida, a que se interese por ello. Los impedimentos son miles, las distracciones son millones, no se trata de que llegue a gran maestro ni a nada, simplemente que cuando vea un tablero diga, ah, yo sé jugar. Y eso ya es mucho. Grande Judit Polgar.  

martes, 10 de febrero de 2026

Esperando a Aragorn


El resultado de las elecciones en Aragón ha sido el esperado. Y las conclusiones a las que llegamos son las esperadas. Quien ha quedado por encima, muy por encima, es el bloque de la extrema derecha. Ya no derecha, en tanto en cuanto el Partido Popular ha decidido mutar definitivamente en una formación de extrema derecha como demostraron en su último mitin, abrazando todos los excesos de Vox. No les ha servido para sacar más, pero les ha servido para mantener al PSOE en una posición subalterna, como ya hicieran en Extremadura. aun a costa de que Vox duplique los resultados. Les da igual, el daño que pretenden es otro, convertir a la izquierda en algo inútil. Dentro de los malos resultados, la izquierda que no es el PSOE ha conseguido más o menos lo que se pretendía, una competición por el puesto de cabeza de ratón que se ha llevado la Chunta Aragonesista, partido que ha sido apoyado por todo pichichi fuera de Aragón que fuera un poco de izquierdas porque Sumar ya no, porque IU no la quiere nadie y porque Podemos no me funciona el teclado. Así que la Chunta ha conseguido tres diputados más, quedándose con seis y IU/Sumar se ha quedado con el que tenía. Heroico resultado de IU. Escuchar al portavoz de la Chunta decir ufano que son la referencia de la izquierda en Aragón es un poco triste, con seis diputados de nosecuantos, pero estamos así. Estamos en que se ha instalado el relato de que la izquierda ha de estar asentada en el territorio, de que las propuestas estatales deben retirarse de la circulación si está en el territorio ya asentada una izquierda nacional, soberanista, regional o whatever. Dicho esto, las izquierdas estatales o que no tengan es pulsión de pensar el Estado español como un todo, corren maños tiempos, perdón, malos tiempos. Ya vimos en aquellas pretéritas elecciones gallegas o las vascas, que BNG y Bildu jugaron a eso y les salió bien. Aparcar un poco el tono nacionalista, mantener el tono impugnatorio de que lo que molesta es el Estado español y copiar un tanto del discurso podemista izquierdista pero sin podemos ni izquierda unida. Bingo. Así las cosas, como lo que funciona es eso, la propuesta es ponernos detrás del carismático portavoz parlamentario de ERC para que desde esas izquierdas que de verdad conocen el territorio, se articule una propuesta para unir a las izquierdas. Es indudable que Gabriel Rufián es el personaje del momento, como en su momento fueron otros, y que raro es el día en el que alguien no te dice que el que les gusta es el Rufián, aunque no sean indepes. Y pienso, que hasta aquí llegan mis consideraciones sobre el tema, al menos las que puedo decir. Porqué qué puedo decir de la propuesta, qué puedo decir sobre la situación, qué puedo decir sobre a qué nos enfrentamos que no se haya dicho ya o que no haya insinuado yo ya antes. Tan solo decir que agitar el avispero de una izquierda bastante desorientada, con cierta pulsión hacia el repliegue, con desconfianza hacia lo que pueda sacudir las tranquilas estructuras internas, siempre parece bueno. El asunto es intentar desentrañar y conocer quién es quién, quién hace qué y porqué, porqué se mueve y dónde se mueve, a quién se convoca y a quién no, qué es lo que se pretende y quién reacciona y como. Solo eso. Que no es fácil, pero haciendo eso, uno puede guiarse y entenderlo. O bien puede liarse la manta a la cabeza y decir como en La Vida de Brian: yo sé bien lo que es un profeta porque he seguido a muchos. 

