jueves, 24 de julio de 2014

Los Siete Latinos

Se me van acabando las historias y tengo que recurrir a vivencias pasadas que, por increíbles, no me he atrevido nunca a contar. Esto que me ocurrió y que paso a contarles a continuación, tuvo lugar hace muchos años. Era yo por entonces un joven militante que tenía el corazón cargado de ilusiones y la mente repleta de razones para creer en la gente, en el poder del pueblo y en la solidaridad entre los pueblos, junto con otros dogmas que ahora no vienen al caso y en los que todavía tengo puesta mucha fe. Por aquel entonces, el Partido organizó un viaje solidario con la intención de visitar el Estado de Chiapas, en México, y de paso, conocer la experiencia movilizadora y revolucionaria que había dado pie al surgimiento del EZLN como un movimiento emancipador. Fuimos muchos los que nos apuntamos para hacer aquel viaje, enfebrecidos por las noticias que nos llegaban de una guerrilla moderna, comandada por un intelectual concienciado y enigmático. El plan previsto era realizar el viaje en avión hasta México DF y bajar por carretera hasta el Estado chiapaneco hasta llegar a alguno de los pueblos en los que la insurgencia se había establecido y donde estaban funcionando experiencias interesantes. El viaje estuvo lleno de momentos de gran fraternidad, de exaltación de la lucha, de esperanza en un contagio que levantara a nuestra gente de la misma manera que los chiapanecos, los mexicanos, se estaban levantando. No reparábamos demasiado en lo que teníamos alrededor, nos relacionábamos con mexicanos que compartían nuestras ideas y ejercían de cicerones, pero realmente no llevábamos a cabo ningún ejercicio de contacto directo con la gente de los estados que íbamos atravesando. Fuera como fuera, el viaje se nos estaba haciendo largo, con continuas paradas, recibimientos, agasajos... Un día, atravesando ya el estado de Chiapas, cruzamos un pueblo cuyo nombre ahora ya he olvidado y desde la ventana del autocar, me fijé en uno de los murales que poblaban todas las calles de todos los pueblos que atravesábamos. Pero aquel me llamó la atención por algo especial. Se anunciaba una actuación en una sala de fiestas y el animador era un tal Tony Graniel. El nombre me sorprendió. Yo tuve un profesor de Literatura Hispanoamericana que se llamaba Antonio Graniel. Era una persona estupenda. Un profesor magnífico. Un tanto peculiar, decía haber conocido a todos los grandes escritores latinoamericanos en persona y que seguía manteniendo con ellos un contacto estrecho. Algunos de los escritores de los que hablaba ya hacía tiempo que estaban muertos y otros lo suficientemente endiosados como para haber roto amarras con aquel profesor universitario.
El azar quiso que nos detuviésemos a pasar la noche en aquel pueblo y la curiosidad me impelió a preguntar si podría acudir al lugar en el que el tal Tony Graniel actuaba. Me dijeron que quizás no fuera buena idea, pero me puse pesado y les insistí hasta que me permitieron abandonar la expedición durante unas horas. Nadie quiso acompañarme.
Pregunté cómo se podía llegar a aquella sala y me dí cuenta de que podía ir caminando. No estaba tan lejos, el pueblo era pequeño. Desde fuera, aquel local no tenía nada de particular. Me habían hablado de los 'danzones' y habíamos visto alguno por el camino, sin entrar nunca, y se parecía mucho. Por ambientarme algo, me dirigí a la barra y pedí un tequila. Era mi primer tequila en México. De un trago. El mesero me dijo que ese no era el modo de beber tequila, que debía de hacerlo 'de a poquito'. Me lo bebí como me dijo y me pedí un tercer tequila. La música era muy agradable y había gente bailando boleros muy amarrados. Entonces, cuando estaba dando cuenta del cuarto tequila, se apagó la música y apareció Tony Graniel en escena. Efectivamente, no era otro que Antonio Graniel, mi antiguo profesor, pero muy cambiado. Vestía un traje espantoso, verde chillón, el pelo lo tenía blanco y canoso, largo y recogido con una coleta, y su acento era perfectamente