jueves, 10 de octubre de 2013

Gastarbeiter

Por contarlo de una forma resumida. Mi mujer Fátima y yo, salimos del poblacho con una mano atrás y otra delante y nos fuimos para Alemania para buscarnos la vida. Encontré trabajo en una fábrica de la Siemens y allí se colocó también Fátima en un departamento de control de calidad en el que estuvo trabajando hasta que falleció quince años después de. Ahora soy ya mayor y me hago un lío con los años y con las fechas, pero pongamos que Fátima se murió a los pocos meses de ganar la República Federal el Mundial del 74. Más o menos. El caso es que me dejó a mí con el pequeño Turgut, que tendría entonces dos años. Yo no quería que el niño se llamase Turgut, quería que se llamase Klaus, o bien Hakan. Hakan me gustaba mucho, porque conocía a un compañero que era sueco que se llamaba Hakan y me extrañaba que un sueco se llamase Hakan. No quería que Turgut tuviese un nombre tan nuestro... no sé. Pero Fátima me montaba unos pollos de mil demonios con este tema y quería que el niño se llamase como mi padre. Por narices. Bueno.
Lo que ahora contaré quizás suene a extraño, pero sucedió pocos meses después de que Fátima muriese. Ella estaba enamorada de nuestro coche. Nos lo habíamos comprado hacía dos años. Era un coche que era un barco. Anchísimo. Era un Opel, pero Fátima siempre le llamó Mercedes. No había manera de hacerla entender que el Opel era un Opel y que el Mercedes era otro coche, otra marca. Para ella, todos los coches eran Mercedes. Le gustaba montarse, subirse al asiento del piloto, sacarse fotos, interesarse por temas mecánicos. Pero no quiso aprender nunca a conducir. Decía que si se enteraban en el pueblo que conducía...
Cuando murió, como digo, nos quedamos hechos polvo. Destrozados. ¿Dónde iba yo con el pequeño Turgut? Los amigos, los compañeros, el resto de turcos, los españoles, los italianos, nos ayudábamos los unos a los otros y entre todos nos hicimos cargo de Turgut. Unas veces se quedaba con uno, con otro, con aquel, con este... y Turgut no extrañaba a nadie. Pero llegó un día en el que Gelmírez, un gallego que trabajaba también en el control de calidad en el que estaba Fátima, se casó. Con una chica alemana, Heike, que también trabajaba en la Siemens. Todos éramos de la Siemens. El día de la boda, fuimos todos a la iglesia, aunque yo no era cristiano, a la ceremonia, esperando a que llegase la novia junto a Gelmírez. Allí estaba la novia, se la veía venir, a bordo de un Mercedes blanco, precioso, enorme, reluciente. Turgut miraba con los ojos como platos. Cuando esperábamos que Heike saliera del coche, fue el chófer el que salió para abrirle la puerta. Y el chófer era Fátima. Lo juro. Era Fátima. Con bigote, pero Fátima. Era ella. Avanzó hacia la puerta y abrió la puerta. Yo estaba asombrado, me temblaban las piernas. No podía ser. Era un hombre, con bigote, pero era Fátima.
En un momento, el chófer levantó la mirada, miró a Turgut y con una cara de absoluta felicidad, le guiñó un ojo al chavalín y a mí me tiró un beso que me heló la sangre. 'Mercedes, siempre Mercedes', susurró cuando pasaba a nuestro lado ayudando a subir las escaleras a Heike.

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