lunes, 9 de febrero de 2026

En la muerte del grandísimo Rafael Amador

Seguro que no es la mejor foto para ilustrar un texto como este, o como el que se merece Rafael Amador, pero me sirve. Me sirve para ilustrar un momento. Hay un documental o lo que sea en el que aparecen Rafael Amador y su hermano Raimundo tocando en el Alcázar de Sevilla, en una de sus salas. Cara a cara, interpretan esa barbaridad que es el Morao Mellizo, que aparece en uno de sus primeros discos, el Guitarras Callejeras, grabado de manera absolutamente patillera pero que contiene algunos de los temas más importantes de un género, el inventado por Pata Negra, el blues flamenco, el rock flamenco, no le voy a poner más nombres de mierda, Lo que hicieron Pata Negra abrió una puerta que otros habrían ido empujando y entornando otros y otras, pero Pata Negra lo convirtieron en algo fresco, hasta punkoso, hasta guarro, hasta sucio, y tremendamente bonito y tremendamente bien hecho. Lo que digo, en ese vídeo, que es fácil de encontrar, se ve a Rafael y Raimundo cara a cara retándose en el Morao Mellizo, una suerte de improvisación jazzística y flamenca a la vez, con guitarra española y acústica. La cara de absoluto disfrute de Rafael Amador, es la cara. La cara con la que mira a su hermano y le reta a que le siga, a que toque más deprisa, o que toque yo que sé. Esa cara de estar gozándolo absolutamente. Hay otros vídeos, otras actuaciones, algunas de ellas memorables, como una en la que cantan el Rock del Cayetano como un rock urbano más, con Raimundo al bajo y él a la eléctrica, flipante. Y otro en el que salen también en sus comienzos, Rafael con el pelo teñido de platino, punkarra total, tocando el Blues de los niños. Rafael Amador era la voz de Pata Negra, Raimundo no cantó hasta que no hizo cosas en solitario. Era la voz y era la guitarra y lo era todo junto a su hermano y sus otros hermanos. Rafael Amador era el otro Amador. Cuando Pata Negra se disuelve, o se queda únicamente con Rafael y Raimundo empieza a despegar en solitario, yo era de Rafael, sin saber mucho y sin conocer nada. Raimundo parecía que tenía que caer bien, que era el buena gente, el buena persona, el simpático, el asimilable. Rafael en cambio te lo vendían como un mala sombra, un malaje, con adicciones, mala cabeza. Cómo no ibas a ser de Rafael. Además Raimundo cantaba con BB King, la epítome del blues para todos los públicos (esta opinión ha cambiado para mí, pero poco) (muy poco). Rafael sacó algúnd disco más con Pata Negra y se fue perdiendo. Se perdió tanto que hoy nos enteramos de que se murió ayer y no lo has visto en ninguna parte. Yo tengo que escribir algo sobre Rafael Amador. Porque desde aquel vinilo chungo que no sé de dónde saqué, el Guitarras Callejeras, a aquel disco que compré por la portada también en con un descampado, el Rock Gitano, o aquel directo que no sé quién me sacó que me voló absolutamente la cabeza a mí que nunca me gustó Kiko Veneno, ni me gustaría después ni Los Delinquentes, ni tantas cosas, yo soy muy de Pata Negra y no pasa nada. Nadie le cantará a Rafael Amador, ni le dedicará una canción, como hicieron ellos con Camarón. Yo le escribo unas cuantas líneas para que quede constancia: Rafael Amador es de lo más grande que podemos escuchar, tocando y cantando. Porque era flamenco, sí, pero también, o por eso, era uno de los nuestros. Con todo lo bueno y todo lo desastre. Muchas gracias por absolutamente todo. 
 

viernes, 6 de febrero de 2026

Crónica del #PleGramenet de enero. La gallina y el cuñado.


Digo, digo, digo. Una crónica de un pleno municipal en Santa Coloma se convierte únicamente en una manera de contar cómo los tiempos han cambiado de tal manera que lo que hace unos meses parecía un sinónimo de desfachatez y de ramplonería, hoy es el canon sobre el que se discute, el marco sobre el que se debate, las cosas que hay que contestar, contradecir, combatir, desmentir. Digo, digo, digo. El marco mental lo establecen unos forajidos del sistema, unos inadaptados de la sociedad, personas que hasta hace bien poco se mantenían en los márgenes de la vida porque la vida parecía algo mucho más serio. Era necesario parecer tener algo más en la cabeza que un montón de mierda para poder acceder con algo de dignidad a según que espacios. No todo el mundo, recordemos, hace pocos años, era susceptible de poder ser representante de unos cuantos. De muchos. De miles. Hoy no solo son los representantes de una porción de colomenses, sino que establecen de qué se habla y cómo se habla. En Santa Coloma tenemos un gallina y un cuñado. El gallina es aquel que se graba un vídeo como si fuera una patrulla vecinal pero bien, de gente de bien, de gente ordenada, patrulla vecinal que se dedica a limpiar la ciudad de mensajes de odio, creyéndose policía, creyéndose agentes de la seguridad, creyéndose de verdad que un regidor puede ser detentador de la legalidad vigente o la que me pase por las pelotas. Y así se graba un vídeo diciendo que si el ayuntamiento no quita estas pancartas que me molestan, las quitaré yo. Porque la ordenanza. Porque sus pelotas morenas. Hasta aquí, pues mira, una fascistada más de alguien que piensa que se va a convertir en el ICE colomense. Una provocación no solo al movimiento antifascista de la ciudad que ha colgado esas pancartas, sino que desafía la autoridad del Ajuntament. Como tú no haces nada, lo haré yo. Lo fascinante es que todo ese alarde de valentía y voluntad de provocar, en el pleno del Ajuntament de Santa Coloma de Gramenet, provincia de Barcelona, del pasado lunes 26 de enero, se quedó en un momento que perseguirá al concejal de Vox de menor edad, esperemos, que al menos por el resto de su legislatura y por ende de su breve carrera, de su esperpéntica carrera, como regidor en Santa Coloma. Ante una intervención de la Comissió Antifeixista en la que se le afeaba su conducta y se le exigía al Ajuntament una sanción, el valiente regidor, pide que del acta se quite que él rompió o retiró pancartas porque él eso no lo hizo. Menudo gallina. Absolutamente. Completamente. Qué cosa tan cobardona. Si esto lo hacen ante una intervención en la que se les dice que tal y que cual, qué pueden esperar esos animosos votantes de Vox de alguien así. Ni confianza, ni fe, ni valentía, ni arrojo ni todas esas virtudes que se le suponen a quien luce banderitas y símbolos de machunez traspasada. Eso, el gallina. Sobre el cuñado, qué decir. Cuatro horas y pico de pleno, cuatro horas que parecen pocas horas, pero que se convierten en una auténtica majadería cuando el otro regidor de Vox, el señor de más edad, coge el testigo, recoge el turno, avanza por la vereda y decide perderse en los procelosos mares del cuñadismo. Cuñadismo, ignorancia, provocación, falsedad, magufadas, todo el catálogo de sandeces que el siglo XXI ha colocado como marco mental sobre el que tenemos que discutir, combatir, responder. Desde la calidad del aire, a cualquier otro aspecto de la vida municipal, el regidor de Vox de mayor edad tiene el cometido de lanzar diatribas extensas que a veces se pierden como salvas de artillería que van hacia ningún sitio y otras como escopetazos de sal que tienen como objetivo simplemente escocer. El feminismo, los inmigranges, los humos, los inmigrantes, la izquierda, tontería tras tontería, sin dejar ningún cabo suelto, consigue que el resto del pleno municipal esté deseando que llegue el final, pasar otro punto y esperar la nueva sarta de sandeces que el regidor joven o el regidor mayor de Vox, suelten. Uno, desde la pretendida calidad de ofendido, el otro desde una suerte de saber popular que lo coloca en el extremo del sentido común más corriente. Contra eso, contra todo eso, vamos pasando los plenos, unos desde unos flancos, otros desde otros, pero cada vez con mayor conciencia de que no puede uno tomarse a broma, ni como anécdota, ni como cosa de un momento, ni como nada, lo que está siendo la entrada del consistorio de Santa Coloma en un siglo XXI al que vamos a tener que darle un giro diametral para ayer si es posible.  