homologable al del lugar, cuando yo sabía que él era sevillano. Agarró el micrófono y se aprestó a presentar, con mucho gusto para todos los presentes, a los Siete Latinos. Para mi sorpresa, aparecieron en el escenario Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Juan Rulfo, Augusto Monterroso, Augusto Roa Bastos y Julio Cortázar. Los Siete Latinos (recuerdo que mi primera impresión no fue de asombro por la escena en sí, si no por que Jorge Luis Borges se hubiera incluido en un grupo de 'latinos', con lo que él era), llevaban todos un traje típico de la zona y un sombrero ranchero. Uno a uno, fueron presentados por Tony Graniel, 'aquí tienen ustedes a los Siete Latinos que muy gustosamente les acompañarán durante las próximas dos horas, que los disfruten mucho'. Inmediatamente, comenzó a sonar una tanda de boleros y los Siete Latinos bajaron a la pista y se sentaron en siete sillas dispuestas ante el escenario. Acto seguido, les iban sacando a bailar. Mujeres y hombres. Indistintamente. Una mujer muy mayor, pero muy maquillada y peripuesta, fue derechita a por Gabriel García Marquez. Un señor que no había tenido tiempo de cambiarse de ropa después de trabajar en el campo, pidió baile con Julio Cortázar. Poco a poco, los lugareños iban pidiendo a los Siete Latinos. Sólo quedaba Borges. Fui a por él y le toqué el hombro. Borges, con su mirada perdida, se levantó y me agarró por la cintura. 'Yo dirijo'. Ahí estábamos los dos, bailando un bolero. Jorge Luis Borges pegó su cara a la mía y los dos, amarraditos, completamos un baile. Cuando acabó fue el turno de Roa Bastos. Aquí dirigí yo. Igual, los dos bailábamos aunque Roa Bastos, paradójicamente, tenía menos arte y gracia que el ciego porteño. Con Monterroso dirigí yo. A Cortázar también. Bailé con Juan Rulfo, que también pegó su cara a la mía y llegó a susurrarme la letra de la canción que se escuchaba, pero la he olvidado. Estaba bastante borracho y no dejaba de beber un tequila tras otro, pero seguía bailando con bastante prestancia. Fue el turno de Gabriel García Márquez. Y este me negó el baile. Le pregunté porqué y me contestó que le acompañase a la barra, que quería tomar algo conmigo. Pedimos otro tequila. García Márquez me miró y me dijo 'Matilde, ya deja de soñar'. Sin duda, parecía que García Márquez también estaba algo bebido o 'tomado', como decían ellos. En aquel tiempo yo gastaba una barba poblada y distaba mucho de parecerme a cualquier Matilde.
Entonces Tony Graniel volvió a aparecer en escena y reclamó que Los Siete Latinos volvieran al escenario. Los grandísimos maestros regresaron al escenario y con sus sombreros en ristre, saludaron a la concurrencia entre aplausos y desaparecieron. Una voz en off anunció que Los Brujitos de Catemaco no podrían actuar dado que uno de sus integrantes padecía un insólito 'mal de la desconfianza'.
Cuando quise darme cuenta estaba de regreso al hotel. Por el camino reparé en que no había podido despedirme de Tony Graniel. El dedo de una compañera de viaje, Matilde precisamente, pasando por mi nariz me despertó. Me había quedado dormido en el hall del hotel, en un butacón. Tenía un resacón de órdago. Matilde me miró y me dijo 'no vales para nada, tantas ganas que tenías de ir al baile y caíste aquí como un plomo, dormidísimo, no había quien te moviera. Vamos, está esperando el autobús, nos esperan en San Bartolomé de las Casas, ya hemos llegado a nuestro destino'.
Durante todo el día tuve en mi cara un olor a colonia buena, colonia fina, la colonia de Borges. Estoy seguro. No me he atrevido a contarlo hasta hoy. Porque, total, quién se lo iba a creer.  
 

1 comentario:

  1. Vaya pullita le tira a Borges, oiga. Y usted con su cara pegada a la suya y dirigiendo un bolero! Con lo poco ruso que es eso! Todavía su hubiese sonado kalinka... Ya, pero eran los Siete Latinos, claro.
    Lo suyo con Juan Rulfo no sé cómo interpretarlo.

    Me ha gustado mucho el relato de hoy, monsieur!

    Bisous

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