jueves, 18 de abril de 2013

Grandes casos mal resueltos de la Historia (y 5)

Le dejaron escapar y no le vieron el pelo nunca más. Y fue él. Mucho se habló durante las visitas de los barcos esclavistas a las costas de Guinea del asunto. El almirante inglés John Stuart Klingonshire hizo incontables servicios a la Corona británica allá por los gloriosos días del siglo XVII, llevando y trayendo mano de obra esclava, enriqueciendo a la Compañía Strepsils de Comercio y a sí mismo. Había llegado a acuerdos con algunos reyezuelos de la zona, -¿porqué se le llaman reyezuelos?- para que éstos fuesen preparando el terreno y el personal, apresando a sus propios vecinos, para destinarlos a la empresa esclavista y entre ellos, hizo especial amistad con el rey Kramy, a quienes sus súbditos conocían como 'El desidioso'. Kramy preparaba de mala gana un cargamento de unos doscientos hombres y mujeres que estaban siempre listos para cuando el barco o los barcos de Klingonshire llegasen para realizar su tarea. El pago que recibía el rey Kramy era el de seguir viviendo, porque Klingonshire no acostumbraba a intercambiar nada, simplemente se plantaba en el poblado, se hacía con el rey de turno y lo mataba si no era de su misma opinión a la hora de colaborar.
Pero, una vez, Kramy, paseando por sus dominios, buscando de dónde podría sacar nuevo personal para satisfacer a Klingonshire, decidió que no iba a proporcionar más hombres al inglés. No por que se hubiera despertado una pasión por la libertad, o porque hubiese conocido a una jovencita encantadora o jovencito encantador que le hubiese robado el corazón y pensara que antes que entregarlo al inglés se enfrentaría a él y... nada de eso. Todo era cuestión de desidia. El rey Kramy, paseando por sus dominios, pensó que, bien mirado, su tarea como rey era demasiado fatigosa, y si ser rey significaba ser un empleado de otro, no merecía la pena seguir. Que viniera el rubio extranjero, que le matase, y ya veríamos si era verdad eso que contaban sobre vidas en el más allá y demás.
Así que el rey Kramy, volvió a su pueblo, reunió al Consejo de sabios y les dijo que le dieran por muerto, pero que eso de trabajar siendo rey, como que no. El Consejo pensó que era una reflexión sabia y elaborada y que Kramy, aunque vago, era una persona profunda y con poso. Pero que el inglés le iba a matar. Sus súbditos, cuando se enteraron de que esa vez no habría capturas, se lanzaron a los caminos alegres y contentos. Kramy se había labrado el cariño y admiración de los suyos. Pero el inglés le iba a matar.
Klingonshire llegó a las costas guineanas de nuevo en el año del señor de 1687 y se dirigió a reunirse con Kramy, que debería tener listo en el recinto indicado, el contingente de esclavos. Allí no había nadie, y tan sólo Kramy esperaba a Klingonshire, ataviado con sus mejores ropajes.
- Rey Kramy, aquí no hay nadie.
- Y a nadie encontrarás. Si quieres, haz tú el trabajo, yo no he de mover un dedo. Soy rey.
El rey comentó además que se arremangase él y que capturase a sus hermanos con sus medios. El inglés no se asustó demasiado e hizo desembarcar a sus hombres, que se desplegaron por el reino e hicieron su trabajo. Una mañana, el inglés, que dormía en una choza rodeado de algunas de las muchachas capturadas, desapareció.
El rey Kramy, temeroso de lo que pudieran hacer los ingleses cuando se enterasen de que su jefe había desaparecido pensó en una estrategia para engañarles, pero por pereza no llegó a ninguna conclusión. Los ingleses preguntaron, buscaron, se enfurecieron, mataron, robaron, descuartizaron, violaron, y arrasaron el pueblo. El rey Kramy desapareció entre la selva.
La Compañía Strepsils de Comercio consideró necesario hacer una investigación para saber qué había pasado con su dorado capitán y envió un nuevo barco, al mando del capitán Orpheus Mctreiner, que buscó y rebuscó a Klingonshire por todo el litoral. También arrasó, decapitó, capturó y mutiló a lo que se le puso por delante, pero no halló pruebas de ninguna manera sobre Klingonshire. O sobre el traidor rey Kramy.
Se dictaminó que la Compañía había perdido a un hombre y que por ende, la Corona no podía sufragar la pérdida de tan valioso capitán al no haberse encontrado el cuerpo.
Y sin embargo, hoy día, en los transistores de Conakry todavía suenan canciones en las que se habla de cómo Klingonshire fue enviado a una pequeña aldea de las montañas, de cómo fue encadenado y condenado a perseguir unos bichitos imaginarios llamados 'klingons' y de cómo si no conseguía apresar al menos doscientos de esos bichitos al día, era penetrado salvajemente con una lanza, diariamente, insistimos, durante un par de horas a cargo de los familiares de los capturados. 'The klingon song', es todo un éxito, pero para los ingleses, que nunca escucharon las leyendas locales, Klingonshire desapareció. Del rey Kramy no se preocupó nadie. Por pereza.

3 comentarios:

  1. Si a veces la pereza es lo mejor. No hace uno nada y deja que todo transcurra. Así no lo fastidia y tiene más probabilidades de que el ordenado cosmos lo arregle todo actuando por sí mismo sin patosas interferencias humanas.

    Feliz día, monsieur

    Bisous

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  3. ¡Qué post tan interesante!

    Desconocíamos la historia de Klingonshire y del perezoso rey Kramy. Es sin duda esperpéntica tanto por el uno, como por el otro.

    Que tengas una buena tarde. Un saludo

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