domingo, 1 de febrero de 2026

Caza de brujas - Luca Guadagnino


Hay un momento en la película en el que Julia Roberts, la profesora Imhoff, sale de su apartamento en el muelle y va a coger su coche en el que mientras se esta montando mira al lado y ve un coche con dos chicos, un afroamericano y uno con la cabeza rapada en el que se miran y ella asiente así con la cabeza y ellos, que la están mirando, asienten a la vez y piensas, pero un momento, qué narices tiene que ver esta escena, este momento, este cruce de miradas, con nada de lo que sucede en la película. En ese momento, Julia Roberts, encarnando el papel de la profesora Imhoff, sale de su apartamento en el muelle, un lugar al que regularmente se escapa a trabajar y que descubrimos, justo en esa misma escena en la que está volviendo del apartamento en el muelle, que también es el lugar en el que se ha estado encontrando con su amante. Lo primero que pensé cuando sale ese apartamento fue, qué cucada de apartamento. Porque Julia Roberts, la profesora Imhoff, hay un momento en el que no puede ir a trabajar a su despacho en Yale y le dice a su marido que va a tener que ir a trabajar al muelle. Y ella llega en coche, un Volkswagen, aparca y camina y se mete como en un edificio como raro, que me recordó un poco al edificio y los pasillos de los locales de ensayo donde vamos nosotros y todo es así como un poco abandonadete, pero abre una puerta sin ninguna gracia y entra en un apartamentito, que de apartamentito tampoco tiene nada, una cosa cuquísima, así sencilla sin mucho adorno ni nada, pero con su cocina y su mesita para trabajar. Y hay un momento en el que en ese apartamentito ella llega como un poco zombi, porque va medicada hasta arriba y se está tomando un algo, no sé si una infusión o lo que sea, en una taza o un cuenco de madera. Más cosas. El actor que hace de marido de Julia Roberts, la profesora Imhoff, este actor, que no sé cómo se llama pero que es como una suerte de versión de Joaquin Phoenix, hace un papel prácticamente igual, en una película en la que es el marido o compañero de una escritora que tiene problemas diversos y que si no me equivoco también es profesora universitaria, como él. Aquí él no es profesor universitario, es psicólogo, pero bueno, ella es profesora, los profesores, los alumnos, las intrigas de la universidad. En realidad esta película la has visto antes, con otros actores, con argumentos parecidos, en escenarios similares, bebiendo whisky, hablando de cosas que no estás entendiendo y que renuncias a entender porque crees que lo importante está en la trama y no en lo que parlotean y de la trama tampoco extraes nada claro salvo que el mundo se ha complicado con el feminismo y el lenguaje inclusivo y el elle y tal. Dos horas y veinte de película, Guadignano, Guadagnino, dos horas y veinte. Y un comentario más, de parte de mi compañera, lo que le gusta a este señor sacar a gente durmiendo.